sol-rojo                                           

Me presentaré. Aquí donde me veis, tirando de esta carreta, pensareis que soy un comerciante y, ya se sabe, en estos tiempos, comercio y engaño son casi lo mismo.   Y no. Este hijo de labriegos, último de nueve, se ha ganado la vida dignamente desde bien pequeño y espera llegar al ansiado año 1000 sin menoscabo de su dignidad.

Pascualín me llaman, ya que nací al día siguiente de la Pascua, y doy por bien recibido mi nombre puesto que no tengo otro. He sido granjero, cuidador de animales, ayudante de cantero, contador de romances, escribiente, soldado y no sé cuántos oficios más y, como se dice, hombre de muchos empleos, pobre asegurado.

Estas dos mulas bien aparejadas y yo vamos camino de Belforado, próspera villa según cuentan, que yo aún no conozco, junto a esta pareja de tortolillos, llamados Tello y Constanza, que dormitan ahí detrás. Qué envidia me dan, ahí abrazados y bien protegidos del sol y de la lluvia por esa techumbre a modo de bóveda que yo mismo he preparado con pieles entrelazadas y cosidas, como bien me enseñó a hacerlo un maestro guardicionero de Murguía, de donde venimos.

Los tres, y por supuesto las mulas, ansiamos una nueva vida, más tranquila que la pasada, lo que esperamos hallar en dicha villa mediante la carta de recomendación que aquí llevo bien guardada en mi faltriquera y que me otorgó el buen Conde de Lantarón por mis servicios como soldado en la defensa de sus territorios, tras el último ataque sarraceno en el que quedaron arrasados todos nuestros campos, quemadas nuestras casas y diezmadas nuestras gentes, pero que no lograron avasallarnos.

¡Ah! ¿Qué aún no os he presentado a mis acompañantes? Disculpad. Voy con ello.

Ese joven barbudo que dormita sobre su jergón se llama Tello y es mi mejor amigo. Desde niños hemos disfrutado y padecido de todos los momentos que la vida nos ofreció en Murguía, hasta que nuestros padres, casi al mismo tiempo, murieron, y nos separamos. Yo me convertí en un buen soldado, mi último oficio, y él en un gran maestro cantero. Y gracias a ambas cosas, disponemos ahora de esta importante carta que nos recomienda a ambos como tales para ejercer con bien en dichos oficios. No os hablaré de la nobleza, el buen carácter y demás cualidades de Tello, ya las habréis supuesto, pues si no las tuviera no fuera posible que pudiera ser mi amigo.

Y qué decir de su compañera Constanza. Nunca he visto a la par mujer tan bella y trabajadora. Solo diré que su belleza es tan grande que no me atrevo a describilla. Y dormida, aún más si cabe. Su cabello, bien recogido en una única y larguísima trenza, es tan dorado como los trigos en agosto. Su piel es tan blanca como la túnica del mismísimo Nuestro Señor Jesucristo después de resucitado. Sus ojos son tan azules como el cielo raso en el mediodía del solsticio de verano. Los rasgos de su cara son tan perfectos que ningún pintor pudiera llegar a reflejarlos. No se cómo este amigo mío ha podido conquistarla. Aunque conozco sus dotes como buen conversador, en Murguía no ha podido tener ocasión de ejercerlas al carecer dicha villa de mujeres jóvenes dispuestas a ser conquistadas. El azar hizo que encontrara a esta hermosa mujer trabajando en un pueblo cercano al nuestro y correspondiera a sus requiebros.

Con tantos dones que la naturaleza le dio, no es de extrañar que esté prendado de ella, y a fe que se dio “buena priesa en conocella y catalla” puesto que la trae bien preñada y a punto de su maternidad. Así es la vida, él se enamoraba mientras yo casi me dejaba la vida en el ejército del Conde lanceando moros y siendo lanceado por ellos. Pero esa es otra historia. La pobre Constanza está cansada y no me extraña. Apenas creo que, si Dios lo quiere, le quede un mes para parir. Tiene una barriga tan enorme que no sé yo si no traerá más de uno. Mi amigo, el bueno de Tello, está tan preocupado, por ello y por ella, que duerme sin cerrar el ojo, procurando en todo momento atender a la menor de sus cuitas para que llegue con bien al nuevo destino y tenga un feliz alumbramiento. Todos ansiamos una pronta arribada a la villa y que veamos nacer al que, sin duda, será un hermoso retoño, sea varón o hembra.

