Ella

Tu presencia me ilumina,

tu alegría me sorprende,

tu figura me cautiva,

tu sonrisa… me enloquece.

Tu juventud me fascina,

tus palabras me enternecen.

¡Quisiera poder tenerte junto a mí toda la vida!

Yo te digo que te amo, que mi amor es para siempre.

Mi mirada… te convence. Con mis besos… te desarmo.

¡Esto es amor!, te susurro.

¡Soy para tí!, me declaro.

Nadie del resto del mundo podrá jamás evitarlo.

En la cama,

me sorprendes proponiendo nuevos retos.

Y disfrutas…,

lentamente…,

acariciando mis pechos.

Tu lengua es dulce placer y tu sexo es puro fuego.

Cuando te siento en mi ser, yo me inundo y me estremezco.

Las edades ya no cuentan.

Somos palomas volando, como dos almas gemelas que se mantienen amando.

El diario de Helen

Al nacer, se nos otorga una vida por persona; después, cada uno la vive a su manera. Si es nuestra, ¿realmente podemos disponer de ella como queramos?

El día de su cumpleaños, Helen se despertó animada al recibir los primeros rayos de sol. Pensó que aquel iba a ser un buen día. Al levantarse, su padre ya se iba:

-Felicidades, cariño. Hoy tengo que ver unas obras en Vitoria. Si me retraso, id comiendo. Seguro que mamá prepara hoy una comida especial. Pásalo bien.

-Gracias papá. Buen viaje.

No quiso despertar a su madre que había trabajado en el restaurante hasta las tres. Mientras se arreglaba, el espejo le devolvió la imagen del reloj cuyas manillas avanzaban inexorablemente recordándole la hora de comienzo de las clases en el instituto. Antes de marchar, observó su móvil. Un aviso de prioridad parpadeaba impaciente en su pantalla. Al abrirlo, contuvo la respiración y dos lágrimas brotaron de sus ojos. Empezó a ver todo blanco, se agarró a la mesa y pudo sentarse.

Tras unos minutos, recuperada, se secó sus mejillas y se dispuso a abrir su Whatsapp, el Instagram y el Facebook. Numerosas felicitaciones de cumpleaños acompañadas de emojis y stickers la deseaban felicidad y un buen día.

Sin pensarlo más, escribió una frase que compartió para todos y apagó su móvil:

-Gracias. Este es mi último cumpleaños.

Cuando Helen anunció, de esa manera, que iba a quitarse la vida, todos pensaron que era una broma. No llegó al instituto. Sus amigas pensaron que había decidido, un día más, saltarse las clases. Los profesores, a su vez, lo anotaron en la plataforma digital a la que tenían acceso sus padres… y que éstos nunca miraron.

Durante toda la mañana, su hermano mayor, que estudiaba en una universidad de Madrid, la llamó repetidas veces: su teléfono permanecía apagado. Entró en su Facebook, vio las felicitaciones con su lapidaria frase de respuesta y se preocupó. Contactó con sus amigas: nada nuevo. A la hora de comer llamó a casa. Helen no apareció y todo el mundo quedó alarmado. Sus padres avisaron a la policía y comenzaron las investigaciones. La comida de cumpleaños quedó sobre la mesa.

Dos agentes de paisano se personaron en el domicilio de los asustados padres. Preguntas y más preguntas. No, no habían notado nada extraño en los últimos meses. Reconocían que apenas tenían contacto con ella, el trabajo, los horarios… Después comprobaron que, aquel día, no había ingresado ninguna Helen o Elena en los hospitales de la ciudad. Al menos, de momento, era un pequeño alivio.

Hablaron con sus mejores amigas y compañeras de instituto quienes confesaron:

-Sí. Lleva más de dos meses muy rara. En el descanso de media mañana del instituto desaparece y hay días que ya no regresa a las clases. Nunca quiere decirnos donde va.

Los profesores añadieron:

-Es una chica muy callada y poco participativa. En los últimos meses ha faltado a muchas clases como se lo hemos ido advirtiendo en los mensajes a sus padres a través de la red privada del instituto. Ningún profesor la tiene manía.

También llamaron a Fran, que fue su novio durante dos años, quién afirmó:

-Hace seis meses que me dejó sin explicación alguna. Simplemente me bloqueó en el móvil, no contestó a mis mensajes y me borró de sus redes sociales.

Por la tarde, su madre junto a dos policías revisaron su habitación por si pudiera haber dejado alguna pista. En el cajón de su mesilla apareció cerrado con llave su “diario de soledades”. El oficial de policía afirmó:

-No podemos abrirlo sin el visto bueno del Juez de Guardia. Sería violar su intimidad. Lo voy a hacer, dada la urgencia del caso, para evitar males mayores. Yo me hago responsable, pero quedará en secreto todo lo posible. ¿De acuerdo?

El policía, con precisión de experto, forzó el pequeño llavín con una ganzúa. Abrió el diario por la última página señalizada. Una frase en mayúsculas ocupaba toda la hoja:

“ Diecisiete años. Fin. Así ha sido mi vida”.

Al verlo, su madre abrazó a su marido y comenzó a llorar.

-Tenemos que leer el resto, al menos desde dos meses atrás -comentó el policía.

Sentados junto a la mesa del comedor, fue leyendo, en voz baja, parte del diario de Helen, eligiendo las frases que él consideraba que pudieran ser de interés:

-“He dejado a Fran. Mis amigas no quieren entender que es un machista. No me deja en paz. Quiero vivir otra vida. Que haga eso con otras, no conmigo”.

-”He vuelto a verle! ¡Mi amor, mi sueño de siempre! ¡Luis me ha dado su móvil!”

-“He retomado mi relación con Luis. Desde niña le he querido. Jugando con él en la guardería ya era feliz. Es increíble que haya vuelto. Es el destino. Es para mí”.

-“¡Ay, Luis… Si supieras cuánto te quiero… Fuiste mi confidente en primaria, mi amor secreto ante mis amigas. Cuando cambiaste de barrio y de Colegio me sentí muy triste. Ahora que nos hemos reencontrado, no dejaré que salgas de mi vida”.

-“Saben tan dulces tus besos… Tu voz, tu piel, tus caricias… Me vuelves loca… ”

-“Escribo después de los tres mejores días de mi vida. El viernes nos entregamos, fuimos dos cuerpos en uno. Es maravilloso conocer cada palmo de nuestra piel. Te quiero. Me quieres. Es nuestro secreto. Lo sabemos. Nos amamos como nadie se amó jamás. Sabes que soy tuya. Eres mi amor absoluto. Siempre te querré” .

Su padre interrumpió al policía:

-No son necesarios más detalles de esos amoríos. Vaya a otro asunto.

-De acuerdo. Era para constatar la dependencia de ese tal Luis. Continúo:

-“Tu llamada de ayer me ha dejado preocupada. Me dices que sufres un dolor abdominal y que te han dejado ingresado en el hospital para hacerte pruebas”.

