I.-La carta

El portero automático interrumpió mi lectura. Dejé las gafas sobre la mesa y, con gesto de disgusto, atendí al contestador colgado junto a la entrada.

-¿Don Álvaro Mendieta? Le traigo un certificado.

Me anudé la bata y entreabrí la puerta sin soltar la cadena para recibir la carta. Reconozco que, desde que mi mujer me abandonó hace ya más de diez años, me he vuelto bastante desconfiado. Aún no me he acostumbrado a vivir solo.

-¿A quién se le ocurre enviar una carta sin remite?- me dije, mientras rasgaba la solapa de aquel escueto sobre, franqueado en Madrid.

Volví a mi sofá preferido, me coloqué las gafas progresivas y lo leí interesado:

“Muy señor mío: Aún no tengo el gusto de conocerle pero, como albacea de D. Ángel Luis Monzón, tengo la obligación de comunicarle que le han sido asignados diversos bienes en su testamento, a condición de que yo le otorgue mi visto bueno. Si está usted interesado en su adquisición, le dejo mi teléfono para que se ponga en contacto conmigo a la mayor brevedad posible, ya que quiero dejar resuelto este asunto cuanto antes. Atentamente: Elías Martínez.”

Instintivamente, llegué a la rápida conclusión de que se trataba de un error pues, efectivamente, no conocía a ningún Elías Martínez ni recordaba conocer al citado finado D. Ángel Luis Monzón, así que no me molestaría en llamar.

Continué con el segundo Capítulo del último premio Planeta para amenizar un poco aquella insufrible tarde dominical de un oscuro y lluvioso otoño. Como era habitual, las innumerables cadenas de televisión no ofrecían nada interesante en aquel horario y la vista cansada me hacía levantarme a menudo, acortándome cada vez más el tiempo de lectura. Recorría una y otra vez los interminables pasillos para desentumecer los músculos y volvía al sofá.

Una cena frugal y las noticias de la radio completaron la jornada. Nadie me llamaría. Nadie a quien llamar. Tumbado en la cama, esperé a que las horas se sucedieran, empujándose unas a otras, hasta comenzar una nueva semana. Realmente, el lunes era mi mejor día de la semana, era cuando volvía a conectar con la gente, con el estrés, a reengancharme a la vida. Entre semana, el tiempo volaba. Los años se sucedían y pronto cumpliría los sesenta y cinco. Pensé en mi pronta jubilación y el pánico recorrió mi cuerpo, negándose a que todos los días fueran domingo por la tarde. Tendría que replantearme la vida.

Relajado sobre la cama, dispuesto a abrazar a Morfeo, mi mente comenzó a dar vueltas mezclando nombres e imágenes hasta que, de pronto, exclamé:

-Ángel Luis Monzón ¡Claro! ¡Así se llamaba aquel amigo del Colegio! No puede ser él. La última vez que lo vi teníamos quince años. ¡Han pasado cincuenta! Era del “grupo del desván”. De los que nos reuníamos en secreto, abriendo la trampilla del desván para hacernos un Nescafé o escuchar música moderna. Buenos amigos todos. Eran los mejores ratos, durante el recreo de la tarde, para poder sobrellevar la dureza del internado y la exigencia de los estudios. Apenas recuerdo algunas imágenes de él, sus ojos azules y su carácter alegre.

Decidí llamar al día siguiente, simplemente por curiosidad, sin comprometerme a nada. Tenía que ser prevenido por si se trataba de un timo o cosa similar.

El lunes amaneció gris, se notaba que el otoño acortaba los días un poco más. Perezosamente abrí la persiana, y la luz de las cercanas farolas me acabó de despertar. Pensé en Ángel y en cómo habría sido su vida. Seguro que muy diferente a la mía. ¡Muerto! ¡Con mi misma edad!. No, no podía ser él.

Aprovecharé la pausa del café de las once para llamar. Aunque me retrase un poco, últimamente los pedidos de mi empresa de aire acondicionado, con el final del verano, han descendido y solo nos llaman para solucionar averías o cuestiones de mantenimiento similares. No me echarán en falta- me dije.

-¿Don Elías Martínez? Soy Álvaro Mendieta. Usted me llamó ayer para un tema de herencias. Antes de tomar cualquier decisión, querría preguntarle varias cuestiones: ¿Quién le dio mi dirección de Burgos y mi teléfono? ¿Conoció usted a Ángel Luis Monzón? ¿Por qué le habló de mí?

