Cromos, “novelas” y “platillos”

El calendario se desprendía de sus hojas con prisa, ansiando que comenzara ya el verano. El griterío de los niños a la salida de la escuela le animaba a ello.

Llegué a mi casa con ganas de tomar la merienda y mirar qué cromo se ocultaba en el dorso de la tableta de chocolate Zahor. Al final de cada tarde, con un poco de harina y agua, formando un grumo, pegaba los cromos conseguidos con delicadeza, procurando ajustarlos perfectamente a su cuadro correspondiente y guardaba los repetidos para intentar cambiarlos.

Separé el papel del chocolate deprisa, pero con cuidado para no romperlo, volví el cromo y… ¡sorpresa! Era mi día de suerte.

-¡No puede ser! ¡Maguregui! ¡El futbolista que nadie tiene!

Extasiado, contemplé entre mis manos el más preciado tesoro, el cromo más deseado por todos, Maguregui, del Atlético de Bilbao. Al fin completaba el álbum de la Liga 1958-1959. Lo escondí en mi cuaderno y corrí a contárselo a mis amigos de “El Corro”, mi barrio cercano. Como yo, todos coleccionaban los cromos de fútbol, además de “novelas” y “platillos”.

Se corrió la voz y enseguida me llegaron ofertas. José Luis, un chico del barrio mayor que nosotros, me llevó hasta su casa. Numerosas “novelas” del Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Hazañas Bélicas, El Guerrero del Antifaz, T.B.O. y otras más estaban ordenadas por montones en un verdadero arsenal que ocupaba la mitad de su habitación.

-Sé que te gustan las “novelas”. Te doy diez por Maguregui.

Dudé un instante. Si aceptaba, me quedaría sin completar el álbum de La Liga.

-No. Tendrán que ser treinta -le respondí fanfarrón.

-Veinte.

-Vale, pero las elijo yo -concluí, sin dudarlo más.

Me pasé la tarde examinando aquellos montones. ¡Qué felicidad! Recordaba perfectamente cuál tenía y cuál no. Elegí las que creía que eran más bonitas o más difíciles de conseguir: “Sigrid, reina de Thule”, “El rescate de Crispín” “Las sombras del templo maldito” o “Goliath y los piratas” estaban entre ellas. Por una vez la suerte me había sonreído. Corrí a casa a por el cromo deseado y se lo entregué a José Luis junto a un montón de cromos “repes” para que él, a su vez, los pudiera cambiar por otras novelas.

Los días siguientes, me dediqué con avidez a la lectura de aquellas aventuras conseguidas gracias a la fortuna. Ahora, además de mis grandes cajas de “platillos” y de mis montones de cromos de animales, países y deportistas, mis “novelas” terminaron de ocupar el escaso espacio de mi habitación.

Deleitando aquellas nuevas adquisiciones, estaba sentado en un banco de la plaza, repasando detenidamente cada frase de mis héroes preferidos, cuando un chico de mi clase me dijo:

-¿Te gusta mucho leer, no? Yo tengo bastantes “novelas” que te van a gustar. Si quieres podemos ir cambiando unas por otras y así nos ahorramos los 25 céntimos por cada cambio que cobra la Martina en su tienda. ¿Qué te parece?

Le miré. Era el chico más listo de mi clase; en todo el número uno. No había tenido mucha relación con él porque pertenecía a un barrio enfrentado con el nuestro. Su barrio, “San Nicolás” y la Plazuela “Pite”, se liaba a menudo con el nuestro de “El Corro” y calle “Mayor” en fuertes peleas para conquistar el castillo cada tarde después de la escuela, con pedradas incluidas.

-Eres del “enemigo”. No podemos hacer tratos -le dije en voz baja.

-A mi no me gustan las peleas -me respondió.

-La verdad es que a mí tampoco. Bueno, pero si cambiamos cromos o novelas no deben enterarse los de mi barrio, ¿vale?

-No te preocupes por eso.

Le acompañé hasta su casa y escudriñe sus “novelas”. Elegí varias de ellas y juntos subimos calle arriba hasta mi casa para que él examinara las mías.

¡Qué barbaridad! ¿De dónde has sacado estas cajas llenas de “platillos”? -me preguntó asombrado.

-Es que mi padre es amigo de Isidoro, el del bar “Acha”, y me guarda todos los días las chapas de las bebidas que vende. Puedes llevarte los que quieras.

-¿Y estos álbumes de tantas cosas? Animales, banderas, países, futbolistas, ciclistas, si tienes hasta cromos de películas.

-Me gusta hacer colecciones de cromos y todas las propinas que me dan mis padres, abuelos, tíos y mis hermanos mayores las uso en comprar cromos. ¡Mira! Este álbum de animales está completo. ¿No te parece precioso? Debajo de cada animal te explica su especie, donde habita, qué come y mucho más.

A partir de aquel día nació una nueva amistad entre nosotros. Nos cambiamos varias veces, en secreto, nuestras “novelas” y cromos, y así, la afición de ambos por la lectura de aquellas aventuras creció desarrollando nuestra imaginación.

Al mismo tiempo, el humor de “Doña Rogelia”, “Zipi yZape”, “Carpanta”, “Mortadelo y Filemón” y otros muchos forjaron nuestro sentido del humor y “los grandes inventos del T.B.O.” estimularon nuestra creatividad.

Estas bases hicieron que, más adelante, diésemos paso a la lectura de libros de autores como Julio Verne, Daniel Defoe, Emilio Salgari, David Crockett, Mark Twain, Rudyard Kipling, Walter Scott, Robert L. Stevenson, William Cody y tantos otros que formaron parte de nuestra adolescencia.

Ce que je n´avais pas raconté de mon père

J´ouvre l´album vert, mon préferé, plein de photos, et je revois défiler toute mon enfance auprès de toi. M’endormant sur le berceau, riant dans la baignoire, me délectant de mon tricycle, jouant avec mon ballon, mes poupées et mon chat, lançant un cerf-volant et supportant avec impatience les membres de la famille, toujours à tes côtés. Jamais je ne t´avais dit, ni à personne, combien il m´était cher, en ces moments, de sentir ton regard sur mes yeux et ton demi sourire complice.

Je tourne la feuille et j´aperçois les reflets de l´eau de la rivière avec les miettes pour les canards, tout en entendant les sons gais des enfants dans les parcs de la ville. Je me revois en train de faire mes premières excursions de l´école, tirant de la corde, courant dans les sacs, toute tachée de chocolat pendant les anniversaires de mes copines, en uniforme, à bicyclette, avec visières, patins and jeux. Jamais je ne t´avais dit combien j´étais heureuse auprés de toi, si protecteur et veillant ainsi sur moi.

En suivant les pages des photos, je ressens de nouveau le réveil à la vie avec mes amies du village; les longues nuits de l´été reviennent à ma mémoire, poussant sauvage et fonceuse ma jeunesse avec toi; les sages conseils de ma grand-mère, les soirées où l´on partageait la sueur des devoirs de l´école, les examens et mes ennuis avec ce professeur qui ne me comprenait pas. Jamais je t´avais rien dit de tout ça, et jamais je n´avais commenté à quelqu´un combien j´étais reconnaissante de ta compréhension et de ta patience.

Sur les dernières pages de cet album, je vois comment ma maturité est arrivée. Chaque fois, les photos avec toi se font de plus en plus rares. On ne voit plus que des garçons, des bagnoles, des bars…

C´est la première fois que je raconte à quelqu´un ce que tu m´avais fait ressentir: la responsabilité dans le travail, dans la vie, toujours avec ton exemple en avant.

