Teatrillo

EL VIGÍA IMPERTINENTE (adaptación teatral)

ACTORES:
*FEDERICO: Un sargento chusquero del ejército de carros.
*DAMIÁN: Un vendedor de quesos manchego.
*MARINILLA: Camarera de la cervecería San Patrick.
*PATRICIO: Dueño de la cervecería San Patrick.
*JUANICO: Vendedor de loterías, algo retrasado.
*CARMINA: Esposa (2ª) de Patricio, más joven que él, y madre (soltera) de Marinilla.
*MANOLO: Repartidor de bebidas.
*ESTEBAN: Vendedor y reparador de electrodomésticos

DECORADO: Ambientación de una cervecería de barrio en Burgos.
NARRADOR: Esta historia me la contó un sevillano y, ya se sabe, los sevillanos son todos una mihita de fuleros, pero me la repitió tantos cientos de veces que he terminado dándola por cierta. El sucedío comenzaba así:
(Entra FEDERICO y se sienta. Después entra DAMIÁN. Dos habituales del bar)
FEDERICO: (con sorna): ¡Vaya! ¡Qué alegría! Gente del barrio.
DAMIÁN: La misma de to los días.
FEDERICO: Uno que viene a mirar…si compra o vende.
DAMIÁN: Lo dices por ti ¿no?
FEDERICO: Hoy no está la camarera, así que….. ya te puedes ir.
DAMIÁN: Vendrá cuando tú no estés. Te tiene mu visto.
FEDERICO: ¡Calla! ¡Mal bicho! ¡Vendedor de gusanos! Vete a vender tu mercancía a otra parte.
DAMIÁN: ¡Cierra el pico, chusquero arrastrao! Que no te enteras de ná.
FEDERICO: No me dirás que Marinilla te hace algún caso… aparte de comprarte los quesos.
DAMIÁN: No te lo diré. Lo verás. Como que es mi novia. Y pronto nos casaremos.
FEDERICO: ¡Vaya farol! ¿Cómo va a preferir tus quesos malolientes a mis galones….? Que sepas que, antes de un año, me ascenderán a teniente… ¡y sin pasar por brigada!.
DAMIÁN: ¿Esa bola le has contao?
FEDERICO: Ya tengo hechas las tarjetas de teniente. Ayer le dejé una… junto a la propina, al servirme la caña.
DAMIÁN: Pues yo, también ayer, le regalé un buen queso manchego, que pasaría de dos kilos, para que ponga de tapas a todos los clientes. Tú mismo podrás degustarlo mañana.
FEDERICO: Juegas con ventaja….el sueldo de sargento no da para esos regalitos…
DAMIÁN: ¿Y cómo reaccionó ella al leer tu tarjeta… de teniente?
FEDERICO: La rompió sin leerla. Dio media vuelta y se metió en la cocina. ¡Pero como me llamo Federico que no he de catar tus tapas de queso!
DAMIÁN: ¡Que te den morcilla entonces! Ahí te quedas, que tengo que trabajar.
(Sale Damián)
FEDERICO: ¡Ay, mujeres…! ¿Cómo pueden preferir un tendero mugroso a un ilustre sargento del ejército español, cuyo valor se le supone, y es digno de admiración para todos? Pero aquí me va a tener, vigilando para que ni éste ni nadie se la pueda dar… con queso.
(Entra un vendedor de loterías, algo retrasado, y un poco cojo, aunque joven y guapo)
JUANICO: ¡Para el jueves! ¡El Especial Día del Padre! ¿Quieres uno?
FEDERICO: Hola Juanico ¿Qué te trae por aquí?
JUANICO: ¿No lo ves? Vendo billetes de lotería. ¿Quieres uno?
FEDERICO: Ya, ya… Pero, con todos los bares que hay por esta calle, ¿por qué pasas tantas veces por éste?
JUANICO: Porque tiene mucha clientela. Y buena. Suelo vender mucho aquí.
FEDERICO: ¿Ah sí? Y la camarera….. te suele comprar?
JUANICO: Sí, claro. Le dejo una tira y me los va vendiendo.
FEDERICO: ¿Te parece… simpática la Marinilla, no?
JUANICO: Muchooo, mucho simpática.
FEDERICO: ¡Pues dame todos los que te quedan y ¡ala! (le enseña la pistola) No vuelvas por aquí en tres días o te pego un tiro.
JUANICO: ¡Ni en tres semanas volveré! Toma, toma. Son cien duros…. Adios, adiós….
(Sale Juanico cojeando rápido)
FEDERICO: Si es que uno tiene que tener un cuidaooo…
(Entra Manolo, repartidor de bebidas, gusanitos y bolsas de patatas fritas, obeso y fanfarrón)
MANOLO: ¡Marinillaaaaa! ¿Cuántas cajas de Mahou te dejo y cuántas patatas fritas?
(Sale Marinilla de la cocina al mostrador)
MARINILLA: Hola Manuel. ¿Me traes también los refrescos que te pedí?
MANOLO: Sí, sí. Y además unas cajas de zumos especiales para coctel y unas botellas de vino de Rioja. Todo a un precio muy bueno. Te van a gustar. ¿Te las dejo?
MARINILLA: Vete dejándolas ahí, que estoy preparando las tortillas. (Entra a la cocina)
FEDERICO: ¿Conoces a Marinilla?
MANOLO: Claro, hace mucho. ¿Por qué me lo preguntas?
FEDERICO: Por nada. ¿Y te parece que es guapa y simpática?
MANOLO: Guapísima. Es un sol de chiquilla.
FEDERICO: Pues ¡hala! Deja las cajas y ya te estás marchando.
MANOLO: ¡Pero bueno! ¿No voy a poder hacer mi trabajo como yo quiera?
FEDERICO: (Enseñándole la pistola) ¡Que te largues ya, te digo!
MANOLO: ¡Tranquilo, hombre, que ya me voy! (Sale disparado)
FEDERICO: ¡Zape! Que no es bueno que haya muchos ratones, que luego… no se sabe quién se come el queso.
(Vuelve Marinilla al mostrador)
MARINILLA: ¿Y Manuel?
FEDERICO: Ha dejado eso ahí y se ha ido.
MARINILLA: ¡Jesús qué prisas! Que le tengo que hacer el pedido de la semana… Manuelllll
(Sale a la calle llamándole a gritos)
FEDERICO: (Señalando a la pistola:) Tu vas a ser… mi guarda cuidadosa…
(Se pone a cantar:)
Soldado de Nápoles
que vas a la guerra..
mi voz recordándote,
cantando te espera.
Cariño del alma….. ven
que vas a probar
la dicha de amar…
(Entra Esteban, vendedor y reparador de electrodomésticos)
ESTEBAN: ¿No está la camarera?
FEDERICO: ¿Qué camarera?
ESTEBAN: ¡Quien va a ser? Marinilla. Me ha llamado para que repare la cafetera.
FEDERICO: ¿Otra vez? Vienes mucho tú por aquí ¿no?
ESTEBAN: Siempre que me llaman. Como el bar tiene sus años, cuando no es el lavavajillas, se les estropea la cafetera, o el molinillo… (Entra al mostrador y se pone a revisar la cafetera)
FEDERICO: ¿Y dónde tenéis la tienda?
ESTEBAN: En la calle Hospital de los Ciegos. En el trece.
FEDERICO: Es que yo necesito… una lavadora para mi casa.
ESTEBAN.: Pues me dejas una señal y te la instalo mañana.
FEDERICO: No tengo dinero aquí.
ESTEBAN: Pues sin señal no hay lavadora.