-”Esta mañana en el hospital te he visto muy triste. Debes contarme lo que te sucede. Si no me lo dices, preguntaré a una enfermera que conozco y lo sabré”.

¡Cáncer de páncreas! ¡No puedo creerlo! Eres muy joven y lo superarás. Yo estaré a tu lado y te animaré. Eres mi amor eterno. Somos uno, tu dolor es el mío.”

-Esto va a peor. Me dice la enfermera que lo tienes muy extendido por el hígado y otros órganos y que es posible que no te den quimioterapia. ¡¡No es posible!!”.

-”Este mes no he tenido la regla. Será por el disgusto que tengo. Me siento mal. No puedo contárselo a mis padres. Están demasiado ocupados y les haría daño.”

-”Hoy te he visto diferente. Sonríes todo el tiempo. Al despedirme, me has tomado de la mano con fuerza y he sentido tu mirada muy profunda… muy profunda… Mañana cumplo los diecisiete….. Creo que Luis está mejor. Será mi gran regalo de cumpleaños”.

En ese momento, el policía exclamó:

-Rápido, llama a los hospitales, a ver en cuál ha fallecido un joven que se llame Luis y vamos para allá. Seguro que la encontraremos. ¡Hay que darse prisa!

La sirena de un Audi a toda velocidad hacía girar las caras de los viandantes. Los dos policías y el padre de Helen llegaron al hospital. Las auxiliares y limpiadoras estaban terminando de recoger la habitación. El cadáver de Luis esperaba ya en la cámara frigorífica la llegada de la funeraria.

-¿Su novia? Hace diez minutos que salió de aquí. No sabemos dónde habrá ido.

Un policía subió en ascensor hasta la terraza de la última planta del hospital. El otro bajó por las escaleras hasta el sótano. Pidieron refuerzos. Que vigilaran el puente del río y el de la autovía. Patrullas por los alrededores del hospital.

No podía estar muy lejos. El policía que buscó en la terraza bajaba por la escalera cuando la vio. Sentada en el alféizar de la ventana que da al patio, en el rellano de la novena planta, a punto de saltar… Lo consiguió. La agarró del brazo y los dos cayeron hacia la escalera.

-“Mi vida no tiene sentido. Estoy muerta” –repetía todo el tiempo, llorando.

Con mucha ayuda psicológica, Helen se fue recuperando. Sus padres cambiaron los horarios de trabajo para estar más tiempo con ella. Sus amigas la llamaban todos los días, pero lo que más la hizo recuperarse fue que logró dar a luz un niño precioso al que puso por nombre Luis y que fue la mayor alegría de su vida.

Tres treinta y cuatro

3-34. Así me llamaban. Ni siquiera un triste nombre al que poder aferrarme. Solo ese extraño número sacado de algún plan urbanístico sin completar. Durante años, no tuve ni aceras. Al menos, me rellenaron con un todo-uno compactado que permitía el acceso a los escasos vehículos que circulaban por la zona. En cambio, mis vecinas, la 3-32 y la 3-33, menos afortunadas, sufrían de numerosos socavones, por los que los transeúntes las clasificaban directamente como de “putas calles”.
Nos habían plantado al final de la capital, allí “donde Cristo perdió las zapatillas”. Yo tenía, a un lado, un montón de naves industriales sin ocupar denominadas como Pentasa-3, y al otro, un cementerio ya sin uso, el de Gamonal, con sus lápidas ocultando huesos centenarios. Vamos, de miedo.
-¿Quién va a querer vivir con nosotras? -nos preguntábamos angustiadas.

Algún promotor atrevido levantó un par de bloques aislados con pisos “de protección oficial”, seguramente pensando en los trabajadores que llegarían al recién estrenado polígono industrial. Las viviendas buenas daban a la calle y al sur; las más baratas, “a patio interior” y a norte. Un minúsculo recibidor y un estrecho pasillo daban acceso a las distintas dependencias; dos o tres dormitorios, una pequeña cocina alicatada en blanco, con despensa, una salita y un baño en verde completaban sus escasos ochenta metros útiles.

Aquellos radiadores eléctricos de “calor negro” que consumían y apenas calentaban, la pintura al temple y las puertas huecas lisas daban una imagen de la sencillez extrema de sus acabados. Sus ventanas de hierro con cristales de 1,5 mm. dejaban pasar todo el frío burgalés; parecían pensadas para que el comprador solicitara inmediatamente la instalación de las famosas contraventanas de aluminio en su color, previo pago de la mejora.
Poco a poco, se vendieron las viviendas y se ocuparon los primeros locales. Panaderías, fruterías, pescaderías y carnicerías, ofrecían sus productos a las familias de los trabajadores, llegadas del pueblo. Después aparecieron los bares, y se llenaron de jubilados del campo. Finalmente, distintos comercios dieron “vida” al nuevo barrio. Hasta gocé de un centro médico ambulatorio.

A mi derecha aún permanecía impasible la inmensa explanada denominada “la campa”, atravesada por una canalización de grandes dimensiones. Allí he visto formarse las parejas y crecer los primeros amores de aquellos jóvenes trabajadores provenientes de la provincia; allí jugarían después sus hijos.

Mi trabajo me costó, pero gracias a la colaboración de mis nuevos vecinos, acabé con aceras y tapada con un aglomerado asfáltico bien negro. Ya no tenía que filtrar las aguas de lluvia ni soportar esos horribles charcos; yo fui la primera; mis compañeras, las calles 3-32 y 3-33, también lo conseguirían.
Toda la zona se pobló de altos edificios; demasiada gente y demasiados vehículos me han utilizado durante medio siglo. Ahora soy mayor, pero soy feliz. He visto nacer a muchos niños y renovarse varias generaciones.

Creo que ya sí que, verdaderamente, formo parte de la ciudad; por fin estoy integrada.
¡Ah! Ya tengo un nombre: me llamo calle Pablo Casals. Y a “la campa” la llaman Parque Buenavista y está preciosa, llena de jardines y sin tuberías.

Una cigüeña poco hogareña

Me llamo Queca y soy una joven cigüeña blanca, muy rebelde, de ocho meses.

Papá y mamá se han ido de vacaciones a Rivas Vaciamadrid y nos han dejado plantados a mis dos hermanos y a mí. Como excusa, nos dijeron que en ese lugar se reúne toda la alta sociedad para pasar el invierno, más de cuatro mil cigüeñas, y que ellos tienen que socializar y, por supuesto, no pueden faltar al evento. Y claro, no podemos ir, aquello es para mayores. Para eso nos habían enseñado a volar y a buscarnos la comida. Vamos que, en este caso, son los padres los que han abandonado el nido. Pero yo, que soy una riojana con sal, y nací en Alfaro en la calle de las alpargateras, no iba a quedarme aquí tan pancha a esperarlos, así que, decidida, les dije a mis hermanos:

-A ver chicos, en este nido tan grande estamos muy cómodos, y ahora se queda entero para nosotros, pero hay que ver mundo. No vamos a quedarnos en el pueblo toda la vida. Mi primo Queco, el de Murillo de Río Leza, me ha contado que, cada año, muchos jóvenes como nosotros se juntan en una gran bandada y migran a distintos países de África. Allí hay grandes humedales y lagunas tropicales con todo tipo de escarabajos, saltamontes, langostas, grillos, lombrices y ranas hasta hartarse. Además me dijo que, por las noches, se montan unas juergas tremendas. ¿Os venís?

