AÑORANZAS
Acabo de cerrar la maleta. Después de hacerla y deshacerla sucesivas veces, por fin he tomado una decisión. Sí, regreso al pueblo donde nací, donde viví mi niñez, mayor, jubilado, para cerrar el círculo de la vida. Han sido muchos años de trabajo en grandes ciudades y otros tantos giros que me ha dado la vida…, casado y viudo; de nuevo casado y divorciado; y ahora jubilado y solo…
En el tren, al observar desde mi ventanilla las tierras castellanas con los fardos de paja ordenados en perfectas hileras, las imágenes y los recuerdos de la niñez se entremezclan, difuminados….
En verano, los niños montábamos alegres sobre los trillos, agarrados unos a otros, intentando no caernos en las interminables vueltas a la era de los caballos…; el río formaba parte importante de nuestras correrías; allí disfrutábamos buscando las piedras más planas para lograr los máximos rebotes en el agua posibles; en sus recodos, formábamos pequeñas presas para capturar los diminutos barbos o lampreas que cayeran en ellos; al caer la tarde, esperábamos pacientemente cerca de los escondidos reteles hasta conseguir algún cangrejo; allí, el sol nos dejó grabadas en la piel sus primeras marcas para indicarnos que, a partir de entonces, éramos de su propiedad; en sus choperas, lejos de las casas y del entorno urbano, respirábamos libertad; por vez primera intentamos algo parecido a fumar, contamos las aventuras más fantásticas y despertamos nuestra incipiente sensualidad. No aprendí a nadar, ni lo pretendí nunca; el agua de montaña siempre helada y el peligro que acechaba en los escasos pozos que se formaban en sus remansos, con vegetación oculta y piedras con musgo que las hacía resbaladizas, me afirmaban a no intentarlo; mis torpes caídas lo decidieron definitivamente.
Cómo disfrutábamos, al llegar septiembre, recorriendo los caminos….
-¡Abuela, abuela, hemos cogido moras! ¡Mira cuántas!
-¡Qué buena pinta tienen! Las pondremos con un poco de vino y azúcar.
-¡Bravo, cómo nos vamos a poner! -asentimos, saltando contentos, mi prima Maribel y yo.
-Tenemos para varios días, pero antes hay que lavarlas bien- nos aclaró nuestra abuela que tanto nos cuidaba.
Una semana antes del comienzo de la escuela ya estaba deseando sentarme en mi pupitre, abrir el libro y estrenar los nuevos cuadernos con los lapiceros de colores. Recuerdo el año en que llegó un nuevo maestro; nos dijeron que el anterior era muy mayor y que se había jubilado porque le cansábamos mucho los niños. El primer día de clase nos preguntó los nombres y nos leyó unas frases para que las escribiésemos encabezando las páginas del cuaderno. Eran bonitas; hablaban del otoño, de los árboles, los animales, las montañas y los ríos cercanos al pueblo. A mi clase iba también el hijo del nuevo maestro; era muy simpático y pronto nos hicimos buenos amigos. Como todavía hacía calor, le enseñé a pescar pequeños peces, barbos y cangrejos, en el arroyo del Matorral. Y también a recoger berros, en un manantial que yo me sabía, para mi abuelo que le gustaban tanto.
En otoño, en la hora del recreo, algunos días el maestro nos llevaba a un parque cercano a la escuela para recoger hojas de diferentes clases y tamaños y pegarlas después en las hojas del cuaderno con el nombre de los árboles. Yo conocía casi todas, así que terminaba rápido el trabajo.
Todos las mañanas, antes de ir a la escuela, mi abuela intentaba peinarme y me recordaba que debía llevar “el tanque” para tomar la leche de polvos de la escuela, que estaba muy rica y bien caliente. Algunos días, también nos daban un trozo del queso amarillo que traían no sé de donde, en cajas redondas, que también estaba riquísimo. Una tarde nos dijo el maestro que nos llevaba a las nogalas de la señora Julia porque era viuda y ella no podía coger las nueces; recuerdo que llevamos unas varas muy largas y los más altos se subieron a las ramas; cogimos un montón y luego nos dio unas pocas a cada uno para llevarlas a casa. Mi abuelo me enseñó a partirlas y nos las comimos todas.
Cómo nos reíamos con el cerdo tan grandote que tenía mi abuelo; no paraba de comer y, según él, pesaba más de dieciocho arrobas; y seguro que era verdad pues estaba gordísimo. A los niños nos asustaba con sus gruñidos.
A la salida de la escuela, recogíamos la merienda de pan y chocolate y rápidamente nos disponíamos a conquistar el imaginario castillo situado en lo alto de la loma que protege a nuestro pueblo del frío viento del norte; imitando a antiguos ejércitos, pugnábamos por la fortaleza con nuestras espadas de madera, arcos y tirachinas hasta que veíamos el sol esconderse tiñendo de rojo el horizonte de la llanura que mira hacia Burgos; a veces, las peleas entre las pandillas de niños de los dos barrios enfrentados, nada tenían que envidiar a las batallas cidianas que presuntamente sucedieron por aquellos parajes. Para reponer tanto desgaste, los sábados y domingos disfrutaba durmiendo hasta que los rayos de sol que se filtraban por las pequeñas rendijas de los tapaluces de madera me acariciaban, insistentes, hasta lograr despertarme; después, los cantos de las golondrinas que moraban bajo el alero, justo al lado de la cocina, me acompañaban durante el desayuno.