FEDERICO: ¿Cómo, qué no te fías de mí, que soy un sargento del glorioso ejército español?
ESTEBAN: Ni aunque fueras un general te la fiaría.
FEDERICO: (Sacando la pistola) Pues largo de aquí, sinvergüenza, o te pego un tiro.
ESTEBAN: (Sale corriendo gritando:) ¡Un loco! ¡Un loco!
FEDERICO: ¡Fuera! ¡El que no quiera polvo que no vaya a la era! (Mirando y guardando la pistola): Tranquila mi arma. ¡Pero bueno! ¿Es que aquí todo el mundo quiere ver a Marinilla?
(Vuelve Marinilla de la calle cantando y moviendo las caderas muy contenta, con los brazos en jarras)
MARINILLA: A la Mancha manchego
que hay mucho vino,
mucho pan, mucho queso,
mucho tocino.
Y si vas a la Mancha
no te alborotes
porque vas a la tierra
de Don Quijote.. (le hace una carantoña al sargento)
FEDERICO: ¿Ya has estado con el quesero? Seguro que él te ha enseñado esas coplas…Como bien se dice: los manchegos no se enamoran. ¡Se ponen borricos!
MARINILLA: ¡Anda ya, Federico! Voy a preparar unos duelos y quebrantos (Entra en la cocina)
FEDERICO: ¡A su tiempo maduran las brevas! Ya caerá esa pieza.
(Llega Patricio el dueño del bar)
PATRICIO: ¿Qué pasa con usted que lleva toda la mañana en el bar? ¿Es que necesita algo?
FEDERICO: ¿Es usted el padre de Marinilla?
PATRICIO: Como si lo fuera.
FEDERICO: Pues mire, mire este papel. (Saca una hoja) Aquí me proponen para teniente del ejército español. Y vea la firma de ahí abajo: El Generalísimo Francisco Franco.
PATRICIO: Muy bien ¿Y a mí qué?
FEDERICO: (Saca otro papel) Y vea, vea este otro: Aquí figuran todos los destacamentos en los que he servido a la Patria: el CIR de Araca, el cuartel de artillería de Burgos, el polvorín de Ibeas…que, aunque usted no entienda de ejércitos, sepa que son sitios muy importantes.
PATRICIO: No me importan para nada tus servicios. Más trabajo tengo yo aquí con este bar.
FEDERICO: ¿Pues cómo no le van a importar?
PATRICIO: ¡Nada de nada!.
FEDERICO: Sepa usted que, en cuanto me nombren teniente, me casaré con Marinilla y usted podrá presumir de tener un yerno importante.
PATRICIO: ¿Cómo? ¿Será posible? ¿De dónde ha salido este hombre?
(Entra Damián el vendedor de quesos con un amigo)
PATRICIO: (Dirigiéndose a Damián) ¡A tiempo, Damián! Mira a ver…. que este chusquero te quiere quitar la novia. ¿Quieres que le despache?
AMIGO: ¿Ëste es el que te está molestando? Déjame, que yo me encargo de echarle.
FEDERICO: (Sacando el arma) ¡Quietos, manchegos embaucadores! Que a la mujer y al queso, de vez en cuando y con tiento. ¡Apartaos! Que no es lo mismo predicar que dar trigo.
AMIGO: ¡Cobarde! Si no fuera por ese arma… ya te hubiera despachado al otro mundo.
PATRICIO: ¡Parad todos! ¡Que llamo a la policía!
FEDERICO: ¡No hace falta la policía estando aquí el ejército!
(Le agarra Damián por detrás y se pelean con las manos Federico y el quesero)
(Sale Marinilla de la cocina y se echa las manos a la cabeza)
MARINILLA: ¡Madre! ¡Madre! ¡Que le pegan a mi novio!
(Sale Carmina de la cocina, la madre de Marinilla)
CARMINA: ¡Socorro! ¡Socorro! ¿Y este hombre quién es?
FEDERICO: Soy su sargento. Y el vigilante pretendiente de Marinilla. A sus órdenes, señora.
CARMINA: (Abrazando a Patricio) ¿Te han herido, marido?
PATRICIO: No te preocupes mujer. Pero que sepas que toda esta pelea es por Marinilla. ¡Los dos están celosos por ella!
CARMINA: ¿Es verdad eso, hija mía?
MARINILLA: Sí, madre.
CARMINA: ¿Y tienes algún lío con alguno de ellos?
MARINILLA: Sí, madre.
CARMINA: ¡Mírala! ¡Con que poca vergüenza lo dice! ¿No ves que eres muy joven para liarte con nadie? ¿Y con quién, si puede saberse?
MARINILLA: Con el quesero.
CARMINA: ¿Pero… cómo…, cuándo…., dónde?
MARINILLA: Nos vemos en la discoteca… los sábados…
CARMINA: ¡Ah bueno! ¿No te habrá llevado a su casa el muy golfo?
MARINILLA: No, no.
CARMINA: ¡Menos mal! El alma se me ha vuelto al cuerpo.
MARINILLA: Y ayer, junto a un queso, me ha dejado este escrito en el que se compromete a casarse conmigo, cuando yo quiera.
FEDERICO: (Mirando al público y en voz baja) Se la quiere dar con queso.
PATRICIO: Déjame que lo lea: “Yo, Damián Cano Toledano, comerciante de quesos de esta localidad, afirmo que quiero mucho a Marinilla Sarmiento. No miento. Y que me comprometo a casarme con ella cuando y donde ella quiera. Firmado aquí en Burgos, junto a la ribera del Arlanzón, siendo testigos los chupiteles de la Catedral y la Iglesia de San Cosme. Damián.”
CARMINA: ¡Pero ya tienes ganas de casarte?
MARINILLA: Pues sí, madre.
FEDERICO: Marinilla, tú que eres tan guapa e inteligente….¡niña, elígeme a mí!. Mira que voy a ser teniente y vas a vivir como una reina.
DAMIAN: ¡No creerás a este…solicitante de cargos! Que al que pide en exceso, le dan…. lo que envuelve al queso. ¡Cásate conmigo! que algo vale el queso que se da por beso.
MARINILLA: Sí, elijo a Damián. (Se arrima a él y se dan un beso)
FEDERICO: Me rindo. Que, aunque lo que tiñe la mora otra verde descolora, por esta vez tengo las de perder. La verdad, como el aceite, queda por encima siempre. ¿Me perdonas mis celos Marinilla?
MARINILLA: ¡Olvidao!
DAMIÁN: Pues lo olvidao, ni agradecido ni pagao. Ahí te quedas pringao.
(Se va Damián con Marinilla del brazo)
FEDERICO: No hay galones suficientes contra quesos malolientes. Las promesas de futuros cargos no tienen nada que hacer, pues las mujeres, ya se sabe, prefieren siempre pájaro en mano que ciento volando. Y teniendo a mano un negocio, ya no quieren otro socio.
Ya no se estima el valor
y sólo importa el dinero.
Y es que prefiere un quesero
al dorado de un galón,
que, donde hay fuerza de hecho,
se pierde cualquier derecho.
Aunque me llamen chusquero
yo soy todo corazón
y ahora entiendo la razón
de sacar del mar el mero,
que donde hay fuerza de hecho
se pierde cualquier derecho.

