Introversiones

Sé que fuera son felices. Veo sus caras sonrientes hablando de asuntos sin interés.
Los veo a través de mi muro transparente que me impide cualquier contacto con ellos.
Les oigo y me oigo pero todas las conversaciones, incluso lo que yo hablo, me son ajenas.
¿Cómo abriré un hueco en este frío muro sin que el vidrio se rompa en mil pedazos?
Necesito salir de esta caja de cristal. Salir, simplemente, para ser uno más de su mundo.
Podré acariciar el cielo, aspirar mis sonidos, sentir mis silencios, saborear mis sudores.
Estando fuera, todo será diferente. Gozaré del frío en el rostro, tocaré mi piel de gallina.
Seré tan feliz que se me erizará el vello de mis brazos. Mi corazón latirá fuera del cuerpo.
¿Cómo? ¿Cómo podré hacerlo? ¿Cómo romperé este vidrio templado siendo tan débil?
Esta caja no es mía. Alguien debe ayudarme a salir. No importa quién me metió en ella.
Aquí dentro, cada día queda menos oxígeno. Cada día soy más pequeño, más indefenso.
En este frío claustro, el tiempo se hace más largo a la vez que disminuye el que me queda.

Desentrañas

He oído algo. Un pequeño ruido. ¡Alguien está intentando agujerear mi muro de duro cristal!
Él no sabe que yo estoy aquí. Difusamente, le veo trabajar. Puede que sea ella, una mujer.
Grito mas no me escucha. Pero sí, por fin está consiguiendo hacer un pequeño agujero.
Entra un poco de aire que aspiro profundamente. Les veo. Son varios que se van turnando.
Cada día, el agujero es un poco más grande. Yo les animo desde dentro con mi escasa voz.
¡Se han ido! Pero lo importante es que el cristal está rajado y hay un hueco por donde respirar.
Con todas mis fuerzas hurgaré en el hueco y empujaré sobre la pared rajada hasta romperla.
Hoy he sacado el brazo por el hueco. He abierto mi mano y alguien me la ha estrechado.
Mi piel sangra. Mis dedos han apretado fuertemente esa mano. Son varios y tiran de mí.
¡Por fin he salido! He abandonado mi cárcel de cristal. ¡Es un imán que intenta atraparme!
Mis zapatos se quedan pegados al suelo. Me descalzo y camino, dejándola lejos, al fin.
Era verdad. Aquí afuera, siento que el aire entra y sale desde lo más profundo de mis pulmones.
Entiendo las conversaciones. Grito y me oigo. Y me oyen. Río y alguien sonríe. Lloro y alguien se entristece. Soy uno de ellos y, por fin, a veces, soy feliz.

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