I.- La vida es puro teatro

Aquel era un día diferente. Para Estela casi todos lo eran; sus diversas actividades le permitían elegir en cada momento lo que mejor se prestara a su interés o divertimento. ¡Cuánto amaba su libertad desordenada!

Sí, aquel era un día especial. Antes de salir de casa, un timbrazo acompañó a un vistoso ramillete de rosas rojas y una tarjeta sin firma con un escueto “Feliz cumpleaños”. Algo increíble para ella puesto que nadie conocía dicha fecha, salvo su tío Ángel con quien convivió diez años, y habían transcurrido otros tantos desde su amarga despedida. Pero la intriga por conocer al remitente solo le duró diez minutos. Estaba claro que quien fuera prefería permanecer en el anonimato, así que las puso en agua, porque tampoco las flores tenían culpa de nada, y se dispuso a arreglarse para salir. El buen tiempo acompañaba y no era cosa de desaprovecharlo aunque, a la sombra, el aire de la mañana algo fresco y los diferentes tonos del otoño le comunicaban que un tercio del mismo se había desprendido del calendario.

Llegó hasta la playa más oriental de Barcelona y se sentó cerca de la orilla, en la posición de Loto. Después de practicar varias asanas, permaneció inmutable con la mirada en el horizonte cuyo azul se asemejaba al de su pelo. Acunada por el sonido cadencioso de las olas, se sintió feliz. Un barco en la lejanía le recordó su llegada a España con apenas 15 años, tras la muerte de su madre en Argentina, al ser reclamada por su tío. ¡Qué tiempos! Su cara se entristeció al pensar en los duros años de su adolescencia que forjaron su gran fortaleza.

Se animó pensando que, por la tarde, tenía ensayo de teatro. De vez en cuando, un grupo experimentado de actores, del que formaba parte su mejor amiga Luna, la requería para algún pequeño papel, que ella aceptaba encantada pues el teatro era una de sus mayores aficiones. ¡Cuánto valoraba la amistad! El saber que existen personas que “están ahí” solo para ayudarte en lo que necesites, sin más. Le había costado tiempo pero, por fin, podía gozar de ese tipo de amigos; se lo merecía. Decidió tomarse la mañana libre, tomar un helado y hacer algunas compras.

Y es que los treinta y cinco solo se cumplen una vez. Aún permanecía abierta su heladería preferida; nada mejor que un mixto multifrutas y un paseo por la Rambla de Las Flores para saludar a sus “mimos” conocidos. A menudo, también ella se disfrazaba y se disponía a hacer mímica, plantada en alguna de las calles más transitadas, e imaginaba cómo sería la vida de los que se acercaban a contemplarla. Le encantaba la idea calderoniana del “gran teatro del mundo” en el que, cada día, todos tenemos que actuar frente a los demás.

Poco a poco, las agujas de los relojes de los edificios antiguos sobrepasaron la posición vertical inclinándose hacia su primer signo. Era hora de regresar a su barrio de Horta, con sus calles empinadas y sus miradores. Durante el trayecto hacia su piso de alquiler compartido compró comida para sus dos gatitos Daisy y Donald, cómo olvidarse de ellos; ya en las escaleras, recordó cómo conoció, en unas clases de yoga, a su casera Fedra (Fed), una señora jubilada cuyo carácter congeniaba perfectamente con el suyo, con la que charlaba al final de cada clase sobre sus viajes por países exóticos, dejando volar su imaginación.  Era dueña de un piso grande aunque antiguo, vivía sola y le sobraba espacio, por lo que le alquiló a Estela una amplia habitación con su baño por un precio asequible. Ambas compartían la limpieza y las compras y se hicieron grandes amigas. Se sentía afortunada de vivir allí. Era lo que más necesitaba desde que la convivencia se hizo insoportable en casa de su tío, al casarse éste en segundas nupcias; su mujer, de carácter “fuerte”, se empeñó en hacerle la vida imposible hasta que consiguió que Estela saliera de aquella casa para siempre. Cuán distinta era la vida con Fedra, ambas tan respetuosas e independientes.

