Logroño, diciembre de 1.988

La noche se envolvió en su nuboso velo y una tromba de agua se precipitó sobre mí. El viento, para no ser menos, entró en competición con la lluvia, arreciando fuerte, para ver cuál de ambos era más molesto. Me fui a casa, dando por finalizado otro día más de mis vacaciones navideñas, aburrido de todo. En la cena, mi madre, preocupada al ver mi tristeza, intentó sin éxito hacerme hablar. Cerré los postigos de mi ventana y me tumbé sobre la cama.

Al día siguiente, dudé si acudir o no a ayudar a montar el Belén de la Iglesia. No me apetecía nada aguantar al gruñón del párroco, pero la posibilidad de que acudiese Sofía me animó finalmente. Ella, como yo, era huérfana de padre y también cumplía diez años ese mismo mes. Me lo dijo el día anterior mientras buscábamos musgo por el monte con el grupo de la parroquia. No sé si por esa razón o por otra, pero sentía que entre ella y yo había como una conexión que nos hacía ser cómplices y amigos casi sin quererlo, algo que denominé “mi lazo invisible”. Como podréis imaginar, no falté a la Iglesia, y hasta hice de monaguillo en la misa de tarde. Así fue como nació mi amistad inquebrantable con Sofía.

Universidad de La Rioja, septiembre de 2000

Un coro de voces mixtas, bien educadas, puso el mejor colofón a la organizada e interminable ceremonia de graduación, que concluyó con las últimas palabras del Rector agradeciendo la presencia al acto. Estaba feliz y radiante con su vestido nuevo de corte asimétrico, en azul Klein, a juego con sus ojos y con el título entre sus manos. Había conseguido uno de sus sueños, el Grado en Educación Primaria. Al bajar la pequeña escalera del escenario miró hacia el palco de la izquierda y sonrió. Su madre, sin duda, se sentía orgullosa de ella. Por fin logré encontrarla entre el bullicio de los familiares de tantos graduados.

-¡Irás a la cena! –afirmé, más que pregunté, posando mi mano sobre el hombro descubierto de Sofía, con la confianza de sentirme su mejor amigo.

-Si tú me acompañas… -accedió complacida. Y aquel día inolvidable sellamos con un tierno beso lo que dimos en llamar “nuestro pacto eterno de amistad”.

 Barrio de Rosa Vila. Puerto del Rosario. Fuerteventura. Septiembre de 2002

-¿Vendrás conmigo? Quiero que conozcas el barrio del Colegio de mi destino y me ayudes a instalarme. Me sentiré mejor si me acompañas los primeros días. Tómatelo como una vacaciones…- me dijo, sonriente.

Sofía acababa de conseguir su segundo sueño, una plaza de Magisterio en Educación Primaria, por oposición, aunque bastante lejos de Logroño.

-Iba a proponértelo. Sabes que te ayudaré en todo lo que necesites –respondí.

Un taxi nos llevó al barrio de Rosa Vila, en Puerto del Rosario. Cargados con las maletas, íbamos observando todo aquello y se nos encogía el corazón. Innumerables edificios sin habitar, o a medio terminar, y una total ausencia de parques y zonas de ocio infantiles. Algún taller, una panadería aislada, y varios albañiles sentados almorzando junto a una tapa de alcantarilla levantada. Al fin dimos con el apartamento alquilado previamente por Sofía y respiró animada. Después contactó con una de las maestras, que amablemente nos acompañó hasta el Colegio, aún cerrado; un horrendo cubo de hormigón prefabricado gris con amplios ventanales en una de sus fachadas.

-Todo esto es tan diferente…Este lugar está aislado. Es como un destierro. ¿Te sentirás bien tan lejos de nuestra tierra?- casi afirmé, esperando la respuesta.

-Me pregunto cómo serán los niños de aquí, pues no hemos visto ninguno hasta ahora, y qué problemas tendré que abordar –dijo Sofía sin mirarme.

-Pronto tendrás ocasión de comprobarlo –le respondió la joven maestra. –Vas a conocerlos a fondo. Son niños de familias desestructuradas, con bajo nivel general, o extranjeros con problemas de integración. Ya sabes…, ausencias injustificadas, casos de acoso, falta de atención…, en fin, todos los problemas. Y algunos profesores, sobre todo los más antiguos, tampoco animan nada. Enseguida, dan a los niños por perdidos, sin más. Les trae sin cuidado su vida.