Pasando el domingo

Hermanos de ciudad:
En la veraniega mañana dominguera, una pareja de madrugadores, disfrazada de “runners”, se apresuran a cruzar las calles vacías. Al llegar al río, descansan sudorosos y felices. Varios jilgueros les observan y saludan con sus trinos. Al pasar por la salida de la iglesia, sortean con dificultad a varias señoras que ocupan la calle para comentar por enésima vez las vidas de sus hijas, yernos y nietos.
Por la sombra de la acera, una mujer obesa pasea a su futuro niño obeso. Se cruza con un señor muy delgado que se recupera de un cáncer mientras observa distraído a su perro sin raza conocida. El niño se asusta y su madre increpa al perro que ladra y a su dueño que intenta hacerle callar. En la acera soleada, tres bellas adolescentes gritan y ríen a la vez, comparando sus ropas con sus novios, y contemplando sus rostros piripintados.
La mujer sin techo del barrio sale de su cajero habitual y se dirige a la fuente más cercana para despertarse de sus legañas y lavar su austero desayuno. Tres madres cuarentonas la observan desde la acera de enfrente y siguen comentando orgullosas la fiesta de graduación de sus hijos y la próxima boda de una de sus hijas.
La chica rumana que limpia las oficinas de mi empresa descansa su soledad removiendo sin parar su taza de té en el diván de su café preferido. Su cara se ilumina cuando se le acerca el chico rumano que limpia el portal de enfrente y se sienta a su lado. En otra mesa, un joven poeta escribe sus mejores versos. Entran cuatro jubilados y piden cuatro verdejos bien fríos. Discuten los partidos del domingo y las cosas de sus mujeres. Les ponen una tapa y hablan de las incapacidades de los jóvenes políticos de moda para arreglar España como es debido. Después pugnan por pagar hasta que deciden tomar otra ronda.
En el parque, un desconocido político local, con su traje de siempre, saluda sonriente a sus conocidos que asienten, agradecidos por su sonrisa. Cerca de allí, dos jóvenes imberbes hacen piruetas con sus bicis y molestan a su vecino sin trabajo que pasea sus preocupaciones. Murmura hacia adentro sus comentarios para no enfadarles porque conoce a sus padres. Ellos continúan con sus acrobacias sin enterarse de su presencia. A la entrada de su garaje, una madre-padre de familia numerosa revisa una larga cuenta y descarga del coche grandes bolsas azules. Después llama al portero automático y espera.
En la esquina de la plaza, un grupo de jóvenes uniformados con sus modernos chandals esperan impacientes al microbús que les llevará hasta un pueblo de León para disputar el último partido de fútbol de la temporada, el más decisivo para ellos. Su entrenador les indica que suban y les va animando uno a uno.
Una joven madre despide con un beso a su marido y a su hijo y se dispone a llevar a su anciana madre, en silla de ruedas, hasta el final del Paseo de la Isla. En mitad del paseo, se tomarán un helado italiano mirando los patos desde la orilla del río. Apoyada en el asiento de piedra que bordea la ribera, le comenta con preocupación la nota de selectividad del chico que no le va a dar para acceder a la carrera que él quiere. Su madre le escucha en silencio y sufre también por su nieto. Hubiera deseado poder ayudar en algo, pero siente ser una carga, sin poder moverse de aquella silla desde que su cadera se partió.
Un mocetón con abundante barba y gafas de sol observa disimuladamente el trasero de su bella acompañante que camina moviéndole con complacencia. En el paso de cebra un señor calvo, encogido por los años, duda y mira a los lados antes de atreverse a cruzar, mientras los coches pasan velozmente.
Un joven negro, que anda deprisa por la acera hablando por el móvil en su lengua ininteligible, adelanta a una familia de chinos que riñen constantemente a sus niños pequeños que siguen jugando entre ellos ajenos a sus padres. Dos mujeres árabes caminan detrás despacio hablando silenciosamente envueltas en sus velos y sus vestidos largos. Varios hombres rumanos, con sus cervezas en la mano, les observan a todos sentados en los bancos situados junto al bar.
La vida pasa velozmente y el domingo deja paso al lunes. El trabajo estresa a los que tienen trabajo y el paro estresa a los que están en el paro. Es la vida.

A vueltas con mi amiga

*Has sido sembrada….. o quizás ya morabas en las entrañas de la tierra. ¡Cómo explotas cuando sales de ella! Cómo te derramas en infinitos brillos, colores, olores, tactos, sonidos……
*Vuelas arrastrada por el aire….o quizás formas parte de él…. del éter…. del cielo…. de lo infinito ¿Hasta dónde? ¿Hacia dónde? Te expandes… y tu inmensidad nos va haciendo cada vez más pequeños….pero quedarás unida, asida, percibida…. mientras quede alguien con vida……
*Vas dejando tus flashes en todas las imágenes… realidad o imaginación, viene a ser lo mismo…. hasta en las más aterradoras dejas, sólo en algunas mentes, pequeños destellos de ti.
*Tan pronto te percibo en mi interior, en lo profundo, o en lo más interno, allí adentro, como, poco después, te veo en el exterior, sobre la superficie, en lo más externo, allí afuera….
*¿Cómo medirte? ¿Cómo valorarte? Sí, medir es comparar, pero no existe nada comparable contigo. No. Imposible. Nunca podré medirte. Únicamente podré jugar a medirte y lo voy a intentar: en primer lugar, habrá que elegir una regla, una unidad de medida, una unidad de apreciación. Pero, si toda tú eres subjetiva, eso quiere decir que cada uno debemos disponer de una regla diferente…. con lo que me temo que sólo podré inventarme la mía…. Seguimos: Si estás en todo, quiere decir que la unidad de medida deberá ser capaz de medir tanto lo diminuto como lo gigantesco, lo masculino como lo femenino, lo singular y lo múltiple, y desde lo más inocente, puro e infantil hasta lo más espeluznante de la mente de algún desvariado…. Por ejemplo, por comenzar, para medir tus unidades más infinitesimales utilizaré “quantos”. Así podré medirte en las guerras, en crímenes, en los sueños más horribles, en los desamores, en lo ordinario, en las miradas insidiosas, en tripas de sapos, o en las voces más desafinadas…
Ahora utilizaré “gigas” para medir lo mayor de ti, donde te encuentras casi inconmensurable…. en el arte, en la bondad, la gratitud, en los sueños hermosos, en el amor, en lo extraordinario, en las miradas cómplices, en los pequeños animales, en los niños, o en las voces más afinadas.. Y si sigues creciendo y creciendo, “inabarcable”, entonces, usaría al fin el calificativo de divina. Me he inventado una fórmula: 1 “giga” = 1 millón de millones de “quantos”.
*Claro está que todas estas unidades serán tridimensionales, o mejor dicho, tendrán una cuarta dimensión llamada “perceptibilidad”, totalmente subjetiva y cambiante según la mente de cada uno. Y aún una quinta llamada “emotividad”, como respuesta a lo percibido, que es la sensación, casi siempre placentera, producida por dicha percepción en el sujeto perceptor. E incluso una sexta que llamaré ”temporalidad”, o duración de la sensación recibida, midiendo el poder recurrente que dispone la mente de cada uno para recuperar las imágenes o sensaciones percibidas y la estabilidad necesaria para mantenerlas activas sin necesidad de percibir más muestras. Únicamente si la percepción se considera inabarcable o inasumible para alguien es cuando puede convertirse en algo que su mente no llegue a aprehender. Si esa inabarcabilidad fuera para todos, nadie podría dar constancia de su existencia….

