Tina, la mosca saltarina

Cerré la puerta y la vi. Estaba allí, tan pancha, recorriendo en cortos y veloces tramos el perímetro circular de la mesita de entrada.

-¡Vaya! Acabas de entrar y ya me estás recordando que debo guardar las llaves en su cajón para que no pierda el tiempo buscándolas como me ocurre tan a menudo. Gracias guapa.

La mosquita levantó el vuelo y se posó en mi mano.

Te llamaré Tina, la mosca saltarina ¿Te parece bien?

Me miró y voló alrededor de mi cabeza.

¡Ah!, ¿es que quieres saludarme? Bueno, pues encantada.

De pronto, Tina se posó en el espejo del recibidor, viéndose duplicada, y se dispuso a acicalarse con sus patitas.

¡Mira que eres presumida! Nunca hubiera imaginado que una cosa tan diminuta como tú quisiera ponerse guapa. Claro, con esos ojazos y esa cinturita…así cualquiera.

Cogí una lupa y la observé detenidamente. Realmente era bella. Sus dos alitas, que se movían en perfecta simetría y que apenas tapaban su escueto cuerpecito, me recordaban a las aladas top models de las pasarelas. La dejé repasando una y otra vez su cabeza y su cuello con sus patas más delanteras y me dirigí por el pasillo hacia la cocina. Nada más entrar, cuál fue mi sorpresa, me encontré a Tina esperándome posada tranquilamente sobre el tirador del frigorífico.

Sí, ya sé que tengo que preparar la comida, pero déjame, al menos, que escuche las noticias de la una.

Elegí mi emisora favorita: Una veintena de muertos y más de cien heridos en un nuevo atentado… Apagué la radio.

Tenías razón. Ya no existen noticias buenas. Te pondré música. ¿Te gusta la música clásica?

Le vi acercarse a mis antiguos long-play y se posó sobre un clásico de Vivaldi.

Allegro y vivace, como tú, jovencita.

Noté un cosquilleo en mi brazo, como una suave caricia.

-¿Sabes Tina? A veces me gustaría ser una mosquita como tú, disfrutando cada momento de las pequeñas cosas, y sin darle tantas vueltas a la cabeza como hacemos los humanos.

Le vi posarse sobre la tapa de una cacerola.

Como veo que tienes hambre y sé que las moscas sois muy golosas, te dejaré un poquito de azúcar en un platito para que me dejes preparar la comida tranquila ¿Te parece?

Estuvo un buen rato de su plato a la mesa y de la mesa a su plato.

-¿Es que quieres ayudarme a preparar la mesa? No sé qué poner. Ayer le invité a Toño a comer y se disculpó torpemente. No tengo apenas hambre y para mí con estas alcachofas y jamón me vale.

Mientras comía se quedó quietecita sobre el armario. Preparé el café y se puso contenta revoloteando de nuevo alrededor del azúcar.

-Te agradezco tu compañía Tina. No sabes lo triste que es tomar café en soledad. En estos días de fiesta, todos se van. Yo no tengo donde ir. Nadie me espera en ningún sitio y viajar sola entre tanta gente…

Se posó en el cristal de la ventana de la cocina en el que el sol de tarde había comenzado a trazar su recorrido, barriéndole con su luz cálida.

-Sí, ya sé que hace bueno y que debiera dar un paseo. Quizás lo haga. Cuatro días. Qué largo se hace este puente. Cuatro días sin ver a mis amigas, sin cotillear, sin agobiarme en el trabajo….¿Tú tienes amigas?

Tina se dirigió a la estantería del salón recorriendo una a una sus baldas.

-Leer; claro; eso es; tienes razón. Por fin podré acabar esos tres libros empezados con los que tanto disfruto. Vamos, ven a la galería de atrás.

  No tardó en acercarse. Uno a uno, recorrió los innumerables cristales de la ajada galería de madera mientras las páginas de mi libro favorito pasaban veloces entre mis dedos, ávidos de destripar su contenido. El sol rasante daba de plano en mi cara y me hacía dificultosa la lectura.

-¿Qué prefieres, que volvamos a la cocina o quedarte aquí al calorcito? Veo que prefieres quedarte. En ese caso, voy a abrir un poco una de las ventanas, que hace demasiado calor.

Se subió a mi cabeza; una y otra vez, haciendo burla de mi mano, intentó jugar conmigo posándose donde no me esperaba. Realmente, era una buena amiga. Se dirigió hacia la ventana abierta recorriendo su borde. Dio el último vuelo sobre mi cabeza y, sin más despedida, emprendió su vuelo hacia el exterior, hacia el cielo infinito.

-¿Quieres salir, eh? Siento mucho no poder acompañarte, no se volar. Adiós, Tina, ha sido un placer.

 

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Al salir del ascensor

 

Al salir del ascensor, giré hacia atrás la cabeza y, de pronto, me invadió una profunda tristeza. En un momento, pasaron por mi mente mil recuerdos, imágenes de tantos años compartidos, sin quererlo.

En esa casa estuvieron buenos amigos y amigas y, más tarde, esos amores por los que damos la vida. Después llegó la pasión, la ilusión del primer hijo, junto con la convivencia, sin tener nada aprendido.

Pronto nos cambió la vida, el trabajo, los problemas…y comenzaron las riñas y el silencio tras las cenas. Intentamos arreglarlo, hasta nos dimos un tiempo. Lo mejor era dejarlo, nos dijeron “los expertos”.