De vuelta al apartamento, preocupado, la tomé de la mano y le dije seriamente:

–¡No puedes cambiar todo esto, sin experiencia alguna! Puede ser muy duro. ¿Cuántos años tendrías que quedarte aquí para lograrlo? Además…, recuerda nuestro compromiso de vivir juntos en cuanto fuera posible…¡Y nuestro pacto!

-Me quedaré. Es un reto que, si lo consigo, podré decir que he acertado en elegir esta profesión. Entiéndeme. No puedo rendirme antes de intentarlo.

-¡Pero Sofía…! –exclamé, pensando en el tiempo que estaríamos alejados.

-Quizás haya que emplear nuevas técnicas de estudio, no sé…, pero ayudaré a esos niños hasta que les encante acudir al Colegio a estudiar y a jugar…Esa es mi ilusión. Lo siento Charli, cariño, pero, por ahora, lo nuestro tendrá que esperar. Debo realizarme profesionalmente y no sé el tiempo que eso podrá llevarme –me respondió, con una tierna caricia que sellaba su decisión.

En el avión de vuelta, con el corazón encogido, sentí ganas de llorar. Y lloré.

Fábrica de automóviles Škoda Auto. Praga. República Checa. Marzo de 2004.

Mi madre murió y yo llevaba ya dos años instalado en Praga trabajando como ingeniero en una de las fábricas de automóviles más grandes de Europa, pero no era feliz. Cada mañana iniciaba el mismo ritual: antes de partir hacia la fábrica, en mi marco digital, veía pasar una tras otra todas las fotos de Sofía conmigo. Entonces, mi corazón latía muy fuerte y me tenía que volver a tumbar en la cama durante un rato hasta relajarme. Por la noche releía sus cartas, cada vez más espaciadas, hasta que caía dormido junto a ellas. Y todos mis sueños eran siempre con ella. Tal era el magnetismo que ejercía sobre mí.

El segundo verano pasó sin nuevas noticias de Sofía. En octubre recibí una carta. Abrí el sobre precipitadamente: había sido elegida directora de primaria, lo que me alegró mucho. También me decía que el barrio estaba cambiando y que, con su empeño, había conseguido que el Ayuntamiento instalase varias áreas infantiles. Que los niños la apreciaban y los demás profesores también. Se lo merece, se lo merece – repetía, al tiempo que me entristecí imaginando que se quedaría definitivamente a vivir en Fuerteventura.

Después, cada noche, se retorcía mi alma, al sentir que no volvería a verla.

Para siempre. La he perdido para siempre- repetía constantemente. No podía pensar en otra cosa y sabía que eso no podría soportarlo.

Una tarde de diciembre, al llegar a mi triste habitación, me asomé al balcón del patio interior, y grité desesperado:

-¡Quiero irme de aquí! ¡Contigo! ¡Sofía! ¡A cualquier lugar del mundo! ¡Sofía!…

Miré hacia abajo y sentí el vértigo de los siete pisos. Asustado, me eché hacia atrás. Volví. No quería seguir viviendo, no merecía la pena hacerlo sin ella.

En ese instante, sonó el timbre de mi apartamento. Alguien llamaba. Otra vez…  Dudé por un segundo, pero mi decisión era firme. Tomé impulso de nuevo dispuesto a acabar con mi vida. Mi cuerpo sobresalía de la barandilla de forja a la que me sujetaba una sola mano. Recé algo, no sé qué y dije adiós. Era el fin.

El timbre de nuevo. Insistía. Vi el suelo del patio y me imaginé estampado sobre él con la cabeza reventada. De pronto, sentí que algo extraño tiraba de mí hacia adentro. Otra vez ese timbre. Tuve un presentimiento: sí, era mi lazo invisible. Obnubilado y casi desmayado, retrocedí y me arrastré hasta la puerta. A duras penas logré agarrar el pomo. Me sujeté a él con fuerza. Pálido y con la boca abierta, logré incorporarme. Un sudor frío empapaba todo mi cuerpo.

Abrí, por fin, y Sofía apareció ante mí. Sí, era ella. Sentada sobre su maleta, con su bolso en una mano y una flor en la otra. Mirándome, con una sonrisa radiante, exclamó: -¡Charli! ¡Feliz Navidad! – Entonces, me desplomé.

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