*Volveré a nuestra realidad “quantificable”. Pienso en la belleza contenida en los sueños: Existe porque nuestra mente la crea y nos la muestra, a veces claramente, a veces difusamente pero ahí está. Durante el sueño, el subconsciente puede producir sensaciones efímeras, de duración quántica, a la par que su intensidad puede ser medible en “gigas”; estas son las que permanecerán en nuestra mente, ya en estado de vigilia, y que suelen ser recurrentes. Pero carezco de información suficiente para medir esa “temporalidad”, ya que desconozco el tiempo que mi mente permanece emitiendo imágenes ya que, habitualmente, sólo recuerdo una parte de lo soñado y, además, al despertar va disminuyendo el grado de perceptibilidad.
Curiosamente, cada sensación percibida puede tener características distintas y, por tanto, ser valorada con diferentes formas de medir. Así, como en los sueños, una misma sensación puede ser medible en quantos por su duración y en gigas por su intensidad; y otra, por el contrario, muy nítida, puede medirse en gigas de perceptibilidad y en quantos de emotividad, si la emoción producida por la misma es muy pequeña.
*A su vez, todas estas dimensiones se encuentran “interrelacionadas” en cuanto que una sensación suele ser proporcional a la respuesta producida y viceversa, mas no siempre. Además, esta interrelación de acción y respuesta puede ser hipertrófica, es decir, puede tender hacia el infinito en una de sus percepciones al tiempo que la otra permanece infinitesimal tendiendo a la nada. O viceversa.
*Al final, he llegado a la conclusión que más que la medición de sus cualidades, lo más importante son la cantidad de “unidades de percepción”, sean del tipo que sean, puesto que a mayor número de unidades se supone que su separación en el tiempo será menor, y está comprobado que la suma de pequeños “quantos” de belleza segrega un extraño producto que permanece en nuestra mente y que llamamos “felicidad”. Así que, una vez que he descubierto este aserto, procuraré recibir cuantas más “unidades de percepción” mejor, para así segregar más cantidad de ese extraño producto. Y bien que extraño puesto que cada individuo lo siente de distinta manera y por distinta causa, sin hablar de la “variabilidad” o fluctuación que existe al segregarse de unos individuos a otros, puesto que, mientras unos, con unas pocas “unidades de percepción” producen grandes cantidades del producto, otros, en cambio, sin motivo aparente o causa que lo justifique, aun disponiendo de múltiples “unidades de percepción” de belleza, parecen sumidos en un sempiterno estado de acritud, el cual segrega un antígeno que anula aquel extraño producto pero tan hermoso y necesario como es la felicidad.
*Me pregunto si una imagen de belleza aprehendida puede repetirse a voluntad. Pienso que la capacidad de repetición podría ser proporcional a la intensidad de la emoción recibida, aunque supongo que variará de unos individuos a otros. En cualquier caso, ese flash de belleza se irá diluyendo en el tiempo haciéndose cada vez más difuso. Es nuestra condición humana. Es la diferencia del “disco duro” humano con el de las máquinas que pueden reproducir la imagen las veces que se precise sin perder su intensidad.
¿Podríamos educar o entrenar la mente para aumentar o mejorar la capacidad de percepción de la belleza, o es ésta una simple cualidad heredada no susceptible de mejora? Y en caso de ser heredada y entrenada, ¿en qué porcentaje se desarrollaría cada una de ellas?
*Pienso que cualquiera puede quedar deslumbrado al observar el “phi” de las cosas bellas, encerradas en esa proporción áurea que van repitiendo infinitamente hasta que “el ojo de Dios” te devuelve tu mirada, como queriéndote agradecer el haber sido por ti aprehendidas. O el placer que pudiera sentir cuando, en un paseo por la naturaleza, descubra, en un pequeño ser, la eterna espiral de sus áureas proporciones comprimidas infinitamente hasta ese ojo céntrico, o la contemplación de esa misma espiral en una galaxia que se expande infinitamente en proporciones inimaginables. O, y esta vez sin proporción alguna, sentir la belleza al ver una mujer que ríe, o la belleza de una mujer que llora…. O la contenida dentro de un pentagrama….
*Lo que tengo claro es que cualquier sensación es percibida a través de los sentidos sólo cuando se da la condición de “consciencia”. Y también que la herencia recibida influye claramente en la calidad de los sentidos, vista, oído, olfato, gusto y tacto, y no tan claro en lo de “ser consciente” de las percepciones de belleza y quizás ahí sí pudiéramos educarnos o entrenarnos. Al mismo tiempo, pienso que cuando uno de los sentidos está dañado o disminuido el resto de ellos se acrecienta al utilizarlos. Eso dicen de los ciegos, mudos, etc. y en verdad así lo creo. Al igual que, con la edad, disminuye la cualidad de éstos, mas no así la “consciencia” que, bien al contrario, se acrecienta, mejorando el resultado final de percepción.
*También me gustaría saber si la belleza se esparce más por los grandes espacios o se encuentra a menudo dentro de las pequeñas cosas; y también por qué a veces se queda en la superficie y otras permanece escondida. Pienso que normalmente aparece cuando se juntan varios factores como la luz, formas, sonidos y el conjunto es percibido por alguien, pero desconozco si esta percepción permanece más o menos tiempo en función de la calidad de los sentidos o de la “memoria interna adquirida” como cualidad heredada y desarrollada en el tiempo en función de la educación y el esfuerzo. En este caso, ¿cómo podría coleccionarse en nuestro defectuoso disco duro? ¿En qué porcentaje? ¿Cómo podemos mejorar esa colección de imágenes, sensaciones, percepciones….. que aumentan el fin último que es la felicidad?
*Por último, me gustaría saber si la felicidad conseguida a partir de estas sensaciones es limitada, o bien su duración o su intensidad pueden ir en aumento de tal manera que te puedan llegar a dejar en estado de shock, o si la relación temporalidad/profundidad son contrapuestas. Ante la imposibilidad de saberlo, creo que deberé contentarme con los pequeños retazos de esta extraña y tan preciada sustancia que la vida proporciona y no pretender atiborrarme de la misma porque me puede sentar mal. Lo que sí percibo es que el extraño producto se segrega mientras escribo esto…., luego se para, cuando me levanto y dejo de escribir….. y continúa al seguir con otros escritos……. Sí, es extraño de verdad…

