Capítulo I.-El aprendiz de detective.

─Que sepas que no me gusta nada mi nombre -me espetó Arafat, mi personaje favorito.

─Es que te pareces mucho a aquel Yasser Arafat de las intifadas, con tu media barba descuidada, tu mirada medio triste y tu media sonrisa forzada, aunque lo entiendo –le respondí.

─Bueno, al menos, me has hecho rico e influyente.

─También eres buena persona. Lo malo es que te gusta estar metido en todas las ensaladas y quedar por encima. Como el aceite. Y a veces como el vinagre.

─Está bien. Pero no me entretengas ahora que, como bien sabes, tengo que recoger a mi sobrino del Colegio. Y el pobre está muy raro últimamente.

─Claro. Vete a recogerlo y no tardes.

Es normal que el niño esté así. Su padre, Antonio, el hermano de Arafat por parte de madre, desaparece de su casa cada dos por tres durante varios días. Y cuando lo hace, se disculpa ante su mujer con unos argumentos increíbles o, cuando menos, poco probables de que fueran ciertos. Que si en su estudio han resuelto asociarse con una empresa de Bordeaux y le envían una semana allí para realizar dicha “liaison”. Que si tiene que acudir urgentemente a un congreso de arquitectos que se va a celebrar en Granada para tratar las nuevas tendencias “passivhause”. O que si tiene que colaborar con otros conocidos arquitectos en un importante Proyecto que, quizás, salga en Ibiza… En fin, estas cosas que tan solo hace unos años le parecían impensables y que, además, hasta la fecha no aportan mayores ingresos al domicilio familiar.

Decidido. Además de casi hacer de padre de su sobrino, le va a tocar al bueno de Arafat averiguar cuál es la vida real de su hermano Antonio.

Por otra parte, su cuñada y madre del niño, la pobre, está todo el día de médicos; no sabe lo que le pasa, pero no se encuentra nada bien. Le dan mareos y, de pronto, se desploma en plena calle, con el alboroto consiguiente, o como anteayer en la Iglesia, en plena consagración. La cara del cura mirando al Cáliz y a los bancos al mismo tiempo era todo un poema. Así permaneció, tumbada y con tres viejas a su lado dándole aire con sus abanicos, hasta que acabó la Misa y, de pronto, se levantó ella sola y se fue sin decir palabra.

Arafat recogió a Lillo, así llama a su sobrino de nombre Manuel, y le llevó a merendar a su casa. Nada de dulces. Le hizo una tortilla francesa y, de postre, una buena manzana reineta de su huerta. Luego, le dejó jugar un rato a la “play”, antes de obligarle a hacer la tarea. Sabe que está haciendo de padrazo pero no le cuesta en absoluto, ya que no tiene hijos y Lillo es su único sobrino.

Si no fuera por su tío Arafat el chico estaría sin probar bocado hasta eso de las diez de la noche, que es cuando su madre, Diana, llega a casa, cansada, de su mal remunerado trabajo como secretaria-contable de una pequeña empresa.

Arafat se queja, pero vive bien. Al morir su padre, un empresario/promotor de la construcción, heredó numerosos inmuebles que tiene alquilados, pudiendo afirmarse que “vive de las rentas”, como se suele decir, eso sí, procurando que todos sus arrendatarios estén contentos y que, por tanto, no dejen de pagar ni un solo mes. Su hermano de madre, Antonio, en cambio, no dispone de rentas.

─Si estás pensando en que me encargue de vigilar a mi hermano, me tendrás que ayudar contratando un detective. Como comprenderás no voy a pasarme todo el día siguiéndole. Además, si me ve, estallará un conflicto familiar, que no le va nada a tu novela- me dijo ayer Arafat, adivinando mis pensamientos.

─Tranquilízate, no te preocupes, no voy a permitir que eso suceda- le respondí.

─El caso es que me gustaría conocer de primera mano en qué está metido mi hermano. Lo mismo me lo enredas con una amante… o lo complicas con asuntos poco recomendables.

─Eso deberás averiguarlo por tu cuenta. No voy a contarte nada al respecto.