-No se preocupe. Soy una persona de confianza. Respecto a la primera, es muy sencillo, figura usted en un montón de páginas de internet; junto a sus escritos publicados sobre la influencia del frío y de la climatización en el desarrollo del cáncer, figura su domicilio en Burgos y su teléfono. Y respecto a las otras preguntas, sí, conocí muy bien a Ángel, no en vano hemos sido socios de empresa durante los últimos treinta años, pero desconozco por qué se ha interesado por usted en sus últimos días. Eso deberá descubrirlo usted mismo.

-¿Se trata del mismo Ángel Luis que yo conocí de niño en un internado de Burgos y que, al morir, tendría mi misma edad, sesenta y cinco años?

-Sin duda alguna.

-¿Por qué está tan seguro? En ese caso, debiera contarme todo lo que sepa sobre este asunto, ya que hace cincuenta años que le perdí la pista.

-Muy bien. Pero no por teléfono. Si está realmente interesado, le espero en Madrid. Cuando llegue, llámeme. Yo me desplazaré hasta su hotel y responderé a todas sus dudas. Usted deberá decidir finalmente si recibe o no esa herencia. No está obligado, por supuesto, a aceptar nada.

-De acuerdo. El próximo fin de semana estaré en Madrid. Le comunicaré mi hotel y podremos hablar largo y tendido sobre el asunto. Un saludo.

———0———

II.-El secreto

Me alojé en un hotel cerca del estadio Santiago Bernabéu y aproveché el sábado para ver un partido en directo de mi equipo favorito. El domingo, a las doce en punto, se presentó en el lobby Don Elías Martínez preguntando por mí. Era un señor mayor que yo, al menos en su apariencia, educado y amable. Nos sentamos en una salita anexa al jardín, moderna y con temperatura agradable.

-Hábleme de su socio fallecido. Hábleme de Ángel Luis, por favor- le insistí.

-No. Quién debe hablarme de él es usted. Debo comprobar qué les unía.

-Simplemente éramos amigos. Recuerdo que ambos llegamos el mismo año al internado de Burgos, con apenas diez años. Yo venía de Logroño, donde vivía con mis padres y él, creo recordar, de un pueblo de La Rioja. Así que, como buenos riojanos, pronto congeniamos. Bueno, por eso, y por su carácter alegre.

-Continúe.

-Realmente puede decirse que éramos buenos amigos. Formamos un grupillo de cuatro amigos inseparables, todos buenos chicos. Uno de ellos dejó el internado en el cuarto curso. Después, a mediados del quinto curso, mi familia se trasladó a vivir a Burgos y yo abandoné el internado. Continué en el mismo Colegio, ya como externo, y dejé de ver a mis compañeros. Hasta la fecha.

-¿Y nunca más volvió a saber de él? –me siguió preguntando Elías.

-Pues no. Ya sabe, la vida es muy complicada. Ni siquiera pude despedirme de ninguno de mis amigos. Así de triste. A cada uno nos toca acudir….”donde la vida nos lleve” -le respondí, sin querer entrar en más detalles.

-Sí, coincide con la idea que me había formado de usted. Debía asegurarme.

-¿Por qué? ¿Qué le contó sobre mí? Dígame. ¿Por qué lo de la herencia?

-No conozco la verdadera razón y, aunque la pudiera intuir, no se la diría. Solo le contaré lo que me escribió dos días antes de morir, en sus plenas facultades.

Sacó del bolso interior de la chaqueta una hoja que desdobló, se colocó unas gafas bifocales y comenzó a leer pausadamente:

“Todo lo que sentí en ese momento, y los años anteriores, y los posteriores, y que aún siento ahora aunque de distinta manera, lo escribí en un papel, un simple folio, que doblé por la mitad y escondí en la escueta rendija que quedaba tras el gran encerado bien atornillado y sujeto al muro de piedra del aula más grande y más bella, donde el sol de mañana nos acariciaba cada día. Y así permanecerá, unido para siempre a los muros de ese convento, mientras sigan en pié, con mis sentimientos. La oscuridad se hizo luz y entendí la vida”.