Una persona especial

1980.
Acababa de salir de mi última relación fallida y estaba deprimida. Con la primavera, volví a ser la misma de siempre. Cada año las mismas pautas: reflexión sobre la vida, conocer a alguien interesante, ilusión…. hasta que el enfriamiento y el enojo acaban provocando la ruptura. Inestabilidad. Es mi sino.
Aquel año, algo nuevo se coló en ese ciclo repetitivo. Una pequeña brizna de levadura se metió en mis meninges y, con el fósforo del cerebro, creció y creció consumiendo el espacio del resto de mis pensamientos, emitiendo una sola frase, una sola idea:: “¡Quiero ser madre! ¡Tener un hijo!” -Al acabar de gritarlo, comenzaban las preguntas, las dudas, el cómo, el cuándo, y como siempre, todo quedaba en nada. Hasta que oí hablar de la fecundación “in vitro” con óvulos seleccionados y la decisión fue firme. Sí. Era mejor así. Algo seguro. Pensaba si en España me admitirían como madre soltera o tendría que hacerlo en otro país. No me importaba. Aquella mañana me quedé embobada mirando jugar a los niños en el parque, riéndome de sus torpezas para subirse al columpio y de sus dudas hasta tirarse por el tobogán y acabar rodando por el suelo. Nada hay más hermoso que la risa contagiosa y desinhibida de un niño. Mientras les observaba saltando sobre los charcos, empujándose para ser los primeros en subirse al tren de madera, o recogiendo un pequeño ramo de flores que luego entregaban a su mamá o acababan deshojadas, mi corazón ensanchado repetía: “¡Quiero ser madre!” ¿Seré yo una buena madre? Al pensarlo, vinieron a mí los recuerdos de mi infancia en aquel pueblecito de la sierra. Qué tiempos tan diferentes, compartiendo la pobreza con el resto de los niños, pero felices. Aquellos pupitres dobles con la madera desgastada de tanto raspar con cristales las manchas de tinta, los cuadernos de caligrafía, la enciclopedia, el mapa de España, el globo terrestre y la maestra refunfuñona cuyo nombre he olvidado. Han quedado como huellas imborrables en mi pensamiento del agradecimiento por la lucha de mis padres y mis abuelos.

1.969.
En el patio del convento, junto a su maletón, una bella joven de larga melena semirubia que vestía un elegante vestido y zapatos de tacón alto, conversaba animadamente con la Directora. Algunas de las postulantes la miramos con curiosidad, preguntándonos con lógica extrañeza el motivo de su presencia allí. Unas ligeras campanadas anunciaron el final del asueto que disponíamos tras las clases. En silencio, nos dirigimos a la pequeña capilla colocándonos en los primeros bancos. Poco después, la Directora ocupó su lugar a la derecha del altar acompañada de la bella joven del patio que, sorprendentemente, iba ya vestida con nuestro uniforme azul y su melena recogida bajo el velo blanco. Tras unos momentos de reflexión, la Directora nos habló: -Hoy contamos con la alegría de una nueva vocación. Una joven como vosotras ha decidido dejar el mundo y buscar a Dios mediante la oración y el trabajo. Ha venido para quedarse con nosotras. Ayudémosle a encontrarle. Sé bienvenida Celeste –dijo dirigiéndose a la joven quien, sonriente, nos miró a todas, una por una. Instintivamente, sin saber por qué, me fijé en sus ojos negros y profundos. -Bienvenida –repetimos en voz baja algunas de nosotras.
Al salir de la capilla, mis amigas y yo nos acercamos a la nueva compañera deseosas de entablar conversación: -Me llamo Julia –le dije- y éstas son Estela y Marina, mis dos mejores amigas. Después le preguntamos por su extraño pero bello nombre, por su edad, de dónde procedía, queriendo saber sobre su vida anterior, su familia y sus razones para ingresar “tan mayor” en nuestro centro religioso, mientras pugnábamos por enseñarle la ordenada biblioteca y la amplia sala de estudio y meditación. No quiso entrar en detalles pero, dada nuestra insistencia y más que nada para complacernos, sin perder la sonrisa, con su cara aniñada y sus modos refinados, nos comentó: -Me pusieron Celeste por mi abuela, y pronto cumpliré 17 años. Soy vasca. Estoy aquí porque Dios me ha llamado a la vida religiosa y no puedo negarme. Sentada frente a ella en aquella larga tabla del amplio refectorio, pude observar su compostura en el uso de los cubiertos que delataba una selecta educación. Celeste estaba complacida oyendo la obligada lectura religiosa que, cada día, una de nosotras demostrábamos tener. Yo la miraba intentando leer en su rostro y en sus gestos las emociones de este día importante para ella en el que había decidido dar un giro a su vida, tan diferentes de las sentidas por nosotras siendo tan niñas. Desde el primer momento, la joven recién llegada me pareció una persona muy especial. Al ver su sonrisa, un inusual sentimiento de felicidad me invadió. -Sois muy buenas lectoras. En algún momento me olvidé de la comida al escucharos –comentó. -Gracias. Seguro que tú también lo haces muy bien –contesté mientras pensaba sobre la verdad de su llamada a la vocación. (¿Realmente Dios la había elegido?¿También fuimos elegidas nosotras, de niñas, o realmente vinimos al convento eligiendo nosotras?)
Celeste quedó encuadrada en nuestro grupo de estudio y trabajo. Dado su carácter afable y su rostro siempre sonriente, todas disfrutamos con su compañía. Nos sorprendió con sus amplios conocimientos de francés. -¿Es que tu padre es francés? ¿Vive allí? –le pregunté ansiosa por conocer algo más de su vida. -No, no, es vasco….., Bueno, trabaja allí desde que mamá….. -¡Estamos aquí para trabajar! ¿no? Pues basta de charlas –cortó secamente la Directora, que escuchaba disimuladamente nuestra conversación. -Sí, claro- contestó Celeste sorprendida por el fuerte autoritarismo que destilaba el tono de aquella frase. ¡Qué contraste con la ternura del gesto de mi nueva amiga! Aquella noche tuve una extraña pesadilla: Celeste era una especie de ángel y, poco a poco, se transformaba en una horrible arpía, que insistía en contarme su turbio pasado…. Me desperté sobresaltada y la busqué con la mirada. Vi que dormía plácidamente y me tranquilicé. Me sentí feliz como hacía mucho tiempo no me había sentido. Celeste era una persona tan especial que provocaba que salieran a la luz los mejores sentimientos, mi vocación religiosa. A media mañana, sin saber cómo, en un instante, toda esa alegría se fue al traste. Mientras las cuatro amigas bajábamos veloces las escaleras de madera de las aulas, Celeste resbaló y cayó rodando quedando tumbada sin conocimiento en el amplio rellano, frente a aquel cuadro. -¡Vamos! ¡Despierta! ¡No puede ser! -gritábamos todas intentando reanimarla. Bajo aquella Madonna que parecía mirarla, recé con todas mis fuerzas, como si de mí dependiera su vida, recé suplicando, exigiendo. Tras unos minutos de gran angustia, abrió los ojos y repitió algo, casi inaudible: “Yo no fui. Yo no fui” Poco a poco se levantó diciendo: ¡Estoy bien! Miré agradecida a la Madonna del cuadro y entonces me di cuenta del gran parecido que Ella tenía con Celeste. Su cara redondeada, esa tierna mirada, el pelo rubio, una joven como nosotras…. ya madre.