─Está bien. Lo seguiré un par de días y, si no consigo nada, contrataré a un detective –me respondió Arafat, decidido a investigar a su hermano.

─¿Lo ves? Te perfilé como un personaje que quiere estar en todas las salsas y no puedes fallarme.

Lo primero que hizo fue ir a hablar con su cuñada para contar con su visto bueno. Diana asintió sin vacilar, pues llevaba tiempo con la mosca tras la oreja, extrañada de tanto viaje de negocios de su marido. Se prometieron ambos guardar en secreto todo lo que fuera apareciendo. Nadie más debería saberlo.

El martes siguiente, de nuevo, Antonio tenía programado un viaje de tres días a Barcelona, invitado por una empresa, con motivo de la presentación de una novedosa técnica de prefabricados que le gustaría aplicar en sus proyectos.

─Vete pensando en cómo lo voy a seguir, que a ti te corresponde decidirlo, pues para eso eres el narrador, autor del cuento, o como quieras que te llame.

─Vale. No te preocupes, Arafat. Te iré diciendo lo que tienes que hacer- le dije. Me ha salido respondón este personaje. Igual le doy un pequeño susto para que se amaine un poco.

En casa de Diana, el lunes transcurría con una tensa normalidad, a la espera de las próximas indagaciones sobre su marido. Hasta ahora había confiado en él plenamente, pero los viajes eran cada vez más largos y más frecuentes.

La desconfianza de su cuñado le había abierto tanto los ojos que le era imposible conciliar el sueño, aunque, en el fondo, tenía ganas de que todo se calmara, que no hubiera nada extraño, que todo acabara bien. El amor que sentía por su marido estaba fuera de duda y no quería que terminase, por raros que fuesen sus asuntos de trabajo.

En casa de Arafat, todo estaba preparado para el espionaje. Los zapatos peleaban por estar en la primera fila para ser elegidos. Las camisas y las corbatas se tapaban unas a otras en el armario para exponerse a su mano. Hasta su abrigo le gritaba:

─ ¡Estoy harto! Llevo una semana aquí colgado, sin salir de casa.

─Tienes razón. Hoy mismo podrás venir conmigo hasta el colegio para recoger a Lillo. ¿Te parece bien?

─Eso está mejor. Pero que no llueva. No quiero estropearme.

─No depende de mí. Díselo al narrador.

─Esto es el colmo. Hasta los abrigos me reclaman sus derechos –me dije, sin saber qué hacer con él, cediendo a que no lloviera en todo el día e hiciera frío.

La mañana del martes, acariciado por la suave lana aterciopelada de su abrigo añil oscuro, se dirigió al bar situado frente a la casa de su hermano. Sentado en la mesa más cercana al amplio ventanal de su fachada, daba un pequeño sorbo a su café cada vez que observaba abrirse la puerta del edificio, hasta que, por fin, salió Antonio. A unos cincuenta metros, Arafat, de menor estatura, le fue siguiendo con paso ligero, tapándose con las farolas y los coches aparcados.

Todo iba bien hasta que, de pronto, su hermano se introdujo en el local de un antiguo edificio.

———0———

Capítulo II.-El restaurador.

Arafat se acercó a la puerta y leyó el cartel de la placa exterior de metacrilato que señalaba: “Voluntariado para la asistencia a refugiados africanos VARA”.

─ ¡No es posible! Mi hermano convertido en un asistente social, ayudando a los sin papeles africanos. ¿Qué pretende? ¿Por qué lo oculta? ¿Con qué dinero?

Esperó casi una hora merodeando por la calle hasta que se cansó y decidió volver por la tarde, entrar en ese centro, e interesarse por sus actividades. Así lo hizo. Hasta se apuntó como colaborador aportando una cuota inicial de 20 €. Después preguntó por su hermano Antonio y la respuesta le dejó confuso:

─ No. No hay ningún Antonio Pérez apuntado como colaborador, ni conocemos a nadie con ese nombre que haya estado por aquí.

En ese momento, su móvil sonó insistente. Era su sobrino Lillo quien, usando el teléfono de su madre, le reclamaba urgentemente:

─ Tío, ven rápido. Mi mamá se estaba mareando y luego se ha desmayado. Mi papá no coge el teléfono. ¿Qué hago?