Y estas mulas, agotadas y hambrientas, que pugnan por superar la cuesta final que nos asome a nuestra meta, se llaman Camila y Belinda, y no podía dejar de citar sus nombres ya que sin ellas jamás pudiéramos alcanzalla, y yo no estaría aquí ahora preparado para contarles las buenas nuevas y aventuras que, sin duda, nos aguardan y que pronto les referiré, pues un buen fraile me enseñó a escribir y lo hago a menudo.

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-¡Mirad! ¡Ahí, tras la loma! –dijo Constanza, intentando sin éxito secarse las lágrimas que brotaban de sus ojos. Una amplia sonrisa precedió al fuerte abrazo de los tres al contemplar bajo un sol rojo la silueta del castillo de Belforado y su caserío debajo.

A la entrada de la villa, decidimos descansar junto a un arroyo para que bebieran las mulas y liberarnos de los sudores y hedores. Después, vestido con mi mejor jubón, subí yo primero la loma del castillo para entregar las credenciales a Don Román, Señor de la villa, a quién iban dirigidas, precedido de uno de los guardianes. Quiso Dios que los de Belforado nos acogieran en buena hora y nos facilitaran un pajar para alojarnos todos en él, por lo que nunca olvidaremos tanta hospitalidad.

-Gracias Señor por vuestra acogida. Recibid este presente que os envía el Conde de Lantarón -afirmó Tello mostrando un artístico plato de cobre mozárabe bien cincelado.

-Os esperábamos. Necesito hombres valientes para reforzar nuestro pequeño ejército y buenos canteros para ampliar nuestras murallas antes de que nos ataquen de nuevo esos infieles sarracenos –nos respondió Don Román, Señor del castillo y de Belforado.

-Esta es Constanza, mi mujer. Como veis, su avanzado embarazo no le ha impedido llegar. Ha soportado valientemente nuestro duro viaje desde los montes vascones.

-Dispondrá de ayuda para que pueda nacer un nuevo beliforano. Sed bienvenida. Y ahora vamos a preparar unas viandas para saciar las hambres –añadió Don Román.

Tras la cena, instalados en un pajar en los aledaños del castillo, nos dispusimos a pasar la noche felices, sintiendo que nuestros sueños comenzaban a hacerse realidad.

De pronto, oímos unos ruidos extraños, como de matracas, y fuertes golpes secos, acompañados de gritos y lamentos desgarradores y ayes sin pausa.

-¡Arrepentíos, pecadores, que el fin del mundo se avecina! ¡Rezad, rezad y haced penitencia! El tiempo se acaba y, sin nuestra contrición, el fuego eterno nos aguarda.

Dos hileras de hombres, azotándose unos a otros con látigos de brezo, seguían a un grupo de frailes encapuchados con antorchas. Tras ellos, otros desnudos portaban calaveras sobre largos palos en forma de cruz. Al final de la comitiva, un grupo de hombres y mujeres vestidos de peregrinos, lloraban compungidos y se lamentaban.

-¡Dios mío! –exclamó Constanza retirándose- Esto me da muy mal augurio. Cada vez que oímos pregones de la llegada del fin del mundo, nos llegan nuevas calamidades.

-No temas.- le dije- Esas paparruchadas solo sirven para que los incautos vayan a los Monasterios y les entreguen todos sus bienes a cambio de librarles del fuego eterno.

Un sol radiante apareció tras el castillo y nos despertó en nuestra primera jornada. Tello, abrazado a Constanza, lo contemplaba embobado. Puntualmente, se incorporó a la cuadrilla de canteros que reforzaban los muros del castillo, mientras yo me disponía a revisar mis armas y documentos a la espera de ser llamado al ejército. Sobre un fuego de troncos de encina preparamos una perola con un guiso de alubias y carne que conseguimos en el marcadillo de la villa y su aroma exquisito nos extasió.

Fueron pasando los días sin más novedad que el avance del embarazo de Constanza y mi incorporación a la caballería del ejército del Conde de Castilla Sancho García en el destacamento dispuesto en Belforado para su defensa como villa fronteriza. Los muros que circundaban el castillo crecían, por lo que todos nos sentíamos seguros.

Más pronto que tarde se rompió aquella paz que disfrutábamos. Llegaron nuevas de que los musulmanes, a pocas leguas de allí, estaban arrasando campos y poblados y matando a sus habitantes, y que no tardarían en alcanzar nuestra villa. Tuvimos que abandonar nuestro pajar y, junto a las mulas, como el resto de los habitantes de Belforado, refugiarnos en el interior del recinto del castillo que estaba casi completado.

Los vigías de las almenas dieron el aviso de la llegada de las hordas sarracenas. En ellas, por orden de Don Román, se apostaron los arqueros y ballesteros. Los soldados, bien armados, nos atrincheramos junto a las murallas formando una primera barrera, y dispuestos al ataque.