2004.
Hoy, como cada mañana, al ver la Madonna que preside mi dormitorio, me he decidido a contar cómo cambió mi vida con su llegada a aquel convento. Celeste, al acabar el curso, partió de misionera hacia Brasil acusada sin razón de matar a su madre accidentalmente con la pistola de su padre, un general franquista. Ella vio el crimen. Yo también me fui al acabar aquel curso. Ahora soy madre y soy feliz.

Sin palabras

Diario 15-09-1970:
Yo soy realista con mis sentimientos. No me gusta fantasear. En dos meses cumpliré los dieciocho e iniciaré mis estudios universitarios. Soy un joven librepensador, con ideas, trabajador, sociable, divertido a veces, sensible con las artes, en fin, todo un hombre. Solo hay un campo en el que, sin duda por falta de experiencia, me siento un poco perdido: en el sexo. Y es que no sé qué me pasa, cada vez que veo una chica que me gusta por la calle, voy tras ella sin pensar, olvidándome de dónde voy y acabo andando el doble.

Diario 20-04-1971:
Once de la noche. De vuelta a la Universidad, con nueve horas de viaje por delante, estoy acurrucado en una esquina del vagón del tren expreso Madrid-Sevilla, con dos parejas de señores mayores conversando sentados a ambos lados de la puerta. Frente a mí, dos asientos vacíos que van a ocupar dos negros altos y fuertes que entran hablando francés. Al menos, a mi lado queda un pequeño hueco que aprovecharé para lograr una postura algo más cómoda para dormir. Luces apagadas en el vagón, luces tenues en el pasillo, el tren arranca. Tras la primera parada, la silueta de una joven aparece en la puerta abierta del departamento; coloca con dificultad su maleta en el estante, respira profundamente y se sienta apretujada junto a mí. Un ceñido pantalón y una camiseta igualmente ajustada pugnan por unirse o separarse en cada movimiento dejando entrever su figura en la semioscuridad. Brazo con brazo, el suyo de una suavidad extrema, el mío con carne de gallina y el vello erizado. Al fin se duerme el señor de gafitas tan hablador. El silencio es casi absoluto, solo se percibe el trac-trac monótono de las vías al ser pisadas por el tren. Ella y yo, despiertos, adosados, pierna con pierna, mano con mano. Reina la oscuridad; sólo el reflejo de las luces de los apeaderos se cuela momentáneamente entre las cortinillas del vagón. Recoge su pelo. Quiere dormir y su cabeza descansa sobre mi hombro. Al girarse, deja al aire su torso. Sin pretenderlo, mis dedos se enlazan con los suyos y juegan a ser esquivos, quedando unidos finalmente. Con mi mano derecha intento bajar su camiseta para tapar su costado, sin conseguirlo, y la dichosa mano, por un extraño impulso, sube por su espalda buscando un sujetador que no existe. Siento el calor de su cuerpo trasladarse al mío y mi mano izquierda atenaza la suya con más fuerza. Ni se inmuta.
Sin obedecerme, por su cuenta, mi mano derecha se desliza bajo su camiseta, sin programación alguna, recorriendo su torso hasta llegar a la oquedad de su ombligo. Al sentirse acariciada, se incorpora. Beso su cuello. Siento que su respiración mueve sus pechos acompasadamente. Ocultos bajo su camiseta, mis dedos avanzan hacia ellos seguidos por mi mano y mi brazo. Al alcanzar su objetivo, recorren aquellos montes sin saber cómo, sin presionar, apenas un ligero roce dibuja su contorno; mi mano les rodea queriendo aprehenderse de sus formas sinusoides, de su volumen, percibir su infinita suavidad. De pronto, sucede algo extraordinario: los pequeños montículos de aquellas cúspides crecen al sentir el tacto de mis dedos, uno y otro, otro y uno, simultáneamente; de forma refleja e instantánea, mi mástil enhiesto aumenta escandalosamente obligándome a cambiar de postura. Ahora mi mano izquierda permanece atenazada por la suya, presa, sin poder escaparse, mientras mi mano derecha, escondida bajo su franela, siente la suavidad y el calor de su piel, y sigue disfrutando de la música de aquel Stradivarius. Toma el sentido descendente. Un botón salta y libera las apreturas de su pantalón. Percibo la suavidad de su prenda más íntima. Mi dedo medio comanda la nueva expedición, seguido del resto y mi mano, ya en caída libre, se topa con un bosquecillo ensortijado. Llega un momento de duda sobre avanzar o no en mayores exploraciones y mis apéndices aventureros se pierden jugando con la vegetación del pequeño bosque, hasta que su capitán, firme y valiente, decide deslizarse hacia su intimidad seguido a duras penas por el resto. Han encontrado un pequeño canal y deben explorarlo. Casi al comienzo del mismo, el mayor se topa con un pequeño montículo. Pide ayuda a su compañero el dedo índice y, uno a cada lado, le rodean expectantes. Suavemente, acarician ambos aquel “petit bouton du plaisir” que parece crecer. Instantáneamente, como un reflejo, su cuerpo se estremece y emite un suspiro. Mis dos valientes, por el contrario, no se amilanan y continúan su trabajo caminando hacia zonas más profundas.
El pequeño canal que recorren se abre en un mar de lava ardiente en el que navegan felices mis dos protagonistas, palpando expectantes aquellas nuevas costas. Con sorpresa, perciben algo extraño: las paredes de la misteriosa cueva encantada se contraen presionando a mis soldados y emitiendo unos rápidos latidos a los que luego suceden otras sacudidas más espaciadas.
Con fuerza, la joven aparta mi mano de su cuerpo y aprieta las suyas entre sus piernas, quedándose petrificada. Aprovecho para besar su cara y sus labios. Siento sus ojos cerrados y su lengua juguetona dominando sobre los torpes movimientos de la mía. Frente a nosotros, relucientes, los blancos ojos muy abiertos del negro más larguilucho nos contemplan sorprendidos, sin ver nada.
Al percibir su respiración pausada y profunda siento la necesidad urgente de salir de allí. Abro la puerta, sin tocar al señor de gafitas que sigue sin dar señales de vida, me dirijo al pasillo y abro la ventana; el viento de la noche refresca mi cara y mi corazón se va acompasando lentamente. Unas manos me rodean desde atrás abrazándome y presionándome hasta llegar a mi centro de gravedad. Desde el pasillo diviso el aseo y me dirijo hacia allí de la mano de la chica. Apenas cabemos dentro abrazados. Ella decide accionar el mecanismo de descarga; después abre la puerta y se va. Permanezco apoyado sobre la pared, miro al espejo y sonrío aliviado. El tren se para. Unas luces iluminan el cartel de la estación de Córdoba. Regreso al vagón y observo que la joven y su maleta han desaparecido. Desde la ventana veo como se aleja su larga melena negra ondeado al viento. El pitido del tren anuncia su marcha. Ya en mi rincón, veo los ojos blancos que siguen observándome; intento dormir sin conseguirlo.