─ Tranquilo, Lillo, que estoy cerca. Enseguida llego a tu casa.

Llamó a una ambulancia. En presencia de los médicos, Diana se despertó y dijo encontrarse bien. Aun así decidieron su traslado al hospital para hacerle los análisis y las pruebas necesarias y averiguar la causa de esos mareos o desmayos. Arafat llamó repetidamente a su hermano hasta que éste descolgó:

─ Dime, hermano.

─ ¿Dónde estás? Tu mujer está ingresada en el hospital. Le ha vuelto a dar uno de esos mareos.

─ Sigo aquí en Madrid. Se ha suspendido el vuelo a Barcelona. Voy hacia allí.

Tras dejarle el tiempo necesario para visitar a su mujer, ya en el pasillo de la planta, Arafat agarró por el brazo a su hermano y le inquirió seriamente por sus actividades secretas, recriminándole las muchas mentiras y engaños que les contaba a todos cada semana y la desvergüenza de sus continuas ausencias.

─ ¿Me has estado siguiendo? ¡No vuelvas a hacerlo o te arrepentirás! Lo que haga con mi vida no te incumbe –le gritó Antonio desafiante.

─ ¡Claro que me incumbe! ¡He estado cuidando de tu mujer y de tu hijo! Ellos no se merecen esto. Si no lo explicas, te denunciaré –acabó diciéndole Arafat.

Después salió del hospital a toda prisa, para evitar un mayor enfrentamiento con su hermano Antonio, y se dirigió al primer bar que encontró. Sentado, con una copa de vino, pudo relajarse. Tomó el periódico local y leyó: “Aumentan las desapariciones de valiosas obras de arte religiosas en iglesias de distintas provincias, aunque algunas han sido repuestas posteriormente, sin más explicación. La Iglesia reclama protección a las administraciones.”

─ Hay que ver. En estos tiempos, ya nada tiene sentido; cada vez hay menos gente normal y más inseguridad para todos. No sé dónde vamos a llegar.

Luego, en el camino hacia su casa, me preguntó preocupado:

─ ¿Lo he hecho bien? Ahora ya no le podré seguir más. Ya sabe que estoy tras él, así que ya me dirás qué hacemos.

─ Muy bien, Arafat. Deberás seguir colaborando en esa asociación religiosa de ayuda a los refugiados africanos. Observa cualquier detalle que te parezca extraño, que seguro que averiguamos algo. Tienes que descubrir por qué tu hermano quiere ir allí sin que nadie lo sepa. ¿No te parece?

─ Desde luego. Esta tarde fingiré estar muy interesado por todas sus actividades. Incluso aumentaré mi cuota, ya que me has diseñado rico ¿no?

─ Me parece bien. Por el dinero no te preocupes. Contarás con todo lo preciso.

Al día siguiente, mientras su cuñada seguía ingresada en el hospital requerida con más pruebas, Arafat se dirigió al Centro de asistencia a los refugiados para conocerlo en profundidad y ofrecerse a colaborar en todas sus actividades. Próximo a la recepción, un amplio salón, situado en la zona delantera del edificio, hacía de exposición permanente de cuadros y figuras. Una puerta entreabierta al fondo de aquel espacio expositor dejaba ver un cuarto anexo en el que un pintor estaba faenando sobre su caballete.

─ ¿Quién son los autores de esas obras de arte? –preguntó con curiosidad.

─ Lo desconocemos. Son donaciones de los socios para su venta con objeto de recaudar fondos para la asociación. ¿Le interesa alguno de ellos?

─ ¿Y ese artista que está pintando en el cuarto de al lado? –insistió.

─ ¡Ah! Es nuestro pintor reparador. Algunas de las obras nos las traen hechas una pena y es preciso restaurarlas. No se acerque allí. Le molestan las visitas.