-¡Un curioso misterio! Todos sus sentimientos reflejados en una simple hoja de papel y ocultos en unos muros. Sin duda me encantaría leerla aunque no veo qué relación pudiera tener conmigo. Probablemente usted conozca las razones de todo esto y quiera mantener ese secreto – le respondí mirándole fijamente.

-Le puedo asegurar que no –me respondió seriamente. -¡Averígüelo usted!

-No sé cómo pudiera hacerlo. Es cierto que el convento al que se refiere está en Burgos, donde sigo viviendo en la actualidad, pero, según tengo entendido, lleva cerrado unos treinta años y veo muy difícil que pueda acceder al mismo. De todos modos, lo intentaré. Creo que existe una cadena hotelera interesada en construir allí un hotel. Y ahora, háblame en qué consiste esa herencia.

-Bien. Se trata de un piso antiguo, muy espacioso, situado aquí en Madrid en plena calle Goya. Fue la primera vivienda que Ángel adquirió y donde vivió ciertos años. No le puedo contar nada más, de momento. Precisa de ciertos arreglos. Para ellos y para pagar la plusvalía, le ha dejado también trescientos mil euros en una cuenta a su nombre, que no están nada mal. ¿No es así?

-¡No me lo puedo creer!. Es una especie de gordo de la lotería. ¿Pero, por qué a mí? –exclamé asombrado.

-Todo condicionado a que yo le de mi visto bueno y a que usted lo utilice como primera o segunda residencia, es decir, que lo cuide como si él lo ocupara.

-¡Ah, vamos, que seguro que usted no me lo va a poner tan fácil! ¿No?

-No se equivoque conmigo. Le voy a contar algo sobre mí. Hace unos treinta años, Ángel y yo montamos una pequeña empresa de producción de jabones y derivados, que luego ampliamos a cosméticos y otros productos. ¡Qué tiempos! Trabajamos duro y nos fue bien. La empresa creció y exportábamos bastante. Al jubilarme yo, hace tres años, lo vendimos todo a una multinacional que nos pagó una cantidad considerable. Como comprenderá, con mi edad, no preciso tener que quitarle esa herencia para poder vivir. Tengo todo lo que pueda necesitar…, salvo la juventud. Sólo quiero ver si usted puede merecérsela.

-Pues no, no me la merezco ya que no he hecho nada para ello. Así que usted verá. De todas maneras, como le he dicho, intentaré visitar el convento. Quizás pueda averiguar algo al ver aquellos muros. Al menos, me traerán recuerdos…

-No lo dudo. Si le parece, quedamos de nuevo emplazados para después de dicha visita –dijo aportándome una tarjeta con sus teléfonos y e-mails.

Me despedí de aquel señor de pelo blanco llamado Elías con más preguntas de las que llevé a Madrid. En mi regreso hacia Burgos me preguntaba para qué necesitaba yo un piso en Madrid, si no era para venderlo, pero la curiosidad de desentrañar todo aquel misterio me obligaba a seguir hacia adelante.

———0———

III.-El convento.

En una ciudad como Burgos, no es difícil averiguar las cosas de sus habitantes. Poco tardé en enterarme de que, de los frailes que conocí en el convento, únicamente tres vivían y se alojaban, desde su cierre, en una residencia de la zona noble de la ciudad, cuidados por unas monjas de una congregación afín.

Sin pensármelo mucho, un sábado por la mañana me dirigí hacia allí. Al segundo timbrazo, una hermana asomó tras la puerta, sin descolgar la cadena.

─¿Qué desea?

─Si no les causo mucha molestia, desearía conversar un momento con alguno de los padres del convento. Al menos, me gustaría poder saludarles.

─Son muy mayores y alguno está enfermo. Lo siento mucho pero no va a ser posible. Solo reciben a familiares- respondió casi con la puerta cerrada.

─Un momento, por favor- le insistí, acercándome para reclamar su atención.- Soy un antiguo alumno. Vengo de lejos y estoy interesado en visitar el antiguo convento. No sabe cuánto se lo agradecería. Son tantos los recuerdos…

─Aquí no tenemos las llaves. Le puedo dar el teléfono de la empresa que se encarga de la seguridad y si ellos acceden…, aunque creo que lo han vendido.

─Muchas gracias. Va a ser un momento. Dígales que un alumno suyo les ha venido a ver y que no dudo que vivirán muchos años con sus buenos cuidados.