Al abrir la puerta de su habitación, sonó el teléfono al tiempo que el antiguo reloj de pared del recibidor daba sus dos campanadas. Luna, su compañera de teatro, quería llevarla a comer con ella a un vegano antes de ir al ensayo de la tarde. No podía negarse; era su mejor amiga y la adoraba. En su restaurante preferido, con aquel comedor decorado con paisajes de colores relajantes y flores, se sentían aún más unidas. La joven e inexperta camarera le recordó sus primeros y duros trabajos en hostelería al acabar el bachillerato e independizarse. El tiempo transcurría relajadamente mientras saboreaba un té verde y observaba la retorcida vegetación de una de las paredes, semejante a los trisqueles celtas que ella confeccionaba para los mercadillos medievales. Llevaba ya cinco años aprendiendo las técnicas artesanales que luego exponía en un puesto de los que tanto gustaban en las ferias de todos los pueblos y ciudades catalanas, y poco a poco se sentía cada vez más artista. Aquellos pensamientos le llevaron de inmediato a recordar sus comienzos junto a otro de sus amigos, Vasile Popescu, un rumano ocho años menor, al que conoció en una de esas ferias artesanales y que había recorrido varios países de Europa hasta recalar en España. Destilaba una vitalidad y una pureza interior que le mantenían todo el día con un ánimo especial; contagiaba felicidad a su paso. Congeniaron de inmediato y decidieron participar juntos en varios mercadillos artesanos, mirando al futuro. Sus ojos claros eran fiel reflejo de su mirada clara y honrada y de su amistad sincera. Ambos se complementaban perfectamente; gustaban de hablar con la gente disfrazados con sus trajes medievales, él de leñador o de herrero, ella de bruja o de princesa de cuento, y comentar los beneficios de cada hierba o la belleza de sus pequeños objetos artesanos, o los poderes mágicos de cada amuleto celta. Pero aquel trabajo en común que tanto prometía se rompió tras la inesperada boda de Vasile con una joven menuda de pelo azabache, ya que, por alguna extraña razón, decidieron trasladarse a vivir a Burgos. El día de su partida, Estela prometió no tardar en visitarles, pero habían transcurrido ya cuatro años sin noticias de su domicilio.

Tras la larga sobremesa, Estela y Luna tomaron el metro más cercano y se dirigieron al teatro para los últimos ensayos. La obra era sencilla y divertida, no así la coreografía moderna que la envolvía por lo que acabaron tarde; quedaban pocos días para la representación y flecos que mejorar. Quizás su afición al teatro le venía de las comedias en las fiestas del Colegio público, durante su niñez en Argentina, quien sabe; de ellas mantenía aún en su memoria gratos e imborrables recuerdos. Pero, sin duda, lo que más le atraía de ese mundillo eran los lazos de amistad que surgen entre los actores y la adrenalina que se produce en los momentos antes de la representación, que finalmente se libera y se transforma en una explosión relajante cuando llegan los aplausos finales del público. Momentos impagables de felicidad.

Finalizaba aquel grato día de cumpleaños, sentada en la cama, pensando en su soledad al fin y en lo esquivo del amor, cuando recibió una llamada de móvil. Era Néstor, Nes para los amigos, del que rara vez tenía alguna noticia.

-Acabo de llegar de Madrid para pasar el fin de semana en Barcelona. Me gustaría recorrer de nuevo Montjuic, Park Güell y el Barrio Gótico y revivir mis años de estudiante en la Autónoma de Barcelona. ¿Me acompañarás, verdad?

Estela recordó las horas empleadas en darle ánimos para que terminase, y el día en que Nes le declaró su amor sin más éxito que unos tenues escarceos amorosos para celebrar su título de diseñador gráfico. Después llegó su traslado a Madrid al ser contratado por una multinacional y su adiós definitivo. Era demasiado impulsivo y cándido en ocasiones, pero generoso y paciente; ella sabía que siempre podría contar con su amistad, y él con la suya. Le acompañó. “La amistad, como siempre, -se ratificó- es el don más valioso”.