Recorrió el salón observando detenidamente, una a una, las obras expuestas y, disimuladamente, se acercó a la puerta de la salita del restaurador para mirar cómo lo hacía. Vio la obra que trabajaba y no pudo menos de sorprenderse al ver que estaba repitiendo o copiando un mismo cuadro, colgado frente a él. En ese momento, Arafat tuvo un mal presentimiento…

———0———

Capítulo III.-Dolor de corazón.

 Al ver aquellos lienzos repetidos, le vino a la memoria el artículo que esa misma mañana había leído en la prensa sobre desapariciones de obras de arte. Una única idea rondaba por su mente: Era muy probable que tuvieran una red para robar lienzos valiosos en Iglesias de pequeños pueblos sin suficiente protección; que el artista del cuarto realizara una copia, que era la que luego devolverían a la Iglesia si no habían notado la desaparición o, en caso contrario, la venderían en esa exposición a cualquier benefactor, quedándose con el original. Que seguro que su hermano sería el encargado de viajar para colocar las obras auténticas en subastas extranjeras. Sabía muy bien inglés. Todo cuadraba. Era la explicación más lógica, aunque le doliera el corazón.

Decidió acercarse hasta casa de su cuñada y comentarle sus sospechas. Ella tenía que estar al tanto. Era lo convenido. Diana, muy afligida, no paraba de sollozar tanto que Arafat la tuvo que abrazar repetidas veces comentándole:

─Vale, Diana. No llores más. Es solo una sospecha. Mañana contrataré un detective de verdad y saldremos de dudas. Seguramente estaré equivocado.

Muy apenado, después de contratar al mejor de Madrid, Arafat me preguntó:

─¿Me vas a obligar a denunciar a mi hermano? Siempre lo he admirado por su buen carácter y, hasta que comenzaron sus extraños viajes, ha sido trabajador,  buen esposo y buen padre. Su mujer lo adora. No nos hagas esto.

─Aún no conoces el final y ya estás recriminando mi guión. Déjate llevar por el argumento y, si encuentras contradicciones, tendrás derecho a quejarte –le dije, pensando en complicarle un poco más la vida enamorándole de Diana.

Al día siguiente, el detective siguió a Antonio durante todo el día, desde que salió de casa hasta que regresó a ella, a eso de las nueve de la noche. A las diez en punto se reunió con Arafat en la cafetería convenida y le comentó:

─De nuevo, tu hermano ha visitado, mañana y tarde, el Centro de refugiados. Siguen diciendo que no lo conocen. Es muy sospechoso. Además, allí hay algo más que contrabando de obras de arte. He visto entrar a ese Centro varios de los más conocidos narcotraficantes de Madrid. Algo gordo se cuece ahí dentro.

─¡Horror! Entonces mi hermano, en sus viajes, seguro que trae esa droga para luego distribuirla aquí a través de esos traficantes. ¡Pero es mi hermano! ¡No podré denunciarlo!  Síguelo toda la semana, por favor. Debemos asegurarnos.

─Lo seguiré cada día, mientras me sigas pagando –respondió el detective.

─Quedaremos cada noche a las diez para que me cuentes todo lo que veas.

Dos días después, el detective le trajo una noticia inesperada:

─Tu hermano se ha ido. Esta mañana ha tomado un vuelo para Colombia.

─Eso confirmaría las sospechas de tráfico de drogas. No puedo creerlo. Si mi hermano nunca ha fumado. Ni siquiera un canuto de marihuana. Es imposible.

─Pues está volando hacia Medellín. Por otra parte, mis contactos en la Compañía aérea me han comentado que tiene billete de vuelta comprado para dentro de cuatro días. Así que pronto lo tendremos de vuelta.

De nuevo, Arafat se dirigió a mí para quejarse:

─Veo que estás empeñado a enfrentarme con mi hermano. Me niego a seguir ese guión. Ni que fuéramos Caín y Abel. Yo siempre me he llevado bien con él. ¿Me vas a obligar a denunciarlo? Yo no soy un chivato. Sácame de tu novela.

─No te quejes antes de tiempo. De momento no tenéis pruebas de nada. Solo sospechas. Tendrás que conseguir de él que te confiese todas sus andanzas.

─Está bien. Cuando regrese volveremos a hablar con él y le obligaremos a confesar. Quizás estemos a tiempo y le convenzamos para que deje todo esto.

