Me presentaré. Me llamo Alberto, aunque me llaman Bertín, tengo nueve años y pronto, el mes que viene, cumpliré los diez. Me gusta escribir historias, palabras que rimen y otras cosas. Hoy no se me ocurre nada así que os voy a contar un poco más de mi vida. No veas cómo nos lo pasamos en la escuela. Resulta que este año tenemos un maestro andaluz. No se por qué habrá venido desde tan lejos hasta Belorado. Al principio no le entendíamos y nos hacía mucha gracia pero, poco a poco, ya le entendemos casi todo; y es que él se esfuerza mucho para pronunciar las palabras muy correctamente para que todos le comprendamos. Se llama Don Rafael y tiene un hijo de mi edad, Rafita, que va a clase con nosotros. Le ha tocado el pupitre de mi derecha y desde el primer día de curso somos muy amigos. Es andaluz como su padre y muy, muy simpático. Hoy, al salir de clase, hemos venido charlando hasta la plaza:

Y tu padre ¿a qué se dedica?

-Es maestro albañil, como mi abuelo. Eso pone en unas tarjetas que le he visto en la mesilla.

-¡Anda, si también es maestro, como mi padre! Tiene guasa.

-Bueno, un poco diferente. Mi padre hace casas enteras. Y las puertas y ventanas las hace él en el taller, porque también es carpintero. Yo creo que será maestro porque tiene ayudantes y él les enseña a construir casas, a tallar la piedra, hacer vigas de madera y a trabajar en el taller.

-¡Qué interesante! ¿Puedo ir un día a ver cómo hace las ventanas y las vigas en el taller?

-¡Claro! Si quieres esta tarde al salir de clase, pero después de merendar.

Su padre, Don Rafael, es un hombre muy reservado; no cuenta nada de su tierra; por eso yo le pregunto a Rafita cosas de Sevilla y nos reímos mucho. ¡Cómo me gustaría conocer esa ciudad! Ayer, cuando estábamos en las filas, antes de entrar en clase, preparados para cantar todos muy fuerte el “Cara al Sol” y el “Montañas Nevadas”, me fijé que su padre se retiró y entró en clase. Yo sé que nunca canta. No se sabrá estas canciones. A mí me gustan mucho, aunque no entiendo por qué hay que ponerse cara al sol cuando uno tiene una camisa nueva o por qué sacan las banderas al viento cuando están las montañas nevadas. Da igual. Don Rafael es muy buena persona. Es el único maestro que he tenido que no tiene vara de pegar. No como el del año pasado, Don Benigno, que de benigno no tenía nada. Pasaba toda la clase gritándonos, nos castigaba de rodillas con los brazos en cruz y nos daba muchos varazos. Algunos se daban ajo en las manos para que no les doliera y les salieran moratones, pero si se daba cuenta, por el olor, les daba el doble, así que yo no me la jugaba. También, a veces, castigaba a toda la clase sin ir a comer y nos encerraba en el aula. Un día, hasta tiró por la ventana a uno de los chicos que no se dejaba pegar. Menos mal que estábamos en planta baja y no se hizo mucho daño. Don Rafael, cuando nos tiene que castigar, nos da diez minutos más de clase para que aprendamos mejor la lección. Y sin pegar. Otra cosa que me gusta de este maestro es que, al entrar en clase, escribe unas consignas muy bonitas como: “Es bueno acabar las tareas antes de ponerse a jugar”, o bien, “Participar en deportes es hacer amigos”, “Hay que cuidar y querer mucho a nuestros abuelos”, mientras que Don Benigno ponía otras consignas muy diferentes: “Franco, Caudillo de nuestra Gloriosa Cruzada de Liberación Nacional”, “Una Patria, un Estado, un Caudillo”, “España Una, Grande y Libre”, y otras parecidas. También nos mandaba aprender de memoria frases como: “El General Moscardó, en Toledo, entregó a su hijo, como Guzmán El Bueno al suyo, dando un gran ejemplo de pundonor por la patria”.

Lo que más le gusta enseñar a Don Rafael son las cosas de la naturaleza. Algunos días salimos al Parque de La Florida a buscar distintas clases de hojas y nos ha dicho que recogeremos flores en primavera. Casi todos los días nos pone dictados para corregirnos las faltas de ortografía y nos enseña a escribir bien las frases, y con buena letra. También damos aritmética y geometría, dibujando figuras y otras cosas. A mí eso de dibujar es lo que más me gusta.

Ayer, de repente y sin avisar, resulta que vino un inspector. Todos sabemos, por el año pasado, que, cuando llega un inspector, los maestros se ponen nerviosos y nos riñen mucho si hacemos algo mal. Hay que estar muy callados y sólo hablar cuando le pregunten a uno. Y ¡ay de tí como no sepas responder correctamente! Te puedes preparar para cuando se vaya el inspector. A mí me tocó una pregunta de geografía: que por dónde pasaba el río Ebro, y yo dije que por Miranda y por Zaragoza, y entonces el inspector dijo que muy bien. Así que menos mal. Debe ser para ver si los maestros han enseñado muchas cosas a los niños y si no, ¿les castigarán?….