Por fin llegó el esperado estreno de la comedia en un céntrico edificio social de bastante capacidad. Con el local abarrotado, apagaron las luces. Fuera nervios y concentración. Todo resultó perfecto y los aplausos finales duraron quince minutos. Tres veces salió el grupo a escena, fundidos en un abrazo. En el ambigú de entrada, un joven maduro y atractivo se mantenía a la espera de la salida de los actores. Impecable, con un blazer marrón de marca, corbata beige claro, sombrero y zapatos de cuero artesanales a juego, y una barba incipiente muy cuidada, esbozó una leve sonrisa cuando Estela apareció. Bajaba la escalera despidiéndose animosamente de Luna y acompañada de su casera y amiga Fed que se había colado hasta bambalinas. Entonces le vio.

-¿Estela Romero?

-Sí, soy yo. ¿Quién es usted?

-Me llamo Raúl Lucena. Espero que mantenga frescas las rosas que le regalé.

-¿Cómo conoce mi nombre y mi domicilio? ¿Por qué encargó esas flores?

-No se asuste. Les invito a un café y se lo explico todo.

-No te vayas Fed, por favor –dijo Estela tomando del brazo a su amiga.

-¿Les puedo tutear?

-Sí claro –respondieron a un tiempo las dos mujeres.

-El asunto es fácil, sólo depende de que ambos colaboremos y todo serán buenas noticias –dijo mirando a Estela aquel extraño visitante con una amplia sonrisa, observado por las dos mujeres con cara de interrogación.

-Soy una persona conocida…en el mundo del ajedrez… y necesito resolver una cuestión. En principio, eres la única que puede ayudarme. Es sencillo para ti e imprescindible para mí. Si lo haces, veré el mejor modo para recompensarte.

-No practico para nada el ajedrez, así que no sé cómo podría ayudarle –respondió Estela, mientras en su interior pugnaba el miedo con un sentimiento que le hacía pensar que había algo en aquel hombre que le daba confianza.

-Y yo menos –añadió Fed, que agarraba de la mano a Estela sin soltarla.

-El próximo mes se celebra el campeonato del mundo de ajedrez en Santo Domingo, allá en la República Dominicana. Hace años que deseo ese premio, sin lograrlo. Pero esta vez estoy seguro que, con tu ayuda –afirmó señalando con el dedo a Estela-, venceré al famoso Akim Vólkov, el eterno campeón ruso.

Las dos mujeres enarcaron las cejas y se miraron sin articular palabra.

 II.- Poderes ocultos

-Os lo explicaré. Tengo un don especial: veo el aura de las personas. Sí, de todas. Mi aura es amplia y de color rojo intenso y mi cerebro es como una gran pila que se recarga con energía positiva. Ahí es donde está la clave.

Raúl Lucena hizo una pausa, asió delicadamente la taza de café y prosiguió:

-Hace un mes, por azar, acudí invitado a una representación teatral. Con gran sorpresa, percibí que al actuar una chica que tenía un papel secundario su aura blanca crecía y crecía hasta hacerse de un tamaño enorme. Eras tú, Estela. Consulté aquel hecho con mi maestro hindú quien me explicó que existen personas que, en determinadas situaciones y sin ellas saberlo, su aura se potencia en extremo, aumentando su tamaño, su fulgor, o cambiando de color.

-Yo…no noté nada especial…-comentó Estela, cada vez más sorprendida.

-Este hecho –prosiguió Raúl aflojándose la corbata- no tendría mayor importancia si no fuera porque, según mi maestro, puede ser muy beneficioso para el que conecta con estas personas en dicho estado, quien obtendrá, al momento, poderes mágicos insospechados, al menos por un día.

Desde entonces he intentado localizarte y saber de ti. Supe de la nueva actuación de tu pequeño grupo de teatro y hoy he ido a verte constatando el mismo fenómeno. ¡De nuevo, tu aura se hizo excepcional! ¡Prodigiosa!

-Pero dime…¿cómo has sabido mi domicilio… y la fecha de mi cumpleaños? ¿me has seguido? ¿qué es lo que pretendes?

-No, no te he seguido. No es difícil averiguar estas cosas…uno tiene sus contactos -contestó Raúl amagando una leve sonrisa irónica y continuó con su explicación- Relájate. Mi incuestionable maestro sanador me enseñó que, si mi gran aura roja lograra conectarse con una de esas extraordinarias auras blancas, saldría potenciada en tal extremo que su color se volvería amarillo, confiriendo a mi cerebro una inteligencia fuera de lo común, mil veces superior a la de cualquier humano, al menos por un día…

-¡Qué historia tan rara!- exclamó Fed, comenzando a recoger sus cosas.