-Mira Queca, se nos hace la boca agua con tanto bicho, pero en Alfaro no nos falta comida y se vive muy bien. Además, qué pereza da tener que volar miles de kilómetros para llegar hasta allí; ¡y otros tantos para volver! Que no, que no, que nos quedamos en la tierruca -me respondieron a la vez los dos cigoñinos.

-¡Pues yo me voy! ¡Quiero marcha!

Y aquí me veis preparando un pequeño hatillo con mis juguetes preferidos: una pulsera de hilos de colores que encontré en la plaza de Alfaro y un papel rojo brillante con forma de corazón que es mi amuleto de la suerte. Solo tengo un problema: que no sé cuál es la ruta hasta África. Sé que es hacia el sur, pero bueno, con lo resuelta que yo soy, ya peguntaré por ahí.

Desde el amanecer vuelo, vuelo y vuelo. Ya no puedo más. Voy a parar en ese pueblo. Vaya, he tenido suerte: un nido grande y vacío en la torre de la iglesia. Aquí estaré bien; he visto un río grande cercano y hay comida abundante.

-Ta, ta, ta.

-¿Eh? Oigo un crotoreo. ¿Quién anda ahí?

-Soy Lotta, la propietaria del nido. No te preocupes que no voy a echarte. No hay más cigüeñas por esta zona, así que me sobran lugares para vivir. Ya soy vieja y, desde que mi esposo murió, vivo en este pueblo.

Llegamos desde Polonia pero, hace tres años, mi esposo chocó con un cable y yo… no tengo fuerzas para proseguir. Aquí, cerca del río y de esos montes, vivo tranquila y en paz.

-Lo siento, solo quiero descansar un par de días y coger fuerzas; luego seguiré mi camino; eres buena y te lo agradezco mucho ¿cómo se llama este lugar?

-Peralejos de las Truchas. Está dentro del parque natural del Alto Tajo. Aquí todo es muy sano y sin ruidos. En invierno hace frío, pero yo sé protegerme.

-Gracias Lotta, seré tu amiga riojana. Deseo llegar cuanto antes a África, pero cuando regrese te visitaré, sin prisa, y nos podremos contar muchas cosas.

He dormido profundamente. Hoy debo comer y beber bastante a ver si mañana puedo recorrer una mayor distancia. Al amanecer, la brújula y…¡hacia el sur!

Antes voy a despedirme de Lotta, pobrecilla, aquí sola, pero se defiende bien.

A volar… ¡Vaya paliza! Un poco más…, vamos Queca, un poco más… ¿¿eh??, en esa explanada veo varios árboles con cigüeñas y nidos…, voy para allá.

-¡Éramos pocas y parió la abuela! ¿Quién eres tú?

-Me llamo Queca. Voy camino de África. Solo quiero reposar para seguir.

-No le hagas caso a ese gruñón. Puedes quedarte en mi nido, si quieres. Soy Roco. Conozco bien África, he ido varias veces. Me gustaría volver, pero esta cuadrilla no se pone de acuerdo. Eres muy bella ¿Puedo acompañarte?

-Gracias Roco; encantada de que me guíes. Nos haremos compañía. Te estaré muy agradecida, pero antes debo descansar. ¿Cómo se llama este lugar?

-Sancho Rey, lo llaman, y pertenece a Ciudad Real. No hay mucho que contar. Toda esta cuadrilla han venido de varios pueblos de Madrid y solo se dedican a discutir entre ellos. Cuando descanses, tomamos la ruta hacia Tarifa y Barbate.

-¿Tarifa?

-Sí. Allí, cerca del estrecho, donde se juntan los mares, es donde se reúnen todas las que quieren pasar hasta África. Luego, cada bandada elige destino. En menos de una semana podremos llegar hasta allí. Será emocionante.

Creo que este Roco es un poco mandón, pero es muy guapo y simpático. Me vendrá bien como guía. Luego, dentro de la bandada, podré olvidarme de él si veo que no se porta bien o si, por lo que sea, no me interesa ser su amigo.

He descansado mucho estos días. Roco me ha traído un montón de ratones y topos. No es mi comida preferida pero se lo agradezco. Hemos comenzado a volar. Me siento animada. Aunque no para de hablar, creo que su compañía me alegra y me da ánimos.

-¡Mira Queca! ¡Una bandada de cigüeñas! Creo que también se dirigen a Tarifa. Si nos unimos a ellas, nos protegerán del viento y llegaremos antes.

-Vale, ya casi no me quedan fuerzas para volar.

-Ánimo. Solo planeando avanzaremos. No te hará falta gastar esas fuerzas.

Hemos llegado a Tarifa. Estos humedales son una maravilla. Somos miles las cigüeñas, pero también hay vencejos, garzas, chorlitos, aguiluchos, gaviotas, milanos y un sinfín de pajarillos. Estaremos unos cuantos días por aquí hasta que se formen las bandadas para los distintos destinos. Roco está en ello. Se ha portado muy bien conmigo. Por la tarde damos largos paseos por la playa.

En la foto: Roco y yo.

Me siento feliz. Soy una aventurera. He visto el mar por primera vez; impresiona, pero prefiero los campos. Todo el valle es un Paraje Natural Protegido. Son preciosas las puestas de sol. Y también las flores.

-¡Queca! Tenemos que elegir: Kenia, Uganda, Senegal, Mali o Mauritania, ya se han formado las cuadrillas. ¿Qué te parece Senegal? En Senegal también tendremos cerca ese mar que nos gusta. Yo no lo conozco aún y me encantaría.

-Donde quieras, Roco. Sabes que es mi primera migración hacia África.

-Salimos mañana. El jefe de la bandada es un madrileño experimentado.

Estamos pasando el estrecho. Vamos a toda velocidad porque el viento aquí es muy fuerte. Creo que seremos unas cuatrocientas. Roco viene a mi lado.

Por fin un lugar de descanso. Es una ciudad preciosa que se llama Meknes. Después de sobrevolar sus mezquitas y el zoco, nos hemos instalado en las afueras, en una ladera, cerca de un río y un embalse. Estaremos dos días aquí.

Las que nos dirigen están discutiendo la ruta a seguir. Primero llegaremos a Marrakest, donde hay una colonia grande de cigüeñas. Parece ser que se nos unirán unas cuantas en el viaje; el resto se quedarán a invernar allí mismo.

