(El desenlace real del cuento más famoso de Chejov)

Ana Sergeyevna y él se amaban como algo muy próximo y querido, como marido y mujer, como tiernos amigos; habían nacido el uno para el otro y no comprendían por qué ella tenía un esposo y él una esposa. Eran como dos aves de paso obligadas a vivir en jaulas diferentes. Olvidaron el presente, y sintieron que aquel amor los había cambiado.
-No llores querida- le dijo Gurov.-Ya has llorado bastante, vamos…Ven y hablaremos un poco, arreglaremos algún plan.
-La única solución es ésta: le diré la verdad a mi marido. Entonces él me repudiará y me tendré que ir de casa. Tu deberás hacer lo mismo: contárselo todo a tu mujer. Después, los dos nos iremos lejos…., muy lejos…, y al fin nos tendremos el uno al otro… para siempre…y sin tener que escondernos…, amándonos sin temores.
Dmitri se quedó pálido. Siempre había tenido dos vidas. Su mujer lo sabía y siempre le repetía: -No te va el papel de conquistador, Dmitri. Él era feliz en Moscú, su ciudad de nacimiento, la que le había visto crecer, con su rutina: llevar a sus dos hijos pequeños al Colegio, acudir a las numerosas reuniones del Club de Doctores, dar consejos a su hija mayor, que cada día parecía necesitar más de él, paseando con ella por la alameda del río, y esconder sus aventuras amorosas a su paciente y abnegada esposa a la que parecía no importarle en absoluto.
-No Ana; no podemos cambiar nuestras vidas de repente; todo debe seguir así. Soy muy feliz contigo, pero estoy atado a Moscú y no voy a abandonar esta ciudad que tanto me ha dado, y a su gente. Se me ocurre una idea mejor: alquilaremos una casita en Yalta, donde nos conocimos, y ambos acudiremos allí un fin de semana cada mes, buscando alguna buena excusa, como por ejemplo que debemos presentar mensualmente los trabajos de pintura o escritura en el selecto grupo de artistas de la ciudad, u otra excusa similar.
Pero el tiempo pasaba y Gurov no alquilaba la casita en Yalta. Ana le visitaba en Moscú cuando podía y se alojaba en un hotel. Poco a poco, Ana fue espaciando sus viajes a la capital y Dmitri empezó a preocuparse. Seguía cada día más enamorado. Cada vez que veía los rasgos perfectos de su rostro, cada vez que oía su dulce voz, su cuerpo emanaba una fuerza, una emoción, que le llevaba a sentir un deseo irresistible de poseerla. Y cuando esto ocurría, se fundía en ella de tal manera que dejaba de ser él mismo para sentirse como una parte de ella. Luego, la cruda realidad, le devolvía a la rutina.
Hacía ya seis meses de la última visita de Ana y Gurov estaba desesperado. No podía dormir y cuando, por fin, lo conseguía, soñaba que todos los vecinos y sus amigos doctores se reían de él. Una mañana, por un comerciante, se enteró de la muerte hacía ya una semana del acaudalado Sr. Consejero Provincial. Se trataba del marido de Ana. Sin pensarlo dos veces, tomó el primer tren a su ciudad y acudió en su búsqueda. Ahora podría verla cuando él quisiera, sin habladurías. Pero Ana ya no se encontraba allí y la gran mansión situada junto al embarcadero estaba siendo reformada.
-Por favor- le dijo al pintor que repasaba su fachada-¿Está la viuda del Sr. Consejero? ¿Sabe usted decirme dónde puedo encontrarla?
-Hace meses que se fue a Moscú. Vendió la casona y se marchó llevándose todos sus muebles; no dejó ni uno solo de sus valiosos cuadros. Al menos eso es lo que me han contado mis jefes.
-¿A Moscú? –exclamó- ¿A Moscú? ¿A qué parte de Moscú?
-No se nada más; lo siento.
Volvió rápidamente a su ciudad con su corazón latiéndole con la fuerza de las noches de amor. En Moscú, ella viuda y con dinero. Al fin podrían amarse sin prisas, sin reparos. La solución que ambos pedían había llegado sin proponérselo, al morir su marido. Se merecían la felicidad. Comenzó a buscarla por toda la ciudad. Cada día preguntaba en una calle diferente a todos los vecinos que podía.
-Una dama con un perrito- repetía. Nada. Nadie la conocía. Por la noche preguntaba en los locales de fiesta y en los bares. Ni rastro de ella. -Alguien tenía que saber algo. Una joven, guapa y adinerada viuda no puede pasar desapercibida- afirmaba continuamente.
Pasaban los meses y ella no aparecía. -Debiera haber venido a buscarme, si estuviera en Moscú. Ella me quiere- se decía cada noche intentando autoconvencerse. -¿Qué puede haberle sucedido?
Así pasaron dos y tres años y él seguía preguntando a todo el que se le acercaba. Luego se sentaba en un banco del parque y hablaba en alto como si Ana estuviese allí junto a él. En Moscú ya le conocían como el loco enamorado de la viuda fantasma.
Un atardecer, el viejo Gurov apareció muerto, tendido sobre su banco habitual del parque, tapado con su chaqueta. En la tierra, junto al banco, una frase escrita con letras mayúsculas: TE QUIERO. Y debajo un nombre: Ana.

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