MENTIRÍA…. si fuera preciso.

Había sido un día casi perfecto. Por fin habían acabado de instalar las 54 calderas de las seis hileras de viviendas unifamiliares y probado sus circuitos; ninguna fuga. Era viernes, lo que merecía dejar un poco antes el trabajo para regresar a casa en la furgoneta con toda la cuadrilla. Román y sus dos hermanos, junto a seis operarios, habían logrado formar una pequeña empresa de fontanería y calefacción y no les faltaba trabajo. Pensó en sus tres grandes obras en marcha y sonrió satisfecho: “Este año habían cumplido”.
Camino de Burgos, al ocultarse el sol entre las lomas, miró su reloj: 21-09-2007, 20,00 h. Puntual, su emisora favorita emitía las noticias:
“Crisis de las hipotecas subprime: la compañía británica Victoria Mortgages, con una cartera de créditos valorada en 440 millones de euros, se declara insolvente. El presidente del BCE Jean-Claude Trichet insiste en el riesgo inflacionista en la eurozona. El Banco de Inglaterra debe acudir al rescate del Northern Rock quinto banco hipotecario del país, y en cuyas oficinas comienzan a crearse colas de clientes para retirar sus depósitos. El Banco de España desmiente que algún banco español haya solicitado financiación de urgencia”.
Cambió de emisora y Shakira animó el viaje hasta su domicilio. Lejos de allí, los magnates de los grandes capitales decidieron dejar de financiar a los bancos españoles por su elevada exposición a hipotecas de inmuebles sobrevalorados. Y éstos, a partir de este día, cortaron los créditos a empresas y particulares.
Al fin en casa. Raquel le recibió con un dulce beso. Cogidos por la cintura recorrieron el largo pasillo de su piso, decorado al gusto de ella, hasta el sofá del salón.
—¿Qué tal ha ido el día? ¿Quieres cenar?— le dijo con una amplia sonrisa. Al ver llegar corriendo a su hija Elsa, que con sus espléndidos siete años y la alegría en su cara venía desde la habitación donde hacía sus tareas para abrazarle, se sintió el hombre más feliz del mundo. Lo adoraban y él a ellas. Román y Raquel se sentían cómodos viviendo en aquel antiguo piso, en el centro de la ciudad, ya pagado. Además, disponían de un bonito chalet construido por la empresa que les daba trabajo, con un amplio jardín para que su hija disfrutase. La hipoteca de ese chalet y la inversión a crédito que Román había solicitado para iniciar su empresa en la tecnología de paneles solares y geotermia, no constituían para ellos ninguna preocupación puesto que con la facturación media habitual de su empresa podían irlas pagando sin mayor problema, mientras ésta se mantuviese. Todo ello les hacía mirar el futuro con gran optimismo. Aquella noche, la pareja se fundió en un tierno abrazo, que repitieron hasta quedar dormidos profundamente.
Había llegado el temido pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Aunque largamente esperado, nadie acababa por creer que eso pudiera pasar en ese momento de tanto trabajo. Al no disponer de financiación, se frenó la compra de viviendas. Los promotores, al carecer de ventas, dejaron de pagar a sus constructores y éstos, a su vez, a las subcontratas. La cadena de impagos había comenzado y los rumores de concursos de acreedores se cernían sobre las empresas con más riesgo. Román confiaba plenamente en la constructora para la que trabajaba.
—Es una empresa muy solvente—comentó en casa— nunca me ha dejado una sola factura sin pagar. Unas semanas después de aquello, al llegar a la obra, la cara del encargado le puso sobre aviso:
—Este mes no hemos cobrado. Se rumorea que están devolviendo facturas— dijo volviéndose hacia el tajo dando la espalda a Román, que le escuchaba impertérrito. Comenzó a sentir el cosquilleo del miedo en el cuerpo. Preocupado, insistió al jefe de obra para que incluyese, sin falta, en la certificación del mes, las calderas que había terminado de instalar. Después, se dirigió a su banco. Nada más entrar, al ver el escueto recibimiento del director, Román barruntó las malas noticias que le dejaron clavado al sillón: la constructora le había devuelto los pagarés que su empresa había descontado en los últimos seis meses. Todo lo facturado en medio año por el trabajo realizado en sus “tres grandes obras” había volado. Aún más, las calderas instaladas el último mes ni siquiera estaban facturadas y había que pagarlas junto a todo el material empleado en esas obras sin recibir ni un euro a cambio. Supondría la ruina de su empresa.
—No puede ser. No pueden dejarme tirado—gritó por el móvil al gerente de la constructora. Éste, sin darle mayor importancia, le dio buenas palabras:
—No te preocupes que lo vamos a ir solucionando. Vosotros seréis los primeros en cuanto podamos ir pagando.
Palabras. El tiempo pasaba y las obras se iban cerrando. Los obreros, al no cobrar sus sueldos, se atrincheraron en una de ellas, como protesta, hasta que intervino la policía y los echó de allí. Román esperaba pacientemente, confiado en que sus anteriormente amigos, los jefes de la empresa, le dieran alguna solución. Finalmente, a los tres meses, la constructora entró en concurso de acreedores, al igual que la promotora de la que formaba parte, por sus múltiples deudas, y envueltas por las sombras de sospecha de quiebra fraudulenta. Quedó paralizada la promoción de los 54 chalets, aun sin vender la mayoría de ellos. Siguieron meses de gestiones, negociaciones, requerimientos y juicios para intentar cobrar sus trabajos, aunque fuese en parte. Confiaba en sus abogados. Su empresa, junto a otras tantas, figuraba entre los acreedores para la administración concursal.
—Hay muchas deudas y los subcontratistas estáis los últimos. Tienen preferencia los trabajadores y los bancos que han otorgado los créditos— les dijeron. Finalmente, el banco financiero, Hacienda y la Seguridad Social se repartieron todos los inmuebles.
La incredulidad se fue transformando en certeza comprobada. Quedó aterrorizado, paralizado, pensando que tendría que despedir a sus trabajadores, cerrar su empresa y pagar todos los materiales, tuberías, radiadores, calderas, de todo un año. No tenía dinero para ello. La cruda realidad se impuso lentamente. Su pequeña empresa, formada a base de tantos años de esfuerzo, también entró en concurso de acreedores. Poco a poco, siguió los pasos previstos, despidió a sus empleados, devolvió facturas y le embargaron todos sus activos, el solar y la nueva nave destinada a las energías renovables. Después del dinero de las cuentas, siguieron con sus bienes personales: adiós a su casa con jardín hipotecada. Con suerte, consiguió salvar su piso en el centro, ya pagado. Tenían casa, pero estaban en la ruina total.