Las cigüeñas de Marrakest

Hemos pasado tres días espléndidos en Marrakest. Estamos en Essaouira, ya en el mar, una maravilla. Me está encantando este viaje. Me gusta viajar.

Roco dice que me quiere. No sé qué pretende. Creo que se ha enamorado de mí, el muy tonto.

El problema es atravesar el desierto del Sahara. Me da miedo solo de pensarlo. Vamos a volar buscando oasis, y a no mucha distancia de la costa por si acaso se han secado. Estas organizadoras están en todo; lo que es la experiencia.

¡ Ya hemos pasado el desierto! ¡Qué ganas tenía! Hace casi un mes que salí de Alfaro y ya estoy en Senegal. ¡Menuda aventura! Casi no puedo creerlo.

Estamos en una reserva de animales. Hay mucha agua.

Las cigüeñas de aquí son diferentes, son negras con el pecho blanco y hablan en francés, pero son muy amables. Algunas nos han dejado utilizar unos nidos sobre árboles. Me encanta el clima de Senegal y estas raras cigüeñas.

Aquí me veis con Roco en uno de los nidos

-Queca, cuando regresemos a España quiero que construyamos un nido juntos, que formemos un hogar y que tengamos muchos cigoñinos. ¿Qué te parece?

-¿Eh? ¡Vaya! Te lo agradezco, Roco. Yo también te quiero mucho pero es que soy muy joven y todavía quiero seguir viajando unos años, sin ataduras, conocer nuevos países, nuevas clases de cigüeñas… como hiciste tú, por otra parte.

-¿Y cuándo nos veremos? Viviré en la provincia de Madrid, en distintos nidos.

-Sabiendo donde estarás, iré a visitarte todos los años. No te preocupes por eso. Y, si sigues queriéndome, algún día formaremos el hogar que tanto deseas.

-Te esperaré. Pero no te demores mucho que uno ya va teniendo una edad…

-Ta, ta, ta.

-Ta, ta, ta.

Yo en Senegal

¡Sara!

¡Sara! ¡Sara!

Acabo de abrir los cajones de tu mesilla. Nunca lo había hecho hasta ahora. Sentado en la cama, observo tu cartera desgastada llena de tarjetas; las llaves de tu viejo coche y otras cuyo fin desconozco; aparto las pastillas para dormir, los cascos y los sextoys, y encuentro unos cuantos papeles desordenados. Los veo, sin oírte, mientras siento que la soledad cae sobre mí y me envuelve como una fina capa invisible. Citas médicas que ya nunca tendrán lugar, bonos de compra que caducarán, fotos antiguas con personas olvidadas, catálogos de viaje que nunca se realizarán. Me tumbo en la cama desazonado.

¿Qué debo hacer con todo ésto?

¡Sara! ¡Sara!

Abro las puertas del armario del pasillo, repleto de tu ropa de invierno, donde los abrigos y anoraks echan a un lado a los vestidos, pantalones y faldas largas. En las baldas, pugnan por hacerse un hueco las bufandas y pañuelos entre las pilas de jerseys y camisetas. En la esquina, viseras y gorros me miran de reojo. Justo enfrente, otro armario similar despliega toda la ropa de verano y cosas de la playa. Sin tocar nada, perplejo, vuelvo a cerrarlos y regreso a la cama pensativo.

¿Qué puedo hacer, qué voy a hacer con todas tus cosas?

¡Sara! ¡Sara!

Entro en tu despacho donde me recibe una hilera de cajas de archivo esperando a ser abiertas. Leo sus títulos: cursos de idiomas, actividades, guías de viaje, vehículos, impuestos, bancos, comunidad, colegio, escrituras, salud, seguros, documentos, mapas… A su lado, entre marcos con fotos, diversos álbumes de distintos colores protegen las imágenes de toda una vida. Debajo, varias colecciones de revistas bien ordenadas por sus números y temas, enciclopedias y diccionarios, abren paso a una ingente cantidad de libros que, sin posibilidad de un espacio libre, se aprisionan llenando todas las baldas de la pared. Frente a la librería, otro estante algo más pequeño, recoge tus gustos musicales apilando todos tus cedés y álbumes de vinilo. Pienso en ti, te veo, estás ahí sonriente, leyendo en tu silla preferida.

¿Qué quieres que haga con todo esto?

¡Sara! ¡Sara!

Voy al baño y observo el mueble con tus perfumes y cremas, el cajón de las medicinas y los estantes repletos de todo tipo de frascos, pulverizadores y jabones. Tras el espejo, veo cómo me miras con gesto seductor entre el vapor de la ducha, mientras te pones tu ropa íntima. Siento tu olor, y te escucho preguntarme como de costumbre: “no sé qué ponerme, ¿hace frío?”

¡Sara! ¡Sara!

En el aparador, tu bisutería deja paso a los finos collares dorados que esperan pacientemente el contacto con tu piel para hacerte aún más bella. A su lado, tímidos, tus pendientes de plata aguardan una nueva celebración. Una fecha grabada en tu anillo de oro recuerda nuestro enlace; no sabe que reposará para siempre en un cajón junto al mío. Ya en la cocina, examino los extraños artilugios que se quedarán en ese mismo lugar, obsoletos por falta de uso, y las innumerables recetas de cocina que permanecerán olvidadas, sin que nadie intente degustarlas. No sé qué hacer con tus cosas. No me diste instrucciones.

¿Qué te gustaría que hiciera? ¿Qué quieres que haga?

¡Sara! ¡Sara!

No sé estar sin ti. No sé qué hacer con mi vida. ¿Por qué te fuiste de pronto, sin avisar, en siete días? Me han traído la urna con tus cenizas y tampoco sé qué hacer con ellas.

El Banco de Alimentos

Mi gato es especial. Todos los días se asoma al balcón de la cocina y permanece allí agachado un buen rato, mirando a un lado y al otro.

Esta tarde me he fijado en él. Mete su cabeza entre los barrotes de forja y observa con detenimiento, sin pestañear, a la gente que pasa por la calle.

Primero mira a la izquierda. Una madre y su hija, ambas con mascarilla y guantes, caminan de la mano. La niña le cuenta cosas en voz baja a su madre.

Mi gato piensa: Quizás sus abuelos vivan con ellas en casa y lo último que quisieran sería contagiarles el virus. Por eso, van tan protegidas”.

De pronto suena un timbre. Mira al frente y ve que un joven está llamando al portero automático de un edificio. Al poco tiempo, bajan otros dos jóvenes veinteañeros y se van los tres juntos, charlando animadamente y a viva voz. Ninguno dispone de mascarilla ni guantes. Se dan en los brazos. Se ríen.