Et mon secret. Jamais je ne t´avais dit auparavant, et à personne non plus d’ailleurs, ce que j´avais découvert: ces lettres-là. Elles étaient très bien cachées, mais le hasard fit qu´elles arrivèrent entre mes mains. Des lettres d´amour adressées à cette fille-là. Toi, tu étais marié. Pourquoi vivais-tu cette relation-là? Jamais je ne t´avais demandé quoi que ce soit à ce sujet. Et personne le saura non plus.

Je ne sais pas si je t´ai pardonné à cause de ça. Je suppose que oui. Maintenant que je suis plus âgée, peut-être, je peux arriver à te comprendre.

padre e hija

El y ella. Una boda austera

 

*Dedicado a mis padres. Allá donde estén, sé que estarán juntos. ¿Os podéis presentar?

– “Él”: Éramos ocho hermanos, todos varones salvo una chica que murió joven.

– “Ella”: También nosotros éramos ocho, seis chicas y dos chicos, y también uno murió joven.

– “Él”: Todos en mi familia hemos sido albañiles, carpinteros o pintores.

– “Ella”: Mi padre también fue un buen maestro albañil y carpintero. Dos de mis hermanas son modistas y todas sabemos coser bien.

– “Él”: La escuela, y con ella mi niñez, acabó en 1920, cuando mi padre me llevó a trabajar a las obras con solo diez años.

– “Ella”: Toda mi vida la he dedicado a cuidar a los demás; a mi madre, a mis hermanos, luego, a mi marido y mis hijos. Me gusta mucho leer y escribir.

– “Él”: Soy Eguíluz, de la rama de Álava que recaló en Belorado en el siglo XIX.

– “Ella”: Yo también soy Eguíluz, pero creo que mi rama proviene de Vizcaya.

– “Él”: Dicen que soy sociable y también serio, honrado y trabajador. Soy ateo y, de joven, era de izquierdas. Tengo dotes de mando para el trabajo.

– “Ella”: Yo me considero una persona amable, buena y trabajadora. Soy muy religiosa, católica y practicante. Me gusta estar en familia, rodeada de los míos.

*Muy bien. Ahora vamos a recordar, en retazos, algunos detalles de vuestras vidas. ¿Podemos saber cómo fueron vuestros inicios amorosos en Belorado?

– “Él”: Si quieres podemos pasear y charlar de lo que quieras.

– “Ella”: Bien. Vamos por la Plaza. Cuéntame cosas de ti. ¿Qué te gusta?

–“Él”: Tantas cosas… El trabajo en la carpintería es muy creativo, verás… El cine me encanta. Te contaré una película de Charlot que te partes de risa… Me ha encantado el paseo.¿Quieres salir conmigo?

– “Ella”: Vas muy rápido ¿no?. Nos veremos otra vez. Pareces un chico formal.

– “Él”: ¿No te importa que sea cinco años mayor que tú?

– “Ella”: No, mientras me demuestres que puedo fiarme de ti.

*Ahora nos gustaría saber, después de un año de paseos, con vuestra relación ya consolidada, cómo llevasteis la primera separación:

– “Él”: Pronto cumpliré 21 años y tendré que marchar a milicias. Ya han hecho el sorteo. Al menos estaré cerca, en Burgos. Será largo. Te voy a echar mucho de menos ¿Me olvidarás, mi pequeña?

– “Ella”: Te escribiré. Y, cuando tengas permisos, seguiremos viéndonos.

*También quisiéramos conocer algún detalle de vuestro reencuentro, tres años después, de nuevo juntos:

– “Él”: ¡Antes de la Navidad vuelvo a casa! Han sido unos años interminables que he podido soportar gracias a tus preciosas cartas de amor. Eres un cielo. Celebraremos el nuevo año 1936 por todo lo alto. Iremos al cine, a bailar…

– “Ella”: ¡Qué alegría! Con mis 20 años cumplidos, si voy acompañada, ya me dejarán entrar en el baile de “La Sociedad” y ver películas “para mayores”.

– “Él”: ¿Quieres que seamos novios? Así podré besarte, cuando no nos vean.

– “Ella”: Es lo que más deseo. Daremos largos paseos hasta el río.

*¿Recordáis cómo fue vuestra petición de matrimonio?.

– “Él”: ¿Te casarías conmigo aunque sepas que no me gusta nada la religión? Cuando se es feliz… para qué esperar.

– “Ella”: Sabes que sí. ¿Pero, estás seguro? Tendrás que entrar a la Iglesia.

– “Él”: Si no queda más remedio… entraré por una sola vez.

– “Ella”: ¿Es que no crees en nada? ¿Por qué no vienes un día conmigo?

– “Él”: Yo respetaré siempre tus creencias, pero yo… soy así. ¿Me quieres?

– “Ella”: Te quiero. ¿Qué tal en septiembre, después de las fiestas de Gracias?

*Ahora contadnos el momento en que todo cambió.

– “Él”: ¡Unos militares se han sublevado! ¡Se oye que han declarado la guerra! Aún más, el capitán general de Burgos los apoya. Ayer jueves 23 de julio han publicado un bando por el que se militarizan varias quintas. ¡A mí me toca!

– “Ella”: ¡No puede ser! Otra vez al ejército. No es justo. ¿Y nuestra boda? ¡No vayas a la guerra!

– “Él”: Un hermano mío ya se ha ido lejos. Le buscaban por estar en sindicatos. Le han declarado desertor y, si le cogen, le fusilarán. Yo no puedo hacer eso. No te preocupes. No creo que la cosa vaya a mayores. Todo se arreglará, ya verás. Te escribiré desde donde esté. Regresaré pronto y nos casaremos.

*Aunque sé que no os gusta, contadnos un poco de los duros años de guerra.

– “Él”: Te escribo desde Orio, en Guipúzcoa. Estoy cerca del mar. Sería muy bonito si esto no estuviera sucediendo. Hace dos días entré por primera vez en combate. Aquí lo llaman “el frente vasco”. Es terrible. Mi hermano puede estar ahí, en el otro bando. Al principio, pensando en ello, disparaba al aire. Pero, cuando murió el joven que estaba a mi lado, comprendí que era cuestión de vivir o morir. En la trinchera, nos protegemos con los muertos. Es penoso.

– “Ella”: No sé donde estás y no puedo contarte todo lo que siento. Solo puedo llorar. Aquí en el pueblo, ya han detenido a varios y se los han llevado. Dicen que eran socialistas o comunistas. No sé. Esta guerra no tiene ningún sentido.

– “Él”: Tengo una buena noticia: ya no estoy en el frente. Han pedido soldados para fabricar bombas de avión. Les he dicho que soy carpintero y que entiendo un poco de todo de la construcción, electricidad, fontanería, pintura, etc. Me han enviado a una nave agrícola de Briviesca donde montamos las bombas. Es muy peligroso porque trabajamos deprisa con explosivos y sin medidas de seguridad pero, al menos, estoy cerca de ti y ya no tengo que disparar a nadie.

– “Ella”: No te puedo escribir, pero en mi pensamiento siempre estamos juntos. Todos los días rezo para que esta guerra acabe, que nadie más tenga que morir y que todo vuelva a ser como antes. Ayer vinieron al pueblo un grupo de soldados italianos. Eran muy simpáticos con las chicas. Yo solo pienso en ti.

