Mi padre me tomó de la mano y accedimos a la pequeña Iglesia abarrotada de gente, mientras su vieja campana sonaba pausadamente, monótona y fúnebre. Avanzamos despacio por el pasillo central, notando las miradas de la gente clavarse en nosotros.

Estaba en casa de mi abuela, subiendo la escalera del desván para recuperar mi viejo álbum de cromos de animales. Cómo disfrutaba cada verano en aquel viejo caserón semiabandonado, donde guardaba todos mis pequeños secretos y tesoros.

Nos arrodillamos en el primer banco. Puse los codos sobre el reclinatorio tapándome la cara con mis manos. Un murmullo de voces me hizo girar la cabeza. Impresionada, vi avanzar hacia nosotros un ataúd llevado por cuatro señores encorbatados, seguido de otros tantos con coronas de flores. Con dificultad, lo bajaron de sus hombros y lo depositaron ante mí junto a una hilera de velas y cirios. Me aparté y cerré los ojos.

Busqué entre los baúles llenos de juguetes, revistas y peluches. Era difícil encontrar nada entre tanto trasto. Oí un ruido extraño. ¿Había entrado alguien? Me sobresalté. Quizás fuera un ratón, o algún gato callejero. Respiré hondo e intenté tranquilizarme.

Et introibo ad altare Dei… -Mea culpa, mea culpa, … Me horrorizaba la casulla negra con ribetes dorados del cura. No me gustaba su cara, ni su tono de voz. Me daban miedo los lutos. Detestaba estar allí. –Era un buen hombre, un trabajador incansable, lo mantendremos en nuestra memoria. No quería escuchar nada más. Fijé la mirada en los zapatos negros de mi padre y me tapé los oídos con las manos.

Repitió mi nombre varias veces, cada vez más fuerte. Entonces comencé a temblar. -¿Estás ahí? Ven con tu tío, pequeña. Intenté esconderme al fondo del desván detrás de unas leñas apiladas. Vi su sombra atravesar el reflejo de la claraboya y oí crujir la tarima tras sus pasos. Reía y tropezaba con todo –Ven, niña, no temas, ven con tu tío.

-Agnus Dei qui tollis peccata mundi… Agnus Dei qui tollis peccata mundi… Agnus Dei qui tollis peccata mundi…¿Por qué lo repetían? No podía más. ¡Tenía que acabar ese sufrimiento! De nuevo los hombres encorbatados cargaron el féretro al hombro. Mi padre me agarró la mano y los seguimos junto al cura. Detrás de nosotros se iba acumulando gente en una hilera de ropas negras de camino al cercano cementerio.

–¿Conque estás aquí, eh? –¿Qué quieres? –Que vengas conmigo. –Vete. –Quieta. –¡Suéltame! Me haces daño. –Pues no te muevas –No me muerdas, hija de… -¡Socorr…

Otros hombres con cuerdas deslizaron el ataúd hasta el fondo del hueco excavado en la tierra. Interminables oraciones. -Requiescat in pace. Amén. Un estruendo de piedras y tierras empujadas por las palas presurosas de dos operarios rompió el silencio, haciéndose menos ruidosas hasta llenar el hueco. Mi padre me protegió con su brazo.

Dos vigas podridas se partieron a un tiempo. El suelo cedió y con él cayó mi tío gritando y la leña acumulada. Después, el silencio. Bajé la escalera y llegué a casa.

Aquellos hombres colocaron las coronas y una hilera de manos se dirigieron hacia mi padre repitiendo las mismas frases: -¡Cuánto lo siento! ¡Ánimo! ¡Era tan bueno!

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