─Se lo diré. Bueno, adiós –me dijo dándome un papelito con el teléfono escrito.

─Adiós, y muchas gracias– le respondí con la sonrisa de la misión cumplida.

Al día siguiente, provisto de una buena linterna, esperé paciente al guarda encargado de vigilar el convento. Se hizo de rogar por lo que tuve que reforzar mi insistencia con cincuenta euros que aceptó excusándose en que era su último mes de trabajo puesto que, según tenía entendido, los monjes lo habían vendido a una cadena hotelera y debía entregarles las llaves en unos días.

Finalmente conseguí que me abriera la entrada que daba al gran patio posterior y la única puerta de acceso al edificio, ya que resto estaban tapiadas de ladrillo.

─Dispone de una hora, –me dijo muy serio –le espero en el bar de la esquina.

Nervioso, accedí directamente a un gran espacio vacío que, por la inclinación del suelo, indicaba que se trataba del teatro-cine que tantos recuerdos me trajo. Observé al fondo el escenario y su pequeña escalera lateral. Dirigí el foco de luz hacia arriba y vi que el falso techo estaba totalmente desprendido. El sonido del agua junto a grandes manchas, señalaban las goteras desde la cubierta.  Sus frisos y columnas mantenían incólumes, atrapadas dentro de ellas, las risas de las comedias, las alegrías y los llantos de las películas proyectadas. Sonreí recordando mis actuaciones y por el hueco del apuntador de escena.

Continué avanzando por el ancho pasillo que daba acceso a las aulas de la planta baja, todas sin mobiliario y con manchas de humedad en sus techos. A pesar de su deterioro, me parecieron tan intactas como hace cincuenta años, cuando yo las utilizaba. Casi se podía oír el murmullo de los chavales al entrar en ellas y las regañinas de los profesores. Enfrente, las zonas de aseos con sus antiguos azulejos desprendidos y sus instalaciones obsoletas.

Los amplios ventanales de madera de los salones se mantenían cerrados, con algún cristal rajado, pero alguno de sus tapaluces exteriores faltaba, lo que me permitió contemplar, con la luz de la tarde, las tarimas de aquellas aulas, que yo estimé no más ajadas y abiertas que las de cualquier piso de esa época.

Situada al fondo, observé la capilla, vacía de imágenes, pero que aún mantenía su bóveda, donde escuché tantas Misas, tantos consejos y advertencias, y donde recé tantas plegarias en favor de unos y de otros, arreglando el mundo.

Llegué hasta la hermosa escalera central de mármol calizo con sus peldaños desgastados por el lado cercano a la barandilla, que se dividía en dos al llegar al primer rellano, y accedí por ella a la planta superior.

Allí se ubicaban unos  dormitorios interminables, ahora vacíos, donde las hileras de camas y mesillas dieron cobijo nocturno a los sueños de tantos adolescentes.

Al fondo, la vi. Permanecía intacta la pequeña escalera de madera que subía al desván. Nuestro escondite de tantas tardes. Una puerta cerraba su paso en la mitad de la misma. Empujé con fuerza hasta que, con una fuerte patada, conseguí que la puerta se abriera. El ruido asustó a un montón de palomas que se abrigaban bajo la cubierta y que empezaron a salir veloces, alocadas, golpeándome con su aleteo. Aún sin haberme recuperado del susto, lo peor me llegó al contemplar aquel espacio lleno de mugre de la palomina y de goteras que no me permitieron recordar ningún signo de nuestras buenas veladas.

Casi me había olvidado de lo que venía buscando, tenía que encontrar el aula magna, el aula más grande, donde supuestamente permanecería oculto el escrito de mi amigo, la supuesta carta que nos desvelaría, o no, el secreto de por qué se acordó de mí en sus últimos días y de aquella misteriosa herencia.

De nuevo en la planta baja, calibré una a una las medidas de las aulas, hasta que, finalmente, localicé un inmenso espacio. No había duda, era allí. Todo su frente estaba ocupado por una gran peana de madera sobre la que aún lucía majestuoso su encerado de pizarra negra bordeado por un ancho marco de nogal que lo sujetaba.  En la base del mismo, restos de tizas y líneas sin borrar, testigos mudos de los últimos alumnos. Pensé cuál sería su última enseñanza y cuáles serían las frases de despedida del profesor al acabar ese último curso.

