Mayo nos regala una veraniega mañana dominguera. Mi mujer y yo, una pareja más de madrugadores, salimos de casa disfrazados de “runners”. Como si alguien nos persiguiese, nos apresuramos a cruzar las calles aún vacías. Al llegar al río Arlanzón, descansamos un momento, sudorosos y felices. Varios jilgueros nos observan y nos saludan con sus trinos, como un regalo para nuestros oídos. Agradecidos por ello, reiniciamos nuestro recorrido previsto.

Al pasar por la salida de la iglesia de San Cosme, sorteamos con dificultad a varias señoras que ocupan toda la zona peatonal para comentar por enésima vez las vidas de sus hijas, yernos y nietos, ajenos a nosotros.

Ya en la zona Sur, en una acera sombría, nos cruzamos con una mujer obesa que pasea a su futuro niño obeso. A su lado, un señor muy delgado, que se recupera de un cáncer, observa distraído a su perro sin raza conocida. A pasar junto a ellos, el perro nos ladra. El niño se asusta y su madre increpa al perro que no para de ladrar y a su dueño que intenta hacerle callar.

Pasamos al otro lado. En la concurrida acera soleada, como cualquier pareja de corredores domingueros, vamos sorteando a la gente, y pasamos entre tres bellas adolescentes que gritan y ríen a la vez, contrastando sus ropas, sus novios, y sus rostros excesivamente maquillados.

Al salir del centro histórico, en la calle Progreso, casi tropezamos con la mujer sin techo del barrio que sale de su cajero habitual y se dirige a la fuente más cercana para despertarse de sus legañas y lavar su austero desayuno. Tres madres cuarentonas la observan desde el portal de enfrente y siguen comentando orgullosas la fiesta de graduación de sus hijos y la próxima boda de una de sus hijas.

Aceleramos la marcha y llegamos al parque cercano al bulevar. Paramos de correr y entramos en un bar cercano para comprar un botellín de agua. En la terracita exterior, observamos a la chica rumana que limpia las oficinas de mi empresa descansar su soledad removiendo sin parar su taza de té verde.

Se nota que es su café preferido. Su cara se ilumina cuando se le acerca el chico rumano que limpia el portal de enfrente y se sienta a su lado. En otra mesa, un joven poeta escribe sus mejores versos. En el interior del bar, cuatro jubilados piden cuatro verdejos bien fríos. Discuten de los partidos del domingo y de las cosas de sus mujeres. Les ponen una tapa y continúan hablando de las incapacidades de los jóvenes políticos de moda para arreglar España como es debido. Después pugnan por pagar hasta que deciden tomar otra ronda.

De vuelta al parque, divisamos a un desconocido político local, con su traje gris de siempre, que saluda sonriente a unos conocidos que asienten sus palabras, agradecidos por su sonrisa. Cerca de allí, dos jóvenes imberbes hacen piruetas con sus bicis y molestan al vecino sin trabajo que pasea sus preocupaciones. Murmura hacia adentro sus comentarios para no enfadarles porque conoce a sus padres. Ellos continúan con sus acrobacias sin percatarse de su presencia.

De nuevo en la zona Sur, a la entrada de su garaje, vemos a una madre de familia numerosa que revisa una larga cuenta y descarga del coche grandes bolsas azules. Después llama al portero automático y espera a su marido.

En la esquina de la Plaza Vega, un grupo de jóvenes uniformados con sus modernos chandals esperan impacientes al microbús que les llevará hasta León para disputar el último partido de fútbol de la temporada, el más decisivo para ellos. Su entrenador les indica que suban y les anima uno a uno.

Más adelante, una joven madre despide con un beso a su marido y a su hijo y se dispone a llevar a su anciana madre, en silla de ruedas, hasta el Paseo del Espolón. A la entrada del Paseo, como todos los domingos, se tomarán un helado italiano mirando los patos desde la orilla del río. Apoyada en el asiento de piedra que bordea la ribera, le comentará con preocupación que la nota de selectividad del chico no le va a dar para acceder a la carrera que él quiere. Su madre le escuchará en silencio sin entenderlo y sufrirá también por su nieto. Hubiera deseado poder ayudar en algo, pero siente ser una carga, desde aquel aciago día en que su cadera se partió. Desde entonces su vida se arruinó y ya vive sin vivir mientras permanece sin moverse en aquella silla de ruedas.

Cerca de la Plaza de Mío Cid, un mocetón con abundante barba y gafas de sol observa disimuladamente el trasero de su bella acompañante que camina moviéndole con complacencia. En el paso de cebra, un señor calvo, encogido por los años, duda y mira a los lados antes de atreverse a cruzar, mientras los coches pasan velozmente. Ya con el semáforo en verde, reiniciamos la carrera.

Adelantamos a un joven negro, que anda deprisa por la acera hablando por el móvil en su lengua ininteligible, y pasamos junto a una familia de chinos que riñen constantemente a sus niños pequeños que siguen jugando entre ellos, ajenos a sus padres. A continuación, dos mujeres árabes caminan despacio hablando silenciosamente, envueltas en sus velos y sus vestidos largos.

Entramos en la Plaza Mayor y vemos a varios hombres rumanos, con sus cervezas en la mano saliendo de un bar. Muy cerca de ellos, justo enfrente, una hilera de mayores disfrutan sentados al sol en los bancos de granito.

Finalizamos el recorrido. El tiempo, como los “runners”, pasa velozmente y el domingo deja paso al lunes. De nuevo, el trabajo estresará a los que tienen trabajo y el paro estresará a los que están en el paro. “C’est la vie qui coule”.

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