Tembló mi mano, dudando si darle a la botonera y subir ese ascensor e intentar, a mi manera, pedir perdón, compungido, sintiendo arrepentimiento y repitiendo mil veces el consabido “lo siento”.

El orgullo me obligó a reaccionar y mis piernas dejaron el edificio que fue mi casa hogareña. Ya nunca más volví a verlo; lo borré de mi memoria. Lo que hiciera con mi vida, eso ya… es otra historia.

al salir del ascensor

Cuando salí del ascensor

       

 -¡Javier!

-¡Al fin soy yo! De verdad, sin falsas creencias.

-¿Qué te ocurre? Te veo muy extraño. ¿Te ha sucedido algo? Cuéntame.

-Amigo Luis…., he conocido el origen de mi espiral profunda, la causa de mis desvelos. He visto el rayo de luna sobre el río. He puesto sobre mi lienzo la última pincelada que ha completado la obra. Ahora lo comprendo todo. Todo.

-No entiendo nada. ¿Qué es lo que has comprendido?

-Sé de qué están hechas todas mis células, mi materia, mi alma. Sé lo que se oculta tras ese sol rojo, el misterio del número de Dios, de dónde provienen las lágrimas y los suspiros. He bajado hasta el profundo pozo donde se albergan los sentimientos, donde reposan las armoniosas melodías escuchadas, los bellos textos leídos, la hermosura de los paisajes contemplados, la belleza. Ahora que conozco el origen de la vida, del amor, al fin, viviré.

¡Todo estaba en el ultramar de sus ojos!

-¿Y cuándo te has dado cuenta de todo eso?

-Cuando salí del ascensor.

 

ojos

El futuro que no seremos

El futuro que no seremos.

Mr. Effort apagó su dispositivo de realidad virtual, cansado de desarrollar su programa de generación de avatares para su microempresa “Underground sky” dedicada a la exportación de nuevas sensaciones. Observó durante unos momentos el tráfico espacial a través del vidrio curvo de su penthouse, hizo un gesto de disgusto pensando en la vuelta a casa y, como cada día, se dispuso a desnudarse para introducirse inmediatamente en su cámara ultrasensorial que lo dejaría completamente descansado, relajado y en perfecto estado de salud.

En ese momento, una imagen espacial le saludó desde el centro del despacho. Era Lady Intelligence que le sugería una cena romántica en la zona de restaurantes de moda, dentro de la burbuja-7 situada bajo las nubes rojas de la puesta de sol que ese día ofrecían una tonalidad especialmente anaranjada.

-No puedo negarme a tan gentil invitación, pero me temo que la visión de la puesta de sol se retrasará un poquito. Necesito media hora en la cámara.

-No tienes que disculparte. Sé que eres un adicto al trabajo. Así disfrutaremos un rato más viendo las estrellas y charlaremos más animadamente. ¿A las 9?

-De acuerdo. Tengo muchas cosas que contarte desde nuestra última visión.

La imagen desapareció y Mr. Effort pudo disfrutar al fin, durante veinte minutos, de la ansiada ingravidez de su cámara “U.S.” último modelo y resetear su mente de cualquier idea o pensamiento que no fuera banal o gratificante.

El transporte público espacial lo dejó en la entrada del moderno restaurante esférico “Vegan love” donde, a los dos segundos, apareció Lady Intelligence con una sonrisa radiante, trasluciendo todo su contorno superior bajo las transparencias selectivas de su vestido que únicamente verían quienes ella deseara, pues así lo había diseñado ella misma en su pequeño “Apple 2050”.

-Espectacular- admitió Mr. Effort, viéndose sorprendido una vez más por la joven que, sabiéndose triunfadora, exageraba el movimiento de sus caderas.

Una robot sonriente de ojos azules les explicó la oferta gastronómica del día y la cata de sus mejores vinos en su pantalla corporal y tomó nota de sus preferencias. En pocos minutos, una bandeja humeante partió desde una abertura en la cocina, se desplazó por el techo y descendió suavemente sobre la mesa, invadiendo con su aroma a los comensales y aumentando su grelina.

Pero la casualidad hizo que, en otra mesa no lejos de la pareja, se sentara Lady Beauty, un antiguo amor del joven Mr. Effort, acompañada por un chico y dos avatares que no paraban de reír y de emitir imágenes divertidas. Desde ese momento, su pensamiento se fue evadiendo a otros lugares y situaciones.

Las franjas de nubes anaranjadas que pasaban frente a ellos le parecían ya demasiado vistas y las transparencias de su acompañante no le sugerían deseo alguno. Toda su mente giraba alrededor de los recuerdos de los desenfrenados momentos vividos con su antiguo amor y su posterior ruptura. Lady Intelligence se dio cuenta pronto de lo que ocurría y tramó una venganza.

-Voy un momento al lavabo, disculpa- le señaló levantándose de la silla.

Se acercó al mostrador y pidió que invitaran a una copa de cava a la mesa de Mrs. Beauty. Le mostraron varias marcas, eligió una de ellas e, inmediatamente y sin que el camarero se diera cuenta, inyectó algo a través del vidrio mediante su aguja lásertrans. Lo pagó mediante su dispositivo unipersonal y volvió a la mesa con una sonrisa cautivadora, como si nada hubiera sucedido.

