Nadie me supo decir dónde estaba pero es seguro que existió, sin dudarlo jamás. Yo la he llamado Bellalar porque siempre me han encantado sus leyendas y lo que los habitantes de esa pequeña villa, crédulos y temerosos, relataban durante siglos, dando por ciertas todas estas bellas historias que os contaré. No en vano, sucesivamente, fue invadida, ocupada, arrasada o gobernada por gentes de culturas muy diferentes. Turmódigos, celtas-autrigones, vacceos, berones y pelendones, romanos, bárdulos y visigodos, árabes-omeyas, vascones, francos-gascones……, entre otros, y todos ellos dejaron en Bellalar amplia huella de sus distintas tradiciones, leyendas y culturas. Más tarde, fue frontera muy disputada entre castellanos, navarros y aragoneses, perteneciendo sucesivamente a unos o a otros y, de cuando en cuando, atacada por alguna de las razzias que los árabes más peleones mandaban casi cada año. Las luchas por adueñarse de aquel territorio eran tan habituales que sus habitantes vivían en continuo sobresalto. Cada poco tiempo sufrían nuevos gobernantes y nuevas leyes. Por si esto fuera poco, al ser zona de paso en el Camino francés hacia Santiago, Bellalar era atravesada y visitada cada año por todo tipo de extraños personajes, venidos desde lejanos lugares, que relataban hechos increíbles y leyendas inimaginables que todos aseguraban ser ciertas.
Una de estas muchas leyendas era la del traga-almas. Yo os la voy a contar tal cual dicen que ocurrió y vosotros juzgareis si estos hechos pasaron en verdad o eran fruto de la mente de quienes me los relataron. Hace muchos, muchos años……, escondido en una cueva ignota de esta pequeña villa, vivía un horrible monstruo, con la misma altura de los viejos chopos que están cerca del río, del que todo el mundo hablaba pero que nadie, nadie, había visto jamás. Unos decían que su cabeza era alargada, con siete ojos uno encima de otro, y sus dos orejas picudas eran tan largas que se unían por detrás. Otros añadían que no tenía nariz ni pelo alguno y que su boca vertical era tan grande que podía comerse un niño de un solo bocado. Los más imaginativos aseguraban que cambiaba de color según la hora del día y que sus brazos y piernas podían alargarse a voluntad, al igual que sus dedos y uñas, para poder atrapar con ellos a cualquier persona o animal por grande que fuera. En fin, que cada uno le pintaba lo más horrible que podía, echándole imaginación. Y de su maldad qué os voy a contar….Aunque nadie había visto a semejante bicho, ni vivía ningún afectado o dañado por él, se contaban por cientos sus supuestas víctimas, sobre todo niños de otras villas del contorno, por lo que dicha historia era utilizada por muchos padres para asustar a los pequeños de Bellalar cuando se portaban mal. Con estos antecedentes, todos los habitantes de la villa daban por cierta la existencia del malvado monstruo y estarían aterrados si se les apareciera, hasta que un día…….
Era la noche de San Juan. Todos los jóvenes de Bellalar bailaban alrededor de dos grandes hogueras, divirtiéndose y pidiendo deseos mientras saltaban cerca del fuego. De pronto, nadie sabe cómo, desapareció una joven de dieciocho años hija de unos campesinos muy queridos. Según decían, era la joven más bella de la villa y tal vez del país, aunque de carácter altanero, antojadiza, muy presumida y nada trabajadora, que llevaba a mal traer a sus padres. Durante tres días con sus noches todos los habitantes que podían se turnaban afanosamente en su búsqueda. –Eliseeeeenda, Eliseeeeenda, ¿dooonde estááás? –gritaban, repartidos en cuadrillas recorriendo montes y valles, cuando alguien, nadie sabe quién, insinuó, con voz baja, que se la habría tragado el monstruo. El rumor se extendió y el terror se apoderó de los buscadores.
Acudieron los soldados con sus espadas y lanzas y los hombres sacaron los palos y las armas. Nuevamente el temido monstruo pasó a ser el gran protagonista de aquella disputada villa. Salieron a la luz todos los miedos de sus habitantes, heredados de años de dominación, y sus inseguridades y egoísmos se desataron. Las madres escondían a sus pequeños y únicamente algunas personas mayores, quizás con ganas de dejar este mundo, osaban salir a las calles.
Al cuarto día, inexplicablemente, Elisenda apareció sonriente en medio de la plaza, junto al gran pozo de agua cristalina, a la hora en que las mujeres acudían cada día a sacar el agua, extrañada de que ninguna de ellas estuviera allí. Se dirigió a su casa y la vio cerrada, al igual que el resto de las puertas de las casas vecinas. Recorría asombrada las calles vacías cuando vio a un joven asomarse tras una esquina quien, al verla, echó a correr como si hubiera visto un fantasma. Se apresuró a avisar a todos los que la estaban buscando y, cuando por fin regresaron, apremiaron a la ya encontrada para que contase todo lo que le había ocurrido:
-Oí que alguien me llamaba insistentemente por mi nombre. Al volverme, vi a un apuesto joven hablándome de modo muy afectuoso. Me dirigí hacia él mientras todos los demás continuaron saltando y bailando alrededor de las hogueras. Al darme la mano me sentí como hipnotizada y, sin poder evitarlo, le seguí. No sabría decir cómo ni cuando pero, aun siendo de noche, ambos nos encontramos subidos en un carro mágico hecho de luz y volando con rapidez sobre montes y valles. El carro volaba y volaba, hasta que, por fin, se detuvo en la entrada de una gran cueva.