Mi gato piensa: Quizás sus padres se han quedado en el paro por el virus y ellos no van a poder matricularse en la universidad como tenían previsto. Todavía no lo saben. O quizás sí y piensan que ellos tampoco tendrán trabajo y que la vida es muy jodida y todo les da igual. Prefieren no pensar. Viven el momento y nada más. No saben que podrían sentirse valiosos colaborando con el Banco de Alimentos. Que quizás sus padres, si la pandemia y el paro se alargan mucho tiempo, tendrán que recurrir a solicitar su ayuda”.

Mi gato ahora mira a la derecha. Ve una larga cola de personas que llega hasta el supermercado. Ordenados, separados unos de otros, con miradas de preocupación, avanzan poco a poco, en silencio. Casi todos llevan mascarilla. Dirige la vista hasta el final de la cola, a la puerta del mercado, y ve que ya no están allí, como de costumbre, las dos señoras rumanas. Con lo del virus no les dejan pedir. Ya no tendrán que dar más los buenos días con voz apenada y la mano tendida para solicitar una limosna.

Mi gato piensa: Quizás ahora tengan que acudir al Banco de Alimentos para recibir la ayuda necesaria. Quizás colaboren también ayudando allí”.

Oye un frenazo. Mira hacia abajo. Una furgoneta ha parado bruscamente. Un repartidor, con guantes y mascarilla, sale del vehículo dando un portazo y se dispone a llamar por el móvil. Se abre la puerta del edificio y el joven repartidor deja en el portal un paquete. Después, entra apresuradamente en su furgoneta y arranca a toda velocidad.

Mi gato piensa: Quizás este joven se siente afortunado a pesar de su escaso sueldo y el riesgo de contagio que conlleva el contacto con los paquetes. Es posible que, con ese dinero, ayude a la escasa pensión de viudedad de su madre enferma y a sus dos hermanos menores que tiene. Que, antes del virus, no tenía trabajo y de vez en cuando tenían que recurrir al Banco de Alimentos.

Ahora mira hacia el fondo. Un señor trajeado sale de un vehículo de alta gama. Lleva una mascarilla de gran protección. Consulta su reloj y camina despacio.

Mi gato piensa: Quizás este señor sea el empresario burgalés que ayer decidió donar diez mil euros al Banco de Alimentos pensando en toda esa gente que se ha quedado sin empleo por culpa del maldito coronavirus”.

Tiene suficiente por hoy. No sonríe. No sabe. Regresa a la cocina y solicita sus galletitas secas tan deliciosas y su trocito de comida húmeda. Se relame y piensa que él, al menos de momento, es feliz.

Cuatro mujeres

Somos cuatro; mi hija, mi nieta, mi madre y yo. Nos queremos. Nos necesitamos. Aun distantes, estamos unidas como el entramado que sostiene un edificio. Felices.

En poco tiempo, algo nuevo surge y,de pronto, todo parece desmoronarse.

Mi madre, en la residencia de mayores de Nájera, ya no puede recibir las habituales visitas semanales. Quizás su principio de Alzheimer le evite el sufrimiento de pensar que todo el mundo la ha abandonado; que ya no tiene familia ni amistades que la visiten; que es un estorbo; que más le valiera desaparecer de una vez de este mundo. Nos duele su Alzheimer y nos duele que pueda tener ese terrible sentimiento.

Mi hija, en su pequeño apartamento de Madrid al que se fue tras su divorcio, ya no puede trabajar, ni cuidar de su pequeña, de mi nieta. Desde el pasado trece de marzo está sola, encerrada en ese piso, sin su niña. Ese día la recogió su padre para pasar con ella el fin de semana en Logroño; después llegó el Decreto de confinamiento y no pudo regresar con ella a Madrid. Me duele pensar cómo a cada una de ellas le duele la ausencia de la otra y el tiempo que todavía tendrán que mantenerse a distancia.

Y yo aquí en medio de todas, en Burgos, sola también, en mi piso de siempre. Ya no tengo a mi marido; solo las tengo a ellas, a mis tres mujeres, ahora tan distantes. No se lo quiero contar, pero hace días que no estoy bien. Mi garganta está reseca todo el día, aunque bebo agua constantemente. Tengo una débil tos continua, a veces más fuerte; otras veces, una sensación de ahogo, de que me cuesta respirar, me asfixia. Y el cansancio que me arrastra. Al anochecer, empiezo a sudar, el calor me agobia, tengo fiebre. Entonces me lavo, me despejo y empiezo a pensar que tengo el maldito virus. Ya no puedo dormir.

He llamado a los médicos y me dicen que esté en casa tranquila; que si voy a peor que vuelva a llamar. Mis noches son eternas, al igual que los días. Pienso en mi madre, en mi hija y en mi nieta. Creo que no voy a volver a verlas. Me deprimo. Lloro.

Cada día, un montón de muertos. Una estadística. ¿Eso es todo? ¿Así va a finalizar mi vida? Veo pasar velozmente las imágenes de mi niñez alegre, de mi juventud ajetreada, de mi vida de casada, de mi maternidad, y de la de mi hija. Y de nuevo regresa la soledad. Y veo que todo se acaba. Y rezo. Y me deprimo. Y lloro.

(Me despierto. Me encuentro mejor)

La carta

Abuelito:

Todos te echamos de menos; ya lo sabes.

Yo no quería escribirte; solo quiero que estés aquí conmigo.

Que me sigas enseñando palabras de cómo se llaman las cosas.

El verano pasado, en tu casa del pueblo, aprendí lo que era una falleba cuando me enseñaste a abrir las puertas de la galería de madera.

Y los nombres de las herramientas de tu pequeño taller de carpintero que ya nadie utiliza: formón, gubia, serrote, escofina, cepillo, garlopa y otras.

Recuerdo tu mano arrugada esperando la mía para dar el paseo hasta el huerto y tu empeño en que te ayudara a recoger las ciruelas caídas.

Vuelve pronto y te prometo que te dejaré que me cuentes tus historias de cuando eras joven, de la mili, y de las fiestas del pueblo sin interrumpirte.

A cambio, yo te enseñaré a manejar una tablet, te explicaré lo del wifi y el skype, a escuchar música en youtube y a jugar al ajedrez en el ordenador.

Desde que la abuelita no está, espero con ganas los fines de semana para ir a buscarte a la residencia y pasarlos contigo y mis papás.

No sé qué ha pasado. Dicen que te has contagiado con un virus y que no te podemos ir a ver. Es terrible que estés solo en el hospital.

Una enfermera conocida te leerá mi carta y nos dirá cómo estás.

Nosotros estamos encerrados en casa, pero estamos juntos.

No tengo colegio aunque hago las tareas que me envía el profesor por internet.

Dice mi mamá que, cuando me den las vacaciones, ya podremos estar todos juntos y que tú te habrás curado. Es lo que más deseo en el mundo.

Que sepas que no voy a dejar que te pase nada malo. Así que, ¡venga!, te mando estas letras y el cariño y la fuerza de esta familia que tu formaste.