Antonio regresó a Madrid y, de nuevo, el detective siguió sus pasos. Al verlo entrar otra vez en el Centro de asistencia a refugiados, se lo comentó a Arafat y ambos decidieron entrar allí y no cesar hasta averiguar todo aquel entramado.

─Lo hemos visto entrar hace un momento, y no nos diga que no lo conocen.

─¿Por qué lo buscan? ¿Qué desean? –insistió la recepcionista.

─A usted no le concierne. Son asuntos privados. Queremos hablar con él. Ahora. Si se niega, lo denunciaremos a la policía y a usted como encubridora.

─Está bien. Lo llamaré. Esperen aquí, por favor.

Se dirigió a la puerta lateral del hall de entrada y desapareció por el pasillo que seguía hasta la zona posterior del edificio. El detective sonreía triunfante, mientras Arafat, nervioso y preocupado, no paraba de hacerse preguntas.

─¿Qué le voy a decir? ¿Cómo le puedo obligar a que nos cuente la verdad?

─Eso es cosa suya. Dígale que si no confiesa, denunciaremos al Centro y a él por tráfico de drogas…contrabando de obras de arte…abandono familiar…, en fin, lo que usted vea. Usted es su hermano y debería conocerlo bien.

En ese momento, apareció Antonio junto a la recepcionista en la entrada. Al ver a Arafat, se mostró muy enfadado. Su cara se enrojeció y exclamó a viva voz:

─¿Otra vez tú? ¿Qué es esto, una persecución? ¿Quién es este señor?

─Un detective privado. Tú me has obligado a contratarlo. ¿Qué asuntos te traes entre manos? ¿Por qué vienes aquí todos los días? ¿Por qué has viajado a Colombia sin decir nada a tu mujer? ¿Te has olvidado de tu familia? ¡Dime! ¡Dime en qué negocios sucios estás metido! ¡Solo quiero ayudarte, Antonio!

─¿Qué? ¿Negocios sucios? ¡Qué poco me conoces, hermanito! No tengo ninguna obligación de contarte nada, y no te diré nada. Olvídame.

─Pues, si no lo haces, no tendré más remedio que denunciarte a la policía. Sabemos que en este Centro se están falsificando obras de arte y hemos visto entrar aquí a varios traficantes de drogas. Y no nos puedes negar tu viaje a Colombia. Está claro que estás metido en un buen lío. Te repito que solo quiero ayudarte. Eres mi hermano y puedo sacarte de todo esto. Tengo mucho dinero.

─Ven conmigo, –dijo tomando del brazo a Arafat – y usted quédese aquí.

Antonio entró en el largo pasillo cerrado, seguido de Arafat, y le condujo hasta un despacho interior. Una larga mesa presidía la pared frontal. Sobre ella, una amplia pantalla de ordenador encendida emitía sus reflejos sobre la pared.

─Siéntate junto a mí y mira esto –señaló Antonio.

———0———

Capítulo IV.-Amores sin consulta.

Arafat se acercó expectante a la mesa. Un mapa de Colombia ocupaba toda la pantalla. Antonio acercó la imagen y señaló una pequeña localidad, en medio de una zona boscosa próxima a San Antonio de Prado, cerca de Medellín. Después mostró varias imágenes de una niña pequeña dentro de una casucha y otras fotos de guerrilleros armados. Tras una pausa, comenzó su explicación:

─Se llama Daniela y tiene diez años. Es hija de la guerra. Una más. La dejaron abandonada en esa chabola cuando los guerrilleros huyeron del bosque al acercarse el ejército. Los soldados la recogieron y la llevaron a Medellín. Mi conciencia me está recordando machaconamente que debo ayudarla. He conocido el caso a través de este Centro de acogida; lo contó uno de los colombianos huidos de la guerrilla y pidió ayuda para la niña. Si no intervengo, probablemente acabará prostituyéndose obligada por los narcotraficantes de la zona. Le daré mi apellido. Estoy preparando los papeles de la adopción. De ahí mi viaje a Medellín. Espero que mantengas el secreto hasta que lo haya conseguido.

