Nada más acabar de comer, mis tres amigos Rufo, Maxi y Abel, cada día, me esperan tomando un café en la taberna de Marcos. Cuando por fin llego, después de atender a mi mujer enferma de parkinson, las cartas y las pitas ya están repartidas sobre el tapete y el mus comienza. Marcos, con su delantal blanco y su camisa negra de siempre, me sirve el “completo” con un esmero desmedido que es muy de agradecer.
A la tres, puntual como cada tarde, aparece el siniestro personaje al que llamamos Don Pedro. Entra silencioso y, tras pedir su café, se sienta en la mesa de al lado mascullando frases ininteligibles de las que sólo una se oye más fuerte: -¡Ojalá te mueras! Así todos los días. En un principio su mirada y esa frase tan chunga nos amedrentaba y mi amigo Rufo “el venao” le respondía: -¡Muérete tú cabrón! Con el tiempo, al convertirse en rutina, ya no le hacemos caso, es como si fuera un decorado más del local. Como mucho, Maxi en voz baja, le responde: -¡Estás pirao! Y yo le respondo: -¡Déjale hombre, que sus problemas tendrá!
Ayer, al terminar una mano, después de escuchar la consabida exclamación, me volví hacia él y educadamente le pregunté: -Don Pedro ¿Cómo está usted? ¿Va todo bien? Él me miró fijamente, después bajó la cabeza, movió su cuerpo y se mantuvo en silencio, muy serio, como abstraído en sus pensamientos. Parecía que estuviera meditando realizar alguna acción.
Hoy he coincidido con él a la entrada de la taberna y le he dejado pasar. Lento, muy lento, ha vuelto la puerta, se ha quitado su sombrero y su bufanda y cuidadosamente les ha colgado del perchero. Le veo muy serio y taciturno. Mientras me dirijo a mi mesa habitual, le observo que se acerca a nosotros. De pronto, a viva voz, exclama: ¡Ya lo maté! Después, se desploma sobre una silla y sus ojos, más tristes que nunca, se cruzan, uno a uno, con los nuestros. Maxi, que había comenzado a repartir las cartas, ha dejado de hacerlo asustado. Rufo y Abel, al ver esa mirada tétrica, se han quedado como paralizados con su copa de coñac en la mano. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Sin acuerdo previo, los cuatro a un tiempo nos levantamos apresurados y salimos del bar dejando la puerta abierta y la partida y las copas sin acabar.
-Es un amargao. Desea la muerte de todo el mundo. A mí me da mu mal fario. ¿A quién habrá matao? –dice Rufo con gesto despreciativo sentado en el banco de piedra junto a la taberna.
-A nadie. ¡No veis que se lo dice a sí mismo! Habrá dado fin de una vez a esa pesadilla que le consumía y ahora le veremos con otro humor. Ya lo veréis –comenta Maxi más optimista.
-Que no. Que sólo busca que no le ignoremos y dice esas cosas como su tarjeta de presentación para amedrentarnos por llevar esta vida tan rutinaria y superficial que tanto nos gusta y que él odia –añade Abel conciliador ofreciéndonos un pitillo, uno a uno, que rechazamos.
-Creo que ya no volveremos a verle más. Le veo hoy muy mal. Pienso que ha acabado con lo que sea o con quién sea, que era su día a día, su todo, y ya no le quedan razones para seguir con vida. Quizá se suicide. Deberíamos esperarle y ayudarle –digo yo en plan caritativo.
Don Pedro sale, pasa por delante y se va sin que nadie de nosotros le dirija la palabra.

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