*Y también, cómo os juntasteis, inesperadamente, a la mitad de la guerra, al explotar la nave de fabricación manual de bombas de avión en Briviesca.

– “Él”: ¿Lo ves? Volvemos a estar juntos… aunque no podamos pasear…

– “Ella”: ¡Tienes la pierna destrozada, llena de metralla! ¡Pero estás vivo!

– “Él”: Sí. He tenido mucha suerte. Acababa de salir al exterior a buscar unos tablones cuando la nave voló por los aires. A mí me desplazó treinta metros pero todos los del interior, más de cuarenta jóvenes, murieron. Ha sido horrible.

Me curará el médico de Belorado. Han dicho que, en cuanto pueda andar, me llevarán a otra nave de bombas en Gamonal. Espero que esto no sea cierto.

– “Ella”: ¡Yo te cuidaré y te acompañaré todos estos días! Estaremos juntos.

*Contadnos cómo vivisteis el último año de guerra y vuestro reencuentro.

– “Él”: Sí. Era cierto. Estuve encerrado en una nave inmensa en Gamonal con más de cincuenta compañeros fabricando manualmente todo tipo de bombas. Deprisa. Deprisa. Más. Más. Yo me apuntaba voluntario a cualquier recado o trabajo con tal de salir de allí, como gato escaldado. De nuevo volvió a pasar. Otra bomba explotó. No sé los que murieron. Nadie nos lo dice. Yo estaba en casa del capitán arreglándole un mueble cuando sucedió. Tengo mucha suerte.

– “Ella”: ¿Lo ves? ¿Ves como Dios existe? Te protege porque tienes que vivir para celebrar esa boda que tenemos pendiente desde hace tres años.

– “Él”: ¡Sí. Acaban de decirlo: ha terminado la guerra! ¡pronto volveré al pueblo!

– “Ella”: ¡Dios mío, gracias! Aquí estamos pasando muchas penurias. Tantas mujeres cosiendo… sin apenas cobrar nada… Yo he entrado a servir a casa de un militar, Iñíguez, que es de Belorado, a cuidar a su niño que se llama Miguel.

*Y, por fin, cómo fue vuestra boda en mayo de 1.940.

– “Él”: Me gustaría formar una familia. Tú y yo juntos para siempre. ¿Aún quieres que nos casemos? A mis treinta años, ya va siendo hora… ¿no?

– “Ella”: ¡Tanto lo he deseado! Pero no tenemos nada para festejarlo.

– “Él”: Entraré en la Iglesia, por una vez. A primera hora. Solos tu y yo y dos amigos como testigos. Luego, me iré a trabajar. Al final del día te recogeré y vendrás a vivir conmigo. Ya lo celebraremos más adelante. ¿Te parece bien?

– “Ella”: Pues yo, aunque tu vayas vestido de trabajo, me pondré guapa para la boda. Después, durante el día, prepararé mi pequeño ajuar y, cuando llegues, me iré contigo y podremos comenzar esa esperada nueva vida.

boda Abel y Julia

Dime, abuela

Era un niño feliz. Cada verano, mi abuela se hacía cargo de una nieta, Belinda, con numerosos hermanos cuya madre intentaba repartir. En el pueblo, mi prima y yo éramos como dos gorrioncillos en libertad.

-¡Mira, abuela! ¡Hemos cogido muchas moras!

-Ponedlas en esta fuente, que las lavo. Con un poco de vino y azúcar veréis que buenas están.

Mi abuela Emilia decía que era una riojana “con sal”. Le encantaba asomarse al balcón y charlar con toda la gente que pasaba por la calle.

-¡Ay, abuela, qué susto! Estábamos en la calle viendo como pasaban las vacas que bajaban del monte y resulta que, al final, iban dos toros. Uno se giró hacia nosotros y se metió al portal. Si nos ves…, a toda velocidad subimos las escaleras hasta el desván. ¡Qué miedo pasamos!

Seguro que no estabais quietos y por eso os siguió. Otro día los veis desde el balcón. Es más bonito.

Dime, abuela, ¿quién es este señor del cuadro?

-Mirad, yo he tenido muchas hijas, entre ellas vuestras madres, pero también tuve un hijo. Se llamaba Pedro y era un niño superdotado para el dibujo. Fue premio nacional de dibujo escolar. Dibujaba con plumilla y tinta. Ese señor era su maestro, al que admiraba, y Pedro le hizo ese retrato tan perfecto. Pero…

-¿Qué le pasó, abuela? ¿Por qué no conocemos a nuestro tío?

-Un verano, a sus escasos dieciséis años, jugó un partido de pelota con otros chicos más mayores. Le encantaba jugar en el frontón. Sudó mucho. Luego fueron a bañarse al río. Aquí, el agua del río Tirón baja helada todo el año… Se puso enfermo… y, desde entonces… le lloro cada día un poco. Mi niño pequeño…

Una lágrima se deslizó por su cara. Belinda y yo nos abrazamos a mi abuela. Ella se secó la lágrima y dijo: -Vamos, venid, que os doy un poco de moscatel.

La decisión (3ª parte) FINAL

 

11 de octubre de 1.975. Han pasado dos años desde que Rubén se incorporó como operario de Altos Hornos de Vizcaya en Baracaldo. Al cumplir el primer año, le destinaron a la conocida fábrica de laminados metálicos que su empresa tiene en Lesaca. Una pequeña habitación de alquiler donde dormir y diez horas en la fábrica completaban todas sus rutinarias jornadas.

Hoy es fiesta en Bilbao, la Virgen de Begoña, pero los trabajadores de la fundición siderúrgica no descansan. En su puesto, cerca de los hornos, el calor es insoportable. No puede más. Sentado en una viga de acero, se seca el sudor mientras recuerda el frescor de la sierra de la Demanda en verano y se va quedando dormido. De pronto, oye un grito seguido de un empujón: -¡Vamos! ¡A trabajar! ¡Aquí no queremos vagos!

No es la primera vez que el encargado le increpa o le amenaza. Después, en la habitación, la soledad le espera. Los amigos que conoció en la mili tienen su vida. Además, cada uno vive en un sitio, todos lejos de Lesaca, y nadie parece interesarse por él. Todo quedó en buenas intenciones: -A ver si nos vemos algún día y tomamos unos potes.

El domingo, muy apenado, fue a Bilbao a ver a su prima para contárselo:

No puedo con esto. Quiero dejar este trabajo. No soporto el calor, ni al encargado.

Ana le animó a hacer un curso de fontanería y calefacción que estaba subvencionado y que le había comentado una clienta de la peluquería: -Tienen mucha demanda de empleo. Si eres buen profesional no te va a faltar el trabajo como autónomo. Quédate aquí mientras lo haces.

Así fue. Dejó la empresa y comenzó con mucho interés el curso en Bilbao. Parecía más animado. Al menos, ya no sentía aquella soledad que le atenazaba.

Una noche, mientras cenaban, Ana recordó el nombre que hacía más de dos años que nadie se había atrevido a pronunciar ante él, para no hacerle daño, ese nombre que él tenía que olvidar para no sufrir:

-He visto a Belinda. Ha vuelto a Bilbao.

Háblame de ella, por favor. ¿Dónde se había ido?

-Solo te diré que dejó el trabajo y se fue a Francia. Lo demás se lo tendrías que preguntar tú… si quieres, lo que no te recomiendo. Olvídala.

Creía que lo había superado, pero al oírte decir su nombre… me llegan tantos recuerdos… Quisiera verla para saber si es feliz, nada más.