Recorrí el marco por su parte derecha sin encontrar hueco alguno. Luego me agaché para ver su parte inferior, con el mismo resultado. Finalmente, al tiempo que recordé que Ángel era zurdo, me dirigí a su lado izquierdo, y allí, casi imperceptible si no fuera por la linterna que llevaba, observé la abertura.

Mi corazón comenzó a latir apresuradamente. La carta que buscaba debiera estar allí. Pero ¿cómo mover semejante encerado? Busqué al vigilante en el bar y le expliqué el asunto ofreciéndole otros 50 euros por apalancar el encerado. Me sorprendió su buena disposición.

─Total, lo van a tirar todo- me dijo, dispuesto a buscar una palanca en un taller.

Mientras le esperaba, me imaginé los pupitres de madera y al profesor señalando a uno de los niños para que accediera a la palestra para preguntarle el tema del día, mientras los demás, que contenían su respiración, soplaban al fin tranquilos.

─”Eureka”- exclamé al ver que, al mismo tiempo que el marco cedía, un papel rayado, una simple hoja doblada, arrancada de un cuaderno, cayó al suelo.

Lo recogí con cuidado, lo doblé y, apresuradamente, me despedí del vigilante dándole las gracias y abandoné el antiguo convento para dirigirme a mi casa.

———0———

IV.-Pensamientos.

Impaciente, recostado en la encimera de la cocina, comencé a leer aquella escueta hoja de cuaderno, escrita con un bolígrafo azul de tinta desgastada apenas legible, que nadie había leído en los últimos cincuenta años desde que su autor la depositó hábilmente tras el encerado del aula magna del convento:

“¿Quién me está dictando estos pensamientos? ¿Realmente soy yo, despierto, o es aún mi subconsciente quien habla? Quiero que fluya mi consciencia. Sí, al fin soy consciente. Es realidad. No es desvarío. No es incoherencia. Es mi yo.

 Un profundo sentimiento latente que parece imposible sosegarlo.

Esas voces interiores que cantan, con gritos silenciosos, lo que siento, me recuerdan que el pasado pasó y el futuro que viene es diferente.

Fuiste por mí escogido, sin saberlo. Y ese enlace misterioso, siniestro, no sé cómo pudiera desatarlo. Quizás en la distancia se diluya.

Tú me hablabas sin hacerlo. Al escucharte, traducía a mi idioma tus palabras. Y, ahora que te has ido, ya, por fin, lo he comprendido.

No estoy triste, estoy contento: He logrado conocerme. Y al marcharte, tú me ayudas, pues me arrancas esa pena de sentirme incomprendido. Te la llevas y me alegro, pues ahora ya me siento otra persona.

Ya me conozco… y me acepto.

Y quisiera que estos muros permanezcan en el tiempo, para que sean testigos de lo que fui y lo que siento”

Me senté en mi escritorio confundido y releí numerosas veces esas líneas, que para mí eran extraños pensamientos, sin lograr saber lo que querían comunicar ni qué relación pudieran tener conmigo. Decidí llamar a Elías Martínez y tener una nueva reunión con él. Habiendo sido su socio durante treinta años, debiera conocer muy bien a Ángel y quizás encontrase un sentido al mensaje guardado entre los muros del convento por algún oculto motivo. Lo analicé como un reto y estaba resuelto a no parar hasta descifrar este misterioso asunto.

─¿Don Elías Martínez? Soy Álvaro Mendieta. ¡He conseguido el escrito secreto de Ángel! Sí, existe. Increíblemente, permanecía oculto allí donde lo escondió hace cincuenta años, en el aula y encerado que describió en su último escrito.

─¿Es posible? ¡Cuénteme! ¿Qué dice?

─Creo que es usted quien debiera darme explicaciones. Es todo muy extraño.

─Muy bien. Si le parece le espero el próximo fin de semana. Podemos comer juntos y charlar sobre el asunto pausadamente.

El 15 de septiembre me alojé en el Hotel Vincci SoMa, en plena calle Goya, donde me había citado para comer. A la hora indicada, allí estaba él, sentado en la cafetería, con su sombrero elegante y su traje veraniego impecable.

─¿Le apetece un aperitivo?

─Vermut rojo, por favor.