Raúl hizo una pausa, apuró el último sorbo de café, y añadió:

-He tenido un presentimiento…., sí, lo he visto claro. Sin duda, voy a vencer al indomable Vólkov el día de la final. ¿Comprendes ya por qué te necesito? Contigo lo lograré, cumpliré mi sueño. Te compensaré, todo el premio será tuyo. A mí me bastará con la fama y el reconocimiento internacional, lo que, a la postre, dará también sus beneficios.

-Aunque me encanta la cultura holística, todo esto me resulta muy extraño y difícil de entender –respondió Estela mirándole fijamente.-¿Qué debo hacer, según tu maestro, para que logres ese dichoso título mundial de ajedrez?

-Nada especial. En el momento que tu aura esté en apogeo, con darme la mano sería suficiente. En ese momento conectaremos y se establecerá el puente de unión esperado; mi aura se transformará en amarilla y mi cerebro alcanzará su máximo poder. Solo hay un problema: según mi maestro, estos efectos únicamente permanecen veinticuatro horas y el campeonato mundial se celebra este año en Santo Domingo, allá en la República Dominicana. Lo que quiere decir que tendrías que viajar conmigo hasta allí e intentar conferirme tu energía el mismo día de la final. Te pagaré el viaje y la estancia, por supuesto. Tómatelo como unas vacaciones pagadas.

En ese instante, la paciente Fed, que hasta entonces había permanecido callada escuchando sorprendida, intervino:

-A ver si lo entiendo, Estela. Se te presenta un desconocido que investiga tu vida, te cuenta una milonga de auras y cosas raras y, finalmente, te pide que le acompañes al otro lado del mundo prometiéndote un premio si gana un campeonato de ajedrez del que no sabemos siquiera si participa. No estarás dispuesta a aceptar eso… así, sin más…

-Un momento, por favor. -Estela se levantó de la mesa, tomó de la mano a Fed y se la llevó al otro extremo de la cafetería, diciéndole:

-Le he mirado fijamente a los ojos y sé que no miente. Yo noto estas cosas. Vente conmigo, Fed. Te encanta viajar. Será sólo una semana y estaremos juntas en todo momento. Aunque no haya premio, pasaremos unas vacaciones pagadas. No tenemos nada que perder. Juntas las dos ¿vale?

Ambas mujeres, del brazo, se dirigieron a la mesa donde Raúl esperaba.

-Bueno, aceptamos. Las dos. Debes llevarnos a las dos. ¡Ah! Y también a mis dos gatitos. Daisy y Donald no pueden quedarse solos. Ese es el trato. Y otra cosa: ¿de cuánto estamos hablando si conseguimos el dichoso campeonato?

-¡Perfecto! ¡Cuánto me alegro! No os arrepentiréis. El premio está en torno a diez mil euros que no está nada mal, ¿no? Partiremos en dos semanas.

-¿Dos semanas? En este tiempo no tenemos ningún ensayo ni actuación. No sé cómo quieres que potencie mis supuestos poderes. –respondió Estela

-Antes debemos contrastar nuestras auras. Será como un ensayo de teatro. Y ya veremos cómo lo organizamos allí en la República Dominicana. Algo se me ocurrirá. Dame tu móvil. Te llamaré muy pronto. ¡Id haciendo las maletas!

-¿Y si luego no ganas? –preguntó Fed curiosa.

-Ganaré. En caso contrario, me despediré para siempre del ajedrez.

-Contrastar nuestras auras… ensayar….No te conozco de nada. ¿Por qué habría de darte toda mi confianza? –añadió Estela, aunque ya estaba decidida.

-La vida es una partida de ajedrez y hay que saberla jugar. Es así como yo lo veo. Y en este caso, tú serás la Reina –sonrió Raúl.

-Y tú el Rey ¿no es así?

-Veo que tienes sentido del humor. Te llamaré pronto –dijo Raúl levantándose y pagando los cafés.