Al domingo siguiente, recorrió el parque y allí estaba. Muy cambiada, con el pelo excesivamente corto, su aspecto desaliñado, parecía otra. Hacía casi tres años que no la veía. A su lado, un niño rubito de dos años intentaba subirse a un columpio.

¿Cómo estás Belinda?

-¡Rubén, cuánto tiempo! Me alegro de verte. Mira, este es mi hijo. Se llama Jon como su padre.

Hablaron durante un buen rato. Le contó que se fue a vivir con su amigo Jon. Que el grupo se radicalizó y ella dejó de pertenecer a ETA. Después hubo un atentado en el que Jon estaba implicado y tuvo que huir a Francia. Ella, embarazada, dejó el trabajo y le siguió. Allí tuvo al niño. Hubo más atentados. Ella no pudo soportarlo y lo abandonó. Como estaba fichada por la policía no encontraba trabajo. Solo le ayudaban sus padres, con dificultad. El resto de la familia no le hablaban. Eso era todo.

Rubén no podía creerlo. Esa persona única y especial, la chica más bella y alegre que había conocido, estaba ante él como una pordiosera. El mundo da muchas vueltas. Algo dentro de él se removió y le dijo:

-Quisiera retomar nuestra amistad. ¿Podemos vernos a menudo?

-Tú verás. Tengo que cuidar de mi niño. Vendré a este parque.

A ese encuentro le sucedieron otros más. La amistad volvió lentamente y dejó paso al amor. Rubén acabó el curso de instalador. A punto de cumplir 24 años, su deseo era trabajar en su tierra… y estar con Belinda. ¿Cómo hacerlo?

Un hecho precipitó los acontecimientos. Rubén heredó de un tío soltero un piso y una lonja en plena calle Mayor de Belorado. Era el pueblo perfecto para ponerse como autónomo. En esa villa estaban reformándose muchas casas y construyendo algunas nuevas; además, estaría cerca de Pradoluengo, de sus padres, y dispondría de un piso y un taller propio. Decididamente, iba a trabajar por su cuenta. Tomó la mano de Belinda, la besó y le dijo:

-Belorado es un pueblo muy animado. La gente es muy abierta y pasan muchos peregrinos hacia Santiago. Vente conmigo. Creo que los dos podremos encontrar trabajo y vivir tranquilos. Yo…, sabes que te quiero.

-¿De verdad lo deseas tanto? -preguntó Belinda.

-Es lo que siempre he soñado. Daría cualquier cosa por estar contigo.

-Hay algo más, Rubén. Tengo una enfermedad…se llama fibromialgia. Siento muchos dolores.. y no se si podré trabajar. Y luego está el niño…

-Yo cuidaré de los dos. Lucharemos y saldremos adelante. Confía en mí.

Eres muy valiente. No sé qué decir. Vete tu primero. Te prometo que… no puedo prometerte nada. Tengo miedo. ¿Y si aparece un día el padre de mi niño y quiere llevárselo? No he vuelto a saber nada de él…

Belinda se echó a llorar. Rubén la abrazó y, juntos, lloraron en silencio.

-Nadie podrá quitártelo. Cásate conmigo. Eso ayudará.

-Iré contigo a Belorado. Lucharemos juntos. Yo también… te quiero, Rubén.

-Pase lo que pase… siempre te querré.

THE END

plaza de Belorado

La decisión (2ª parte)

 

-Haré lo que sea para seguir viéndote. Esa es mi decisión-afirmó Rubén.

El resto de semana en Bilbao no pudo ser más placentero. Su prima Ana cada día les proponía algo nuevo. Subieron al mirador del monte de Archanda en el funicular, se bañaron en Neguri, fueron de tapas por el casco viejo, a una moderna discoteca en la plaza de Zabálburu, y de excursión a un caserío donde fabricaban quesos y hasta vieron nacer una ternera. El amor se imponía. Ana ya les llamaba “parejita” porque iban todo el tiempo de la mano y robándose besos al menor descuido.

Con el final de agosto llegó el día de la despedida. Desayunando en el Café Bilbao, en la Plaza Nueva, Belinda habló de que el próximo curso esperaba finalizar sus estudios de empresariales. Luego añadió:

-Hablé con mi hermano para lo de tu trabajo en Altos Hornos. Me ha dicho que prepares la solicitud con todos tus datos y el porqué te gustaría trabajar allí, y que él se la presentará al Jefe de Personal.

-Eso está hecho. Antes de marchar te la dejo firmada. Gracias Belinda. Estoy dispuesto a todo para estar juntos. Lo importante es estar contigo.

Al pié del autobús se despidieron con un beso eterno. Los viajeros les miraban arqueando los ojos y sonriendo, cuchicheando entre ellos.

En Pradoluengo, los padres de Rubén no podían comprender lo que les contaba su hijo:

-¿Que quieres irte a trabajar a Bilbao? ¿Tanto te ha gustado aquello?

-Sí. Lo he pasado muy bien y la gente es encantadora. No está tan lejos y vendré a menudo -les respondió, sin decirles toda la verdad.

A su amigo Julián no pudo engañarle:

-He conocido a una chica muy especial y quiero estar con ella. Lo siento.

-No te preocupes. Te veo feliz y eso es lo principal. Me alegro mucho.

Rubén abría el buzón cada día, esperando el sobre con remite de Altos Hornos que no llegaba. Por fin, poco antes de Navidad, lo recibió:

Estimado Rubén:

En contestación a su solicitud para trabajar como operario en nuestra empresa, le comentamos que ésta ha sido denegada. La razón es que usted cuenta con 19 años y tiene pendiente su incorporación al Servicio Militar, lo cual interrumpiría el necesario aprendizaje en dicho puesto. No obstante, una vez cumplido o licenciado de dicho Servicio Militar, le tendremos en cuenta si formaliza una nueva solicitud por su parte.

Agradeciendo su interés por esta empresa, le saluda atentamente:

El Jefe de Personal”.

Se quedó pálido. De pronto, había pasado de tener dos opciones a no tener ninguna. Pero rápidamente pensó y decidió lo que tenía que hacer: se iría voluntario al Ejército. Serían tres meses más de mili, pero podría comenzarla de inmediato y, además, elegir acuartelamiento o destino. Lo sabía porque un chico de la banda de música contó que lo iba a hacer.

-El tiempo pasa rápido y, en los permisos, iré a verla -se decía animado.

Se inscribió en el Gobierno Militar de Burgos. En abril debía incorporarse al C.I.R. de Araca, en Álava, para la Instrucción. Después le esperaba el cuartel de infantería de Garellano, en Munguía (Vizcaya). No estaría lejos de Bilbao. De regreso en Pradoluengo, de nuevo, se le veía feliz.

Finalizaba 1971. Rubén se atrevió a llamar por teléfono a casa de Belinda para felicitarle el año nuevo y le contó todos sus planes ilusionado. Ella le escuchaba sin saber qué decirle. Le deseó suerte en “la mili” y poco más. Quizás le habría llamado en un momento inadecuado, pensó él.

Y llegó la primavera. El sol calentaba y hacía sudorosas las marchas militares en el C.I.R. de Araca. En cambio, las noches eran frías y ventosas, y las “imaginarias” nocturnas dejaban helados a los soldados arrestados. Rubén era fuerte y aguantó los tres meses de la instrucción sin problema.

