Diario 15-09-1970:
Yo soy realista con mis sentimientos. No me gusta fantasear. En dos meses cumpliré los dieciocho e iniciaré mis estudios universitarios. Soy un joven librepensador, con ideas, trabajador, sociable, divertido a veces, sensible con las artes, en fin, todo un hombre. Solo hay un campo en el que, sin duda por falta de experiencia, me siento un poco perdido: en el sexo. Y es que no sé qué me pasa, cada vez que veo una chica que me gusta por la calle, voy tras ella sin pensar, olvidándome de dónde voy y acabo andando el doble.

Diario 20-04-1971:
Once de la noche. De vuelta a la Universidad, con nueve horas de viaje por delante, estoy acurrucado en una esquina del vagón del tren expreso Madrid-Sevilla, con dos parejas de señores mayores conversando sentados a ambos lados de la puerta. Frente a mí, dos asientos vacíos que van a ocupar dos negros altos y fuertes que entran hablando francés. Al menos, a mi lado queda un pequeño hueco que aprovecharé para lograr una postura algo más cómoda para dormir. Luces apagadas en el vagón, luces tenues en el pasillo, el tren arranca. Tras la primera parada, la silueta de una joven aparece en la puerta abierta del departamento; coloca con dificultad su maleta en el estante, respira profundamente y se sienta apretujada junto a mí. Un ceñido pantalón y una camiseta igualmente ajustada pugnan por unirse o separarse en cada movimiento dejando entrever su figura en la semioscuridad. Brazo con brazo, el suyo de una suavidad extrema, el mío con carne de gallina y el vello erizado. Al fin se duerme el señor de gafitas tan hablador. El silencio es casi absoluto, solo se percibe el trac-trac monótono de las vías al ser pisadas por el tren. Ella y yo, despiertos, adosados, pierna con pierna, mano con mano. Reina la oscuridad; sólo el reflejo de las luces de los apeaderos se cuela momentáneamente entre las cortinillas del vagón. Recoge su pelo. Quiere dormir y su cabeza descansa sobre mi hombro. Al girarse, deja al aire su torso. Sin pretenderlo, mis dedos se enlazan con los suyos y juegan a ser esquivos, quedando unidos finalmente. Con mi mano derecha intento bajar su camiseta para tapar su costado, sin conseguirlo, y la dichosa mano, por un extraño impulso, sube por su espalda buscando un sujetador que no existe. Siento el calor de su cuerpo trasladarse al mío y mi mano izquierda atenaza la suya con más fuerza. Ni se inmuta.
Sin obedecerme, por su cuenta, mi mano derecha se desliza bajo su camiseta, sin programación alguna, recorriendo su torso hasta llegar a la oquedad de su ombligo. Al sentirse acariciada, se incorpora. Beso su cuello. Siento que su respiración mueve sus pechos acompasadamente. Ocultos bajo su camiseta, mis dedos avanzan hacia ellos seguidos por mi mano y mi brazo. Al alcanzar su objetivo, recorren aquellos montes sin saber cómo, sin presionar, apenas un ligero roce dibuja su contorno; mi mano les rodea queriendo aprehenderse de sus formas sinusoides, de su volumen, percibir su infinita suavidad. De pronto, sucede algo extraordinario: los pequeños montículos de aquellas cúspides crecen al sentir el tacto de mis dedos, uno y otro, otro y uno, simultáneamente; de forma refleja e instantánea, mi mástil enhiesto aumenta escandalosamente obligándome a cambiar de postura. Ahora mi mano izquierda permanece atenazada por la suya, presa, sin poder escaparse, mientras mi mano derecha, escondida bajo su franela, siente la suavidad y el calor de su piel, y sigue disfrutando de la música de aquel Stradivarius. Toma el sentido descendente. Un botón salta y libera las apreturas de su pantalón. Percibo la suavidad de su prenda más íntima. Mi dedo medio comanda la nueva expedición, seguido del resto y mi mano, ya en caída libre, se topa con un bosquecillo ensortijado. Llega un momento de duda sobre avanzar o no en mayores exploraciones y mis apéndices aventureros se pierden jugando con la vegetación del pequeño bosque, hasta que su capitán, firme y valiente, decide deslizarse hacia su intimidad seguido a duras penas por el resto. Han encontrado un pequeño canal y deben explorarlo. Casi al comienzo del mismo, el mayor se topa con un pequeño montículo. Pide ayuda a su compañero el dedo índice y, uno a cada lado, le rodean expectantes. Suavemente, acarician ambos aquel “petit bouton du plaisir” que parece crecer. Instantáneamente, como un reflejo, su cuerpo se estremece y emite un suspiro. Mis dos valientes, por el contrario, no se amilanan y continúan su trabajo caminando hacia zonas más profundas.