Antes del viaje, Raúl y Estela quedaron varios días solos, en un salón del hotel en que él se hospedaba, y durante horas ensayaron leyendo una pieza teatral. Nada, el aura de ambos permanecía inalterable. Otras veces, Estela actuó de mimo, en Las Ramblas, observada por Raúl, y ahí sí que parecía que algo se acrecentaba o, al menos, le parecía observar un resplandor. Había esperanza.

Durante esas dos semanas, Raúl le dio mil consejos, pasearon junto al mar para conocerse mejor y evolucionar en su objetivo, y le obsequió con varios regalos, dejándole claro que todo lo hacía para que se sintiera feliz, pues, según su maestro, el estado de ánimo es fundamental para potenciar las auras.

-No pretendo cortejarte, ni me tomes por lo que no soy. No busco ligar contigo.

-No eres mi tipo, ni tampoco un Don Juan, así que ni lo intentes –rio Estela.

-Veo en ti una mayor luminosidad cerca del mar y, cuando actúas de mimo, se acrecienta el tamaño de tu aura, pero aún no hemos conseguido llegar a ese punto en que me puedas traspasar tu energía vital de tal modo que mi aura se transforme en amarilla, siendo potenciada al máximo. Y ya no tenemos más tiempo, mañana partiremos hacia Santo Domingo- comentó Raúl preocupado.

-No te obsesiones. Estoy convencida de que, en algún momento, sucederá lo que me cuentas, y lograrás tu objetivo.

El avión atravesó unas gruesas capas de nubes oscuras y, protegido por el sol, se dispuso a cruzar el gran océano tomando el mismo rumbo que marcó aquel gran almirante Cristóbal Colón. Dentro, Estela y Fed, sentadas en clase turista superior, charlaban animosamente con las azafatas sobre el país de destino. Raúl Lucena, en el departamento de la clase ejecutiva, completamente estirado en su asiento, dormitaba y soñaba que un ángel, con la cara de Estela, bajaba del cielo y le entregaba una gran caja. Él la abría cuidadosamente y aparecía un hermoso trofeo en el que resaltaba su nombre con grandes letras doradas y debajo se podía leer “Campeón del mundo de ajedrez. Santo Domingo-2017”

III.- Jaque mate

En una amplia habitación doble del Sheraton, con vistas al mar, a unos dos kilómetros del centro de Santo Domingo, Fed y Estela deshacían sus maletas. Desde la terraza de la suite del piso superior, Raúl contemplaba la puesta de sol, que llenaba de reflejos dorados los troncos de las palmeras y tornaba en color cereza el agua de los aspersores situados en los jardines próximos. Era miércoles y el sábado debería afrontar la esperada final del mundial de ajedrez.

Cenaron juntas compartiendo el exquisito buffet y la amplia gama de productos veganos tropicales, lo que Estela agradeció. Para Fed, aquello era una pasada.

-Al final, dejé los gatos a mi amiga la veterinaria. Se ofreció a cuidármelos y sé que lo hará- comentó Estela.

-Has hecho bien. Así no tendrán que sufrir el estrés de este largo viaje y estos calores –respondió Fed.

En ese momento, apareció Raúl, con una camisa floreada tipo hawaiano y pantalón corto, que le hacían parecer mucho más joven.

-¿Me permitís compartir mesa?

-Por supuesto- respondieron ambas sonrientes.

-He hablado con el Director del Hotel- contaba Raúl con una copa de vino en la mano-. Nos cede la sala de espectáculos las mañanas del jueves y viernes, que están libres. Es aún mayor que el teatro de Barcelona donde actuáis. El escenario está decorado y disponemos de equipos de sonido, iluminación, cámaras de grabación, pantallas…, lo que queramos.

-Todo para una gran actuación…. sin actores ni espectadores- replicó Estela.

-Tú serás la estrella. Deberás emocionarte… como si la sala estuviera repleta.

-De momento prefiero no pensar en ello. Déjame degustar esta sopa de coco al curry con garbanzos, champiñones y vegetales, que está deliciosa.

En la boîte, la bachata y el merengue se turnaban machaconamente. Tomaron una copa y se retiraron pronto a dormir. El cansancio del viaje hacía mella.

