La noche de San Juan se vestía de luna llena y las hogueras apuraban sus ascuas cuando un grito desgarrador resonó por las calles de Cortes. Angélica, una adolescente muy conocida en el barrio por sus dotes como pintora y dibujante, apareció acuchillada en el zaguán de su casa. Uno de los vecinos, extrañado al ver la puerta del adosado abierta, se asomó a su portal y, aterrorizado, divulgó la terrible noticia.

El llanto continuo de su madre y de sus dos hermanos pequeños conmovieron y movilizaron a toda la vecindad a la búsqueda del asesino. Mientras tanto, los forenses y la policía científica hacían sus comprobaciones recopilando posibles huellas, pequeñas pistas, y comenzaron las duras interrogaciones. Nadie podía entender el motivo pues, al parecer, no hubo abuso sexual, ni robo, ni existía un móvil aparente. Cada vez que alguien del barrio era interrogado se cernía sobre él una profunda sospecha y todos intentaban alejarse de su presencia.

Aumentó la venta de supercerraduras, se reforzaron las verjas de las plantas bajas y disminuyeron sobre manera las salidas nocturnas. Una palabra, que nadie decía, estaba presente en el aire de las calles y en las conversaciones de todas las casas y se podía adivinar en los rostros de todos los vecinos: MIEDO.

El primer sospechoso fue un joven soldado que, al parecer, llevaba saliendo unas dos semanas con Angélica y que, aquella noche, se despidió de ella dos horas antes de su muerte. Por su condición de militar, algunos le imaginaban de carácter violento, pero lo cierto es que el chico se encontraba tan consternado como la familia de la joven y transmitía más pena que otra cosa. Como también vivía en el barrio, la gente dejó de hablar a sus padres y cruzaban a la otra acera, al pasar por su casa, murmurando durísimas frases condenatorias.

La semana siguiente, uno de los vecinos interrogados afirmó haber visto a un joven gitano, aquella noche, sentado cerca de la casa de la joven asesinada. La sombra de la acusación se extendió entonces a la familia gitana que vivía casi enfrente de la casa de Angélica. El joven sospechoso, junto a su hermano menor, su padre gitano, que sufría demencia, y su sufrida madre, todos ellos, se dedicaban al comercio de ropa en su pequeño puesto del mercadillo y a la venta ambulante. De inmediato fue condenado por todos los vecinos; nadie hablaba a la familia gitana y los niños evitaban pasar por su calle para llegar al Colegio. Las tiendas cerraban de repente cuando veían llegar a uno de sus miembros. El hecho de ser gitanos les convertía en indudables culpables y algunos malintencionados, que pedían que les echaran del barrio, se inventaron que le habían robado unas pulseras, o un collar, o un móvil, según las diferentes versiones, antes de matarla. Tuvieron que cerrar el mercadillo porque nadie se les acercaba ni de lejos.

Pero, de nuevo, a partir de otra confesión, la sospecha recayó sobre otro joven. Al parecer, el dueño de un bar vio a Angélica subir a casa de un chico la tarde de San Juan, en el mismo barrio de Cortes; le pareció extraño ya que aquel chico vivía solo y era tildado de huraño y hosco y nunca entró en el bar; el chico era raro, pues normalmente pasaba por la calle, en su mundo, sin saludar a nadie y todos pensaban que alguien así no debía ser buena persona. Se trataba de un joven profesor de música, croata, que no conocía bien el idioma español y que daba clases de violín en una academia y a algunos particulares. Inmediatamente, le tildaron de loco peligroso, se borraron todos sus alumnos de la academia, e igualmente tuvo que dejar de dar sus clases particulares.

La policía científica seguía con sus investigaciones y pronto se filtró algo de ellas: Comentaron a la familia de la joven que el asesino actuó con guantes y que no dejó huellas salvo una pequeña marca de playera que apreciaron en el exterior del portal de la casa, que pudiera ser del número 42. Ningún rastro más.

Entonces comenzaron a sospechar de los amigos y amigas de la cuadrilla de Angélica, pues todos usaban deportivas. Sobre todo de dos chicos, algo pendencieros, que habían bebido bastante aquella noche de San Juan y que, curiosamente, ambos calzaban el número 42. Todo casaba. Uno de los dos, o los dos, era o eran los asesinos. El motivo parecía claro, habían bebido mucho, se pelearon entre ellos y lo pagaron con ella, con una de las navajas habituales.

Los vecinos dejaron de pasar frente a las casas de las familias de aquellos dos chicos, además de por la casa del joven militar, por la casa de los gitanos y por la del joven huraño profesor de música, dando grandes rodeos en el barrio.

Hasta que, otro vecino del barrio, advirtió que una vieja furgoneta llevaba allí, junto a la casa de la infortunada joven, más de una semana aparcada sin moverla nadie. Eso era demasiado sospechoso. Llamaron a la policía y resultó que la extraña furgoneta pertenecía a unos rumanos sin papeles. Ahora sí que parecían haber dado con la clave. Rumanos y sin papeles no podían ser buena gente. ¡Asesinos!- Les pintaron en la furgoneta. Pero resultó que estaba allí parada porque no tenían dinero para arreglarla y se habían ido de jornaleros a las huertas de Lleida. Al menos, eso comentó el propietario de un adosado que les tenía alquilada una de sus habitaciones.

Con tanta pista falsa, el miedo iba “in crescendo” por todo el barrio de Cortes. Había un asesino suelto y podía volver a actuar. A partir de la puesta de sol, las calles ofrecían su aspecto más tétrico. Solamente se veía algún perro aullando, y todas sus ventanas y puertas cerradas. Ningún niño ni joven por la calle.

Pedro, el alcalde del barrio, convocó a los vecinos a una reunión extraordinaria. Sólo acudieron cuatro personas mayores y dos madres preocupadas por sus hijas adolescentes. -¡Esto no puede quedar así!- le gritaban al bueno de Pedro. Se decidió contratar a un vigilante armado durante tres meses para que se pasease por todas las calles, armado, como medida de protección y en búsqueda de alguna nueva pista.

Diez años después, cuando una aparente normalidad había vuelto al barrio, la foto de la chica asesinada se encontró en el ordenador de un traficante colombiano,  detenido por una nueva agresión a otra joven. Entonces, se retomó el sumario, y se dio a conocer que en la autopsia de Angélica se habían detallado muestras de droga. En el barrio, hacía años que ya no vivía la familia gitana; se fueron al morir su padre demenciado; ni los trabajadores rumanos, que nunca volvieron a por la furgoneta; ni las familias de los amigos de Angélica, que cambiaron de domicilio hartos de las miradas de odio; ni la familia del militar que comenzaba a salir con ella; ni aquel joven croata huraño, que apenas hablaba castellano y que quería labrarse un futuro dedicándose a dar clases de violín.

 

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