No sé si querréis que os cuente lo que me sucedió a mis veinte años en la fiesta de mi pueblo, justo en el último día de vacaciones de verano. No tendría mayor interés para mí si no fuera por las heridas que me causó el malvado Cupido en aquella “disco” con su “noche de blanco satén”. Allí probé la dulzura del amor, aunque fue en tiempo tan corto que se pudiera decir que me dejó con la miel en los labios. Y es que, a la mañana siguiente, tenía que madrugar para retomar el tren de mi último año universitario, lejos del pueblo.
En el largo viaje intenté revivir cada momento de la noche anterior pero, desastre de mí, apenas recordaba su nombre y que, al morir su padre, ella y su madre se habían trasladado a Madrid. Ningún dato más. En cambio, vislumbré borrosamente imágenes suyas de años anteriores; en el pueblo siempre la vi muy niña, sin interés alguno, y no podía creer semejante transformación.
No volví a verla hasta el verano siguiente, también en fiestas del pueblo y en la misma “disco”, solo que esta vez durante el baile era otro el que la abrazaba mientras “la casa del sol naciente” envolvía de romanticismo el local. En un momento dado, armado de valor, aprovechando que el chico se fue hasta la barra, me acerqué y le dije: -Hola colegiala. ¿Irás mañana al soto?
-Sí, claro, señor graduado- me respondió sonriente. Con más valor aún, le susurré al oído: -Si quieres vamos juntos. Te espero mañana a las 5 en la plaza –Vale… hasta mañana….-dijo tomándose unos segundos y dándome la mano.
En la romería estaba muy alegre, riendo en los carros, bailando descalza en la hierba, exultante, irradiaba felicidad. En la orilla del río la segunda flecha de Cupido hizo diana. Reviví el sabor del primer beso y la promesa de volver a vernos. Esta vez me hice con sus señas y prometí acercarme un día a Madrid.
Fue en Semana Santa, el primer día que ella tuvo vacaciones. Desde la ventanilla la vi en el andén, tan preciosa que mi corazón se salía de su caja. El largo beso hizo que todos los viajeros se nos quedaran mirando cuchicheando.
El sol nos acariciaba mientras nuestra barca recorría el Estanque Grande del Retiro; después la sombra de los árboles del Paseo del Prado intentaba encubrir nuestros abrazos; luego las tascas y los bares de tapas hicieron de agradable antesala a la inacabable noche en aquel pequeño hotel.
-Me voy a la mili-le dije después del desayuno. Su mirada se entristeció y, de nuevo, un eterno y tierno abrazo suplió con creces nuestras lágrimas.
Cuando lea estas líneas, ella me habrá olvidado por completo, pero yo seguiré recordando aquel primer beso, abrazados, envueltos por la música de aquel baile…, the Moody Blues, Procol Harum y tantos otros.
Hoy, catorce de febrero, echo de menos las flechas de Cupido y las canciones románticas de aquellos bailes que nos hicieron descubrir el amor, los primeros besos, las promesas y el sudor de los eternos abrazos. “Let it be”.
———0———
Le escribí cada semana; puntualmente, una carta de amor partió desde mi cuartel de Vitoria hacia Madrid, pero ella sólo respondió a las tres primeras. Yoli (así la llamaba yo) me decía que me quería y que me echaba de menos. Entonces ¿qué le había pasado? ¿Por qué no respondía a mis cartas? Quizás había conocido a alguien….quizás quería olvidarme…… no podía entenderlo.
Quince meses después, ya licenciado, regresé al pueblo. Pregunté a mis amigos; sólo sabían que el verano anterior no estuvo por allí como otros años; asumí que definitivamente ella me había olvidado, así que yo también debía intentarlo. De nuevo llegaron las fiestas del pueblo y me encontré en la “disco” de siempre bailando “Let it be” con una prima de Yolanda. Dudaba en contarme nada de ella hasta que, por fin, me reveló que había tenido un hijo y que por eso no venía al pueblo. Me quedé paralizado; salí del baile y me senté en un banco solitario de la plaza. Miles de preguntas rondaban por mi cabeza.
Al día siguiente partí en autobús hacia Madrid. Quería respuestas. Llamé al timbre y una señora obesa me contestó: -Yoli no está en casa.
-¿Pero está bien? ¿Cuándo puedo verla?-le dije nervioso.
-¿Quién eres y qué quieres? –respondió ella secamente.
-Me llamo Roberto. Soy un amigo y quiero hablar con ella.
-Le diré que has estado, pero no creo que quiera verte -dijo cerrando la puerta de un modo brusco. Bajé las escaleras y me senté en el primer peldaño a esperarla. Necesitaba respuestas y no me movería de allí hasta tenerlas.
Al cabo de dos horas apareció Yolanda con su niño en una sillita de paseo. Le quise dar un beso y retiró su cara. La vi cambiada, triste; ya no era la jovencita alegre que conocí. Su silencio me delató su sufrimiento. Mi insistencia la obligó a hablar: Era mío. Lo pasó mal; ella casi muere en el parto. Había decidido criarlo sola con ayuda de su madre. No me dijo nada más y avanzó hacia el ascensor; la sujeté por el brazo mientras me oyó decirle:
-Me dices que tengo un hijo y te vas; así, sin más.
-¿Qué otra cosa puedo hacer?
-¿Y yo…ya no pinto nada?
-No quiero obligarte a aceptarlo.
-Lo aceptaré. Buscaré trabajo…. y lo criaremos juntos.
-No, Roberto. Lo voy a cuidar sola. Si quieres vernos tendrás que buscar trabajo en Madrid. Si no, olvídanos –me dijo accionando el botón del ascensor.
-Lo buscaré. Te quiero. Fueron las últimas palabras que oyó de mí.
Nunca busqué trabajo en Madrid. Allí no conocía a nadie. Por otra parte debía hacerme cargo de la empresa de mi padre, a punto de jubilarse. Intenté contactar con ella sucesivas veces, le escribí numerosas cartas y no hubo respuesta alguna. Creo que está casada, aunque no estoy muy seguro. Lo que sé es que no la he olvidado. Hoy 14 de febrero le dedico mi recuerdo.

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