Cuando bajaron a desayunar, Raúl ya salía del gimnasio y se disponía a darse un baño en la piscina. Sabían que a las diez estaría puntual en el auditorio.

Se asomaron a la puerta. El amplio teatro, a media luz, resultaba tétricamente vacío. Al entrar, una música angelical casi inaudible las saludó. Al fondo, dos enormes cortinas rojas se fueron abriendo mostrando tras ellas un misterioso espacio oscuro. Despacito, las dos mujeres se dirigieron hacia allí. Focos de todos los tamaños y colores se iban encendiendo a su paso iluminando el escenario. Paredes con hiedras, estatuas rotas, jarrones y un velador abierto, que intentaban simular el decorado de un jardín romántico. Silencio absoluto.

-¡Adelante! ¡A escena! -la voz de Raúl sonó demasiado amplificada y con eco.

-¡Por Dios, no nos des estos sustos! –exclamó Fed completamente pálida.

-¡Muéstranos tus artes teatrales! ¡Canta, ríe, baila, llora, ama, muere… lo que desees, pero siéntelo en tu alma! ¡Que yo lo sentiré! ¡Mi aura se transformará!

Tímidamente, Estela subió al escenario mientras Fed se sentó en la primera fila a tres butacas de Raúl. Se acercó al velador y se detuvo en el borde del banco de madera que lo circundaba. Sentada, apoyó su codo sobre la mesa y su mejilla descansó sobre su mano mientras su pelo azul tapaba su cara. Después de tres eternos minutos, se puso en pié y comenzó a recitar como Hamlet:

“Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin? Morir, dormir… nada más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne… Es un final piadosamente deseable. Morir, dormir, dormir… quizá soñar… ” 

-¡Alto! –interrumpió Raúl- No sigas. Tu aura se empequeñece. Debe ser por la tristeza que emana de ese poema. Necesitamos algo más alegre o divertido.

-Es cierto. No es nada apropiado hablar de la muerte. Me gustaría probar con otra cosa menos profunda y más alegre. Las palmeras y los jardines exteriores me recuerdan una divertida representación teatral que fue mi estreno en un escenario: El “Pic-Nic” de Fernando Arrabal. La ensayé tantas veces que aún recuerdo todos los papeles de memoria, pero, a pesar de su mensaje contra las guerras, sus diálogos son insustanciales y no creo que pueda emocionarme.

-¿Y alguna otra?

-No recuerdo ninguna divertida, por el momento.

-¡Déjalo entonces! Continuaremos mañana… Y esta noche… piensa en algo efectivo, que subyugue. ¡Ale, vámonos a visitar Santo Domingo! –finalizó Raúl.

El taxi del hotel les llevó hasta el conjunto histórico colonial de Santo Domingo, patrimonio de la humanidad. Visitaron su majestuosa catedral, el hospital de San Nicolás y la primera iglesia de las Américas, el alcázar o palacio residencia de Diego Colón y el altar de la patria con todos sus próceres independentistas.

-Qué bien se está de vacaciones- exclamó Fed, entusiasmada con las visitas.

A las nueve de la mañana bajaron las dos amigas al buffet con vaporosos vestidos veraniegos que transparentaban su lencería. Raúl ya había finalizado sus ejercicios en el gimnasio y las esperaba en el lobby leyendo la prensa.

-¿Qué tienes preparado para la actuación definitiva?- preguntó Raúl ansioso.

-Lo que mejor me sé de memoria: el conocido monólogo de “la vida es sueño”.

Raúl y Fed se sentaron como espectadores en la primera fila de butacas mientras Estela se colocaba de rodillas en la esquina del velador, simulando una prisión. Agachó la cabeza hasta su pecho y su melena azul ocultó su cara.

Lentamente, mientras erguía su cabeza, su brazo derecho despejaba el rostro y sus profundos ojos negros podían verse entre sus cabellos. Miró hacia el cielo, extendió los brazos hacia él, y, de pronto, los micrófonos colgados amplificaron su potente voz, resonando con eco por todo el teatro:

¡Ay mísero de mí, ay, infelice!   

Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así  

qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,          

pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer,
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?