-Cuéntame tus últimos avances. ¿Qué nuevas sensaciones has conseguido?

-¡Ah, estoy muy contento con mi trabajo! –respondió el joven Mr. Effort –He conseguido capsular un sentimiento de victoria especial, algo así como el que notarían los bárbaros cuando conquistaron Roma o el que sentiría el primer hombre que pisó la luna. Creo que ayudará a mucha gente a sentirse bien. Y no es nada caro. Se podrá vender en torno a mil bitcoins solamente, espero.

-¡Qué me dices! Quiero ser la primera en experimentar esa sensación.

-Es todavía un secreto. ¿Puedo confiar en que no lo divulgarás?

-Por favor, Effi. ¿Cómo puedes dudar de mí? Hemos colaborado en otros proyectos… Además, tú me gustas y lo sabes. Debes compartir todo conmigo.

-Te he traído una de mis cápsulas, aunque recomiendo que se utilice en momentos especiales pues se realzan sus efectos –dijo el chico abriendo una cajita dorada que le servía de pastillero y dejando una cápsula sobre la mesa.

-Gracias, no tardaré en probarlo –dijo ella mirando a la mesa de Lady Beauty. Al ver que salían precipitadamente del comedor, sonrió triunfadora, mientras el chico, sorprendido, pensó que se habían ausentado por su culpa.

-Tengo otra propuesta para ti, chica guapa –le dijo, ya más relajado.

-¿Ah sí? Estoy impaciente por conocerla –respondió Lady Intelligence.

-He avanzado mucho en un invento que servirá para paliar el hambre en el Inframundo. Espero poder transformar los desiertos en inmensas plantaciones.

-Sabes que tenemos prohibido interactuar con el Inframundo. Nuestro líder lo prohibió taxativamente bajo pena de muerte. No podemos arriesgarnos.

-Son seres como nosotros aunque su mente no haya podido evolucionar. No merecen morir. Tengo contactos que podrán realizarlo sin tener que viajar allí.

-Lo siento. No puedo arriesgarme. Tienes que abandonar la idea –le dijo ella.

-No lo haré. ¿No te das cuenta? ¡Somos como ellos! –afirmó él rotundamente.

-¡Hazlo si quieres! No te delataré, pero no cuentes conmigo. Soy joven y no quiero morir tan pronto- respondió Lady Intelligence, muy seria.

-Eres la única que puede ayudarme. Tu coeficiente intelectual es insuperable.

-Puedes preguntarme lo que quieras, Effy, pero negaré que te he ayudado.

-Deberemos extraer el agua pura de los mares y el nitrógeno del aire y formar unas nuevas moléculas que evaporaremos formando nubes inmensas que transportaremos desde el mar hacia los desiertos. Al mismo tiempo, habremos desarrollado otras nubes con gran cantidad de fósforo y potasio extraídos de los cementerios de basura de las grandes ciudades, mezclados con genes de una gran cantidad de plantas y vegetales seleccionados, y las enviaremos sobre ellas. Su unión producirá unas nubes químicas nuevas de diferente potencial eléctrico que, finalmente, haremos precipitar sobre los desiertos  creándose una capa de abono líquido orgánico que se fijará en las arenas. Y así, en poco tiempo, brotarán miles de especies vegetales que las darán vida.

-¿Y cuál es mi misión en este asunto? –inquirió la bella acompañante.

-Controlar las posibles reacciones químicas en las distintas fases del proceso.

-Pásame tus investigaciones y pondré a trabajar a mis ordenadores-robots. Pero antes quiero pasar la noche contigo en mi cámara antigravitatoria cálida.

-Eso está hecho. Sabía que podía contar contigo. Gracias Intelly.

Después de dar cuenta de unos apetitosos postres elegidos mezclando varios frutos secos en los cremosos helados que los robots les iban ofreciendo, se dispusieron a abandonar la burbuja espacial, cogidos de la mano.

A diez mil kilómetros de allí, en el Inframundo, unos seres humanos como ellos se mataban unos a otros para imponer sus ideas o sus religiones, asesinando seres indefensos del bando contrario, haciendo morir de hambre a los no sometidos, exterminando los animales y las plantas, contaminando el planeta con plásticos, creyendo que su poder residía en la fuerza de sus armas.

En el Supramundo, una fuerza omnímoda controlaba los movimientos de todos sus habitantes. Nadie se atrevía a llevar la contraria al poder establecido o moriría instantáneamente. Sin rebeliones, todos vivían muy felices, contentos de desarrollar lo mejor posible la misión que tenían programada desde su nacimiento. Así, no carecían de nada y nada podrían echar en falta, salvo su pensamiento libre. Pero eso, al fin, ¿para qué puede valer?

Mr. Effort y Mrs. Intelligence murieron a los dos días sin desarrollar su idea.

el futuro que no seremos

Una persona especial

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1.980

Acababa de salir de mi última relación fallida y estaba deprimida. Con la primavera, volví a ser la misma de siempre. Cada año las mismas pautas: reflexión sobre la vida, conocer a alguien interesante, ilusión…. hasta que el enfriamiento y el enojo acaban provocando la ruptura. Inestabilidad. Es mi sino.