Detrás de nosotros, los campesinos y demás hombres formaban una segunda barrera reforzando las edificaciones interiores y las cuadras. Las mujeres y los niños y ancianos permanecían en las dependencias calentando agua y aceites.

En estas estábamos cuando Constanza, en el momento más inoportuno, se puso de parto. Tello corrió a buscar a la partera que acudió cargada de vendas, pañales, aceites, jabones, velas y amuletos y se dispuso a preparar el alumbramiento.

-Sé valiente Constanza y todo saldrá bien- le dijo la experta partera de modo cariñoso.

-Sabré serlo- respondió la parturienta agarrando fuerte su mano con un gesto de dolor.

Dos centenares de jinetes musulmanes se repartían ya por las calles de Belforado, entrando y saliendo de las casas, llevándose lo que mejor les parecía y arrasando y quemando el resto con gran vocerío. Desde el castillo les observábamos procupados.

Eran las huestes de Hisham II, califa de Córdoba. Después de arrasar la villa, rodearon el castillo e instalaron pequeñas tiendas en su entorno. Al anochecer, un montón de hogueras pretendía asustarnos y nos hizo establecer turnos de guardia.

-Tello, empuja su vientre hacia abajo, cuando yo te diga –señaló la oronda partera colocándole sus amuletos sobre la barriga, los brazos y el cuello, y encendiendo velas.

El creciente sufrimiento de Constanza y el miedo por los ataques musulmanes hacían siniestra la noche. Mi amigo, desesperado, entraba y salía del reciento sin saber qué hacer. Fue ya al amanecer cuando, al borde de la extenuación, la cabeza del bebé asomó fuera del vientre materno y emitió el primer llanto. Todos respiramos tranquilos.

-¡Enhorabuena! ¡Es un varón, fuerte y sano! –gritó la matrona apresurándose a lavarlo.

En ese preciso momento, un haz de flechas incendiarias seguido de otra nube de ellas sin fuego cayó sobre las techumbres de los cobertizos. Se hizo el caos. Como pudimos, logramos apagar los fuegos que se iban produciendo cercanos a nosotros. Nuestros ballesteros les respondían con la misma moneda. Había que defenderse.

-¡Quedaos aquí y no os mováis! –grité- ¡Esos sarracenos no conseguirán doblegarnos!

Subí veloz a las almenas. Una catapulta lanzaba sobre ellas grandes pedruscos para debilitarlas. Al mismo tiempo, por el Oeste donde el terreno era más llano, varias torres de madera con ruedas, protegidas por tableros, avanzaban lentamente hacia nosotros repletas de guerreros hasta llegar a los muros. Nuestros arqueros disparaban sus flechas mientras otros vertíamos agua y aceite sobre los que intentaban escalar las murallas. Don Román no paraba de dar órdenes.

Desde lo más alto contemplé cómo un enorme pedrusco caía sobre el cobertizo donde estaban Tello, Constanza y su niño recién nacido. Toda la techumbre se vino abajo. Bajé deprisa hasta allí gritándoles, sin recibir respuesta. Retiré raudo todas las maderas que pude y el pajizo del tejado sin dejar de llamarles. Nada. Por fin escuché el llanto de un niño y vi a mi amigo Tello arrastrarse por el suelo. Había conseguido introducir a Constanza y a su hijo en una oquedad que, a modo de cueva, ofrecía la ladera del castillo al fondo del establo donde dio a luz. -¡Estamos bien!- logró decir. Junto a una piedra de gran tamaño yacía la partera, atravesada por una de las flechas.

Por fin se hizo la calma. Habíamos resistido el primer ataque. Era hora de enterrar a los muertos y asistir a los heridos. Todo el mundo ayudaba como podía, sin descanso. Tello se incorporó a los canteros que reparaban los daños de las almenas, animado por Constanza que parecía encontrarse en buen estado y feliz por su alumbramiento. Sin duda era una mujer fuerte. El verla así, abrazada a su niño, nos infundía energía.

-Si te parece, le llamaremos Alfonso, que es un buen nombre castellano- dijo Tello.

Constanza asintió complacida colocando sobre el niño los amuletos de la partera que, sin duda, le darían fuerza, valor y suerte. La noticia se extendió y causó gran alegría.

Las hogueras musulmanas que bordeaban el recinto se hicieron mayores. Una enorme luna llena colaboraba con los defensores para que no pasaran desapercibidos los más mínimos movimientos de los atacantes. La vi sonriente y que estaba de nuestra parte.

