El calor húmedo de la caldera se me hacía insufrible. Abrí la puerta, aspiré una profunda bocanada de aire y me senté mirando al suelo, dejándome el sudor sobre un pañuelo empapado.

¡Cuán diferente sentía aquel bochorno al de la canícula veraniega de las montañas leonesas! Instintivamente, me vino a la memoria la imagen de mi padre, al cuidado del rebaño de Don Alfonso, gritándome: -¡Vamos chico, bájate por agua al arroyo y subes esta garrafa! Luego, sentados juntos a la sombra de una encina, charlábamos sobre las cosas del pueblo, las importantes, y el calor se hacía más llevadero. ¡Cuántas veces había echado de menos, encerrado en la fábrica, el agua fresca del botijo, o el sabor del queso bien curado, o aquel primer trago de vino que me ofreció mi padre al cumplir los trece años. Una tristeza profunda se instaló en mi pecho al recordar aquellas largas horas esperando en el andén al tren que me llevó a abandonar mi casa familiar para incorporarme a los Altos Hornos de Vizcaya.
-¡Despierta!- escuché, al tiempo que noté una mano empujándome el hombro- ¡Que las calderas requieren vigilancia continua!
¡Cómo odiaba a aquel capataz! Me levanté bruscamente y regresé al insufrible cuarto de calderas. Al acabar la jornada, abrí de par en par las ventanas de mi habitación y me tumbé exhausto sobre el colchón descubierto, con los brazos extendidos y la mirada fija en el techo, diciéndome: -¡Otro día más! Han pasado quince años y siempre acabo con la misma sensación de derrota y soledad.
Por las mañanas no era muy distinto.-¡Mírate al espejo! –me decía- Has cumplido cuarenta años y aquí estás, enclaustrado en un pequeño piso de alquiler, pobre, solo, frustrado, dependiente de un trabajo que no te gusta, hablando a las calderas, aguantando y maldiciendo al capataz, sin vida…. Y todo eso ¿para qué? ¿para sobrevivir?…. ¿para sobremorir?

La noche siguiente mi imaginación voló de nuevo a los prados de la montaña de León, recorrió los campos de cereal y de alfalfa, y bajó a los rastrojos. Me vi caminando feliz por las veredas, saltando el arroyo, respirando el aire fresco mirando una bandada de perdices levantar el vuelo… Soñaba cada noche que, al atardecer, el sol vigilaba nuestro regreso al aprisco, donde mi padre y yo contábamos una a una nuestras ovejas churras llamándolas por su nombre y llevando en brazos a los corderitos recién nacidos. Y que, al llegar a la plaza del pueblo, me encontraba con aquella muchacha que me sonreía, con la que intenté mis primeros bailes en la romería y de la que me enamoré….aunque ella no me hiciera ningún caso. Y dormía profundamente.

Una semana antes de Navidad, recibí una carta inesperada que me cambió la vida por completo. Acababa de morir mi padre y mi madre me reclamaba. Ya no cabían más excusas. Tenía que regresar a mis orígenes de León. Sabía que sus montañas, sus campos, sus ríos, habían estado esperándome inmutables y no podía, no debía defraudarles. La decisión estaba tomada.
Y aquí estoy, en mi nueva vida, en mi vieja vida, la de siempre. Cada mañana, al amanecer, abro el aprisco y sé que mis amigos inseparables, los montes, ya me están esperando impacientes. Tengo tres perros, dos gatos, una burrita y un montón de ovejas, y soy feliz.

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