Aquel año, algo nuevo se coló en ese ciclo repetitivo. Una pequeña brizna de levadura se metió en mis meninges y, con el fósforo del cerebro, creció y creció consumiendo el espacio del resto de mis pensamientos, emitiendo una sola frase, una sola idea:: “¡Quiero ser madre! ¡Tener un hijo!”

Al acabar de gritarlo, comenzaban las preguntas, las dudas, el cómo, el cuándo, y como siempre, todo quedaba en nada. Hasta que oí hablar de la fecundación “in vitro” con óvulos seleccionados y la decisión fue firme. Sí. Era mejor así. Algo seguro. Pensaba si en España me admitirían como madre soltera o tendría que hacerlo en otro país. No me importaba. Aquella mañana me quedé embobada mirando jugar a los niños en el parque, riéndome de sus torpezas para subirse al columpio y de sus dudas hasta tirarse por el tobogán y acabar rodando por el suelo. Nada hay más hermoso que la risa contagiosa y desinhibida de un niño. Mientras les observaba saltando sobre los charcos, empujándose para ser los primeros en subirse al tren de madera, o recogiendo un pequeño ramo de flores que luego entregaban a su mamá o acababan deshojadas, mi corazón ensanchado repetía: “¡Quiero ser madre!” ¿Seré yo una buena madre?

Al pensarlo, vinieron a mí los recuerdos de mi infancia en aquel pueblecito de la sierra. Qué tiempos tan diferentes, compartiendo la pobreza con el resto de los niños, pero felices. Aquellos pupitres dobles con la madera desgastada de tanto raspar con cristales las manchas de tinta, los cuadernos de caligrafía, la enciclopedia, el mapa de España, el globo terrestre y la maestra refunfuñona cuyo nombre he olvidado. Han quedado como huellas imborrables en mi pensamiento del agradecimiento por la lucha de mis padres y mis abuelos.

1.969.

En el patio del convento, junto a su maletón, una bella joven de larga melena semirubia que vestía un elegante vestido y zapatos de tacón alto, conversaba animadamente con la Directora. Algunas de las postulantes la miramos con curiosidad, preguntándonos con lógica extrañeza el motivo de su presencia allí. Unas ligeras campanadas anunciaron el final del asueto que disponíamos tras las clases. En silencio, nos dirigimos a la pequeña capilla colocándonos en los primeros bancos. Poco después, la Directora ocupó su lugar a la derecha del altar acompañada de la bella joven del patio que, sorprendentemente, iba ya vestida con nuestro uniforme azul y su melena recogida bajo el velo blanco. Tras unos momentos de reflexión, la Directora nos habló: -Hoy contamos con la alegría de una nueva vocación. Una joven como vosotras ha decidido dejar el mundo y buscar a Dios mediante la oración y el trabajo. Ha venido para quedarse con nosotras. Ayudémosle a encontrarle. Sé bienvenida Celeste –dijo dirigiéndose a la joven quien, sonriente, nos miró a todas, una por una. Instintivamente, sin saber por qué, me fijé en sus ojos negros y profundos. -Bienvenida –repetimos en voz baja algunas de nosotras.

Al salir de la capilla, mis amigas y yo nos acercamos a la nueva compañera deseosas de entablar conversación: -Me llamo Julia –le dije- y éstas son Estela y Marina, mis dos mejores amigas. Después le preguntamos por su extraño pero bello nombre, por su edad, de dónde procedía, queriendo saber sobre su vida anterior, su familia y sus razones para ingresar “tan mayor” en nuestro centro religioso, mientras pugnábamos por enseñarle la ordenada biblioteca y la amplia sala de estudio y meditación. No quiso entrar en detalles pero, dada nuestra insistencia y más que nada para complacernos, sin perder la sonrisa, con su cara aniñada y sus modos refinados, nos comentó: -Me pusieron Celeste por mi abuela, y pronto cumpliré 17 años. Soy vasca. Estoy aquí porque Dios me ha llamado a la vida religiosa y no puedo negarme.

Sentada frente a ella en aquella larga tabla del amplio refectorio, pude observar su compostura en el uso de los cubiertos que delataba una selecta educación. Celeste estaba complacida oyendo la obligada lectura religiosa que, cada día, una de nosotras demostrábamos tener. Yo la miraba intentando leer en su rostro y en sus gestos las emociones de este día importante para ella en el que había decidido dar un giro a su vida, tan diferentes de las sentidas por nosotras siendo tan niñas. Desde el primer momento, la joven recién llegada me pareció una persona muy especial. Al ver su sonrisa, un inusual sentimiento de felicidad me invadió.

-Sois muy buenas lectoras. En algún momento me olvidé de la comida al escucharos –comentó.

-Gracias. Seguro que tú también lo haces muy bien –contesté mientras pensaba sobre la verdad de su llamada a la vocación. (¿Realmente Dios la había elegido?¿También fuimos elegidas nosotras, de niñas, o realmente vinimos al convento eligiendo nosotras?)

Celeste quedó encuadrada en nuestro grupo de estudio y trabajo. Dado su carácter afable y su rostro siempre sonriente, todas disfrutamos con su compañía.  Nos sorprendió con sus amplios conocimientos de francés.

-¿Es que tu padre es francés? ¿Vive allí? –le pregunté ansiosa por conocer algo más de su vida.

-No, no, es vasco….., Bueno, trabaja allí desde que mamá….. 