La mañana del sábado 15 de septiembre de 2008 se levantó muy tarde, abúlico y sin fuerza alguna. Como pudo, se calentó su café y sacó sus pastas. Instintivamente, puso la radio, sin escuchar apenas las noticias de las 12 que comentaban:
“Crisis financiera de Estados Unidos: ante la posibilidad de afrontar la bancarrota, Goldman Sachs ha recibido la autorización de la Reserva Federal para dejar de ser un banco de inversión y convertirse en un banco comercial. Junto con el otro más grande banco de inversión, Morgan Stanley, Goldman Sachs ha confirmado su quiebra. El fin de la era de los grandes bancos de inversión de Wall Street ha llegado.”

Gracias al cariño de Raquel, su mujer, pudo superar su depresión. Continuamente le animaba a trabajar para recuperarse.
—Como si tuvieras veinte años, —le decía— volver a empezar. Él le sonreía en silencio, agradecido. Después se abrazaban y alguna lágrima se deslizaba pasando desde una cara a la otra, antes de perderse al ser retirada por sus manos.
Román lo intentó. Junto a sus dos hermanos, ya sin obreros a su cargo, echaron mano de conocidos y antiguos clientes para realizar cualquier tipo de trabajo de fontanería, calefacción o cualquier otro en los que pudieran desenvolverse. Pero la crisis en el año 2009 golpeaba fuerte y las pequeñas chapucillas que surgían no daban para los tres. La cosa podía empeorar, así que decidieron trasladarse a casa de los padres de Raquel, allá en el espacioso barrio burgalés del G-3, con el fin de alquilar su piso céntrico con cuya renta pagarían los gastos necesarios para ellos y su preciosa hija.