 Hizo una pausa, miró a Raúl que permanecía impasible mirando al suelo y preguntó:

-¿Algo va mal? Veo unas caras extrañas,,,,

 -¡Para! Es suficiente. No sigas. La representación es perfecta, pero ni tu aura ni la mía apenas se mueven. Déjalo, es imposible. Abandonamos el asunto.

-Ya lo siento. He intentado actuar lo mejor posible.

-No es tu culpa. Lo haces muy bien. Creo que no hemos acertado con el texto.

-Me gustaría intentarlo por última vez, ya que estamos aquí –respondió Estela-Es por mi orgullo profesional. Si ha surgido otras veces, ahora también lo hará. Probaré con otro famoso monólogo: el de Romeo y Julieta. Pero necesito que subas al escenario y permanezcas junto a mí, mirándome fijamente a los ojos.

Poco convencido, muy despacio, Raúl subió al escenario y se situó junto a ella mientras Fed sonreía divertida en su butaca. Estela cogió su mano y comenzó:

¡Sólo tu nombre es mi enemigo! ¡Porque tú eres tú mismo, seas o no Montesco! ¿Qué es Montesco? No es ni mano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni parte alguna que pertenezca a un hombre. ¡Oh, sea otro nombre! ¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! De igual modo Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atesora. ¡Romeo, rechaza tu nombre; y a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mi toda entera! ¿Quién eres tú, que así, envuelto en la noche, sorprendes de tal modo mis secretos? ¿Quién fue tu guía para descubrir este sitio?

En ese momento, Estela le envolvió con sus brazos y amorosamente continuó:

Tú sabes que el velo de la noche cubre mi rostro; si así lo fuera, un rubor virginal verías teñir mis mejillas por lo que me oíste pronunciar esta noche. Gustosa quisiera guardar las formas, gustosa negar cuanto he hablado; pero, ¡adiós cumplimientos! ¿Me amas? Sé que dirás: sí, yo te creeré bajo tu palabra. Con todo, si lo jurases, podría resultar falso, y de los perjurios de los amantes dicen que se ríe Júpiter. ¡Oh gentil Romeo! Si de veras me quieres, decláralo con sinceridad; o, si piensas que soy demasiado ligera, me pondré desdeñosa y esquiva, y tanto mayor será tu empeño en galantearme. En verdad, arrogante Montesco, soy demasiado apasionada, y por ello tal vez tildes de liviana mi conducta; pero, créeme, hidalgo, daré pruebas de ser más sincera que las que tienen más destreza en disimular. Yo hubiera sido más reservada, lo confieso, de no haber tú sorprendido, sin que yo me apercibiese, mi verdadera pasión amorosa.

Después le besó apasionadamente y acarició su cabeza. Raúl, disuelto en ella como un azucarillo en un gran tazón de leche, se fue transformando en un ser de otro mundo. Respondió besándola furiosamente y sus lenguas pugnaban por adueñarse cada una del espacio de la otra y los labios, al ser mordidos, respondían agresivamente a sus contrarios. Al mismo tiempo, sus auras no paraban de crecer, quedando envueltos ambos en una inmensa nube amarilla.

-¿No lo veis?-repetía-¡Es cierto! ¡Mi maestro no me engañó! Has conseguido el milagro. Es el karma. Tu energía ha trascendido de tu cuerpo y se ha fundido con la mía. Acaba de nacer el hombre más inteligente del mundo…por un día.

Mientras Raúl recorría el escenario a grandes zancadas, con los brazos en alto, celebrando aquel fenómeno, Estela se dirigió hacia la escalera lateral, agarró de la mano a Fed y juntas  abandonaron el salón.

-¿Qué te ha ocurrido? No esperaba esa reacción– preguntó Fed.

-No lo sé. Olvídalo. Sólo fue una actuación. Nosotras ya hemos cumplido. Por fin tiene lo que quería. A ver si mañana consigue ese dichoso campeonato.

-¿Sabes Estela? Ya sé que estás muy a gusto viviendo conmigo en Barcelona, pero te veo un poco desperdigada. No tienes amores ni un trabajo continuo. Y yo, jubilada, a veces, cuando llevo tiempo sin viajar, me veo sola y aburrida.