─Es lo último que me esperaba de ti ¿Y tu mujer? ¿No sabe nada del asunto?

─Tranquilo. Pensaba decírselo cuando lo tuviera ya definitivamente hecho. No se negará. Nosotros no podemos tener más hijos y una hermana para Lillo le vendrá bien. Está casi todo el día solo o contigo. No sabes cómo te agradezco tus desvelos por él. Diana es muy buena. No, no va a rechazarla, la querrá.

─¿Y esos narcotraficantes que entran por aquí? En este Centro pasan cosas muy extrañas –dijo Arafat, que no salía de su asombro.

─Esos narcos madrileños van a hacer de intermediarios con los colombianos a cambio de algún dinero. No te preocupes, son inofensivos, ya no trafican.

─¿Y ese falsificador que está ahí al lado copiando cuadros?

─Es un artista que colabora habitualmente con el Centro. Apenas cobra nada. Lo hace simplemente para recaudar fondos para los refugiados que vienen por aquí solicitando ayudas. No es contrabando de arte, ni los originales son obras robadas. Si te fijas bien, son fotografías de cuadros famosos que él intenta reproducir. Parece que se venden mejor que los cuadros de desconocidos.

Se hizo un sepulcral silencio. Ambos hermanos se miraban como nunca sus ojos se habían cruzado. Después, Antonio continuó diciéndole:

─Lo importante es la niña, Daniela. Me he propuesto que venga con nosotros, que estudie, que tenga una familia, una nueva vida, y lo conseguiré. Espero que no te opongas a ello y que me ayudes con Diana para que lo acepte.

Entonces Arafat salió del Centro y se dirigió a mí, muy preocupado:

─¿Qué historia es ésta? No sé qué pretendes, ni qué pinto yo en este asunto.

─Bueno, como ves, al menos no he hecho de tu hermano un delincuente. Deberías agradecérmelo.

─No veo nada claro el final de esta historia. Al menos respecto a cómo reaccionará mi cuñada. Espero que no la hagas sufrir más. Es una gran chica.

Desde que Arafat conoció a su cuñada, Diana, se quedó prendado de ella. Su figura menuda, su cara aniñada siempre sonriente, como de no haber roto un plato y, sobre todo, su carácter dulce y atento con todos, le tenían subyugado.

Todos esos atributos constituían un conjunto demasiado seductor para él, que tuvo que sufrir a un padre autoritario y a una madre muy despreocupada de la familia. En este momento, se preguntaba cuál sería la reacción de Diana y  de su hijo Lillo, y cómo se desarrollarían los acontecimientos. De antemano, no daba nada por descartado, incluso que todo ello fuese un maquiavélico invento de su hermano. Nunca hubiera imaginado que tuviera ese cariz humanitario.

Al día siguiente, antes de salir, de nuevo se dirigió a mí, recriminándome:

─¿Por qué me haces esto? Anoche no pude dormir. No te basta con tenerme siguiendo a mi hermano con un detective, no, que además tengo que estar enamorado de su mujer. Sabes que nunca me atreveré a insinuarle nada. Es mi amor platónico y siempre será así. Tengo un respeto por mi hermano.

─Me parece muy bien, pero nunca digas nunca jamás –le respondí.

─Esta noche he soñado que Diana no aceptaba esa adopción y que se divorciaba de mi hermano. Y después, que yo ocupaba su lugar…

─¿Lo ves?

─Mi sobrino me quiere y yo no tendría ningún problema en ejercer de padre, pero me mantengo firme, nunca le declararé mi amor a Diana.

─¿Y si ella te lo pidiese…? Estos acontecimientos van a suponer un giro inesperado en su vida.

─No lo creo. Pero… eso depende de ti, narrador. Si eso ocurriera…la historia podría cambiar. Mi amor por ella es muy grande.

─Ya. Bueno, no te lo prometo. Es mejor que no esperes nada.

─Ya me parecía a mí. Me vas a hacer sufrir ¿no es así?

─¿Y si dejamos a los lectores que decidan ellos?

─Mejor. Eres un narrador poco de fiar –acabó diciéndome Arafat.

FIN

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