Era la primera vez que la visitaba. Abrió la puerta de su apartamento, me besó ligeramente y, de la mano, me llevó hasta el sofá; sin decir palabra, abrió una vitrina del estudiado mueble del salón y sacó dos copas bordelesas de tallo esbelto de su estante superior; las miró al trasluz y asintió con la cabeza; delicadamente, las colocó sobre dos decorativos posavasos, encima de un pequeño mantel bordado que apenas cubría la mesita baja de vidrio de diseño; entretanto, yo observaba sus amplias caderas y la delicadeza de todos sus movimientos, ensimismado cuan espectador de una hermosa película.

En un abrir y cerrar de ojos, recogió su melena formando una sencilla coleta y se dirigió al mueble-bar situado en la esquina, dejando ante mi vista la curvatura del cuello sobre su hombro, tan perfecta como la formada por el fuste y la base de aquellas copas. Un collar de oro con una única perla, junto al brillo de dos pequeños pendientes jaspeados como sus ojos, competían entre sí para favorecer aún más aquella imagen. Abrió la portezuela de su vinoteca; le vi dudar un instante entre dos botellas, con su dedo índice sobre los labios, hasta que eligió una de ellas y, sin vacilar ni un momento, la descorchó con inusual habilidad.

Yo seguía absorto en mi película, admirando esta vez la finura de sus dedos y el sencillo anillo de casada, mientras ella colocaba sobre la mesa una bandeja repleta de almendras y rodeada por grandes dátiles en todo su contorno.
Observé la etiqueta de la botella que respiraba sobre el mantel: Rioja alavesa, crianza, pagos de Viña Real, añada 2010.

Como en una ceremonia religiosa, colocó el mecanismo antigoteo, comprobó la temperatura y, con una servilleta, rodeó la botella y sirvió las copas justo hasta su cambio de curvatura. Yo, en mi cine, miré el verde oscuro y profundo de sus ojos mientras me acercaba una de las copas.

Vi la gama de colores que se formaba en su borde compitiendo con su mirada mientras, imitándola, giraba la copa lentamente; noté el olor del roble y observé como descendían desde su borde numerosos riachuelos de alcohol.
-¿Brindamos? –me susurró.
-Por nosotros- respondí, oyendo el sonido cristalino, limpio y angelical del choque de ambas copas.
Sintiéndola junto a mí, viéndola disfrutar mientras paladeaba aquel delicioso néctar, reconocí que me había enamorado.

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