Si tu quieres,

cada día visitaremos un país lejano;

seré una hormiga que alcanzará la cima de la pirámide de Keops;

trenzaré una pasarela de cuerda más resistente que el acero y más larga que el puente de Hong Kong a Macao;

me acompañarán las mejores orquestas cuando te susurre al oído tus canciones preferidas;

reiré, o mejor, me descompondré en carcajadas, hasta que aparezca la sonrisa en la comisura de tus labios;

construiré, con mis toscos adobes, un palacio mayor que el de Versailles;

mis palabras fluirán, cual Cicerón ante Catilina, para defenderte;

mi torpe baile asombrará al primer bailarín del Bolshói;

mi falsa comparsa escenificará mi gran obra teatral en la Scala de tu habitación;

mis dedos se inventarán nuevos acordes para que la guitarra de tu cuerpo emita la mejor melodía.

Y entonces,

descubriremos “la nuit de Paris” y se sonrojarán “les putains de Pigall”.

Y mi mala copla será La Traviata,

y mi humilde choza, la catedral de Burgos;

y la niebla desaparecerá dando paso a un sol brillante que entrará por las rendijas de tu persiana;

y mi escaso arroyo de montaña fluirá más que las torrenteras del Amazonas;

y mi suspenso cotidiano merecerá un sobresaliente “cum laude”;

y, de entre tus espinas, brotará una rosa;

y verás dos estrellas que se fundirán en una gran supernova que se abrirá paso entre tu carne;

Así. Así te amaré.

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