Besos y abrazos. Te queremos. Te queremos curado. Te queremos ya.

Tu nieto que te adora:

Angelito.

El vigía impertinente (adaptación teatral)

 

ACTORES:
*FEDERICO: Un sargento chusquero del ejército de carros.
*DAMIÁN: Un vendedor de quesos, manchego.
*MARINILLA: Camarera de la cervecería San Patrick.
*PATRICIO: Dueño de la cervecería San Patrick.
*JUANICO: Vendedor de loterías, algo retrasado.
*CARMINA: Esposa (2ª) de Patricio, más joven que él, y madre (soltera) de Marinilla.
*MANOLO: Repartidor de bebidas.
*ESTEBAN: Vendedor y reparador de electrodomésticos

DECORADO: Ambientación de una cervecería de barrio en Burgos.
NARRADOR: Esta historia me la contó un sevillano y, ya se sabe, los sevillanos son todos una mihita de fuleros, pero me la repitió tantos cientos de veces que he terminado dándola por cierta. El sucedío comenzaba así:

(Entra FEDERICO y se sienta. Después entra DAMIÁN. Dos habituales del bar)

FEDERICO: (con sorna): ¡Vaya! ¡Qué alegría! Gente del barrio.
DAMIÁN: La misma de to los días.
FEDERICO: Uno que viene a mirar…si compra o vende.
DAMIÁN: Lo dices por ti ¿no?
FEDERICO: Hoy no está la camarera, así que….. ya te puedes ir.
DAMIÁN: Vendrá cuando tú no estés. Te tiene mu visto.
FEDERICO: ¡Calla! ¡Mal bicho! ¡Vendedor de gusanos! Vete a vender tu mercancía a otra parte.
DAMIÁN: ¡Cierra el pico, chusquero arrastrao! Que no te enteras de ná.
FEDERICO: No me dirás que Marinilla te hace algún caso… aparte de comprarte los quesos.
DAMIÁN: No te lo diré. Lo verás. Como que es mi novia. Y pronto nos casaremos.
FEDERICO: ¡Vaya farol! ¿Cómo va a preferir tus quesos malolientes a mis galones….? Que sepas que, antes de un año, me ascenderán a teniente… ¡y sin pasar por brigada!
DAMIÁN: ¿Esa bola le has contao?
FEDERICO: Ya tengo hechas las tarjetas de teniente. Ayer le dejé una… junto a la propina, al servirme la caña.
DAMIÁN: Pues yo, también ayer, le regalé un buen queso manchego, que pasaría de dos kilos, para que lo ponga de tapas a todos los clientes. Tú mismo podrás degustarlo mañana.
FEDERICO: Juegas con ventaja….el sueldo de sargento no da para esos regalitos…
DAMIÁN: ¿Y cómo reaccionó ella al leer tu tarjeta… de teniente?
FEDERICO: La rompió sin leerla. Dio media vuelta y se metió en la cocina. ¡Pero, como me llamo Federico, que no he de catar tus tapas de queso!
DAMIÁN: ¡Que te den morcilla entonces! Ahí te quedas, que tengo que trabajar.

(Sale Damián).

FEDERICO: ¡Ay, mujeres…! ¿Cómo pueden preferir un tendero mugroso a un ilustre sargento del ejército español, cuyo valor se le supone, y es digno de admiración para todos? Pero aquí me va a tener, vigilando para que ni éste ni nadie se la pueda dar… con queso.

(Entra un vendedor de loterías, algo retrasado, y un poco cojo, aunque joven y guapo).

JUANICO: ¡Para el jueves! ¡El Especial Día del Padre! ¿Quieres uno?
FEDERICO: Hola Juanico ¿Qué te trae por aquí?
JUANICO: ¿No lo ves? Vendo billetes de lotería. ¿Quieres uno?
FEDERICO: Ya, ya… Pero, con todos los bares que hay por esta calle, ¿por qué pasas tantas veces por éste?
JUANICO: Porque tiene mucha clientela. Y buena. Suelo vender mucho aquí.
FEDERICO: ¿Ah sí? Y la camarera….. te suele comprar?
JUANICO: Sí, claro. Le dejo una tira y me los va vendiendo.
FEDERICO: ¿Te parece… simpática la Marinilla, no?
JUANICO: Muchooo, mucho simpática.
FEDERICO: ¡Pues dame todos los que te quedan y ¡hala! (le enseña la pistola) No vuelvas por aquí en tres días o te pego un tiro.
JUANICO: ¡Ni en tres semanas volveré! Toma, toma. Son cien duros…. Adiós, adiós….
(Sale Juanico cojeando rápido).
FEDERICO: Si es que uno tiene que tener un cuidaooo…

(Entra Manolo, repartidor de bebidas, gusanitos y bolsas de patatas fritas, obeso y fanfarrón).

MANOLO: ¡Marinillaaaaa! ¿Cuántas cajas de Mahou te dejo y cuántas patatas fritas?

(Sale Marinilla de la cocina al mostrador).

MARINILLA: Hola Manuel. ¿Me traes también los refrescos que te pedí?
MANOLO: Sí, sí. Y además unas cajas de zumos especiales para cóctel y unas botellas de vino de Rioja. Todo a un precio muy bueno. Te van a gustar. ¿Te las dejo?
MARINILLA: Vete dejándolas ahí, que estoy preparando las tortillas.

(Entra a la cocina).
FEDERICO: ¿Conoces a Marinilla?
MANOLO: Claro, hace mucho. ¿Por qué me lo preguntas?
FEDERICO: Por nada. ¿Y te parece que es guapa y simpática?
MANOLO: Guapísima. Es un sol de chiquilla.
FEDERICO: Pues ¡hala! Deja las cajas y ya te estás marchando.
MANOLO: ¡Pero bueno! ¿No voy a poder hacer mi trabajo como yo quiera?
FEDERICO: (Enseñándole la pistola) ¡Que te largues ya, te digo!
MANOLO: ¡Tranquilo, hombre, que ya me voy! (Sale disparado).
FEDERICO: ¡Zape! Que no es bueno que haya muchos ratones, que luego… no se sabe quién se come el queso.

(Vuelve Marinilla al mostrador).

MARINILLA: ¿Y Manuel?
FEDERICO: Ha dejado eso ahí y se ha ido.
MARINILLA: ¡Jesús qué prisas! Que le tengo que hacer el pedido de la semana… ¡Manueeel!

(Sale a la calle llamándole a gritos).

FEDERICO: (Señalando a la pistola): Tu vas a ser… mi guarda cuidadosa…

(Se pone a cantar):
Soldado de Nápoles
que vas a la guerra..
mi voz recordándote,
cantando te espera.
Cariño del alma….. ven
que vas a probar
la dicha de amar…

(Entra Esteban, vendedor y reparador de electrodomésticos).

