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1.980

Acababa de salir de mi última relación fallida y estaba deprimida. Con la primavera, volví a ser la misma de siempre. Cada año las mismas pautas: reflexión sobre la vida, conocer a alguien interesante, ilusión…. hasta que el enfriamiento y el enojo acaban provocando la ruptura. Inestabilidad. Es mi sino.

Aquel año, algo nuevo se coló en ese ciclo repetitivo. Una pequeña brizna de levadura se metió en mis meninges y, con el fósforo del cerebro, creció y creció consumiendo el espacio del resto de mis pensamientos, emitiendo una sola frase, una sola idea:: “¡Quiero ser madre! ¡Tener un hijo!”

Al acabar de gritarlo, comenzaban las preguntas, las dudas, el cómo, el cuándo, y como siempre, todo quedaba en nada. Hasta que oí hablar de la fecundación “in vitro” con óvulos seleccionados y la decisión fue firme. Sí. Era mejor así. Algo seguro. Pensaba si en España me admitirían como madre soltera o tendría que hacerlo en otro país. No me importaba. Aquella mañana me quedé embobada mirando jugar a los niños en el parque, riéndome de sus torpezas para subirse al columpio y de sus dudas hasta tirarse por el tobogán y acabar rodando por el suelo. Nada hay más hermoso que la risa contagiosa y desinhibida de un niño. Mientras les observaba saltando sobre los charcos, empujándose para ser los primeros en subirse al tren de madera, o recogiendo un pequeño ramo de flores que luego entregaban a su mamá o acababan deshojadas, mi corazón ensanchado repetía: “¡Quiero ser madre!” ¿Seré yo una buena madre?

Al pensarlo, vinieron a mí los recuerdos de mi infancia en aquel pueblecito de la sierra. Qué tiempos tan diferentes, compartiendo la pobreza con el resto de los niños, pero felices. Aquellos pupitres dobles con la madera desgastada de tanto raspar con cristales las manchas de tinta, los cuadernos de caligrafía, la enciclopedia, el mapa de España, el globo terrestre y la maestra refunfuñona cuyo nombre he olvidado. Han quedado como huellas imborrables en mi pensamiento del agradecimiento por la lucha de mis padres y mis abuelos.

1.969.

En el patio del convento, junto a su maletón, una bella joven de larga melena semirubia que vestía un elegante vestido y zapatos de tacón alto, conversaba animadamente con la Directora. Algunas de las postulantes la miramos con curiosidad, preguntándonos con lógica extrañeza el motivo de su presencia allí. Unas ligeras campanadas anunciaron el final del asueto que disponíamos tras las clases. En silencio, nos dirigimos a la pequeña capilla colocándonos en los primeros bancos. Poco después, la Directora ocupó su lugar a la derecha del altar acompañada de la bella joven del patio que, sorprendentemente, iba ya vestida con nuestro uniforme azul y su melena recogida bajo el velo blanco. Tras unos momentos de reflexión, la Directora nos habló: -Hoy contamos con la alegría de una nueva vocación. Una joven como vosotras ha decidido dejar el mundo y buscar a Dios mediante la oración y el trabajo. Ha venido para quedarse con nosotras. Ayudémosle a encontrarle. Sé bienvenida Celeste –dijo dirigiéndose a la joven quien, sonriente, nos miró a todas, una por una. Instintivamente, sin saber por qué, me fijé en sus ojos negros y profundos. -Bienvenida –repetimos en voz baja algunas de nosotras.

Al salir de la capilla, mis amigas y yo nos acercamos a la nueva compañera deseosas de entablar conversación: -Me llamo Julia –le dije- y éstas son Estela y Marina, mis dos mejores amigas. Después le preguntamos por su extraño pero bello nombre, por su edad, de dónde procedía, queriendo saber sobre su vida anterior, su familia y sus razones para ingresar “tan mayor” en nuestro centro religioso, mientras pugnábamos por enseñarle la ordenada biblioteca y la amplia sala de estudio y meditación. No quiso entrar en detalles pero, dada nuestra insistencia y más que nada para complacernos, sin perder la sonrisa, con su cara aniñada y sus modos refinados, nos comentó: -Me pusieron Celeste por mi abuela, y pronto cumpliré 17 años. Soy vasca. Estoy aquí porque Dios me ha llamado a la vida religiosa y no puedo negarme.