-¡Estamos aquí para trabajar! ¿no? Pues basta de charlas –cortó secamente la Directora, que escuchaba disimuladamente nuestra conversación.

-Sí, claro- contestó Celeste sorprendida por el fuerte autoritarismo que destilaba el tono de aquella frase. ¡Qué contraste con la ternura del gesto de mi nueva amiga!

Aquella noche tuve una extraña pesadilla: Celeste era una especie de ángel y, poco a poco, se transformaba en una horrible arpía, que insistía en contarme su turbio pasado…. Me desperté sobresaltada y la busqué con la mirada. Vi que dormía plácidamente y me tranquilicé. Me sentí feliz como hacía mucho tiempo no me había sentido. Celeste era una persona tan especial que provocaba que salieran a la luz los mejores sentimientos, mi vocación religiosa.

A media mañana, inesperadamente, en un instante, toda esa alegría se fue al traste. Mientras las cuatro amigas bajábamos veloces las escaleras de madera de las aulas, Celeste resbaló y cayó rodando quedando tumbada sin conocimiento en el amplio rellano, frente a aquel cuadro. -¡Vamos! ¡Despierta! ¡No puede ser! -gritábamos todas intentando reanimarla. Bajo aquella Madonna que parecía mirarla, recé con todas mis fuerzas, como si de mí dependiera su vida, recé suplicando, exigiendo. Tras unos minutos de gran angustia, abrió los ojos y repitió algo, casi inaudible: “Yo no fui. Yo no fui”

Poco a poco se levantó diciendo: ¡Estoy bien!  Miré agradecida a la Madonna del cuadro y entonces me di cuenta del gran parecido que Ella tenía con Celeste. Su cara redondeada, esa tierna mirada, el pelo rubio, una joven como nosotras…. ya madre.

2004

Hoy, como cada mañana, al ver la Madonna que preside mi dormitorio, me he decidido a contar cómo cambió mi vida con su llegada a aquel convento. Celeste, al acabar el curso, partió de misionera hacia Brasil acusada sin razón de matar a su madre accidentalmente con la pistola de su padre, un general franquista. Ella vio el crimen. Yo también me fui. Ahora soy madre y soy feliz.

Un horizonte con nubes rojas (texto refundido completo)

sol-rojo                                           

Me presentaré. Aquí donde me veis, tirando de esta carreta, pensareis que soy un comerciante y, ya se sabe, en estos tiempos, comercio y engaño son casi lo mismo.   Y no. Este hijo de labriegos, último de nueve, se ha ganado la vida dignamente desde bien pequeño y espera llegar al ansiado año 1000 sin menoscabo de su dignidad.

Pascualín me llaman, ya que nací al día siguiente de la Pascua, y doy por bien recibido mi nombre puesto que no tengo otro. He sido granjero, cuidador de animales, ayudante de cantero, contador de romances, escribiente, soldado y no sé cuántos oficios más y, como se dice, hombre de muchos empleos, pobre asegurado.

Estas dos mulas bien aparejadas y yo vamos camino de Belforado, próspera villa según cuentan, que yo aún no conozco, junto a esta pareja de tortolillos, llamados Tello y Constanza, que dormitan ahí detrás. Qué envidia me dan, ahí abrazados y bien protegidos del sol y de la lluvia por esa techumbre a modo de bóveda que yo mismo he preparado con pieles entrelazadas y cosidas, como bien me enseñó a hacerlo un maestro guardicionero de Murguía, de donde venimos.

Los tres, y por supuesto las mulas, ansiamos una nueva vida, más tranquila que la pasada, lo que esperamos hallar en dicha villa mediante la carta de recomendación que aquí llevo bien guardada en mi faltriquera y que me otorgó el buen Conde de Lantarón por mis servicios como soldado en la defensa de sus territorios, tras el último ataque sarraceno en el que quedaron arrasados todos nuestros campos, quemadas nuestras casas y diezmadas nuestras gentes, pero que no lograron avasallarnos.

¡Ah! ¿Qué aún no os he presentado a mis acompañantes? Disculpad. Voy con ello.

Ese joven barbudo que dormita sobre su jergón se llama Tello y es mi mejor amigo. Desde niños hemos disfrutado y padecido de todos los momentos que la vida nos ofreció en Murguía, hasta que nuestros padres, casi al mismo tiempo, murieron, y nos separamos. Yo me convertí en un buen soldado, mi último oficio, y él en un gran maestro cantero. Y gracias a ambas cosas, disponemos ahora de esta importante carta que nos recomienda a ambos como tales para ejercer con bien en dichos oficios. No os hablaré de la nobleza, el buen carácter y demás cualidades de Tello, ya las habréis supuesto, pues si no las tuviera no fuera posible que pudiera ser mi amigo.

Y qué decir de su compañera Constanza. Nunca he visto a la par mujer tan bella y trabajadora. Solo diré que su belleza es tan grande que no me atrevo a describilla. Y dormida, aún más si cabe. Su cabello, bien recogido en una única y larguísima trenza, es tan dorado como los trigos en agosto. Su piel es tan blanca como la túnica del mismísimo Nuestro Señor Jesucristo después de resucitado. Sus ojos son tan azules como el cielo raso en el mediodía del solsticio de verano. Los rasgos de su cara son tan perfectos que ningún pintor pudiera llegar a reflejarlos. No se cómo este amigo mío ha podido conquistarla. Aunque conozco sus dotes como buen conversador, en Murguía no ha podido tener ocasión de ejercerlas al carecer dicha villa de mujeres jóvenes dispuestas a ser conquistadas. El azar hizo que encontrara a esta hermosa mujer trabajando en un pueblo cercano al nuestro y correspondiera a sus requiebros.