El pequeño canal que recorren se abre en un mar de lava ardiente en el que navegan felices mis dos protagonistas, palpando expectantes aquellas nuevas costas. Con sorpresa, perciben algo extraño: las paredes de la misteriosa cueva encantada se contraen presionando a mis soldados y emitiendo unos rápidos latidos a los que luego suceden otras sacudidas más espaciadas.
Con fuerza, la joven aparta mi mano de su cuerpo y aprieta las suyas entre sus piernas, quedándose petrificada. Aprovecho para besar su cara y sus labios. Siento sus ojos cerrados y su lengua juguetona dominando sobre los torpes movimientos de la mía. Frente a nosotros, relucientes, los blancos ojos muy abiertos del negro más larguilucho nos contemplan sorprendidos, sin ver nada.
Al percibir su respiración pausada y profunda siento la necesidad urgente de salir de allí. Abro la puerta, sin tocar al señor de gafitas que sigue sin dar señales de vida, me dirijo al pasillo y abro la ventana; el viento de la noche refresca mi cara y mi corazón se va acompasando lentamente. Unas manos me rodean desde atrás abrazándome y presionándome hasta llegar a mi centro de gravedad. Desde el pasillo diviso el aseo y me dirijo hacia allí de la mano de la chica. Apenas cabemos dentro abrazados. Ella decide accionar el mecanismo de descarga; después abre la puerta y se va. Permanezco apoyado sobre la pared, miro al espejo y sonrío aliviado. El tren se para. Unas luces iluminan el cartel de la estación de Córdoba. Regreso al vagón y observo que la joven y su maleta han desaparecido. Desde la ventana veo como se aleja su larga melena negra ondeado al viento. El pitido del tren anuncia su marcha. Ya en mi rincón, veo los ojos blancos que siguen observándome; intento dormir sin conseguirlo.

Diario 28-08-1987:
Espero que dure mi trabajo en esta gran ciudad. Realmente Paris “c´est la ville de l´amour”. Aquí puedo abrirme a nuevas experiencias. En la vida hay que arriesgarse. Esta noche he propuesto a “ma petite amie” visitar un club privado de intercambio de parejas y ha aceptado. Iré preparado con los artilugios mágicos necesarios, sobre todo con mi fantástico miniestimulador vibrante, que es infalible. Confío en la suerte de contar con una buena amante y pasarlo bien. El que seguro que va a disfrutar de lo lindo va a ser el hombre que se empareje con mi chica. Ni se imagina cómo es: más constante e incansable que una máquina. El sábado pasado la noche entera se nos quedó corta. Cinco veces hizo saltar mi climax de una manera o de otra, usando de sus técnicas más sofisticadas: primero con unos preparativos muy sensuales, música relajante y aceites cálidos; después unos masajes eróticos con todo su cuerpo actuando sobre el mío, que te llevan a cópulas tántricas irresistibles; así que llevo toda esta semana intentando recuperándome a base de nueces, ginseng y plátanos. Que se prepare su “partenair” porque va a quedar k.o.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s