Con la primavera llegaron las lluvias. Entre paraguas, un viejo conocido de la familia les saludó por la calle. En su amena conversación les indicó que su hijo ingeniero estaba en Brasil con una conocida promotora española. Tenían mucho trabajo y necesitaban instaladores. Román no tardó en decidirse. Había que intentarlo. Sus hermanos, en cambio, renunciaron a irse tan lejos. Sería la primera vez que los hermanos se separasen. Sería la primera vez que él se alejara de Raquel y Elsa.
—¿Vendrás conmigo? —le dijo a Raquel estrechando su cintura con sus fuertes brazos.
—No puedo acompañarte —respondió ella sintiendo dentro el dolor de una puñalada—nuestra hija necesita sus amigas, su colegio, sus abuelos; es lo mejor que podemos darle. Llegarán tiempos mejores y podrás volver. Regresarás en cuanto sea posible. No sabes cuánto vas a faltarnos.
El abrazo se hizo tan largo como el silencio posterior y la tristeza quedó reflejada en sus rostros. A mediados de mayo, Román, cargado de ilusiones, con las fotos de sus dos amores en su cartera, su maleta y su espaciosa mochila de mano, partió hacia el cercano aeropuerto madrileño.
—Este inmenso mar no se acaba nunca. ¡Qué injusto es tener que marchar tan lejos por culpa de no se sabe qué o quién! —pensó asomado a la ventanilla del “Jumbo”-747 con destino a Río de Janeiro mientras cruzaba el gran océano. En sus dos asientos contiguos, Luis, un aparejador asturiano y Juan, un electricista malagueño, le miraron con complicidad. También ellos, y “sus historias”, iniciaban su aventura americana.
Durante el largo trayecto, entre sueños, dio un repaso a toda su vida, su alegre infancia en el pueblo burgalés de sus padres, sus estudios de maestría industrial en Burgos donde halló amigos inolvidables, sus primeros escarceos amorosos y la llegada de Raquel, el gran amor de su vida. Después el ilusionado comienzo del trabajo en empresa con sus hermanos y sobre todo, el nacimiento de Elsa, su hija, que le cambió su forma de vida otorgándole una felicidad interior insuperable. Más tarde llegó el triunfo en el trabajo, la ampliación de la empresa y…… de pronto y sin saber cómo ni por qué, todo ello se fue al traste. La ruina se había instalado en su vida.

El trabajo en Río era estresante, por los plazos de entrega, y no muy bien retribuido. Al menos, estaban alojados casi gratis en “un residencial” que la empresa había alquilado para sus trabajadores. Construían dos grandes bloques de viviendas prefabricadas que había que entregar antes de un año. Acababa agotado y los fines de semana los dedicaba a descansar. Menos mal que la temperatura era bastante soportable, de 16 a 30º aunque con bastante humedad. Se había adaptado bien, pero en su interior se mantenía siempre presente el deseo de su vuelta a España lo más pronto posible.
—En Navidad, desde luego, pasaré al menos diez días en Burgos—se repetía a menudo.

El último viernes de septiembre de aquel 2009, dos compañeros de trabajo brasileros, le hicieron llegar una invitación para una fiesta: Era el cumpleaños de su jefe y no cabían excusas. Sin más remedio, había que animarse. Ya desde la cena, el sonido de la samba fue creando un gran ambiente que duró toda la noche. Después, en la playa, comenzó una actuación de vibrantes garotas, apenas vestidas con cintas de colores. Tras las cervezas, llegaron las kaipiriñas. Apenas recordaba cómo sucedió pero, al despertarse, se quedó petrificado contemplando un buen rato el bello y poderoso trasero desnudo de una de ellas. Poco a poco, fue recordando las imágenes de aquella alocada noche. No podría olvidar las horas pasadas junto a aquella belleza morena a la que no vería nunca más. No se sentía culpable, pero no volvería a ocurrir.

Las obras iban retrasadas y la empresa les pidió, es un decir, que se quedasen en Navidad. Había que cumplir plazos pues las penalizaciones eran altas. Así que…. adiós al viaje a España, por el momento. Una vez más afrontaba una situación dolorosa para él y mucho más para Raquel y su hija. Junto a Luis y Juan, sus compañeros españoles de vuelo que también se quedaban, se fue a cenar en Nochebuena a un restaurante no muy caro, con vistas a la playa de Parati.

