Exhausto, terminé apoyado en la basamenta de la estatua de Álvar Fáñez, sobrino del Cid. Inquieto por la larga espera, por fin escuché, aliviado, las seis campanadas del reloj del edificio de Correos. Era la hora. Regresé al hotel Silken. Crucé el lobby sin contestar al saludo de la recepcionista y accioné el pulsador del moderno ascensor. Al cerrarse su puerta automática pensé que no volvería a abrirse. Llevado por un instinto, sin apoyarme en sus paredes por temor a un desprendimiento, pulsé el botón de la planta-6. Mientras ascendía, mi mente, veloz, calculaba: 2 m3 de aire en cabina, a 5 litros de aire por minuto que iba a consumir, sumaban 400 minutos, es decir, 6,666666666 horas de vida. ¡Otra vez el 6, el número maldito!
Sorpresivamente, se abrió la puerta automática. Salí y me dirigí a la terraza que circunda la cubierta plana del hotel. Apoyado en el peto, contemplé la hermosa vista del río Arlanzón y los chapiteles de la famosa Catedral burgalesa. Miré hacia el suelo y, de nuevo apoyándome en las fórmulas de la física, calculé el tiempo que tardaría en caer: 1,666666 sg. ¡En menos de 2 sg. estaría muerto!
Sentí que un blanco mareo iba obnubilando mi mente; volví a mirar hacia abajo y, entonces, mi cerebro, inexplicablemente, me transportó a lo alto del Hotel Dreams de Punta Cana y comenzó a elucubrar frases que luego almacenaba:
“Cuando el mar y el cielo se unan en una lejana e imprecisa línea, sentiré el dolor.
Me arderá el corazón, mis dedos se abrirán, mis piernas cederán y mi cuerpo levitará.
Entonces, cerraré los ojos y veré el cielo caer y fundirse con el mar.
Mi alma perderá su fuerza, desgarrada en mil surcos, mil ríos, que se diluirán en su vientre materno, como el agua dulce flota desparramada sobre la superficie del mar.
Bajaré hasta el abismo y la oscuridad me invadirá. Querré abrir los ojos y no podré.
Querré llorar y mis lágrimas no brotarán. Y llegará el silencio. Nadie me hablará.
Mi casa permanecerá vacía. Mis flores se marchitarán. Mis cuadros se taparán.
Mi cama estará fría. Nadie llorará. Nadie reirá. Yo no seré y nadie será para mí.”

Noté que un fuerte brazo me agarraba por la axila y me desplazaba de un empujón hacia el interior mientras oía gritar: -¿Está usted loco? Un segundo más y se hubiera aplastado la cabeza allí abajo sobre la acera.
Supongo que me desvanecí puesto que aparecí en una cama del Hospital Universitario de Burgos, habitación 426. De nuevo, el 66, otro número maldito.
Allí no podía seguir. Intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondían y otra vez me desmayé. Sentí que estaba muriendo puesto que veía cómo me adentraba en un túnel oscuro, cada vez más y más oscuro, interminable, que me iba absorbiendo la vida. Cuando ya me daba por muerto, vi una pequeña luz, al final del túnel, y mi cerebro, nuevamente, me transportó al Hotel Dreams de Punta Cana y comenzó a repetirme unas frases que luego almacenaba:
“De pronto, vendrá una luz, me reclamará y volveré a ver, pero las imágenes se negarán a ser miradas.
Un ascensor panorámico me mostrará sus dominios y nada percibiré.
Querré amar, pero no habrá nada ni nadie a quien hacerlo. Mis flores no tendrán color.
Buscaré mis escritos y sólo encontraré hojas en blanco. En el espejo no me reflejaré.
Abriré mis brazos, pero nada ni nadie habrá a quien estrechar en ellos.
Gritaré fuerte y nadie me oirá. Reiré y nadie se alegrará. Seré en mi nueva vida pero nadie será conmigo. Entonces, viviendo, moriré”.

Sin poder moverme, paralizado, noté cómo me desvestían y me vestían. Luego me limpiaban y me afeitaban, desinfectaban y maquillaban. -¡Listo!- oí, y a continuación, sentí el olor del pino invadir mi entorno. Poco después el murmullo de la gente se hacía cada vez más patente y molesto. Oí llantos y comentarios que no entendía. Hasta hubo alguien que me fotografió con flash.
Morí y resucité al mismo tiempo.
(Afortunadamente todo fue un sueño)

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