Sonaba a despedida. Aquella convocatoria a los graduados para acudir a la Universidad Laboral a recoger el resguardo del título y otros documentos me hizo pensar en que, al poner el pie en la estación de Santa Justa, Sevilla me recibiría por última vez. El tren llegó puntual aquel 1 de octubre de 1974; imaginé, ya con otros ojos, a la infanta María Luisa recogiendo flores, paseando por su inmenso jardín y me senté en el espléndido decorado cerámico dedicado a Burgos de su acanalada Plaza; disfruté como nunca de la sombra de las callejas; pisé con atención los adoquines de sus plazuelas; subí las rampas del minarete de la más famosa mezquita sevillana inexistente y me sentí como el califa Abu Yaqub Yusuf en su alcazaba viendo el tejado de la catedral cristiana a mis pies.
Finalizado el acto oficial de entrega de títulos, cada uno de nosotros expresaba sus deseos o sus aspiraciones laborales, en mi caso inexistentes ya que dentro de ocho meses debería incorporarme a filas, con lo que parecía difícil que alguien me contratase.
–Estamos buscando un ayudante-me dijeron al oído dos compañeros vascos. Les miré interesado y sorprendido a la vez. –El arquitecto de Hacienda de Huelva nos ha subcontratado varios pueblos de la serranía para hacer las fichas de valoración urbana del Catastro. Se trata de visitar, fotografiar, valorar y dibujar en planos todas sus casas. Y corre prisa. Serán tres o cuatro meses. ¿Te vienes con nosotros?
No lo pensé. Sonaba bien y, aunque no se trataba de mis mejores amigos, parecía una buena oportunidad. Era increíble que nada más recibir el título tuviera ya un trabajo.
El 15 de octubre me presenté en La Puebla de Guzmán, en plena serranía onubense, sin más señas. Era extraño, un pueblo de más de 3.000 habitantes sin bares, con el Ayuntamiento cerrado y nadie en las calles. Por fin localicé una pequeña tasca donde preguntar por mis compañeros. Un hombre apoyado en el mostrador ahogaba sus penas en vino. Me pedí un solera y esperé al tasquero. De pronto, el hombre emitió un quejío suave que fue aumentando poco a poco en lo que, al parecer, era un fandango alosnero. Su historia me dejó la piel de gallina; hasta entonces no había logrado entender el sentimiento del “cante hondo”. Allí supe que nace en lo hondo del alma del cantaor.
-¿Los chicos de Hacienda? Sí hombre; dentro de una hora pasarán por aquí. Siempre toman un vino antes de comer.-me aclaró el camarero detrás de la barra.
Todo iba bien. Trabajamos duro durante la semana. La mayor parte de las casas, salvo dos o tres, eran similares: calidad baja; fachada encalada completa o con zócalo oscuro; bonita entrada de azulejo cartujano o similar; patio andaluz en su interior con el pozo de agua y al fondo un aseo o los corrales de pequeños animales. No podía comprender que un pueblo tan grande no contará con red de suministro de agua. Parece ser que, desde que las minas a cielo abierto, el ferrocarril minero y las herrerías quedaron abandonadas, la comarca se había empobrecido notablemente. Las dehesas de encinas y eucaliptos de sus montes eran de los cuatro ricos de siempre y su antiguo crecimiento económico era ya un recuerdo para los buitres, milanos, la jara, el brezo y las ailagas que lo poblaban.
Mi primer fin de semana había que celebrarlo. Negociamos con el taxista del pueblo y los tres nos fuimos de fiesta hasta Cartaya, donde había bares y una gran discoteca con un espacio al aire libre, y además, muchas chicas. Era perfecto. Pronto me vi con un cubata en la mano disfrutando de la simpatía de tres cartayeras con los Doors y los Creedence´s sonando a tope. No se podía pedir más. Me sentí feliz y afortunado. De pronto, la música se hizo suave, Roberto Carlos sustituyó a los Rolling y todos se fueron emparejando. Mis pies junto a sus pies, una ensortijada melena rozaba mi cara mientras mis manos sentían el tacto sedoso de un liviano vestido de la morena de ojos profundos.
Las horas pasaban veloces en compañía de la simpática Rocío acurrucados en el fondo del local donde la luz era más tenue. Inesperadamente, se formó un jaleo enorme, carreras y gente que se acumulaba en una esquina de la zona al aire libre; al acercarnos, vimos a un chico tendido en el suelo sin sentido; nadie sabía qué había pasado. Por fin, llegó la guardia civil junto a una ambulancia y finalizó la música. Con Rocío de la mano, busqué a mis compañeros por todos los sitios. Nada. Se habían largado con el taxi sin esperarme. No podía creerlo. A esas horas, no había medio de volver a La Puebla y apenas tenía dinero para tomar el autobús al día siguiente. –No te preocupes,-dijo la chica-tenemos sitio en casa para que te puedas quedar. Finalmente, me quedé dos noches, ya que el domingo no había autobús, y el lunes partí hacia La Puebla prometiendo volver a verla. Entré en nuestra sala de trabajo dispuesto a echarles la bronca por dejarme tirado y allí estaba Julen muy compungido que me dijo: –Han detenido a Mikel. Ha sido culpa mía. Empecé a vacilar a una chica, me puse un poco pesado y un chorbo, que igual era su novio, me sacó una navaja. Mikel que lo vio, y ya sabes cómo es de nervioso, le arreó por detrás con una silla y le dejó KO. Parece ser que está en coma. Tuvimos que salir rápido con el taxi, pero la guardia civil nos localizó ayer domingo y se lo han llevado. Me senté impresionado por la noticia sin saber qué decir. -Le piden ochenta mil pesetas de fianza para salir del trullo-continuó- Esto no lo pueden saber en su casa, así que este mes todo lo que cobremos será para sacarlo de ahí. Asentí consternado.
La última semana del mes transcurrió seria. Julen y yo trabajábamos casi sin hablar. A primeros de noviembre, Mikel salió de la cárcel, tras pagar la fianza, y el chico herido salió del coma. Todo debería volver a su cauce pero no fue así. Pronto las discusiones entre Julen y Mikel culpándose mutuamente empezaron a cansarme, así que aguanté hasta final de noviembre para poder tener dinero para el tren de vuelta y regresé a Burgos. Dentro, me quedó el recuerdo inolvidable de aquellas horas junto a Rocío.

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