(Los chicos de la Cruz Roja)

Aquel sábado 31 de agosto de 1974 todas las máquinas rodantes del país apestaban a humo y sudor. Fin de semana, fin de mes, fin de vacaciones; todo el mundo se desplazaba de un lugar a otro obedeciendo al mensaje que la vida nos marca en cada momento: sufrir, al menos para hacer feliz a alguien que queremos, incluso a alguien desconocido, y así, ser feliz finalmente uno mismo.

Pasaban cinco minutos de las 8 de la tarde, cuando la rodada ambulancia aparcó junto al pequeño edificio que conformaba nuestro puesto de carretera. Los soldados del turno de mañana ya nos estaban esperando. Habíamos tenido que adelantar largas hileras de vehículos, jugándonos la vida, para llegar casi puntuales, recorriendo la Nacional-620, llamada “la carretera de la muerte” por los innumerables accidentes que, cada año, teñían de rojo su negro asfalto.

-¡Cuando tendremos la maldita autovía de que tanto hablan! –exclamó Fran, el novato, que aún palidecía por los adelantamientos del compañero conductor.

-Para entonces nosotros ya habremos terminado la mili, así que tendrás que acostumbrarte a esto -respondió Ángel, presumiendo de conductor experto.

Caía la noche y los tres soldados, tras una ligera cena, nos dispusimos a jugar la obligada partida de cartas antes de dormir. Pronto nos cansamos. Como jefe de puesto, elegí la primera guardia. Las bocinas de los ansiosos conductores sonaban espaciadamente diluyéndose al alejarse. Una fresca brisa había dado paso a un fuerte viento que chillaba desaforado como queriéndonos advertir de algún peligro inminente. El quejumbroso llanto de un perro abandonado, semejante al de un lobo herido, levantó a todo un coro canino que se sumó a su triste lamento. Miré hacia el cielo. Una hilera de nubes alargadas grises oscuras pasaba veloz sin reparar en la aterradora mirada de la luna menguante que parecía dirigir todo aquel tétrico espectáculo.

–Esas nubes habrán visto rondar la muerte cerca. Por eso huyen asustadas hacia otro lado- pensé, al ver moverse sus sombras.

De pronto, sentí un ruido extraño y un escalofrío. Entreabrí la pequeña ventana y respiré tranquilo: Una lata vacía golpeaba en la puerta del garaje. Enseguida comenzó la lluvia. Fina al principio, se hizo cada vez más y más fuerte, soltando sus zarpazos en el cristal de la ventana.
Mis dos compañeros dormían plácidamente sobre las literas. A las cuatro desperté a Fran, el novato, que se incorporó pesadamente. Ángel, el conductor, se dio media vuelta, emitió un gruñido y siguió durmiendo. Durante horas, en mi mente, las oscuras nubes se transformaban en un traje negro que envolvía a la muerte con su guadaña y la luna se asemejaba a una calavera con la boca abierta hacia el lado derecho.

No pude dormir. Me levanté dispuesto a charlar con Fran. Le pregunté por su novia y cómo llevaba lo de estar en la mili.

–Muy bien-me respondió sincero -Es una suerte estar en la Cruz Roja. Me gusta esto de ser camillero, viajar en las ambulancias y poder ayudar a alguien a quién no conocemos; aunque todavía no me he estrenado.

Amanecía y la lluvia aún azotaba la ventana. La luna había desaparecido. Unos fuertes golpes en la puerta nos sobresaltaron. Un hombre enjuto, totalmente empapado, gritaba desaforado:

-¡Un accidente! ¡Un accidente! ¡Cerca de aquí, hacia Estépar! ¡Dos coches!

Desperté al conductor y rápidamente nos pusimos en marcha.

-¡Habrá varios heridos! ¡Vamos los tres! -ordené.