ESTEBAN: ¿No está la camarera?
FEDERICO: ¿Qué camarera?
ESTEBAN: ¡Quien va a ser? Marinilla. Me ha llamado para que repare la cafetera.
FEDERICO: ¿Otra vez? Vienes mucho tú por aquí ¿no?
ESTEBAN: Siempre que me llaman. Como el bar tiene sus años, cuando no es el lavavajillas, se les estropea la cafetera, o el molinillo…

(Entra al mostrador y se pone a revisar la cafetera).

FEDERICO: ¿Y dónde tenéis la tienda?
ESTEBAN: En la calle Hospital de los Ciegos. En el trece.
FEDERICO: Es que yo necesito… una lavadora para mi casa.
ESTEBAN.: Pues me dejas una señal y te la instalo mañana.
FEDERICO: No tengo dinero aquí.
ESTEBAN: Pues sin señal no hay lavadora.
FEDERICO: ¿Cómo, que no te fías de mí, que soy un sargento del glorioso ejército español?
ESTEBAN: Ni aunque fueras un general te la fiaría.
FEDERICO: (Sacando la pistola) Pues largo de aquí, sinvergüenza, o te pego un tiro.
ESTEBAN: (Sale corriendo gritando) ¡Un loco! ¡Un loco!
FEDERICO: ¡Fuera! ¡El que no quiera polvo que no vaya a la era! (Mirando y guardando la pistola) Tranquila mi arma. ¡Pero bueno! ¿Es que aquí todo el mundo quiere ver a Marinilla?

(Vuelve Marinilla de la calle cantando y moviendo las caderas muy contenta, con los brazos en jarras).

MARINILLA: A la Mancha manchego
que hay mucho vino,
mucho pan, mucho queso,
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha
no te alborotes
porque vas a la tierra
de Don Quijote.. (le hace una carantoña al sargento)
FEDERICO: ¿Ya has estado con el quesero? Seguro que él te ha enseñado esas coplas…Como bien se dice: los manchegos no se enamoran. ¡Se ponen borricos!
MARINILLA: ¡Anda ya, Federico! Voy a preparar unos duelos y quebrantos.

(Entra en la cocina).

FEDERICO: ¡A su tiempo maduran las brevas! Ya caerá esa pieza.

(Llega Patricio el dueño del bar).

PATRICIO: ¿Qué pasa con usted que lleva toda la mañana en el bar? ¿Es que necesita algo?
FEDERICO: ¿Es usted el padre de Marinilla?
PATRICIO: Como si lo fuera.
FEDERICO: Pues mire, mire este papel. (Saca una hoja) Aquí me proponen para teniente del ejército español. Y vea la firma de ahí abajo: El Generalísimo Francisco Franco.
PATRICIO: Muy bien ¿Y a mí qué?
FEDERICO: (Saca otro papel) Y vea, vea este otro: Aquí figuran todos los destacamentos en los que he servido a la Patria: el CIR de Araca, el cuartel de artillería de Burgos, el polvorín de Ibeas…que, aunque usted no entienda de ejércitos, sepa que son sitios muy importantes.
PATRICIO: No me importan para nada tus servicios. Más trabajo tengo yo aquí con este bar.
FEDERICO: ¿Pues cómo no le van a importar?
PATRICIO: ¡Nada de nada!
FEDERICO: Sepa usted que, en cuanto me nombren teniente, me casaré con Marinilla y usted podrá presumir de tener un yerno importante.
PATRICIO: ¿Cómo? ¿Será posible? ¿De dónde ha salido este hombre?

(Entra Damián el vendedor de quesos con un amigo).

PATRICIO: (Dirigiéndose a Damián) ¡A tiempo, Damián! Mira a ver…. que este chusquero te quiere quitar la novia. ¿Quieres que le despache?
AMIGO: ¿Ëste es el que te está molestando? Déjame, que yo me encargo de echarle.
FEDERICO: (Sacando el arma) ¡Quietos, manchegos embaucadores! Que a la mujer y al queso, de vez en cuando y con tiento. ¡Apartaos! Que no es lo mismo predicar que dar trigo.
AMIGO: ¡Cobarde! Si no fuera por ese arma… ya te hubiera despachado al otro mundo.
PATRICIO: ¡Parad todos! ¡Que llamo a la policía!
FEDERICO: ¡No hace falta la policía estando aquí el ejército!

(Le agarra Damián por detrás y se pelean con las manos Federico y el quesero).
(Sale Marinilla de la cocina y se echa las manos a la cabeza).

MARINILLA: ¡Madre! ¡Madre! ¡Que le pegan a mi novio!

(Sale Carmina de la cocina, la madre de Marinilla).

CARMINA: ¡Socorro! ¡Socorro! ¿Y este hombre quién es?
FEDERICO: Soy su sargento. Y el vigilante pretendiente de Marinilla. A sus órdenes, señora.
CARMINA: (Abrazando a Patricio) ¿Te han herido, marido?
PATRICIO: No te preocupes mujer. Pero que sepas que toda esta pelea es por Marinilla. ¡Los dos están celosos por ella!
CARMINA: ¿Es verdad eso, hija mía?
MARINILLA: Sí, madre.
CARMINA: ¿Y tienes algún lío con alguno de ellos?
MARINILLA: Sí, madre.
CARMINA: ¡Mírala! ¡Con qué poca vergüenza lo dice! ¿No ves que eres muy joven para liarte con nadie? ¿Y con quién, si puede saberse?
MARINILLA: Con el quesero.
CARMINA: ¿Pero… cómo…, cuándo…., dónde?
MARINILLA: Nos vemos en la discoteca… los sábados…
CARMINA: ¡Ah bueno! ¿No te habrá llevado a su casa el muy golfo?
MARINILLA: No, no.
CARMINA: ¡Menos mal! El alma se me ha vuelto al cuerpo.
MARINILLA: Y ayer, junto a un queso, me ha dejado este escrito en el que se compromete a casarse conmigo, cuando yo quiera.
FEDERICO: (Mirando al público y en voz baja): Se la quiere dar con queso.
PATRICIO: Déjame que lo lea: “Yo, Damián Cano Toledano, comerciante de quesos de esta localidad, afirmo que quiero mucho a Marinilla Sarmiento. No miento. Y que me comprometo a casarme con ella cuando y donde ella quiera. Firmado aquí en Burgos, junto a la ribera del Arlanzón, siendo testigos los chupiteles de la Catedral y la Iglesia de San Cosme. Damián.”
CARMINA: ¿Pero ya tienes ganas de casarte?
MARINILLA: Pues sí, madre.
FEDERICO: Marinilla, tú que eres tan guapa e inteligente….¡niña, elígeme a mí! Mira, que voy a ser teniente y vas a vivir como una reina.
DAMIAN: ¡No creerás a este…solicitante de cargos! Que al que pide en exceso, le dan…. lo que envuelve al queso. ¡Cásate conmigo!, que algo vale el queso que se da por beso.
MARINILLA: Sí, elijo a Damián.

