Cerré la puerta y la vi. Estaba allí, tan pancha, recorriendo en cortos y veloces tramos el perímetro circular de la mesita de entrada.

-¡Vaya! Acabas de entrar y ya me estás recordando que debo guardar las llaves en su cajón para que no pierda el tiempo buscándolas como me ocurre tan a menudo. Gracias guapa.

La mosquita levantó el vuelo y se posó en mi mano.

Te llamaré Tina, la mosca saltarina ¿Te parece bien?

Me miró y voló alrededor de mi cabeza.

¡Ah!, ¿es que quieres saludarme? Bueno, pues encantada.

De pronto, Tina se posó en el espejo del recibidor, viéndose duplicada, y se dispuso a acicalarse con sus patitas.

¡Mira que eres presumida! Nunca hubiera imaginado que una cosa tan diminuta como tú quisiera ponerse guapa. Claro, con esos ojazos y esa cinturita…así cualquiera.

Cogí una lupa y la observé detenidamente. Realmente era bella. Sus dos alitas, que se movían en perfecta simetría y que apenas tapaban su escueto cuerpecito, me recordaban a las aladas top models de las pasarelas. La dejé repasando una y otra vez su cabeza y su cuello con sus patas más delanteras y me dirigí por el pasillo hacia la cocina. Nada más entrar, cuál fue mi sorpresa, me encontré a Tina esperándome posada tranquilamente sobre el tirador del frigorífico.

Sí, ya sé que tengo que preparar la comida, pero déjame, al menos, que escuche las noticias de la una.

Elegí mi emisora favorita: Una veintena de muertos y más de cien heridos en un nuevo atentado… Apagué la radio.

Tenías razón. Ya no existen noticias buenas. Te pondré música. ¿Te gusta la música clásica?

Le vi acercarse a mis antiguos long-play y se posó sobre un clásico de Vivaldi.

Allegro y vivace, como tú, jovencita.

Noté un cosquilleo en mi brazo, como una suave caricia.

-¿Sabes Tina? A veces me gustaría ser una mosquita como tú, disfrutando cada momento de las pequeñas cosas, y sin darle tantas vueltas a la cabeza como hacemos los humanos.

Le vi posarse sobre la tapa de una cacerola.

Como veo que tienes hambre y sé que las moscas sois muy golosas, te dejaré un poquito de azúcar en un platito para que me dejes preparar la comida tranquila ¿Te parece?

Estuvo un buen rato de su plato a la mesa y de la mesa a su plato.

-¿Es que quieres ayudarme a preparar la mesa? No sé qué poner. Ayer le invité a Toño a comer y se disculpó torpemente. No tengo apenas hambre y para mí con estas alcachofas y jamón me vale.

Mientras comía se quedó quietecita sobre el armario. Preparé el café y se puso contenta revoloteando de nuevo alrededor del azúcar.

-Te agradezco tu compañía Tina. No sabes lo triste que es tomar café en soledad. En estos días de fiesta, todos se van. Yo no tengo donde ir. Nadie me espera en ningún sitio y viajar sola entre tanta gente…

Se posó en el cristal de la ventana de la cocina en el que el sol de tarde había comenzado a trazar su recorrido, barriéndole con su luz cálida.

-Sí, ya sé que hace bueno y que debiera dar un paseo. Quizás lo haga. Cuatro días. Qué largo se hace este puente. Cuatro días sin ver a mis amigas, sin cotillear, sin agobiarme en el trabajo….¿Tú tienes amigas?

Tina se dirigió a la estantería del salón recorriendo una a una sus baldas.

-Leer; claro; eso es; tienes razón. Por fin podré acabar esos tres libros empezados con los que tanto disfruto. Vamos, ven a la galería de atrás.

  No tardó en acercarse. Uno a uno, recorrió los innumerables cristales de la ajada galería de madera mientras las páginas de mi libro favorito pasaban veloces entre mis dedos, ávidos de destripar su contenido. El sol rasante daba de plano en mi cara y me hacía dificultosa la lectura.

-¿Qué prefieres, que volvamos a la cocina o quedarte aquí al calorcito? Veo que prefieres quedarte. En ese caso, voy a abrir un poco una de las ventanas, que hace demasiado calor.

Se subió a mi cabeza; una y otra vez, haciendo burla de mi mano, intentó jugar conmigo posándose donde no me esperaba. Realmente, era una buena amiga. Se dirigió hacia la ventana abierta recorriendo su borde. Dio el último vuelo sobre mi cabeza y, sin más despedida, emprendió su vuelo hacia el exterior, hacia el cielo infinito.

-¿Quieres salir, eh? Siento mucho no poder acompañarte, no se volar. Adiós, Tina, ha sido un placer.

 

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