Me gustaría proponerte una cosa, algo diferente que creo que nos interesa. A veces, un cambio a tiempo sienta muy bien. Estos días lo he estado pensando.

-¿A qué te refieres?

-Hace unos meses heredé de un tío mío unas fincas y un caserón antiguo situado en la misma plaza de Mayorga de Campos, en Valladolid. Estoy jubilada y Barcelona con todo su bullicio empieza a cansarme. Sé que para ti sería un cambio muy grande pero estoy segura que te encantarán sus casonas y la vega del río Cea. La gente es muy entrañable, a poco que trates con ellos. En este tipo de pueblos, un comercio bien preparado tipo cantina que, al mismo tiempo, ofrezca un poco de todos los productos tradicionales de la zona, funciona necesariamente. Te veo capaz de llevarlo. Tengo dinero suficiente para realizar una reforma completa del local de la planta baja y del piso situado sobre ella y me gustaría contar contigo para ponerlo en marcha. ¿Qué opinas?

-Así, de repente… Te prometo que lo pensaré. Sabes que no te puedo aportar nada más que mi trabajo. Tardarás muchos años en recuperar esa inversión.

-No te preocupes por eso. Yo no necesito el dinero. Cada año, invertiremos los beneficios en vacaciones para ambas. Eso será suficiente. ¿Te parece?

-¿Y dónde viviremos?

-El piso de la casona es suficientemente grande para las dos y, por otra parte, ya sabemos lo que es vivir juntas. Será como en Barcelona sin el inconveniente de tenerte que desplazar para acudir al trabajo y sin mayor preocupación que mejorar un poco la tienda cada día y atender con una sonrisa a los clientes. Haremos muchos amigos. Lo sé. Trabajar y disfrutar, ese es el objetivo.

-Sí…, creo que tienes razón. Vivir sin tanto agobio me vendrá estupendamente. El yoga campestre ¿Y qué vas a hacer con el piso de Barcelona?

-Cuando queramos, una u otra podremos ir allí y visitar a nuestros amigos.

-¡Eres fabulosa Fed! No sé cómo podré agradecerte todo eso.

Al día siguiente, todos se dirigieron al edificio de la Federación Dominicana de Ajedrez, en el espléndido Centro Olímpico de Santo Domingo, donde se celebraba el famoso campeonato del mundo. Raúl, muy tranquilo, repasaba en su mente la estrategia de salida de las partidas decisivas contra el gran Vólkov.

Funcionó. Su victoria fue fulminante. Por vez primera y en un tiempo record, un español, Raúl Lucena, se había proclamado campeón mundial de ajedrez. Las felicitaciones le llegaban de todo el mundo y todos los medios le asediaban.

-He cumplido mi sueño, gracias a ti, Estela.

-La inteligencia la tienes tú. Yo solo he activado un poco ese cerebrito…

-Vamos a celebrarlo con un buen cava. Cuando cobre os enviaré el dinero, como hemos quedado. Mi representante ya me ha conseguido citas para acudir a competiciones por todo el mundo. Quizás necesite de nuevo que mi aura….

-¡No me volverás a ver! –cortó radicalmente Estela- Este asunto ha finalizado.

-Bueno, bueno. No es necesario que digas eso. Quisiera contar con tu amistad.

-En ese caso, dalo por hecho. ¿Amigos?

-¡Amigos! –exclamó Raúl con un apretón de manos. -¿Y ese cava?

El imponente Jumbo hizo rugir sus motores y cruzó el gran océano con destino a España. Terminada con éxito la aventura americana, nuevos sueños, nuevas ilusiones y una nueva vida les esperaban. Casi dormidas, Fed iba imaginando ya la decoración para esa cantina/tienda en Mayorga de Campos, mientras Estela pensaba cómo lo habrían pasado Daysi y Donald con la veterinaria.

Disponer de un piso grande, con sus gatos por supuesto, tener un trabajo estable, sin desplazamientos, vivir en un lugar tranquilo, sin estrés, con la naturaleza a dos pasos. Quizá allí también encontraría el amor, quien sabe…, porque donde hay un deseo hay un camino…

En definitiva, a veces ocurre que la felicidad está en tener “una vida sencilla”.

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