(Se arrima a él y se dan un beso).

FEDERICO: Me rindo. Que, aunque lo que tiñe la mora otra verde descolora, por esta vez tengo las de perder. La verdad, como el aceite, queda por encima siempre. ¿Me perdonas mis celos Marinilla?
MARINILLA: ¡Olvidao!
DAMIÁN: Pues lo olvidao, ni agradecido ni pagao. Ahí te quedas pringao.

(Se va Damián con Marinilla del brazo).

FEDERICO: No hay galones suficientes contra quesos malolientes. Las promesas de futuros cargos no tienen nada que hacer, pues las mujeres, ya se sabe, prefieren siempre pájaro en mano que ciento volando. Y teniendo a mano un negocio, ya no quieren otro socio.
Ya no se estima el valor
y sólo importa el dinero.
Y es que prefiere un quesero
al dorado de un galón,
que, donde hay fuerza de hecho,
se pierde cualquier derecho.
Aunque me llamen “chusquero”
yo soy todo corazón
y ahora entiendo la razón
de sacar del mar el mero,
que, donde hay fuerza de hecho,
se pierde cualquier derecho.

Cromos, “novelas” y “platillos”

El calendario se desprendía de sus hojas con prisa, ansiando que comenzara ya el verano. El griterío de los niños a la salida de la escuela le animaba a ello.

Llegué a mi casa con ganas de tomar la merienda y mirar qué cromo se ocultaba en el dorso de la tableta de chocolate Zahor. Al final de cada tarde, con un poco de harina y agua, formando un grumo, pegaba los cromos conseguidos con delicadeza, procurando ajustarlos perfectamente a su cuadro correspondiente y guardaba los repetidos para intentar cambiarlos.

Separé el papel del chocolate deprisa, pero con cuidado para no romperlo, volví el cromo y… ¡sorpresa! Era mi día de suerte.

-¡No puede ser! ¡Maguregui! ¡El futbolista que nadie tiene!

Extasiado, contemplé entre mis manos el más preciado tesoro, el cromo más deseado por todos, Maguregui, del Atlético de Bilbao. Al fin completaba el álbum de la Liga 1958-1959. Lo escondí en mi cuaderno y corrí a contárselo a mis amigos de “El Corro”, mi barrio cercano. Como yo, todos coleccionaban los cromos de fútbol, además de “novelas” y “platillos”.

Se corrió la voz y enseguida me llegaron ofertas. José Luis, un chico del barrio mayor que nosotros, me llevó hasta su casa. Numerosas “novelas” del Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Hazañas Bélicas, El Guerrero del Antifaz, T.B.O. y otras más estaban ordenadas por montones en un verdadero arsenal que ocupaba la mitad de su habitación.

-Sé que te gustan las “novelas”. Te doy diez por Maguregui.

Dudé un instante. Si aceptaba, me quedaría sin completar el álbum de La Liga.

-No. Tendrán que ser treinta -le respondí fanfarrón.

-Veinte.

-Vale, pero las elijo yo -concluí, sin dudarlo más.

Me pasé la tarde examinando aquellos montones. ¡Qué felicidad! Recordaba perfectamente cuál tenía y cuál no. Elegí las que creía que eran más bonitas o más difíciles de conseguir: “Sigrid, reina de Thule”, “El rescate de Crispín” “Las sombras del templo maldito” o “Goliath y los piratas” estaban entre ellas. Por una vez la suerte me había sonreído. Corrí a casa a por el cromo deseado y se lo entregué a José Luis junto a un montón de cromos “repes” para que él, a su vez, los pudiera cambiar por otras novelas.

Los días siguientes, me dediqué con avidez a la lectura de aquellas aventuras conseguidas gracias a la fortuna. Ahora, además de mis grandes cajas de “platillos” y de mis montones de cromos de animales, países y deportistas, mis “novelas” terminaron de ocupar el escaso espacio de mi habitación.

Deleitando aquellas nuevas adquisiciones, estaba sentado en un banco de la plaza, repasando detenidamente cada frase de mis héroes preferidos, cuando un chico de mi clase me dijo:

-¿Te gusta mucho leer, no? Yo tengo bastantes “novelas” que te van a gustar. Si quieres podemos ir cambiando unas por otras y así nos ahorramos los 25 céntimos por cada cambio que cobra la Martina en su tienda. ¿Qué te parece?

Le miré. Era el chico más listo de mi clase; en todo el número uno. No había tenido mucha relación con él porque pertenecía a un barrio enfrentado con el nuestro. Su barrio, “San Nicolás” y la Plazuela “Pite”, se liaba a menudo con el nuestro de “El Corro” y calle “Mayor” en fuertes peleas para conquistar el castillo cada tarde después de la escuela, con pedradas incluidas.

-Eres del “enemigo”. No podemos hacer tratos -le dije en voz baja.

-A mi no me gustan las peleas -me respondió.

-La verdad es que a mí tampoco. Bueno, pero si cambiamos cromos o novelas no deben enterarse los de mi barrio, ¿vale?

-No te preocupes por eso.

Le acompañé hasta su casa y escudriñe sus “novelas”. Elegí varias de ellas y juntos subimos calle arriba hasta mi casa para que él examinara las mías.

¡Qué barbaridad! ¿De dónde has sacado estas cajas llenas de “platillos”? -me preguntó asombrado.

-Es que mi padre es amigo de Isidoro, el del bar “Acha”, y me guarda todos los días las chapas de las bebidas que vende. Puedes llevarte los que quieras.

-¿Y estos álbumes de tantas cosas? Animales, banderas, países, futbolistas, ciclistas, si tienes hasta cromos de películas.

-Me gusta hacer colecciones de cromos y todas las propinas que me dan mis padres, abuelos, tíos y mis hermanos mayores las uso en comprar cromos. ¡Mira! Este álbum de animales está completo. ¿No te parece precioso? Debajo de cada animal te explica su especie, donde habita, qué come y mucho más.

A partir de aquel día nació una nueva amistad entre nosotros. Nos cambiamos varias veces, en secreto, nuestras “novelas” y cromos, y así, la afición de ambos por la lectura de aquellas aventuras creció desarrollando nuestra imaginación.

Al mismo tiempo, el humor de “Doña Rogelia”, “Zipi yZape”, “Carpanta”, “Mortadelo y Filemón” y otros muchos forjaron nuestro sentido del humor y “los grandes inventos del T.B.O.” estimularon nuestra creatividad.

Estas bases hicieron que, más adelante, diésemos paso a la lectura de libros de autores como Julio Verne, Daniel Defoe, Emilio Salgari, David Crockett, Mark Twain, Rudyard Kipling, Walter Scott, Robert L. Stevenson, William Cody y tantos otros que formaron parte de nuestra adolescencia.