Mientras esperábamos al camarero, saqué de mi bolsillo la hoja doblada de cuaderno que Ángel escribió hace tantos años y la deposité junto a su copa, sin mediar palabra. Desdobló con sumo cuidado el papel y lo leyó detenidamente. Al cabo de un tiempo interminable, me miró a los ojos y comenzó a hablar.

─Creo que es hora de que le revele algo que usted no sabe, aunque quizás lo haya intuido. Ángel y yo fuimos algo más que socios. Cuando le conocí, él contaba con treinta y cinco años y yo rondaba los cuarenta. Ambos éramos economistas y asesorábamos a distintas empresas. Al cabo de un tiempo, esa relación se incrementó. Decidimos compartir domicilio y montar una empresa propia nuestra, aprovechando una antigua fábrica de jabones de un tío mío, que transformamos para fabricar cosméticos y similares. Y nos fue bien, tanto en la empresa como en lo sentimental. El respeto de cada uno por el otro ha sido la base para superar todos los retos que plantea una relación homosexual. Nos quisimos y nos respetamos. Siempre hemos sido discretos y, a pesar de vivir juntos, cada uno ha mantenido su propia intimidad.  Ángel dispuso de su vivienda anterior propia, a la que accedía uno o dos días por semana y a la que yo nunca he entrado. Es cierto, no la conozco. Era su intimidad, su secreto. Y ese piso, situado en la calle Goya, es precisamente el que le deja en herencia.

─¿Por qué? No entiendo nada. Yo no soy ni he sido nunca homosexual, ni tuve con él un especial trato. Simplemente éramos amigos…hace cincuenta años.

─Lo explica en este papel que escondió en los muros de ese convento.

─Veo que usted lo entiende. Yo no, y espero ansioso una explicación.

─Comprendo que le resulte difícil siendo hetero. Verá, por lo que se desprende del escrito y conociéndole, en su adolescencia, estaba hecho un lío. Él sentía algo dentro, sensaciones, dudas, tristezas, sentimientos extraños que le atormentaban, que rechazaba, pero que eran profundos y que no sabía a qué podían corresponder. Por un lado, se sentía igual que sus amigos, con sus mismos problemas diarios, pero, por otro lado, se sentía tan diferente…, y no sabía el por qué. Hasta que usted dejó el convento…y, entonces, lo vio claro.

─Vio, ¿qué vio?

─Comprendió su naturaleza homosexual, porque le echaba de menos, porque realmente estaba enamorado de usted, o algo similar. Y decidió asumirlo. Y así se le acabaron las dudas, las tristezas, digamos que se quitó el lastre que le atenazaba. Al acabar aquel curso, dejó también el convento y se vino a Madrid con su familia. Estudió económicas en la Universidad con éxito… comenzó a trabajar… y luego lo conocí. En fin, así fue. El resto ya se lo he comentado.

Me quedé de piedra tras escuchar esos razonamientos tan inesperados. Nunca lo hubiera imaginado. Pensé unos minutos intentando concentrarme, y le dije:

─Entonces, digamos que, sin yo enterarme, gracias a mí, dio un giro su vida. A la hora de su muerte lo recordó y, en compensación por haber encontrado la paz de su espíritu adolescente, me dejó en herencia esa vivienda suya tan especial de calle Goya, a la que acudía cada semana para…no sabemos qué, y que usted, que compartió con él sus últimos treinta años, no conoce aún.

─Más o menos. Sí, esa vivienda era como su “sancta – sanctorum”.

─Me gustaría conocerla, antes de aceptarla como herencia.

─A mí también. Por eso le he citado en este hotel de la misma calle. El notario tiene las llaves. Si la acepta, nos acercaremos y entraremos en su intimidad.

———0———       

V.-Viviendo en Goya.

La cita con el notario fue al día siguiente. Accedió a que pudiera “conocer el bien” antes de su aceptación, así que nos dejó las llaves de la desconocida vivienda. Elías me acompañó a la visita. Al llegar al portal, comentó nervioso:

-He imaginado tantas veces este piso, de tantas formas, he pensado tantas cosas de Ángel en él, que no se… no me atrevo, quizás debiera mantenerme ajeno para siempre a su misterio, puesto que él nunca quiso revelármelo.

-O quizás no exista ningún misterio. Puede que únicamente quisiera aislarse, descansar, meditar, en fin, lo que a todos nos vendría bien de vez en cuando.

