Al salir del ascensor, giré hacia atrás la cabeza y, de pronto, me invadió una profunda tristeza. En un momento, pasaron por mi mente mil recuerdos, imágenes de tantos años compartidos, sin quererlo.

En esa casa estuvieron buenos amigos y amigas y, más tarde, esos amores por los que damos la vida. Después llegó la pasión, la ilusión del primer hijo, junto con la convivencia, sin tener nada aprendido.

Pronto nos cambió la vida, el trabajo, los problemas…y comenzaron las riñas y el silencio tras las cenas. Intentamos arreglarlo, hasta nos dimos un tiempo. Lo mejor era dejarlo, nos dijeron “los expertos”.

Tembló mi mano, dudando si darle a la botonera y subir ese ascensor e intentar, a mi manera, pedir perdón, compungido, sintiendo arrepentimiento y repitiendo mil veces el consabido “lo siento”.

El orgullo me obligó a reaccionar y mis piernas dejaron el edificio que fue mi casa hogareña. Ya nunca más volví a verlo; lo borré de mi memoria. Lo que hiciera con mi vida, eso ya… es otra historia.

al salir del ascensor

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