Sentada frente a ella en aquella larga tabla del amplio refectorio, pude observar su compostura en el uso de los cubiertos que delataba una selecta educación. Celeste estaba complacida oyendo la obligada lectura religiosa que, cada día, una de nosotras demostrábamos tener. Yo la miraba intentando leer en su rostro y en sus gestos las emociones de este día importante para ella en el que había decidido dar un giro a su vida, tan diferentes de las sentidas por nosotras siendo tan niñas. Desde el primer momento, la joven recién llegada me pareció una persona muy especial. Al ver su sonrisa, un inusual sentimiento de felicidad me invadió.

-Sois muy buenas lectoras. En algún momento me olvidé de la comida al escucharos –comentó.

-Gracias. Seguro que tú también lo haces muy bien –contesté mientras pensaba sobre la verdad de su llamada a la vocación. (¿Realmente Dios la había elegido?¿También fuimos elegidas nosotras, de niñas, o realmente vinimos al convento eligiendo nosotras?)

Celeste quedó encuadrada en nuestro grupo de estudio y trabajo. Dado su carácter afable y su rostro siempre sonriente, todas disfrutamos con su compañía.  Nos sorprendió con sus amplios conocimientos de francés.

-¿Es que tu padre es francés? ¿Vive allí? –le pregunté ansiosa por conocer algo más de su vida.

-No, no, es vasco….., Bueno, trabaja allí desde que mamá….. 

-¡Estamos aquí para trabajar! ¿no? Pues basta de charlas –cortó secamente la Directora, que escuchaba disimuladamente nuestra conversación.

-Sí, claro- contestó Celeste sorprendida por el fuerte autoritarismo que destilaba el tono de aquella frase. ¡Qué contraste con la ternura del gesto de mi nueva amiga!

Aquella noche tuve una extraña pesadilla: Celeste era una especie de ángel y, poco a poco, se transformaba en una horrible arpía, que insistía en contarme su turbio pasado…. Me desperté sobresaltada y la busqué con la mirada. Vi que dormía plácidamente y me tranquilicé. Me sentí feliz como hacía mucho tiempo no me había sentido. Celeste era una persona tan especial que provocaba que salieran a la luz los mejores sentimientos, mi vocación religiosa.

A media mañana, inesperadamente, en un instante, toda esa alegría se fue al traste. Mientras las cuatro amigas bajábamos veloces las escaleras de madera de las aulas, Celeste resbaló y cayó rodando quedando tumbada sin conocimiento en el amplio rellano, frente a aquel cuadro. -¡Vamos! ¡Despierta! ¡No puede ser! -gritábamos todas intentando reanimarla. Bajo aquella Madonna que parecía mirarla, recé con todas mis fuerzas, como si de mí dependiera su vida, recé suplicando, exigiendo. Tras unos minutos de gran angustia, abrió los ojos y repitió algo, casi inaudible: “Yo no fui. Yo no fui”

Poco a poco se levantó diciendo: ¡Estoy bien!  Miré agradecida a la Madonna del cuadro y entonces me di cuenta del gran parecido que Ella tenía con Celeste. Su cara redondeada, esa tierna mirada, el pelo rubio, una joven como nosotras…. ya madre.

2004

Hoy, como cada mañana, al ver la Madonna que preside mi dormitorio, me he decidido a contar cómo cambió mi vida con su llegada a aquel convento. Celeste, al acabar el curso, partió de misionera hacia Brasil acusada sin razón de matar a su madre accidentalmente con la pistola de su padre, un general franquista. Ella vio el crimen. Yo también me fui. Ahora soy madre y soy feliz.

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