Casi agonizante, llegó el año 2010, como una mera continuación del anterior. El trabajo se hizo más rutinario y estresante. Su momento especial del día era cuando, en el comedor de su residencial, concertado por su empresa para los trabajadores, los grandes ojos negros de la joven cocinera/camarera le miraban fijamente mientras le peguntaba por su menú. Era tímida y con aspecto aniñado, con una larga trenza morena recogida bajo un pañuelo, y su fija mirada, junto a su tenue y edulcorada voz, le ponían nervioso haciéndole tomar el plato equivocado. Una tarde, casi a la hora de cerrar, corrió al supermercado para comprar la necesaria garrafa de agua para tener en casa y casi chocó con la cocinera que arrastraba un carrito tan cargado que apenas podía conducirlo. Él se ofreció presto a ayudarle. Mientras ambos transportaban todas aquellas bolsas hacia su furgoneta, la mirada agradecida de la chica se cruzó con la suya, manteniéndose durante algunos segundos que a él le parecieron encantadores.
No tardó en repetirse el siguiente encuentro. Fue en el animado disco-bar “O Pelícano” en el que los sábados iban todos a tomar algo y escuchar música. Casi no la reconoció. Su larga melena ondulada desplegada, su trabajado maquillaje y aquel corto y escotado vestido en nada le recordaban a su dulce cocinera, hasta que escuchó su suave voz en portugués y vio aquella mirada profunda que tanto le perturbaba, mientras le decía sonriendo:
—Eu vou te comprar uma cerveja. O que menos de agradecerte o esforço ontem para baixar todos aqueles sacos.
No podía negarse. Con sus dos Skol en la mano, se enfrascaron en una amena charla que luego continuaron sentados en una mesa del frondoso patio situado en el interior. Un tierno beso puso fin a aquel inolvidable sábado y la cita para el sábado siguiente.
Estaba jugando con fuego y él lo sabía. La mente de Román, noche tras noche, daba vueltas y más vueltas mientras se preguntaba y se respondía una cosa y la contraria. Sus razonamientos y argumentos para acudir o rechazar aquella deseada cita se mezclaban con los remordimientos que los mismos le producían poco después al acordarse de su amada Raquel y de su hija Elsa. Estaba condenado. Dayra, así se llamaba la cocinera, le atraía irresistiblemente. Cenaron algo ligero, como con prisa. Ya en el piso, sin llegar a la habitación, desvistiéndose uno al otro sin dejar de besarse, cayeron entrelazados sobre el amplio sofá del salón. Después, más pausadamente, repitieron sus interminables caricias hasta dormirse abrazados.
—¿Qué me está pasando? Soy otro. Me ha cambiado este lugar, este clima, o es que realmente me estoy enamorando? ¿Me habrá hechizado esta dulce brasilera? —se dijo. Cada semana, Román esperaba impaciente la llegada del siguiente sábado. Era imposible ocultar su relación y sus compañeros de trabajo le sonreían maliciosamente.

En febrero, aprovechó los quince días de vacaciones que le ofrecieron para viajar a España. El frío de la estación de trenes de Burgos le transportó a la realidad de sus orígenes. Venía de un sueño; en su cabeza permanecían imborrables las imágenes de su morena brasilera. Solamente se olvidaba de Dayra en los momentos en que su hija Elsa le llevaba de la mano a jugar con ella. Raquel, su mujer, le notó cambiado, más frío y distante de lo esperado, lo que le hizo pensar en las preocupaciones por el trabajo y el dinero. Nunca hubiera podido dudar de su fidelidad.

No se habían resuelto ninguno de los problemas que le hicieron partir. Su empresa seguía sin cobrar sus deudas y, en consecuencia, sin poder pagar las facturas pendientes. El trabajo en Burgos seguía siendo escaso y mal pagado según le relataron sus hermanos. Uno de ellos le insinuó si habría trabajo para él en Brasil.
—Ahora debéis mantener los clientes. Vendrán tiempos mejores y volveremos a rehacer la empresa, ya lo veréis —mintió, pensando en Dayra. Raquel había comenzado a trabajar unas horas en la tienda de regalos de una amiga y, junto al dinero que Román le enviaba cada mes, se mantenía dignamente reduciendo gastos.

De nuevo en Río, tras la actividad en el trabajo, volvió la atracción por aquella mujer, que era como un gran imán del que era imposible poderse separar. Así llegó el verano. La obra se entregó casi en plazo y el contratista le ofreció trabajar en otra obra, en Recife, a 2.300 km. de Río. Continuar en Brasil o regresar a España. Era la hora de tomar una terrible decisión: Quedarse allí, con Dayra, o separarse para siempre y volver con Raquel. Ella no se merecía un nuevo disgusto. Dayra tampoco.
Aquella tarde, tras un paseo cerca del mar meditando sobre su futuro, lo vio claro:
Ante todo, era prioritario el trabajo, que aseguraba su bienestar y el de su familia, a la que nunca dejaría en la estacada. Se iría a Recife. En lo posible, no deseaba causar daño a ninguna de ellas puesto que seguía amando a Raquel y también a Dayra. Mentiría, si fuera preciso, a ambas, si ello les evitara algo de su sufrimiento.
—Dayra, soy un hombre con lazos familiares en España. Tengo una mujer y una hija— le dijo una noche tras hacer el amor. Le sorprendió su tranquila reacción y más aún su respuesta mientras le miraba fijamente:
—Siempre lo he imaginado. No soy tan ingenua. Quiero que sepas una cosa: Te amo y estoy dispuesta a dejar mi trabajo en Río y partir contigo a Recife; sólo debes estar decidido a vivir conmigo; sin más condiciones, sin plazos, sin exigirte nada respecto a tu familia. Tú decides.
—Yo amo a mi mujer.
—¿Y entonces yo?
—De ti estoy enamorado.
La duda sobre si aquella decisión fue la correcta le acompañará siempre. Nunca hizo papeles para separarse ni tampoco Raquel. Han pasado varios años y Román, cada noche en Recife, en el fondo de su corazón, aún sueña y mantiene viva la esperanza de que todo vuelva a ser como antes. Como antes de la crisis.

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