Establecimos diferentes turnos de vigilancia y distribuimos las tareas. Las mujeres preparaban las comidas y las raciones para cada persona. Desde el aljibe repartieron el agua y, desde el horno, las raciones de pan.

Al amanecer comenzó el esperado ataque. Primero las flechas y su terrible fuego y, de nuevo, las piedras lanzadas golpeaban las murallas deshaciendo lo recién construido. Entraron los primeros sarracenos en el recinto. Los heridos no cabían en el interior del castillo. Don Román gritaba desesperado: -¡Resistid, valientes, resistid, por San Millán!

La situación era desesperada. Combatíamos cuerpo a cuerpo defendiendo cada paso. No se a cuentos sarracenos atravesé con mi espada pero cada vez había más y más dentro. De lejos vi a Don Román combatir contra tres de ellos y morir atravesado por uno de sus alfanjes. Pensé que todo estaba perdido, pero la imagen en mi memoria del niño que acababa de nacer y que no debía morir, me otorgó una gran fuerza.

Moriré luchando. Nuestras vidas les costarán muchas más de las suyas – me dije, para infundirme valor. A continuación salté las almenas, di un fuerte grito, y mi espada ensangrentada acabó con la vida de los atacantes de Don Román.

De pronto se oyeron sonar unos estruendosos cuernos que anunciaban la llegada de un ejército. En poco tiempo, la avanzadilla veloz de un gran escuadrón con banderas navarras y castellanas atravesó el portón abierto del castillo, lanceando musulmanes.

-¡San Millán nos protege!- grité. Todos los sarracenos huían como podían en todas las direcciones, rodando por la loma del castillo o hacia el monte. Habíamos sobrevivido.  Majestuoso, cabalgando sobre un hermoso corcel blanco, entró al castillo nuestro conde Sancho García de Castilla y, junto a él, Sancho Garcés III de Pamplona, y sus soldados recuperaron la villa. Todos los beliforanos supervivientes les aclamaban con gran alegría. Tello y Constanza, con sus manos apretadas, lloraban junto al niño.

A los tres días, el conde castellano nombró un nuevo señor de la villa. Yo me tuve que incorporar a su ejército y partimos hacia Burgos. Abracé a mis amigos prometiéndoles que volvería a verlos en cuanto tuviese ocasión, y deseándoles lo mejor en Belforado.

Y así llegó el temido año 1000. Y no se acabó el mundo. El tiempo siguió avanzando impasible y rutinario, indiferente a las fechas, ofreciéndonos un nuevo y duro invierno.

En las casas, las hogueras se mantenían día y noche. Los trabajos de reconstrucción de los castillos castellanos se paralizaron por el viento helador que arreciaba. Los ríos eran una capa de hielo y algunos animales morían de frío.

-¡Al menos, todo está en calma!- me dije, imaginando a mi amigo Tello dando calor a Constanza y a su hijo.

Y, al igual que el año 1000, transcurrió el 1001. Yo, en Burgos, como buen soldado, preparándome a fondo para la guerra. Y así llegó el mes de agosto de 1002, en el que una gran ofensiva cristiana se preparaba. Nuestro ejército castellano, con el bravo Conde Sancho García al frente, se disponía a partir hacia Cervera donde se uniría al navarro de Sancho Garcés III y también al de Alfonso V de León para combatir unidos al temible Al-Mansur, al que llamaban Almanzor por sus innumerables victorias.

Fue un gran día. Habíamos derrotado a los sarracenos, pero, al igual que la de Almanzor, llegaba mi muerte. Sin previo aviso. Cruel, sin poder defenderme de ella.

Y aquí estoy, desangrándome en un jergón, atravesado por una esquiva flecha, y escribiendo este legajo en el que recojo, sin más tiempo, mis postreras memorias.

Recordando en imágenes fugaces mi llegada a Belforado y la esperanza en los rostros de mis amigos. Los veo felices en Belforado, e imagino que Alfonso, su querido hijo, será soldado y vengará mi muerte. O quizás no luche jamás al no ser necesario. Ojalá.

A él le dedico estas líneas, que os llegarán con el regreso de mi ejército, cuando yo ya esté muerto y bajo una gruesa capa de tierra:

No lloréis por mí, amigos.

Dejo este mundo malvado

feliz, pues, como soldado,

mis deseos son cumplidos.

Disfrutad de vuestro hijo,

hacedle bueno y valiente

que goce y ame a la gente,

que esta vida es un suspiro.

Que me recordéis, os pido,

no me tengáis olvidado,

y que tardéis mucho en verme.

Pascualín dejo firmado.

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