En silencio tenso recorrimos apenas un kilómetro y nos topamos con la tragedia: Un vehículo negro, volcado de lado junto a un fardo de paja, había resbalado con la lluvia provocando un fuerte choque frontal con un Peugeot rojo portugués. Amarrado al parabrisas, un hombre encogido señalaba sollozando a los cuatro ocupantes que permanecían enclaustrados dentro, entre un amasijo de hierros y maletas. El otro vehículo, con matrícula francesa, estaba girado, con un fuerte golpe lateral. Del asiento del conductor sobresalía medio cuerpo de una señora que sobrepasaba los cincuenta años y que parecía muerta. Dentro, una joven atada a su cinturón permanecía inmóvil sangrando abundantemente de la cabeza. Al ver semejante cuadro de horror, mi sangre se heló, pero no había tiempo para pensar. Había que actuar y pronto. Dejé al herido que no paraba de gritar en portugués y decidí atender a la señora francesa.

-¡Respira! ¡Vamos Ángel, ayúdame a sacarla y colocarla en la camilla. Nos la llevamos. ¡Tú, Fran, quédate! Tranquiliza al portugués y vigila que no se acerque nadie hasta que regresemos. Pararemos en Estépar para llamar por teléfono a la Cruz Roja, para que manden más ambulancias; y que llamen a la guardia civil y a los bomberos.

-¡Vamos!¡Vamos! Los del coche portugués parecen muertos….Y la joven francesa está desangrándose. ¡Tenemos que volver rápidamente!-grité.

Aquel Seat-1430 blanco volaba, conducido por el experto Ángel, con su sirena emitiendo sin pausa sus sonidos aterradores. Tomé el pulso a la señora mientras observaba cómo respiraba aceleradamente ayudada por el oxígeno. De pronto, se le paró el corazón. Sin dudarlo, presioné repetidamente con mis brazos fuertemente junto al corazón y volvió a respirar. Yo respiré también, reconfortado.

-¡Tranquilo Ángel!¡Que ya llegamos!-dije, al ver la aguja superar la marca de los 140 km. Ya en las calles de Burgos, una nueva parada cardiaca y una nueva reanimación.

-¡Está viva! ¡Está viva!–repetía por los pasillos del centro asistencial a los médicos de urgencias que la atendieron rápidamente.

De nuevo, a toda velocidad, reemprendimos el camino. La guardia civil ya ordenaba el tráfico, mientras varios bomberos intentaban exclaustrar a los ocupantes del vehículo portugués: tres mujeres de distintas edades y un niño. Estaban muertos. Ni rastro de respiración ni pulso. Y allí quedaron tendidos, tapados, esperando al médico forense. Otra ambulancia de la Cruz Roja acababa de llegar con otros dos soldados. Entre todos conseguimos sacar a la joven del vehículo francés. Respiraba dificultosamente y no paraba de sangrar por la cabeza.

–Parece que está en shock. La llevaremos nosotros. Vosotros llevad al herido portugués -ordené.

Nada más colocarla en la ambulancia, me dispuse a taponar la herida de su cabeza, con apósitos y vendas. La herida era muy grande. Manaba mucha sangre y me asusté. Durante todo el trayecto sujeté con mis manos su cuero cabelludo que sentía moverse con las curvas. Observé su rostro juvenil, y recé intensamente para que la fuerza de sus pocos años le hiciera volver a la vida. Descubrí pequeños cristales clavados en su cuello y en su brazo y se los retiré con sumo cuidado. Su respiración me parecía cada vez más tenue. Era joven y bella.

-¡No, no, la muerte no vencerá!-me decía mientras recordaba aquellas nubes negras de tan malos presagios. El camino se me hizo eterno.

-¡Por Dios Ángel no tomes así las curvas! -grité viendo pararse los coches a nuestro paso, ya en las calles de Burgos.

Por fin entramos en la Cruz Roja. Uno de los médicos salió hacia nosotros y sujetó el oxígeno. En la sala de curas, separó el cuero cabelludo de su cráneo abierto. Al ver nuestra cara asustada, nos miró y dijo:

–Vivirá. El golpe ha sido rasante y le ha cortado el cabello pero su cráneo no está dañado ¡Bien chicos! ¡Salvasteis a su madre!

-¡Espero que también a ella! -exclamé sonriéndole agradecido.

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