Con tantos dones que la naturaleza le dio, no es de extrañar que esté prendado de ella, y a fe que se dio “buena priesa en conocella y catalla” puesto que la trae bien preñada y a punto de su maternidad. Así es la vida, él se enamoraba mientras yo casi me dejaba la vida en el ejército del Conde lanceando moros y siendo lanceado por ellos. Pero esa es otra historia. La pobre Constanza está cansada y no me extraña. Apenas creo que, si Dios lo quiere, le quede un mes para parir. Tiene una barriga tan enorme que no sé yo si no traerá más de uno. Mi amigo, el bueno de Tello, está tan preocupado, por ello y por ella, que duerme sin cerrar el ojo, procurando en todo momento atender a la menor de sus cuitas para que llegue con bien al nuevo destino y tenga un feliz alumbramiento. Todos ansiamos una pronta arribada a la villa y que veamos nacer al que, sin duda, será un hermoso retoño, sea varón o hembra.

Y estas mulas, agotadas y hambrientas, que pugnan por superar la cuesta final que nos asome a nuestra meta, se llaman Camila y Belinda, y no podía dejar de citar sus nombres ya que sin ellas jamás pudiéramos alcanzalla, y yo no estaría aquí ahora preparado para contarles las buenas nuevas y aventuras que, sin duda, nos aguardan y que pronto les referiré, pues un buen fraile me enseñó a escribir y lo hago a menudo.

———0———

-¡Mirad! ¡Ahí, tras la loma! –dijo Constanza, intentando sin éxito secarse las lágrimas que brotaban de sus ojos. Una amplia sonrisa precedió al fuerte abrazo de los tres al contemplar bajo un sol rojo la silueta del castillo de Belforado y su caserío debajo.

A la entrada de la villa, decidimos descansar junto a un arroyo para que bebieran las mulas y liberarnos de los sudores y hedores. Después, vestido con mi mejor jubón, subí yo primero la loma del castillo para entregar las credenciales a Don Román, Señor de la villa, a quién iban dirigidas, precedido de uno de los guardianes. Quiso Dios que los de Belforado nos acogieran en buena hora y nos facilitaran un pajar para alojarnos todos en él, por lo que nunca olvidaremos tanta hospitalidad.

-Gracias Señor por vuestra acogida. Recibid este presente que os envía el Conde de Lantarón -afirmó Tello mostrando un artístico plato de cobre mozárabe bien cincelado.

-Os esperábamos. Necesito hombres valientes para reforzar nuestro pequeño ejército y buenos canteros para ampliar nuestras murallas antes de que nos ataquen de nuevo esos infieles sarracenos –nos respondió Don Román, Señor del castillo y de Belforado.

-Esta es Constanza, mi mujer. Como veis, su avanzado embarazo no le ha impedido llegar. Ha soportado valientemente nuestro duro viaje desde los montes vascones.

-Dispondrá de ayuda para que pueda nacer un nuevo beliforano. Sed bienvenida. Y ahora vamos a preparar unas viandas para saciar las hambres –añadió Don Román.

Tras la cena, instalados en un pajar en los aledaños del castillo, nos dispusimos a pasar la noche felices, sintiendo que nuestros sueños comenzaban a hacerse realidad.

De pronto, oímos unos ruidos extraños, como de matracas, y fuertes golpes secos, acompañados de gritos y lamentos desgarradores y ayes sin pausa.

-¡Arrepentíos, pecadores, que el fin del mundo se avecina! ¡Rezad, rezad y haced penitencia! El tiempo se acaba y, sin nuestra contrición, el fuego eterno nos aguarda.

Dos hileras de hombres, azotándose unos a otros con látigos de brezo, seguían a un grupo de frailes encapuchados con antorchas. Tras ellos, otros desnudos portaban calaveras sobre largos palos en forma de cruz. Al final de la comitiva, un grupo de hombres y mujeres vestidos de peregrinos, lloraban compungidos y se lamentaban.

-¡Dios mío! –exclamó Constanza retirándose- Esto me da muy mal augurio. Cada vez que oímos pregones de la llegada del fin del mundo, nos llegan nuevas calamidades.

-No temas.- le dije- Esas paparruchadas solo sirven para que los incautos vayan a los Monasterios y les entreguen todos sus bienes a cambio de librarles del fuego eterno.

Un sol radiante apareció tras el castillo y nos despertó en nuestra primera jornada. Tello, abrazado a Constanza, lo contemplaba embobado. Puntualmente, se incorporó a la cuadrilla de canteros que reforzaban los muros del castillo, mientras yo me disponía a revisar mis armas y documentos a la espera de ser llamado al ejército. Sobre un fuego de troncos de encina preparamos una perola con un guiso de alubias y carne que conseguimos en el marcadillo de la villa y su aroma exquisito nos extasió.

Fueron pasando los días sin más novedad que el avance del embarazo de Constanza y mi incorporación a la caballería del ejército del Conde de Castilla Sancho García en el destacamento dispuesto en Belforado para su defensa como villa fronteriza. Los muros que circundaban el castillo crecían, por lo que todos nos sentíamos seguros.