Desde donde nacen los montes del municipio, bajábamos mi prima y yo corriendo delante de las vacas, simulando que éstas nos perseguían, mientras los rumiantes, completamente ajenos a nosotros, hacían sonar sus cencerros moviendo sus cabezas a un lado u otro del camino, por ver si algún pasto o hierba les era apetecible; y si alguna vez aceleraban su marcha, era por mor de la vara del pastor que les azuzaba para que no demorasen su llegada al establo. Al llegar a nuestra calle, buscamos descanso apoyando los brazos en el medio portón de madera de la casa de los abuelos, sudando y resoplando de tanta carrera, con la punta del pie dentro del agujero de la gatera; apenas recobrado el aliento, nos dispusimos a contar los cencerros que iban pasando cuando, de pronto, un toro negro como el carbón se volvió hacia nosotros con la aviesa intención, eso pensé yo, de ensartarnos a cada uno en una de sus astas; empujamos el portón con todas nuestras fuerzas, seguidos del animal que se coló en el portal tras de nosotros; no sé el tiempo que tardamos en subir a la segunda planta, que debió ser de record, ni cuántas octavas alcanzó el grito de mi prima, que me dejó sordo para una temporada, tras el susto al ver que el toro comenzaba a subir las escaleras. Finalmente, después de un buen rato y de recibir los golpes de vara del pastor, el animal volvió a salir por donde entró y se juntó a la manada tan campante. Esa noche soñé con el toro y aún tenía el susto en el cuerpo.
Aquel invierno fue muy gélido. Aún permanecía intacta la intensa nevada sobre los montes y tejados, cuando los termómetros comenzaron a despojarse de sus grados hasta quedarse sin ninguno y continuaron, como en las crisis, dejando a deber o en negativo al menos veinte de ellos. En pocos días, los aleros de las casas mostraron sus largos carámbanos, dispuestos a taladrarte el cráneo si permanecías mucho tiempo debajo de su zona de influencia. Mi prima y yo encontramos varios pimientos y sendos huevos congelados y nos dispusimos a jugar con ellos como si de pelotas de piedra se tratara; algo tan divertido permanece para siempre en la memoria. El humo de las chimeneas ascendía hasta las nubes mientras las salamandras y las cocinas de leña nos ofrecían su calor proporcionando ascuas para los braseros y los calientacamas; aun así, las casas no entraban en calor y cada uno se abrigaba como podía para evitar agarrar una pulmonía.
¡Qué recuerdo tan inolvidable!: mi abuela cocinando las sopas de ajo, con la gata sobre el depósito de agua caliente situado cerca de la lumbre, mientras Maribel y yo, vigilando que el fuego no se consumiese, le íbamos acercando los trozos de leña de encina seca al hogar de la cocina y pelando los ajos o partiendo los trozos de pan duro; cuando el olor de la sopa nos hacía producir abundantes jugos gástricos, es que ya estaba hecha. Rápidamente buscábamos al abuelo, que estaba partiendo los troncos en la leñera, y los cuatro, sentados con las piernas calientes bajo los faldones de la mesa-camilla y soplando sobre las cucharas, dábamos buena cuenta de ella.
———0———
Un moderno autobús me ha traído, por fin, hasta el pueblo. Intento llenar mis pulmones con su aire fresco y sano respirando profundamente. Despacio, voy recorriendo sus calles, ahora ya sin barros; veo algunas casas nuevas y otras que han desaparecido; de pronto, escucho el sonido lúgubre de las campanas; dejo las maletas en el suelo pensando que anuncian el fallecimiento de alguien, quizás de mi edad; observo que apenas queda algún niño y los juegos infantiles de los pequeños parques están vacíos; un halo de tristeza me invade al ver los aleros sin los nidos de mis amigas las golondrinas.
Mas el río sigue su curso invariable, la iglesia mantiene sus fuertes muros, y el sol rojo sigue escondiéndose tras la loma. Sigo sintiendo la misma emoción que en mi niñez al pasear entre los árboles de la vega, al escuchar el claqueo de las cigüeñas sobre el campanario de la iglesia o el sonido de las aguas del río mezclarse con el trino alegre de los gorriones. Al fin llego a mi casa paterna; me alegra comprobar lo bien que han resistido el paso de los años sus vigas y cuartones de roble; el inmutable aspecto de la piedra caliza del páramo haciendo frente cada año a las fuertes heladas; allí, en una de sus dovelas del arco adintelado de su entrada, permanece desapercibida aquella extraña inscripción que tanto me dio que pensar, que aún me sigue intrigando, y que guardará para siempre el secreto de su fachada.
Sí, aún queda esperanza de que todo esto permanezca…El fin de semana me ha traído grandes alegrías. Por la mañana, han llegado algunos jóvenes y varios matrimonios con sus hijos que, puntualmente, visitan a sus mayores. Me han contado que suelen organizar diversas actividades y que ellos aman el pueblo. Mantienen viva la llama del cariño por las cosas sencillas, por la gente mayor y por la naturaleza; pienso que realmente son su futuro y que su esfuerzo merece la pena; el pueblo resistirá gracias a ellos. Por la tarde, llegaron las sorpresas:
-¡Abuelo, abuelo!- gritaba mi nieto mayor al verme asomado a la ventana. ¡Cómo voy a disfrutar con los nietos, cuando vengan a verme, al igual que ellos corriendo libres por todas las calles y callejuelas del pueblo!
El domingo la vi, cruzando al otro lado de la calle con una barra de pan bajo el brazo; había regresado años antes; tan mayor como yo; seguramente tan nostálgica como yo; fue mi primer amor; mi inconfesable amor….
-¡Maribel!

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