Una vez dentro, el guapo joven con aspecto de príncipe se fue transformando en un horrible monstruo, aún más feo del que cuentan las leyendas que todos habíamos oído desde niños. Al verlo me desmayé, o eso creo, pues cuando desperté me vi tumbada sobre una gran piedra, sin poder hablar ni moverme, aunque sí que podía observar y oír lo que el monstruo me decía, gesticulando y murmurando, como siguiendo algún extraño ritual. Yo le miraba relajada y sin miedo alguno pensando que, seguramente, era algún truco mágico de aquel misterioso joven.
-“Voooy a comeeerme tu aaaalma” –me dijo acercándose con voz muy ronca y grave. Puso una de sus huesudas manazas sobre mi cabeza y sacó de ella una hermosa bola de luz azulada. Inmediatamente, abriendo su gran boca, se la tragó sin dificultad. En ese momento, sentí una paz interior y una felicidad como nunca antes había sentido. Al cabo de unos minutos, con sus siete ojos mirándome fijamente, y con todo su cuerpo de color azul, me habló nuevamente muy despacio: -“Eliseeeeendaaaa. Tienes un alma moonstruoosaaaa. Te voy a conceder treeees de mis deseos, noooo de los tuyos”. Tras estas palabras, de nuevo me tocó la frente con una de sus largas uñas y me quedé dormida muy profundamente soñando que volaba. Cuando desperté, el monstruo había desaparecido y yo me encontraba aquí, junto al pozo, en medio de la plaza.”
En la villa absolutamente nadie se creyó su relato, pero durante muchos días grandes y pequeños, hombres y mujeres, no la dejaron en paz. Todos le insistían en preguntarle dónde estaba la cueva, cómo era el joven, cómo era de feo el monstruo, qué hacía o decía y qué deseos fueron los que le concedió. Mentira o verdad, lo cierto es que Elisenda, a partir de entonces, se comportaba con todos sus conocidos de forma humilde, modesta y sencilla, ya no era caprichosa y, además, ayudaba a sus padres en todas las labores del campo o de la casa. A todos sonreía y todos sus amigos le apreciaban, resaltando aún más su belleza.
Pasaron los días y también el verano; los segadores apenas asomaban sus sombreros entre los dorados campos de trigo y cebada; llegó la trilla con los caballos girando en el tiovivo de las eras y la alegría de los niños subidos en los trillos; hombres y mujeres se disponían en fila a beldar en los días de viento y a hacer fardos con la paja para los animales; los carros llevaban los sacos repletos a guardar en sitio seco; los molineros, junto al río, transformaban el grano en fino polvo de harina; los monteros cortaban las ramas y los troncos secos para el invierno; la cosecha había sido buena; a nadie le faltaría, por este año, el manjar del pan recién cocido.
La joven Elisenda siguió insistiendo que su encuentro y aventura con aquel apuesto galán fue muy real y suplicó a los gobernantes de la villa para que le buscaran, pues, a pesar de su horrible transformación en monstruo, era bueno y podría traer muchos beneficios a los habitantes de la villa puesto que podía conceder deseos con sus poderes mágicos. El alcaide llamó al cura, éste al maestro y éste, a su vez, al médico. Juntos, congregaron a los más viejos del lugar para decidir qué hacer. Tras largas horas de reuniones y discusiones, acordaron poner carteles en las esquinas de todas las calles de la villa con el mandato de avisar a las autoridades en cuanto apareciera por ellas cualquier desconocido con aspecto similar, con objeto de detenerle, interrogarle y averiguar los secretos del monstruo y su guarida. Pero ninguno de los asustados jóvenes que detuvieron les pudo relatar absolutamente nada de aquellas pesquisas.
La bella Elisenda, al cabo de pocos años, volvió a desaparecer y ya no regresó jamás a su país.
Pero ¿qué pasó con el monstruo? –me preguntareis. Nadie lo sabe muy bien, pero lo cierto es que después de la partida de Elisenda nunca más volvió a aparecerse por la villa, aunque algunos de sus habitantes (ya pocos) siguen contando que, de vez en cuando, se deja ver en su forma más horrible y no como un apuesto joven. Según dicen, sólo se aparece así a los jóvenes que se empeñan en ser presumidos o envidiosos, a los niños desobedientes, y a los hombres y mujeres mal hablados o que tratan mal a sus criados o trabajadores, o pegan a sus animales, con el fin de tragarse su alma sucia u oscura para después devolvérsela limpia y sana.
Y si esta leyenda que os he contado no fuera verdad, tengo otra, y si estos hechos no hubieran sucedido, tampoco pasaría nada, ya que después de todo, el alma es pura invención humana.
FIN

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