Llegó San Juan y todos se vistieron de gala para la ansiada Jura de Bandera. Después, le esperaban dos semanas de permiso antes de su incorporación al cuartel de Munguía. Decidió que lo mejor sería pasar una semana con sus padres y, la otra, con su tía en Bilbao… y con Belinda.

El autobús seguía las roderas de la transitada carretera de Bilbao que, en Orduña, eran tan profundas que peligraba su estabilidad. El viaje se le hizo interminable pero al fin llegó a la estación de Bilbao.

-Llevo dos meses trabajando en una peluquería y no tengo tiempo para nada. Trabajo hasta los sábados y tengo novio. No puedo quedar con vosotros. A Belinda no la veo desde hace mucho -le dijo su prima Ana.

La llamó por teléfono. Su padre le dijo que estaba de exámenes. Hasta el fin de semana no podría quedar con él. Cinco días de espera. El sábado, por fin, se vieron en el casco viejo. Belinda se presentó con tres amigos.

Rubén la miró con deseo. Habían pasado diez meses y la veía cambiada. Más mujer.

-Estos son Jon, Gorka y Nerea, unos buenos amigos, compañeros de Universidad y activistas del grupo -le dijo Belinda con un sucinto beso.

-¿Qué tal? ¿Un grupo? ¿Y qué hacéis? -preguntó Rubén, sin mayor interés.

-Luchamos por la libertad, contra la dictadura -respondió Jon muy serio.

-¡Ah, vale! Sí, hoy día parece que todo el mundo está contra Franco -dijo Rubén, siguiéndole la corriente.

-Y también por la independencia de Euskadi -añadió.

-No lo puedes entender si no vives aquí -dijo Belinda, quitando hierro.

-No me interesan esos temas. Bastante tengo con la mili -les dijo Rubén.

-Nosotros somos antimilitaristas. Nunca serviremos en el ejercito de la dictadura -remató Gorka, muy ufano.

-Bueno, venga, vamos a tomar algo -dijo Rubén, juntándose a Belinda.

Pasó el ansiado día. Belinda no se separó ni un momento de sus amigos y la despedida fue tan fría como su saludo: un ligero beso en los labios.

Durante el viaje de vuelta, la cabeza de Rubén no paró de dar vueltas para entender el profundo cambio que se había producido en aquella chica que él, en su interior, había considerado hasta entonces como su novia, aunque aquella palabra nunca salió su boca. ¿Qué debería hacer?

El cuartel de Garellano no fue para él un sitio agradable. Había que hacer muchas guardias, ejercicios de tiro, maniobras, marchas, en fin, como si hubiese que prepararse para una guerra inminente. Los permisos eran escasos y cortos. El tiempo pasaba y Belinda solo era un bello sueño.

En la próxima Navidad le concederían dos semanas de vacaciones. Aún no se daba por vencido. Decidió volver a Bilbao y luchar por conquistar a Belinda. Antes de ir, se dispuso a  llamarla por teléfono para comunicárselo:

-Quisiera verte. Estar juntos el mayor tiempo posible. Si tú quieres…

-Acabé de estudiar y estoy trabajando en una empresa. Tengo mucho papeleo de contabilidad sobre la mesa. Solo podré verte el fin de semana si me es posible y no me reclaman en el grupo -le respondió Belinda.

Otra vez el dichoso grupo. Parecía que era más importante que él. Se animó y el sábado antes de Navidad se presentó en Bilbao. Pudo verla a solas. Sentados en la plaza elíptica, Belinda le dijo con cara seria:

-Mira Rubén. No voy a verte más. Es lo mejor. Te voy a contar un secreto que espero que guardes: el grupo nuestro pertenece a ETA político-militar y estamos muy comprometidos con esto.

-¿La ETA? ¿Los terroristas que matan a gente?

-Nosotros no ejercemos la violencia, somos “los polimilis”. Es un asunto de política que tú nunca podrás entender. Lo mejor es que te vayas.

Después, Belinda le estampó un fuerte beso en la boca y se marchó apresuradamente. Rubén, inmóvil, allí sentado, viéndola alejarse, pensó que aquel era su último beso y la última imagen de “su” hermosa chica. Miró las flores de la plaza… hasta que fijó la vista en la arena. Era el fin.

plaza elíptica de bilbao

El resto de la mili fue menos duro. Le tocaron pocas guardias e, incluso, hizo varios amigos, también vascos, que le parecieron formidables.

Esos compañeros le animaron a volver a solicitar entrar en Altos Hornos y a vivir en Bilbao, cuando se licenciara. Una nueva decisión a tomar.

-Sí, olvidaré a Belinda, pero trabajaré en Bilbao. Me encanta esa ciudad. Hay muchas chicas y ahora también tengo amigos de pueblos grandes cercanos a la ciudad. Lo intentaré de nuevo.

Lo consiguió. Con veintidós años y la mili terminada entró a trabajar en Altos Hornos. Una nueva vida le esperaba. Todo un futuro por descubrir.

Lo que no sabía Rubén era que el destino le llevaría a reencontrarse con Belinda. Pero eso ya es otro capítulo.

La decisión

 

Rubén era un buen chico; todos sus compañeros lo decían. A pesar de ello, debido a su timidez y su carácter introvertido o reservado, no se adaptaba bien a su entorno. Procuraba pasar desapercibido y contaba con muy pocos amigos.

Uno de ellos era Julián, su vecino, con el que solo se llevaba dos meses. Ambos habían nacido en Pradoluengo en el año 1952. Pasaban casi todo el día juntos y en la escuela ocupaban pupitres contiguos. Después, continuaban jugando, un día en la casa de uno y el siguiente en la del otro, mientras sus madres les preparaban la merienda. Sí, estaba claro que era su mejor amigo.

A los diez años, todo cambió. Julián, animado por su tío fraile, se fue de seminarista a un convento de León. A partir de entonces, solo se veían unos días cada verano y poco tiempo, ya que Julián siempre tenía que hacer cosas de la Iglesia, ayudar en misa, meditar, ir al rosario…, y no le permitían estar jugando sin más en la calle, o ir con la bici, aunque estuviera de vacaciones.

El padre de Rubén, al verlo cada año más aislado y taciturno, para animarle, le inscribió en la banda del pueblo para aprender música, ya que conocía a su director. Al principio, lo de solfear le resultó pesado y aburrido pero, al cabo de un año, comenzó a tocar un pequeño clarinete al que llamaban “requinto”, cada vez con más afición. Luego, en casa, repasaba las partituras. No se le daba mal. Con catorce años ya salía a tocar con la banda en las procesiones y, un año más tarde, los domingos de verano, en el “kiosko” de la plaza del pueblo. Con dieciséis, acabó sus estudios escolares con buen aprovechamiento. En su “certificado de escolaridad” figuraba, bien grande, la palabra “sobresaliente”.

Acabada la escuela, como la mayoría de los chicos, tenía que incorporarse a la vida laboral. Su padre, le llevó de “pinche” a la fábrica de calcetines en la que trabajaba, para hacer “cualquier cosa” que le pudieran mandar los obreros. Rubén iba resignado pero contento de aportar algo en casa con su trabajo.

Cuando cumplió los dieciocho, en la banda le asignaron “el clarinete soprano”, más largo y con un sonido más grave, lo que le agradó mucho. Se volcó en aprender aquel instrumento y decidió comprarse uno propio. El mismo mes, en la fábrica de calcetines, le inscribieron como “operario de taller” y le subieron el sueldo, por lo que pudo pagar su nuevo clarinete a plazos.