Más pronto que tarde se rompió aquella paz que disfrutábamos. Llegaron nuevas de que los musulmanes, a pocas leguas de allí, estaban arrasando campos y poblados y matando a sus habitantes, y que no tardarían en alcanzar nuestra villa. Tuvimos que abandonar nuestro pajar y, junto a las mulas, como el resto de los habitantes de Belforado, refugiarnos en el interior del recinto del castillo que estaba casi completado.

Los vigías de las almenas dieron el aviso de la llegada de las hordas sarracenas. En ellas, por orden de Don Román, se apostaron los arqueros y ballesteros. Los soldados, bien armados, nos atrincheramos junto a las murallas formando una primera barrera, y dispuestos al ataque.

Detrás de nosotros, los campesinos y demás hombres formaban una segunda barrera reforzando las edificaciones interiores y las cuadras. Las mujeres y los niños y ancianos permanecían en las dependencias calentando agua y aceites.

En estas estábamos cuando Constanza, en el momento más inoportuno, se puso de parto. Tello corrió a buscar a la partera que acudió cargada de vendas, pañales, aceites, jabones, velas y amuletos y se dispuso a preparar el alumbramiento.

-Sé valiente Constanza y todo saldrá bien- le dijo la experta partera de modo cariñoso.

-Sabré serlo- respondió la parturienta agarrando fuerte su mano con un gesto de dolor.

Dos centenares de jinetes musulmanes se repartían ya por las calles de Belforado, entrando y saliendo de las casas, llevándose lo que mejor les parecía y arrasando y quemando el resto con gran vocerío. Desde el castillo les observábamos procupados.

Eran las huestes de Hisham II, califa de Córdoba. Después de arrasar la villa, rodearon el castillo e instalaron pequeñas tiendas en su entorno. Al anochecer, un montón de hogueras pretendía asustarnos y nos hizo establecer turnos de guardia.

-Tello, empuja su vientre hacia abajo, cuando yo te diga –señaló la oronda partera colocándole sus amuletos sobre la barriga, los brazos y el cuello, y encendiendo velas.

El creciente sufrimiento de Constanza y el miedo por los ataques musulmanes hacían siniestra la noche. Mi amigo, desesperado, entraba y salía del reciento sin saber qué hacer. Fue ya al amanecer cuando, al borde de la extenuación, la cabeza del bebé asomó fuera del vientre materno y emitió el primer llanto. Todos respiramos tranquilos.

-¡Enhorabuena! ¡Es un varón, fuerte y sano! –gritó la matrona apresurándose a lavarlo.

En ese preciso momento, un haz de flechas incendiarias seguido de otra nube de ellas sin fuego cayó sobre las techumbres de los cobertizos. Se hizo el caos. Como pudimos, logramos apagar los fuegos que se iban produciendo cercanos a nosotros. Nuestros ballesteros les respondían con la misma moneda. Había que defenderse.

-¡Quedaos aquí y no os mováis! –grité- ¡Esos sarracenos no conseguirán doblegarnos!

Subí veloz a las almenas. Una catapulta lanzaba sobre ellas grandes pedruscos para debilitarlas. Al mismo tiempo, por el Oeste donde el terreno era más llano, varias torres de madera con ruedas, protegidas por tableros, avanzaban lentamente hacia nosotros repletas de guerreros hasta llegar a los muros. Nuestros arqueros disparaban sus flechas mientras otros vertíamos agua y aceite sobre los que intentaban escalar las murallas. Don Román no paraba de dar órdenes.

Desde lo más alto contemplé cómo un enorme pedrusco caía sobre el cobertizo donde estaban Tello, Constanza y su niño recién nacido. Toda la techumbre se vino abajo. Bajé deprisa hasta allí gritándoles, sin recibir respuesta. Retiré raudo todas las maderas que pude y el pajizo del tejado sin dejar de llamarles. Nada. Por fin escuché el llanto de un niño y vi a mi amigo Tello arrastrarse por el suelo. Había conseguido introducir a Constanza y a su hijo en una oquedad que, a modo de cueva, ofrecía la ladera del castillo al fondo del establo donde dio a luz. -¡Estamos bien!- logró decir. Junto a una piedra de gran tamaño yacía la partera, atravesada por una de las flechas.

Por fin se hizo la calma. Habíamos resistido el primer ataque. Era hora de enterrar a los muertos y asistir a los heridos. Todo el mundo ayudaba como podía, sin descanso. Tello se incorporó a los canteros que reparaban los daños de las almenas, animado por Constanza que parecía encontrarse en buen estado y feliz por su alumbramiento. Sin duda era una mujer fuerte. El verla así, abrazada a su niño, nos infundía energía.

-Si te parece, le llamaremos Alfonso, que es un buen nombre castellano- dijo Tello.

Constanza asintió complacida colocando sobre el niño los amuletos de la partera que, sin duda, le darían fuerza, valor y suerte. La noticia se extendió y causó gran alegría.

Las hogueras musulmanas que bordeaban el recinto se hicieron mayores. Una enorme luna llena colaboraba con los defensores para que no pasaran desapercibidos los más mínimos movimientos de los atacantes. La vi sonriente y que estaba de nuestra parte.