Diario 28-08-1987:
Espero que dure mi trabajo en esta gran ciudad. Realmente Paris “c´est la ville de l´amour”. Aquí puedo abrirme a nuevas experiencias. En la vida hay que arriesgarse. Esta noche he propuesto a “ma petite amie” visitar un club privado de intercambio de parejas y ha aceptado. Iré preparado con los artilugios mágicos necesarios, sobre todo con mi fantástico miniestimulador vibrante, que es infalible. Confío en la suerte de contar con una buena amante y pasarlo bien. El que seguro que va a disfrutar de lo lindo va a ser el hombre que se empareje con mi chica. Ni se imagina cómo es: más constante e incansable que una máquina. El sábado pasado la noche entera se nos quedó corta. Cinco veces hizo saltar mi climax de una manera o de otra, usando de sus técnicas más sofisticadas: primero con unos preparativos muy sensuales, música relajante y aceites cálidos; después unos masajes eróticos con todo su cuerpo actuando sobre el mío, que te llevan a cópulas tántricas irresistibles; así que llevo toda esta semana intentando recuperándome a base de nueces, ginseng y plátanos. Que se prepare su contrincante porque va a quedar k.o.

Intro-versiones

Introversiones

Sé que fuera son felices. Veo sus caras sonrientes hablando de asuntos sin interés.
Los veo a través de mi muro transparente que me impide cualquier contacto con ellos.
Les oigo y me oigo pero todas las conversaciones, incluso lo que yo hablo, me son ajenas.
¿Cómo abriré un hueco en este frío muro sin que el vidrio se rompa en mil pedazos?
Necesito salir de esta caja de cristal. Salir, simplemente, para ser uno más de su mundo.
Podré acariciar el cielo, aspirar mis sonidos, sentir mis silencios, saborear mis sudores.
Estando fuera, todo será diferente. Gozaré del frío en el rostro, tocaré mi piel de gallina.
Seré tan feliz que se me erizará el vello de mis brazos. Mi corazón latirá fuera del cuerpo.
¿Cómo? ¿Cómo podré hacerlo? ¿Cómo romperé este vidrio templado siendo tan débil?
Esta caja no es mía. Alguien debe ayudarme a salir. No importa quién me metió en ella.
Aquí dentro, cada día queda menos oxígeno. Cada día soy más pequeño, más indefenso.
En este frío claustro, el tiempo se hace más largo a la vez que disminuye el que me queda.

Desentrañas

He oído algo. Un pequeño ruido. ¡Alguien está intentando agujerear mi muro de duro cristal!
Él no sabe que yo estoy aquí. Difusamente, le veo trabajar. Puede que sea ella, una mujer.
Grito mas no me escucha. Pero sí, por fin está consiguiendo hacer un pequeño agujero.
Entra un poco de aire que aspiro profundamente. Les veo. Son varios que se van turnando.
Cada día, el agujero es un poco más grande. Yo les animo desde dentro con mi escasa voz.
¡Se han ido! Pero lo importante es que el cristal está rajado y hay un hueco por donde respirar.
Con todas mis fuerzas hurgaré en el hueco y empujaré sobre la pared rajada hasta romperla.
Hoy he sacado el brazo por el hueco. He abierto mi mano y alguien me la ha estrechado.
Mi piel sangra. Mis dedos han apretado fuertemente esa mano. Son varios y tiran de mí.
¡Por fin he salido! He abandonado mi cárcel de cristal. ¡Es un imán que intenta atraparme!
Mis zapatos se quedan pegados al suelo. Me descalzo y camino, dejándola lejos, al fin.
Era verdad. Aquí afuera, siento que el aire entra y sale desde lo más profundo de mis pulmones.
Entiendo las conversaciones. Grito y me oigo. Y me oyen. Río y alguien sonríe. Lloro y alguien se entristece. Soy uno de ellos y, por fin, a veces, soy feliz.

Mataduras

Si tuviera mucho tiempo
y no me tratarais mal,
os contaría mi historia
de cuando fui al hospital.
Sólo estuve cuatro días
ingresado. ¡pa qué más!

Comienzan a prepararte
con pastillas…¡y a pinchar!
Te dejan el culo al aire…..
Y ¡ala, …vamos a operar!
¡Ay Dios mío! ¡Virgen mía!
¡Que yo no quiero palmar!

-Ya viene el de la anestesia…
dije, con voz espectral.
Todo lo veía blanco…..
no podía ni pensar.
-¡He muerto! ¡Estoy en el cielo!
¡Ya no vuelvo a trabajar!

¡Despierta –dijo- despierta!
-una voz angelical.
Al ver aquel bello rostro
no me quise despertar.
Llega el postoperatorio…
¡Qué dolor! ¡Qué malestar!

Y comienzan las visitas……
la familia y uno más.
Después vienen los amigos:
-¡Qué cara! ¡Qué malo estás!
Y, al rato, se marchan todos…
¡Por fin podré descansar!

Entonces…, llega mi tía,
la que no para de hablar:
-¿Qué te han quitado dos hernias?-
me dice, a todo gritar.
Y yo, haciéndome el dormido;
me entran ganas de orinar…;
¡estoy que ya no me aguanto!
¡me tengo que levantar!

Cuando aparece Julita…
¡qué culo…., qué buena está!)
que me ha traído un osito…..
que no sirve para ná.
De pronto, me veo el pito…
y es que flipo, al observar
que me han calao una goma
que dicen que es “pa mear”.

-¡Ay Dios!-digo horrorizado-
¡yo me quiero suicidar!
¡que me han gastao una broma…
que no se puede aguantar!
-¡Vamos, hombre… no es pa tanto!
me comenta una auxiliar.

-¡Que me quiten esta goma!
¿lo tengo que suplicar?
Y entonces llega esa chica,
la del rostro angelical,
me agarra el miembro, lo dobla
y ¡zás! –dice que ya está-

Sentí un dolor tan intenso…
un tembleque, un sinestar….
¡Ay, la madre que la trajo!
¡Me lo ha debido tronzar!
-Yo mañana pido el alta-
le dije sin respirar.

En cuanto llegué a mi casa,
¡qué paz! ¡qué felicidad!,
le di un beso a la parienta
y me senté en el sofá…
con una birra en la mano…..
y la otra…. en otro lugar.

Espero que ya, en mi vida,
no volveré nunca más
a operarme de estas cosas…
ni a pisar un Hospital.

FIN

Tic, tac…

Detente reloj! ¡Para! ¡Para, por favor!
¿Por qué eres tan cruel conmigo?
No malgastes mi tiempo en estas horas bajas.
Guárdamelo muy bien para cuando esté dormido.
Entonces podré cumplir todos mis sueños imposibles.
¿Por qué sigues avanzando? ¡No sigas, te digo!
Al menos, ralentiza un poco mis minutos.
No quemes mi escaso tiempo sin motivo.