También he comenzado a dar “clases particulares” con Don Rafael. Preguntó que quién quería apuntarse, siempre con el permiso de los padres ya que tienen que pagar algo, y resulta que sólo nos apuntamos los cuatro primeros de clase. Es una hora más por la tarde, dos días a la semana, y lo pasamos muy bien porque nos enseña cosas de más mayores que no damos en clase. Mi padre dice que le vendrá bien porque los maestros, los pobres, cobran poco dinero.

Algunos días, al salir de clase, subimos al castillo y nos tiramos piedras unos a otros. A mi amigo Rafita no le gusta nada eso y se marcha a casa enfadado. Otros días, vamos a jugar al campo de fútbol y acabamos pegándonos con los contrarios. A mí no se me da bien jugar al fútbol y tampoco sé pegarme. Prefiero jugar a pelota a mano en el frontón. Lo que pasa es que, con esas pelotas tan duras, luego te salen ampollas que duelen mucho y las tienes que pinchar y vendar hasta que se van haciendo callos. Dicen que esas pelotas tienen bolas de goma dura dentro y que luego las vendan con tiras de tela y las forran con cuero bien cosido. Otros dicen que están hechas con tripas de gato. No sé, pero lo cierto es que suenan muy fuerte ¡clac! en el suelo y en la pared, y eso mola mucho. Rafi juega al ajedrez pero no sabe jugar a la pelota. He intentado enseñarle pero no hay manera. Con lo bien que se me da a mí….

Ahora entiendo por qué no le dejan quedarse hasta la noche jugando por la calle. Es verdad, con lo bueno que es no me le imagino rompiendo las farolas con los tirachinas, o yendo a robar nueces, cerezas, higos o habas, según vayan saliendo, o hacer trastadas como la de ayer, cuando le rompimos el porrón de vino con una piedra a unos albañiles que estaban arreglando el Monumento a los Caídos que está cerca de la Iglesia, y echamos a correr. Todos los días liamos alguna gorda. Lo malo es que, cuando le pillan a alguno, luego nos castigan a toda la cuadrilla. Tampoco le vemos en Misa los domingos, y eso sí que es cosa rara, ya que dicen que a Misa van los buenos. Yo voy con mi madre y mi tía, pues a mi padre no le caen bien los curas.

Pronto va a ser Navidad. Los sábados, en la Iglesia, varios de mi clase estamos ensayando para cantar unos Villancicos muy bonitos y hacemos varias voces. Será por la tarde, el día antes de Nochebuena, y dicen que después nos darán un chocolate. Ya estamos deseando que lleguen las vacaciones. Y los Reyes Magos.

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Hemos vuelto de vacaciones y mi amigo está un poco triste. Es porque ha estado con sus abuelos en Sevilla que le quieren mucho y le llaman Rafaelillo, y ha tenido que volver otra vez a Belorado, desde tan lejos. También será porque no tiene madre, digo yo. Me ha contado, en secreto, que a su padre, seguramente, le van a trasladar a otro sitio, a final de curso. Aún no sabe a dónde, por lo que está muy preocupado. Dice que lo más seguro es que le manden a las Vascongadas, más lejos aún de Sevilla. Él no quiere, pues está muy contento aquí en mi pueblo, eso dice. Yo lo voy a sentir mucho y les voy a echar de menos. No sé por qué les mandan tan lejos. Es como si fuera un castigo por algo. Nos hemos prometido que, desde donde estén, nos vamos a escribir.

¡Se ha muerto Don Benigno! Ha sido una semana antes de darnos las vacaciones de Semana Santa. Dice Rafaelillo, ahora le llamo así, que le han pedido a su padre que se haga cargo de su clase de tercero. Como dice mi abuela, no hay mal que por bien no venga. Creo que ya no se irán a las Vascongadas y, aunque no tendremos de maestro a su padre, podremos seguir jugando juntos.

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¡Se han ido! ¡Sin acabar el curso y sin despedirse! No me lo puedo creer. Los de tercero nos han contado, en el recreo, que ha entrado en su clase el Director, con un maestro nuevo, diciendo:

-¡Todos en pié! Os presento a vuestro nuevo maestro. Se llama Don Teófilo. Va a sustituir a Don Rafael que se ha tenido que ir a su tierra andaluza porque no se encontraba bien. Bienvenido.

-¡Bienvenido! –repitieron todos a coro.

Yo no me creo que estuviera enfermo pues el día anterior, cuando dio la clase, estaba bien alegre y bien sano. Algunos dicen que vieron unos guardias civiles por su casa y que será que es comunista. Yo no lo creo, porque él nunca hablaba de cosas de política. Mi padre me dice que no se me ocurra preguntarle nada al Director. Lo que más siento es que no sé la dirección de su nueva casa para poder escribir a mi amigo Rafaelillo. Espero que él lo haga. ¡Qué mal tratan a los maestros con tantas cosas que nos enseñan! Es que no lo puedo entender. ¡Ya está! He decidido que, de mayor, me voy a hacer maestro para enterarme de lo que pasa y revelarme contra todo eso.

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