La vida le iba bien. Rubén se encontraba animado, aunque echaba en falta algún amigo real. Dada su timidez, en la banda no llegó a congeniar con nadie y menos aún en la fábrica. Cada uno iba a lo suyo y no tenían tiempo para amistades. Recordó con nostalgia la niñez. Hacía casi tres años que no veía a Julián y se preguntaba qué sería de él. Se lo imaginó vestido con una sotana. No sabía que aquel verano de 1971 iba a ser difícil de olvidar para él. Una tarde, al salir de la fábrica, se encontraron de frente:

-¡Rubén! ¿Cómo estás?

-¡Pero bueno, Julián! ¿De dónde sales?

-Llegué ayer al pueblo. Tengo muchas cosas que contarte.

-Pues vamos bajando hasta el río Tirón y me cuentas.

Julián, con vaqueros y una camiseta grabada con algo en inglés, daba una imagen de “moderno veraneante” más que de futuro fraile. Había estado dos años en Chile, en Valparaíso, con su congregación. Cerca de allí, tenían una misión en la que habían construido una escuela para los niños pobres, pozos de riego, plantaciones, etc. Le confesó que esa era su verdadera vocación, ayudar a los necesitados, y que era muy feliz. Sacó de su bolsillo unas cuantas fotos y le enseñó la nueva escuela llena de niños sonrientes.

-Necesitamos voluntarios. Hay mucho trabajo que hacer allí. ¡Vente conmigo! Te gustará. Es un país alucinante, entre el mar y la montaña. Ayudando a esas gentes te realizarás como persona. Vente un par de años al menos. La fábrica de calcetines seguirá estando aquí, si decides volver. Saldríamos dentro de dos meses, pero la decisión la tienes que tomar esta semana, ya que hay que preparar bastante papeleo, solicitudes, el pasaporte…, y también las vacunas y demás. Ya verás cómo merece la pena. ¿Te animas?

Rubén se quedó perplejo. No sabía qué decir. En un momento se le pasaron por la mente sus felices años de la infancia junto a Julián y también los sueños de salir algún día del pueblo. Le entraron deseos de decir sí, pero se contuvo.

-Lo comentaré en casa y mañana te responderé -afirmó Rubén, animado.

Esa noche apenas durmió. Se imaginaba en una escuela enseñando música a los niños, o colocando tuberías de agua en un poblado, y también todos ellos comiendo sentados en una cabaña, charlando alegres. La decisión estaba tomada. Sus padres no le pusieron ninguna objeción. Su madre, que era muy religiosa, ya le vio como un misionero más; era lo que hubiera soñado para él.

-Sí. Iré. Es un reto para mí. Me llevaré el clarinete, enseñaré música a los niños y trabajaré en lo que se necesite. Tengo que salir y ver mundo, como dicen por ahí. Si me va mal, pues vuelvo y ya está -comentó Rubén, contento.

-No te arrepentirás. Será una experiencia maravillosa. ¿Lo ves? Ha sido providencial nuestro encuentro. Dios lo había previsto así. Mañana parto para León. Dentro de un mes volveré y prepararemos todo. -le contestó Julián.

En la fábrica, Rubén comenzó su mes de vacaciones. Desde Bilbao llegaron sus tíos y su prima Ana a pasar las fiestas de agosto al pueblo. Su tía se enteró de su decisión de partir para Chile en octubre y le invitó a ir con ellos a Bilbao.     -Parece mentira que, con diecinueve años, aún no te hayas bañado en el mar. Vente con nosotros diez días y te llevaremos a las playas de Algorta y Neguri. Así, en Chile, no te sorprenderá el mar, y cogerás algo de color -afirmó su tía.

Acabadas las fiestas, animado por la idea de las playas, Rubén partió con sus tíos y su prima hacia Bilbao. Para despedirse de Pradoluengo, no estaba mal.   -He quedado en Algorta con mi amiga Belinda. Tenemos que tomar el tren de cercanías, así que prepara tu bañador y las chanclas que nos vamos a la playa -le dijo su prima Ana al día siguiente por la mañana.

Andaban descalzos por la arena entre la gente cuando Ana vio a su amiga sentada, extendiéndose la crema del sol por los brazos y la gritó desde lejos:

-¡Belinda! ¡Ya llegamos!

-¡Ana! ¿Y este chico tan guapo…?

Rubén, azorado, puso sus ojos en la chica morena de pelo rizado que les saludaba con dos besos y una amplia sonrisa. Todo en ella le pareció atractivo. Había visto muchas chicas en Pradoluengo pero ninguna como aquella chica que le sonreía en bikini, tan diferente y que no paraba de hablar.

Era simpática, risueña, bella, desinhibida; sus gestos, su manera de hablar, su mirada, todo en ella desprendía sensualidad. Cuando ella se dio la vuelta, se fijó en los dos hoyitos que se le formaban sobre la parte inferior del bikini. Le parecieron algo bello, curioso, que él nunca había visto, o eso le parecía.

hoyitos chica cortado

Dentro del agua, aunque no sabía nadar, con la mar en calma, junto a dos chicas que no paraban de jugar con él, se sintió el hombre más feliz del mundo. Todo era nuevo para Rubén en aquel día festivo de playa, sobre todo el sentimiento de atracción y de amor que notaba cuando miraba a Belinda. Sí, realmente aquello era algo novedoso para él y que le gustaba profundamente. Se sentía otra persona. La miró de nuevo. Si un ser así existía, él quería estar cerca.

Después del baño estuvieron hablando un buen rato. Él notó que aquella chica también sentía algo por él, al menos se interesaba por todo lo que le contaba.

Ana les propuso ir a una discoteca por la noche después de cenar y Belinda asintió encantada. Él, se decía a sí mismo, debía hacer todo lo que dijera su prima, así que se pondría lo más guapo posible para atraer un poco a Belinda. En la disco, pronto Ana se encontró con otros amigos. Belinda tomó de la mano a Rubén y le llevó hacia la pista de baile. Al juntar sus pechos, el sensual perfume de ella lo envolvió. Flotaba en otro mundo, sobre nubes, en un estado de ensoñación. Sus manos rozaban aquellos brazos de suavidad impensable, su pelo rizado, aquel vestido sedoso, mientras sus ojos le miraban profundos…

Entonces, surgió lo inesperado, al menos para él. Se juntaron sus mejillas y …llegó su primer beso. Cómo describir lo que sintió al recibir el roce de sus labios y el tacto suave de su lengua. Nada podía compararse con aquel momento. Jamás hubiera imaginado, ni de lejos, que pudiera sentir algo similar a aquellas sensaciones. Era feliz, muy feliz, como nunca lo había sido hasta entonces.

Después, sentados en una apartada mesa de la discoteca, con una copa, ella le susurró al oído, cogiéndolo de la mano:

-Podrías quedarte en Bilbao. Aquí hay mucho trabajo.

Quedó sorprendido por aquello que parecía ser, al menos, un deseo de ella de continuar viéndolo. Recordó su cercano y anhelado viaje a Chile que su amigo Julián ya estaba preparando. Apenado, le respondió:

-Yo… soy un simple operario en una fábrica de calcetines, y músico. No sé hacer nada más. Lo veo difícil… aunque… me gustaría estar contigo.

-Mi hermano trabaja en Altos Hornos. Allí necesitan operarios. Es duro, pero pagan bien…al menos, eso le he oído comentar. Es tu decisión.