Escondido tras unas acacias, un portón metálico acristalado protegido con barrotes decorativos de hierro fundido daba acceso a un espacioso portal de mármol blanco con cenefas en verde oscuro. Tras pasar el cortavientos interior, un ascensor hidráulico acristalado muy antiguo pero bien conservado nos condujo a la cuarta planta evitando la escalera de madera. El sonido hueco de la llave sobre la cerradura rompió el silencio. Estábamos a punto de rasgar el velo protector de la intimidad que Ángel había mantenido durante toda su vida y que ahora me ofrecía. En ese momento pensé en si era digno de quebrantarlo.

Suavemente, la pesada puerta de madera giró sobre su eje ofreciéndonos el paso. El amplio recibidor disponía de un sofá y una mesita redonda. Figuras, cuadros y plantas se duplicaban al mirarse en el espejo que ocupaba toda la pared frontal y que le hacía doblemente espacioso. Dos arcos de escayola señalaban sendos pasillos. Tomamos el de la izquierda hasta llegar a una doble estancia que parecía ser un salón-estar y un comedor unidos con todo un mural de madera cubriendo sus paredes. Una galería acristalada permitía la iluminación directa de los rayos solares realzando los objetos situados frente a ella, figuras exóticas, monedas, muchos libros y pequeños cuadros sin interés. Al otro lado, una cocina bien equipada, un baño y un office anexo con dos estanterías y dos balcones de hierro forjado, completaban la zona delantera. Hasta entonces consideré que el piso no ofrecía nada especial.

El largo pasillo de la derecha daba acceso a diversas habitaciones, alcobas, trasteros, aseos, botelleros, etc. hasta que, al fondo, una doble puerta vidriera lo señalaba. Estaba allí. Ese era su “sancta-sanctorum”. Un salón de grandes dimensiones con las paredes cubiertas de estanterías llenas de libros, una gran biblioteca. Situada frente a las estanterías, una impresionante galería de madera acristalada proporcionaba luminosidad natural a todo el salón.

En el centro, una mesa ovalada de caoba completaba el conjunto. Esparcidos sobre ella, numerosos folios escritos a mano se distribuían a ambos lados de una carpeta central, sobre la que descansaban unas gafas bifocales y un bolígrafo abierto. Parecía que Ángel se hubiera acabado de levantar del sillón de brazos que la presidía. Me acerqué a la mesa y vi una pequeña foto, en blanco y negro, que sobresalía de los escritos. ¡Éramos nosotros! ¡El grupo de amigos del desván! Intenté recordar los nombres, luchando contra mi memoria que se negaba a hacerlo, pero no pude. En cambio Ángel nos tuvo presentes antes de morir.  Quizás quiso dejarnos una señal, un mensaje. Dudé.

Me senté en su sillón y, desde allí, observé la cantidad de hojas encarpetadas escritas por él, repartidas por todos los cajones anexos. Tomé el último folio que había comenzado a escribir, situado junto a la foto, y pude leer:

-“Capítulo V.-Vivir en Goya”

En ese momento, Elías repitió “¡Vivir en Goya!” y entonces comprendimos su secreto. Cada semana, él acudía allí, a ese lugar tan especial, a vivir su otra realidad. ¡Necesitaba escribir! Ese gran espacio, rodeado de libros, en el más absoluto silencio, era el sitio adecuado para ello. Donde su mente volaba, donde aparecía la magia, se potenciaba su mente creadora y donde su imaginación dio vida a todas las innumerables historias y personajes que, aún, nadie conocía. Era lo que le daba fuerza para abordar la semana.

Al mismo tiempo, comprendí su mensaje y el motivo de la herencia. Él quiso que alguien continuara utilizando aquel lugar tan especial, esa fábrica de palabras, ese horno de lava creadora que le desbordaba. Al ver la foto del grupo del desván, lo comprendí. Allí nos contábamos historias fantásticas. Éramos los que leíamos. Cuando me localizó, quizás pensó en mí para ello.

Para seguir escribiendo historias desde aquel lugar privilegiado. O quizás, eso intuyo, simplemente para que difundiera las suyas, su obra escrita.

Estaba decidido:

-Sí, viviré aquí, -afirmé- no puedo defraudarle. Desde este hogar luminoso conectaré con él, a través del universo de las ideas, y continuaré su obra. FIN

———0———

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