OSCURA SOLEDAD           

Un reguero de sangre brotaba de su corazón formando un charco en la ajada baldosa sobre la que el continuo goteo producía un eco musical espeluznante. El cuerpo destrozado del apuesto joven, colgado por los pies atados en el gancho de la carne adosado al amplio fogón, se contorneaba con sus brazos extendidos ansiando tocar el suelo. Por todo el valle voló la noticia de la trágica muerte del protegido del Deán Mayor de Santiago.

Un grupo de vecinos se arremolinó frente a la casa del viejo sacerdote murmurando lo que todo el mundo sabía, que el joven era realmente su hijo, y casi culpando al viejo de su muerte; de pronto, comenzaron a gritar: –¡Ha sido ella! ¡Sabemos que fue a visitarle! ¡Asesina! ¡Bruja!-, e instintivamente, todo el grupo se puso en camino hacia la casa de Émily. De una patada abrieron la puerta y mientras seguían gritando: –¡Matadla! ¡Bruja! ¡Maldita!-, destrozaron todos sus utensilios y rompieron sus frascos esparciendo por el suelo sus brebajes y ungüentos; finalmente quemaron sus escasos muebles y la casa terminó ardiendo por completo. Pero Émily no se encontraba allí. Cada vez que oía el más mínimo alboroto en la villa, se estremecía y salía huyendo hacia el cercano pinar; no deseaba acabar como su madre hacía tan solo unos años, condenada a la hoguera injustamente.

Corrió y corrió, sin mirar atrás, entre la oscuridad del frondoso bosque hasta llegar al Castellar, su escondite preferido. Aquellos muros semiderruidos serenaban su ánimo; hablaba con ellos y les agradecía su compañía, rogándoles que permanecieran allí otro año más. Al frente, un pie derecho central coronado con dos escuetos jabalcones asemejaba a un mozo fortachón sujetando con sus brazos la viga maestra del único vano que aún se mantenía firme; era todo lo que quedaba de la estructura interior de madera del antiguo castillo.

Se acurrucó bajo aquel resto de techumbre presto a derrumbarse. El sol, queriendo protegerla, tenía prisa por esconderse, y se ocultó tras el inmenso ciprés que presidía el antiguo cementerio, dejando en su lugar un lúgubre paisaje de nubarrones grises oscuros. Varias tumbas inclinadas permanecían arrimadas a los cuarteados lienzos que cerraban el camposanto; sobre ellas, varios pedruscos de gran tamaño intentaban abandonar los que fueron en otro tiempo majestuosos muros de mampostería. El arco de su entrada estaba rasgado, ya sin motivo pues no soportaba peso alguno, con sus dovelas apenas unidas por agrietadas costuras confirmando los achaques de la edad, pero resistiendo a desaparecer. En una de las tumbas, alguien había dejado sobre su cruz unas ropas negras que el viento ondeaba, confiriendo al lugar un halo fantasmal. Todo estaba en absoluta decadencia; era el lugar idóneo para pasar desapercibida.

Asustada, se cobijó al otro lado de aquellos muros, en un disimulado hoyo que formaba el terreno o que alguien excavó buscando restos humanos. Allí dormiría, al menos por aquella noche. Desde ese lugar podía ver si alguien se acercaba sin ser vista. Apenas intentó cerrar los ojos cuando el sonido desacompasado de un carruaje alteró su paz. A su paso, dos grajos y un cuervo levantaron el vuelo aleteando tétricamente sus alas en círculo para volver a caer sobre su presa, que se asemejaba a una oveja sin vísceras ni ojos, con apenas esqueleto y piel.

La sombra del carruaje se dibujó escuetamente en el muro, omitiendo la escasa luz del anochecer y escondiendo aún más el bello rostro de Émily, que permanecía inmutable, con los ojos muy abiertos. El relincho de uno de los caballos precedió a su parada. Dos espectros se apearon de la calesa; de una de sus portezuelas bajaron un pesado baúl y dos sacas de esparto. Con la luna llena presidiendo la escena, la joven contempló cómo los dos hombres dividieron su reluciente contenido: custodias, cálices, candelabros, patenas y monedas, sin molestarse en tener cuidado al depositarlos en las sacas. Ella pensó que, sin duda, la acusarían de aquellos robos.

–“El viejo no se enterará; y ahora que su hijo no va a poder heredar su fortuna no lo va a necesitar”-, afirmó uno de ellos mientras el otro asentía riendo a carcajadas, lo que produjo un nuevo aleteo de los grajos que sobresaltó a los caballos. Bruscamente, el más joven desenganchó uno de los caballos, cargó una de las sacas, y se alejó a galope mientras el otro volvió a colocar el baúl vacío y su saca dentro del carruaje, partiendo en dirección contraria. Casi en la madrugada, con la luna llena oculta tras sus negras nubes, logró olvidar los rostros de aquellos hombres y quedarse dormida profundamente.

Dos días después, sintió un dolor intenso en la cabeza mientras una mano acariciaba su pelo y gritó sobresaltada. –No temas, estás en mi casa. Ya nadie te hará daño. Una piedra del muro te cayó encima y quedaste agonizante hasta que mi granjero te rescató de entre los cuervos y te trajo hasta aquí; el hilo de vida que te quedaba parece que ha rebrotado, gracias a Dios. ¿Me conoces?- Sus ojos entreabiertos lograron distinguir al viejo Deán, el único del tribunal que se opuso a la condena a la hoguera de su madre sin lograrlo. Ella asintió mientras le oyó decir: -“Vivirás conmigo, si quieres. Me agradaría mucho tenerte como hija, ahora que he perdido a mi hijo. ¡Me lo han asesinado! No existe consuelo para mí.- Se secó pausadamente sus lágrimas y luego continuó: -Han quemado tu casa; quieren culparte… Somos dos víctimas inocentes, Émily… como lo fue tu madre, a la que tanto amé…”. Y su voz se quebró en un continuo sollozo.

-Siempre quise tener un padre- respondió la joven mirándole fijamente y pareciendo no sorprenderse demasiado con la noticia. Después, balbuceó casi inaudible: –“Yo les oí y les vi….. Puedo reconocerles. Sí…sé quién son esos asesinos”.

A los pocos días, los muros del Castellar se tiñeron de rojo y el hedor de la sangre y las vísceras volvió a espantar a los habitantes de Santiago. Los cuerpos mutilados de los dos criminales aparecieron esparcidos por aquel muladar, con gran alborozo para los grajos y cuervos que se disputaron sus despojos. Y la ciudad permaneció en silencio.castillo

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