———0———

Llegados a este punto, solicito que el lector ayude a Rubén a tomar una decisión, eligiendo un final: si se va a Chile de cooperante, si se queda mucho tiempo allí o vuelve pronto, o si decide irse a Bilbao a trabajar para estar con Belinda y forja allí su futuro, o quizás ninguna de ellas y permanece en Pradoluengo, o una mezcla de todo, o algo diferente…

Si tienen la deferencia de comunicar su decisión a este narrador, muy gustosamente procederé a escribir el correspondiente final ganador, que será el que más votos obtenga, lógicamente. Y espero que les guste.

 

 

 

Luna de nieve (8-02-2020)

Αγαπητέ Σελέν

Apareces sigilosa cuando el sol declina y luces hermosa, inmensa, con tu blanco brillante, vigilante de todos en la oscuridad.

¡Reina de la noche! ¡Amo tu rostro que me mira sonriente y tu halo fantasmal!

Fémina seductora y lujuriosa: ¡Muéstrame tu lado oculto, muéstrame tu secreto!

Diosa que elaboras en tu seno la miel de los amantes: ¡No me falte tu néctar!

Creces entre tinieblas fagocitando sentimientos para aumentar tu brillo.

Cuando estás preparada para el amor, te haces irresistible.

Mis pulmones inspiran y expiran siguiendo tu ritmo creciente hacia tu plenitud.
Mas, cuando ésta llega:
…los mares se desbordan y cambia de sentido el viento,
…ceden las voluntades y los hombres enloquecen,
…alumbran las parturientas y las púberes inician su menarquía,
…aúllan los lobos y los vampiros se ensañan en su sangre,
…ríos de lava convertirán en yermos los pastos.

Cumplida tu venganza, saciados los instintos, sin prisa, vas decreciendo.

Tus ojos asoman por tu lado izquierdo para comprobar tus efectos; juguetona, cascabelera, riéndote de todos, te escondes hasta desaparecer tras la cortina de nubes que envuelve tus vergüenzas, sabiendo que nadie te juzgará por ellos.

¡Regresa pronto!
¡No rompas tu pacto conmigo!
Ahora que he conocido tu secreto…. ¡no puedo dejar de amarte!
…..aunque seas mi perdición.

 

 

Mi primer trabajo

 

Sonaba a despedida. Aquella convocatoria a los graduados para acudir a la Universidad Laboral a recoger el resguardo del título y otros documentos me hizo pensar en que, al poner el pie en la estación de Santa Justa, Sevilla me recibiría por última vez.

El tren llegó puntual aquel 1 de octubre de 1974; imaginé, ya con otros ojos, a la infanta María Luisa recogiendo flores, paseando por su inmenso jardín y me senté en el espléndido decorado cerámico dedicado a Burgos de su acanalada Plaza; disfruté como nunca de la sombra de las callejas; pisé con atención los adoquines de sus plazuelas; subí las rampas del minarete de la más famosa mezquita sevillana inexistente y me sentí como el califa Abu Yaqub Yusuf en su alcazaba viendo el tejado de la catedral cristiana a mis pies.
Finalizado el acto oficial de entrega de títulos, cada uno de nosotros expresaba sus deseos o sus aspiraciones laborales, en mi caso sin perspectiva ya que dentro de ocho meses debería incorporarme a filas, con lo que parecía difícil que alguien me contratase.

–Estamos buscando un ayudante-me dijeron al oído dos compañeros vascos. Les miré interesado y sorprendido a la vez.

–El arquitecto de Hacienda de Huelva nos ha subcontratado varios pueblos de la serranía para hacer las fichas de valoración urbana del Catastro. Se trata de visitar, fotografiar, valorar y dibujar en planos todas sus casas. Y corre prisa. Serán tres o cuatro meses. ¿Te vienes con nosotros?

No lo pensé. Sonaba bien y, aunque no se trataba de mis mejores amigos, parecía una buena oportunidad. Era increíble que nada más recibir el título tuviera ya un trabajo.

El 15 de octubre me presenté en La Puebla de Guzmán, en plena serranía onubense, sin más señas. Era extraño, un pueblo de más de 3.000 habitantes sin bares, con el Ayuntamiento cerrado y nadie en las calles. Por fin localicé una pequeña tasca donde preguntar por mis compañeros. Un hombre apoyado en el mostrador ahogaba sus penas en vino. Me pedí un solera y esperé al tasquero. De pronto, el hombre emitió un quejío suave que fue aumentando poco a poco en lo que, al parecer, era un fandango alosnero. Su historia me dejó la piel de gallina; hasta entonces no había logrado entender el sentimiento del “cante hondo”: nace de lo más profundo del alma del cantaor.

-¿Los chicos de Hacienda? Sí hombre; dentro de una hora pasarán por aquí. Siempre toman un vino antes de comer.-me aclaró el camarero detrás de la barra.

Todo iba bien. Trabajamos duro durante la semana. La mayor parte de las casas, salvo dos o tres, eran similares: calidad baja; fachada encalada completa o con zócalo oscuro; bonita entrada de azulejo cartujano o similar; patio andaluz en su interior con el pozo de agua y al fondo un aseo o los corrales de pequeños animales. No podía comprender que un pueblo tan grande no contará con red general de suministro de agua. Parece ser que, desde que las minas a cielo abierto, el ferrocarril minero y las herrerías quedaron abandonadas, la comarca se había empobrecido notablemente. Las dehesas de encinas y eucaliptos de sus montes eran de los cuatro ricos de siempre y su antiguo crecimiento económico era ya un recuerdo para los buitres, milanos, la jara, el brezo y las ailagas que lo poblaban.

Mi primer fin de semana había que celebrarlo. Negociamos con el taxista del pueblo y los tres nos fuimos de fiesta hasta Cartaya, donde había bares y una gran discoteca con un espacio al aire libre, y además, muchas chicas. Era perfecto. Pronto me vi con un cubata en la mano disfrutando de la simpatía de tres cartayeras con los Doors y los Creedence´s sonando a tope. No se podía pedir más. Me sentí feliz y afortunado.

De pronto, la música se hizo suave, Roberto Carlos sustituyó a los Rolling y todos se fueron emparejando. Mis pies junto a sus pies, una ensortijada melena rozaba mi cara mientras mis manos sentían el tacto sedoso de un liviano vestido de la morena de ojos profundos. Las horas pasaban veloces en compañía de la simpática Rocío acurrucados en el fondo del local donde la luz era más tenue.

Inesperadamente, se formó un jaleo enorme, carreras y gente que se acumulaba en una esquina de la zona al aire libre; al acercarnos, vimos a un chico tendido en el suelo sin sentido; nadie sabía qué había pasado. A continuación, llegó la guardia civil junto a una ambulancia y finalizó la música.

Con Rocío de la mano, busqué a mis compañeros por todos los sitios. Nada. Se habían largado con el taxi sin esperarme. No podía creerlo. A esas horas, no había medio de volver a La Puebla y apenas tenía dinero para tomar el autobús al día siguiente.

–No te preocupes,-dijo la chica-tenemos sitio en casa para que te puedas quedar. Finalmente, me quedé dos noches, ya que el domingo no había autobús, y el lunes partí hacia La Puebla prometiendo volver a verla. Entré en nuestra sala de trabajo dispuesto a echarles la bronca por dejarme tirado. Allí estaba Julen muy compungido que me dijo:

–Han detenido a Mikel. Ha sido culpa mía. Empecé a vacilar a una chica, me puse un poco pesado y un chorbo, que igual era su novio, me sacó una navaja. Mikel que lo vio, y ya sabes cómo es de nervioso, le arreó por detrás con una silla y le dejó KO. Parece ser que está en coma. Tuvimos que salir rápido con el taxi, pero la guardia civil nos localizó ayer domingo y se lo han llevado. Me senté impresionado por la noticia sin saber qué decir.

