-Cuando acabe la clase, vamos a jugar a mi casa. -le repetía insistente Juan a su inseparable amigo José, sentado en la mesa de al lado, al fondo del aula.
-Es que a tu padre no le gusta que vayan niños y se enfada –se excusó José.
-No te preocupes, que hoy está de viaje. Verás qué merienda nos va a preparar mi madre. Además tenemos una partida pendiente en la Play –insistió Juan.
-Bueno, vale. Pero en cuanto llegue tu padre me voy –acabó cediendo José.
A la salida del Colegio, se acercaron a la tienda de chuches. Tras ellos, Jaime, un chico grandullón, que fue su amigo de niño, les espetó:
-¿Me dais un chicle, enanos?
-Los marcianos no comen chicles- le respondió Juan haciéndose el valiente.
-¿Qué has dicho gusano?-dijo Jaime sorprendido, agarrándole del brazo.
-¡Suéltame, seguro que tu padre es un marciano tan desgarbado como tú! ¡Con ese lunar tan feo que tienes en el cuello que pareces….! No le dio tiempo a Juan a acabar la frase cuando recibió un puñetazo en la cara y se fue al suelo.
-Vámonos a tu casa- dijo José ayudándole a levantar. El chalet de Juan era una pasada: un gran salón de juegos, con futbolín, trenes, multitud de juguetes de montajes… y otra sala con teles, ordenadores, con la Play y además, un enorme jardín para jugar al fútbol, baloncesto… y hasta una pequeña piscina. Nada que ver con su pequeño apartamento de dos dormitorios y una cocina-comedor en la que apenas se podían sentar en un rincón para poder jugar.
-¡Juanito! ¿Qué te ha pasado? -exclamó la madre de Juan, al abrir la puerta y ver el moratón en la cara de su hijo,
-Me he caído en el Cole.
-Sí, se ha resbalado y se ha caído por la escalera –ratificó su gran amigo José.
-A mí no me engañas. ¿Con quién te has pegado? ¿Ha sido él otra vez?
Que no se entere tu padre que ya sabes cómo se pone; así que hoy pronto a la cama, antes de que llegue –dijo su madre, preocupada, pero en tono cariñoso.
-¡Qué buena es! Y lo que tiene que sufrir aguantando a ese cerdo- pensó José recordando las veces que le había visto llorando y los gritos del padre de Juan.
Tras prepararles la merienda, la madre de Juan se sentó a verles jugar en el amplio salón, montando el scalestric, y se puso a recordar viejos tiempos…, los tres niños de las tres amigas… las tres jotas, Juan, José y Jaime….todo el día juntos… todo el día juntas…y en pocos años….¡Cuánto había cambiado todo!
Primero fue el despido del padre de José. Desde que su marido le echó de la fábrica no había levantado cabeza…. empleos temporales, trabajos basura… Ahí perdió a su mejor amiga. Luego, la madre de Jaime, poco a poco, también fue distanciándose. Harto tenía ella, de madre soltera y con ese hijo de carácter tan difícil, que comenzó a crecer y crecer… demasiado alto para su edad…. No, no les había ido bien a ninguna. Pensó en su marido, un empresario con mucho dinero….; a fin de cuentas no era más que un maltratador que la tenía esclavizada en una hermosa casa….; nunca se imaginó llegar a esa situación.
Al final de curso, llegó la esperada excursión del Colegio a Cóbreces. Los dos amigos, Juan y José estaban encantados. Jaime no fue, castigado por haber pegado a otro niño. Una semana para disfrutar de la playa, de las caminatas por el monte y de los innumerables deportes, sin pensar en libros ni exámenes.
En la orilla del mar, aprendiendo a bucear, una ola le bajó el bañador a Juanito dejando ver el gran lunar que tenía en mitad del culo. Su amigo José, se reía sin parar, sorprendido. Al salir de la playa, se sentaron a comer un helado.
–No se lo digas a nadie, es un secreto. Me refiero al lunar. Sobre todo que no se entere Jaime, el marciano. Con lo que me río del suyo…-le advirtió Juan.
-No te preocupes, que ahora yo te voy a contar otro secreto…-dudó un poco José y continuó-…pues… que yo también tengo otro lunar; y es como el tuyo de grande. Pero el mío está aquí arriba, en el interior de la pierna- le respondió subiéndose el bañador. Ambos se miraron extrañados, preguntándose el por qué sin encontrar respuesta. Finalmente, se echaron a reír despreocupados.

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