Obsesión

Exhausto, terminé apoyado en la basamenta de la estatua de Álvar Fáñez, sobrino del Cid. Inquieto por la larga espera, por fin escuché, aliviado, las seis campanadas del reloj del edificio de Correos. Era la hora. Regresé al hotel Silken. Crucé el lobby sin contestar al saludo de la recepcionista y accioné el pulsador del moderno ascensor. Al cerrarse su puerta automática pensé que no volvería a abrirse. Llevado por un instinto, sin apoyarme en sus paredes por temor a un desprendimiento, pulsé el botón de la planta-6. Mientras ascendía, mi mente, veloz, calculaba: 2 m3 de aire en cabina, a 5 litros de aire por minuto que iba a consumir, sumaban 400 minutos, es decir, 6,666666666 horas de vida. ¡Otra vez el 6, el número maldito!
Sorpresivamente, se abrió la puerta automática. Salí y me dirigí a la terraza que circunda la cubierta plana del hotel. Apoyado en el peto, contemplé la hermosa vista del río Arlanzón y los chapiteles de la famosa Catedral burgalesa. Miré hacia el suelo y, de nuevo apoyándome en las fórmulas de la física, calculé el tiempo que tardaría en caer: 1,666666 sg. ¡En menos de 2 sg. estaría muerto!
Sentí que un blanco mareo iba obnubilando mi mente; volví a mirar hacia abajo y, entonces, mi cerebro, inexplicablemente, me transportó a lo alto del Hotel Dreams de Punta Cana y comenzó a elucubrar frases que luego almacenaba:
“Cuando el mar y el cielo se unan en una lejana e imprecisa línea, sentiré el dolor.
Me arderá el corazón, mis dedos se abrirán, mis piernas cederán y mi cuerpo levitará.
Entonces, cerraré los ojos y veré el cielo caer y fundirse con el mar.
Mi alma perderá su fuerza, desgarrada en mil surcos, mil ríos, que se diluirán en su vientre materno, como el agua dulce flota desparramada sobre la superficie del mar.
Bajaré hasta el abismo y la oscuridad me invadirá. Querré abrir los ojos y no podré.
Querré llorar y mis lágrimas no brotarán. Y llegará el silencio. Nadie me hablará.
Mi casa permanecerá vacía. Mis flores se marchitarán. Mis cuadros se taparán.
Mi cama estará fría. Nadie llorará. Nadie reirá. Yo no seré y nadie será para mí.”

Noté que un fuerte brazo me agarraba por la axila y me desplazaba de un empujón hacia el interior mientras oía gritar: -¿Está usted loco? Un segundo más y se hubiera aplastado la cabeza allí abajo sobre la acera.
Supongo que me desvanecí puesto que aparecí en una cama del Hospital Universitario de Burgos, habitación 426. De nuevo, el 66, otro número maldito.
Allí no podía seguir. Intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondían y otra vez me desmayé. Sentí que estaba muriendo puesto que veía cómo me adentraba en un túnel oscuro, cada vez más y más oscuro, interminable, que me iba absorbiendo la vida. Cuando ya me daba por muerto, vi una pequeña luz, al final del túnel, y mi cerebro, nuevamente, me transportó al Hotel Dreams de Punta Cana y comenzó a repetirme unas frases que luego almacenaba:
“De pronto, vendrá una luz, me reclamará y volveré a ver, pero las imágenes se negarán a ser miradas.
Un ascensor panorámico me mostrará sus dominios y nada percibiré.
Querré amar, pero no habrá nada ni nadie a quien hacerlo. Mis flores no tendrán color.
Buscaré mis escritos y sólo encontraré hojas en blanco. En el espejo no me reflejaré.
Abriré mis brazos, pero nada ni nadie habrá a quien estrechar en ellos.
Gritaré fuerte y nadie me oirá. Reiré y nadie se alegrará. Seré en mi nueva vida pero nadie será conmigo. Entonces, viviendo, moriré”.

Sin poder moverme, paralizado, noté cómo me desvestían y me vestían. Luego me limpiaban y me afeitaban, desinfectaban y maquillaban. -¡Listo!- oí, y a continuación, sentí el olor del pino invadir mi entorno. Poco después el murmullo de la gente se hacía cada vez más patente y molesto. Oí llantos y comentarios que no entendía. Hasta hubo alguien que me fotografió con flash.
Morí y resucité al mismo tiempo.
(Afortunadamente todo fue un sueño)

Amanecer

Conforme iban alejándose aquellos horribles estruendos pude comprobar sus mortíferos efectos. Esta vez, la muerte había pasado bien a ras de suelo su guadaña. El silencio de la noche era constantemente interrumpido por llantos y gritos desgarradores. Sobreviví. Intentaba dormir, acurrucado en mi trinchera junto al cuerpo de un soldado muerto, cuando un nuevo y trágico amanecer me despertó.

El aprisco

El calor húmedo de la caldera se me hacía insufrible. Abrí la puerta, aspiré una profunda bocanada de aire y me senté dejándome el sudor sobre un pañuelo empapado. ¡Cuán diferente sentía aquel bochorno al de la canícula veraniega de las montañas leonesas! Instintivamente, me vino a la memoria la imagen de mi padre, al cuidado del rebaño de Don Alfonso, gritándome: -¡Vamos chico, bájate por agua al arroyo y subes esta garrafa!
Luego, sentados juntos a la sombra de una encina, charlábamos sobre las cosas del pueblo, las importantes, y el calor se hacía más llevadero. ¡Cuántas veces he echado de menos, encerrado en la fábrica, el agua fresca del botijo, o el sabor del queso bien curado, o aquel primer trago de vino que me ofreció mi padre al cumplir los trece años. Una tristeza profunda se instaló en mi pecho al recordar aquellas largas horas esperando en el andén al tren que me llevó a abandonar mi casa familiar para incorporarme a los Altos Hornos de Vizcaya.
-¡Despierta!- escuché, al tiempo que noté una mano empujándome el hombro- ¡Que las calderas requieren vigilancia continua!
¡Cómo odiaba a aquel capataz! Me levanté bruscamente y regresé al insufrible cuarto de calderas. Al acabar la jornada, me tumbé exhausto sobre el colchón descubierto, con los brazos extendidos y la mirada fija en el techo, diciéndome: -¡Otro día más! Han pasado quince años y siempre acabo con la misma sensación de derrota y soledad.
Por las mañanas no era muy distinto.-¡Mírate al espejo! –me decía- Has cumplido cuarenta años y aquí estás, enclaustrado en un pequeño piso de alquiler, pobre, solo, frustrado, dependiente de un trabajo que no te gusta, hablando a las calderas, aguantando y maldiciendo al capataz, sin vida…. Y todo eso ¿para qué? ¿para sobrevivir?…. ¿para sobremorir?
La noche siguiente mi imaginación voló a los prados de la montaña de León, recorrió los campos de cereal y de alfalfa, bajó a los rastrojos; y me vi caminando feliz por las veredas, saltando el arroyo, respirando el aire fresco…
Soñaba cada noche que, al atardecer, el sol vigilaba nuestro regreso al aprisco y mi padre y yo contábamos una a una nuestras ovejas churras llamándolas por su nombre y llevando en brazos a los corderitos recién nacidos. Y que, al llegar a la plaza del pueblo me encontraba con aquella muchacha que me sonreía, con la que intenté mis primeros bailes en la romería y de la que me enamoré….aunque ella no me hiciera ningún caso. Y dormía profundamente.
Una semana antes de Navidad, recibí una carta inesperada que me cambió la vida por completo. Acababa de morir mi padre y mi madre me reclamaba. Ya no cabían más excusas. Tenía que regresar a mis orígenes de León. Sabía que sus montañas, sus campos, sus ríos, habían estado esperándome inmutables y no podía, no debía defraudarles. La decisión estaba tomada.
Y aquí estoy, en mi nueva vida, en mi vieja vida, la de siempre. Cada mañana, al amanecer, abro el aprisco y sé que mis amigos inseparables, los montes, ya me están esperando impacientes. Tengo tres perros, dos gatos y una burrita, y soy feliz.