-Le piden ochenta mil pesetas de fianza para salir del trullo-continuó- Esto no lo pueden saber en su casa, así que este mes todo lo que cobremos será para sacarlo de ahí. Asentí consternado.
La última semana del mes transcurrió seria. Julen y yo trabajábamos casi sin hablar. A primeros de noviembre, Mikel salió de la cárcel, tras pagar la fianza, y el chico herido salió del coma. Todo debería volver a su cauce pero no fue así. Pronto las discusiones entre Julen y Mikel culpándose mutuamente empezaron a cansarme, así que aguanté hasta final de noviembre para poder tener dinero para el tren de vuelta y regresé a Burgos. Mi primer trabajo acabó en poco más de un mes y sin dinero. Dentro, me quedó el recuerdo inolvidable de aquellas horas junto a Rocío.

Viaje a ninguna parte

 

Su cojera le ponía de mal humor. Eso debía ser. Por fin logró colocar sus cosas e incorporarse a la cartola de la carreta, donde yo le esperaba pacientemente.

-¡Nos vamos! -gritó mi padre, azuzando al animal.

Las nubes grises hacían aún más triste la tarde. Todas mis cosas iban en un saco junto a las dos cajoneras de madera que albergaban los escasos enseres que valían para algo. La vieja casa se quedó con su puerta abierta, viéndonos marchar, preguntándose el porqué de aquella precipitada huida.

Arreciaba el viento. Un viento frío y racheado que me hacía llorar sin quererlo. A pesar de llevar guantes, sentía un hormigueo en los dedos de las manos. Mis pies, igualmente, se estaban congelando; las descosidas alpargatas que los cubrían no evitaban que el frío los endureciera como piedras. Ya no los sentía.

-¿A dónde vamos, padre? -pregunté.

-Ya lo verás -me respondió secamente.

La escuálida mula tiraba del carro por instinto, luchando contra el viento para no quedarse helada. En las cuestas, agachaba la cabeza, sumisa, y aflojaba la marcha, casi sin fuerzas. Ambos compartíamos el mismo incierto destino.

-¡Padre! ¡Tengo hambre! ¡Mucha hambre!

-¡Cállate!

Si mi madre hubiera estado allí, no me hubiera ido. ¡Qué diferente sería todo! Tres años habían pasado desde que yacía en la fosa del pequeño cementerio, junto al muro semiderruido de la iglesia. Era mucho tiempo. A mis trece años, ya no era un niño. En cuanto dispusiera de una ocasión me escaparía y seguro que mi padre lo agradecería. Cada vez que se emborrachaba, me arreaba con su muleta sin venir a cuento. ¿Qué pintaba con él?

-¡Padre! ¡Tengo frío! ¡Mucho frío!

-¡Cállate!

Al anochecer, paramos junto a un pajar cerrado. Con un hacha, mi padre partió la puerta en dos y nos cobijamos dentro. Hurgó en su saco y me ofreció un trozo de chorizo y un corrusco.

-¡Come!

Mordí el chorizo con avidez. En esos tres últimos años no probé sino sobras y panes duros. Hice un montón con la paja que pude apilar y me tumbé encogido junto a la mula tumbada. La noche era tan negra como nuestro futuro.

Amanecía. Una fina capa de nieve había cubierto los campos, ocultando los caminos. Una hilera de chuzos de hielo colgaba del tejado del cobertizo. Frío.

-¡Vamos! -oí repetir a mi padre.

Intenté levantarme pero no pude. Mis músculos, ateridos de frío, no reaccionaban. Después de pegarme con la cachaba, tuvo que encender unas yescas con un mechero y, al fin, me incorporé para reanudar aquel penoso viaje que, sin yo quererlo, la fatalidad me había preparado.

La pobre mula resbalaba a menudo y mi padre la insultaba con exabruptos. Además de eso, cada poco tiempo, en voz baja, repetía:

-¡Lo mataré! ¡Lo mataré! Esta vez no escapará.

No sabía a quién se refería, ni quería saberlo. Comenzaba a pensar que mi padre se había vuelto loco y que aquel viaje iba a acabar mal.

Al acercarnos a la montaña, comenzó a nevar copiosamente. Yo ya conocía la sierra de la Demanda y sus nevadas. Un año, un grupo de niños de la escuela permanecimos aislados por la nieve en un albergue de Pineda de la Sierra con el maestro que pretendía enseñarnos a conocer los montes y sus árboles.

La mula seguía a tientas la vereda sobre la nieve, procurando no resbalar, pero la pendiente se hacía cada vez más pronunciada y la dificultad se acrecentaba.

-¡Lo mataré! ¡Lo mataré!- farfullaba mi padre todo el tiempo.

De pronto, en un claro del bosque, cerca de la cima, la mula metió las dos patas delanteras en un gran hoyo cubierto de nieve y se soltó de las bridas.

La carreta, con todo el cargamento, junto a mi padre y yo, rodamos a un tiempo loma abajo, desparramándose viandas, ropas y enseres, hasta que chocamos contra un árbol.

Mi padre sangraba por la boca y parecía muerto. Una de las varas del tiro le había golpeado fuertemente en el pecho. Abrió los ojos. Me miró muy fijo y dijo:

-Sigue tú… hasta Pineda…, está cerca. Llama… en la cuarta casa…Allí vive Faustino… Ese es tu verdadero padre…Le dices…que eres el hijo de la Aurelia.

Yo le miraba asombrado, sin decir palabra, pensando que se había vuelto loco.

-Ese… hombre… deshonró a tu madre. Le he buscado durante años….Ahora… yo voy a morir… y tú…, tu sabrás si quieres matarlo o quedarte con él…

Dio un suspiro profundo y empezó a quedarse rígido. Estuve sentado una hora junto a él. No sabía qué hacer. Miré hacia arriba. La mula había conseguido salir del agujero y esperaba pacientemente. Después miré hacia el fondo del valle y divisé el humo de lo que debían ser las primeras casas de Pineda. Agarré a la mula del bozal, recogí mi bolsa y, poco a poco, nos dirigimos hacia allí.

Pineda. Conté, una, dos, tres y cuatro. La cuarta casa era de piedra y parecía en buen estado. Miré al tejado y vi salir el humo por la chimenea. Permanecí un rato frente a la puerta pensando. ¿Sería verdad que allí vivía mi verdadero padre? Otra mala persona, puesto que, supuestamente, había deshonrado a mi madre. ¿Y si no fue así? ¿Y si aquel hombre no fuera tan malo? Necesitaba saberlo. Golpeé la puerta despacio, varias veces, hasta que alguien la abrió.

-¿Faustino?

-¿Qué quieres? –me contestó sin acabar de abrir la puerta.

-Soy el hijo de la Aurelia.

El hombre se quedó mudo y pensativo, mirándome de arriba a abajo. Al cabo de un minuto eterno, cerró la puerta. Oí el pasador del cerrojo por dentro.

¿No querías irte de casa? –me decía a mí mismo. -Pues ya está. No tienes padres. Ahora solo tienes una mula y una vida por delante. No está tan mal.