Establecimos diferentes turnos de vigilancia y distribuimos las tareas. Las mujeres preparaban las comidas y las raciones para cada persona. Desde el aljibe repartieron el agua y, desde el horno, las raciones de pan.

Al amanecer comenzó el esperado ataque. Primero las flechas y su terrible fuego y, de nuevo, las piedras lanzadas golpeaban las murallas deshaciendo lo recién construido. Entraron los primeros sarracenos en el recinto. Los heridos no cabían en el interior del castillo. Don Román gritaba desesperado: -¡Resistid, valientes, resistid, por San Millán!

La situación era desesperada. Combatíamos cuerpo a cuerpo defendiendo cada paso. No se a cuentos sarracenos atravesé con mi espada pero cada vez había más y más dentro. De lejos vi a Don Román combatir contra tres de ellos y morir atravesado por uno de sus alfanjes. Pensé que todo estaba perdido, pero la imagen en mi memoria del niño que acababa de nacer y que no debía morir, me otorgó una gran fuerza.

Moriré luchando. Nuestras vidas les costarán muchas más de las suyas – me dije, para infundirme valor. A continuación salté las almenas, di un fuerte grito, y mi espada ensangrentada acabó con la vida de los atacantes de Don Román.

De pronto se oyeron sonar unos estruendosos cuernos que anunciaban la llegada de un ejército. En poco tiempo, la avanzadilla veloz de un gran escuadrón con banderas navarras y castellanas atravesó el portón abierto del castillo, lanceando musulmanes.

-¡San Millán nos protege!- grité. Todos los sarracenos huían como podían en todas las direcciones, rodando por la loma del castillo o hacia el monte. Habíamos sobrevivido.  Majestuoso, cabalgando sobre un hermoso corcel blanco, entró al castillo nuestro conde Sancho García de Castilla y, junto a él, Sancho Garcés III de Pamplona, y sus soldados recuperaron la villa. Todos los beliforanos supervivientes les aclamaban con gran alegría. Tello y Constanza, con sus manos apretadas, lloraban junto al niño.

A los tres días, el conde castellano nombró un nuevo señor de la villa. Yo me tuve que incorporar a su ejército y partimos hacia Burgos. Abracé a mis amigos prometiéndoles que volvería a verlos en cuanto tuviese ocasión, y deseándoles lo mejor en Belforado.

Y así llegó el temido año 1000. Y no se acabó el mundo. El tiempo siguió avanzando impasible y rutinario, indiferente a las fechas, ofreciéndonos un nuevo y duro invierno.

En las casas, las hogueras se mantenían día y noche. Los trabajos de reconstrucción de los castillos castellanos se paralizaron por el viento helador que arreciaba. Los ríos eran una capa de hielo y algunos animales morían de frío.

-¡Al menos, todo está en calma!- me dije, imaginando a mi amigo Tello dando calor a Constanza y a su hijo.

Y, al igual que el año 1000, transcurrió el 1001. Yo, en Burgos, como buen soldado, preparándome a fondo para la guerra. Y así llegó el mes de agosto de 1002, en el que una gran ofensiva cristiana se preparaba. Nuestro ejército castellano, con el bravo Conde Sancho García al frente, se disponía a partir hacia Cervera donde se uniría al navarro de Sancho Garcés III y también al de Alfonso V de León para combatir unidos al temible Al-Mansur, al que llamaban Almanzor por sus innumerables victorias.

Fue un gran día. Habíamos derrotado a los sarracenos, pero, al igual que la de Almanzor, llegaba mi muerte. Sin previo aviso. Cruel, sin poder defenderme de ella.

Y aquí estoy, desangrándome en un jergón, atravesado por una esquiva flecha, y escribiendo este legajo en el que recojo, sin más tiempo, mis postreras memorias.

Recordando en imágenes fugaces mi llegada a Belforado y la esperanza en los rostros de mis amigos. Los veo felices en Belforado, e imagino que Alfonso, su querido hijo, será soldado y vengará mi muerte. O quizás no luche jamás al no ser necesario. Ojalá.

A él le dedico estas líneas, que os llegarán con el regreso de mi ejército, cuando yo ya esté muerto y bajo una gruesa capa de tierra:

No lloréis por mí, amigos.

Dejo este mundo malvado

feliz, pues, como soldado,

mis deseos son cumplidos.

Disfrutad de vuestro hijo,

hacedle bueno y valiente

que goce y ame a la gente,

que esta vida es un suspiro.

Que me recordéis, os pido,

no me tengáis olvidado,

y que tardéis mucho en verme.

Pascualín dejo firmado.

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Oscura soledad

OSCURA SOLEDAD           

Un reguero de sangre brotaba de su corazón formando un charco en la ajada baldosa sobre la que el continuo goteo producía un eco musical espeluznante. El cuerpo destrozado del apuesto joven, colgado por los pies atados en el gancho de la carne adosado al amplio fogón, se contorneaba con sus brazos extendidos ansiando tocar el suelo. Por todo el valle voló la noticia de la trágica muerte del protegido del Deán Mayor de Santiago.

Un grupo de vecinos se arremolinó frente a la casa del viejo sacerdote murmurando lo que todo el mundo sabía, que el joven era realmente su hijo, y casi culpando al viejo de su muerte; de pronto, comenzaron a gritar: –¡Ha sido ella! ¡Sabemos que fue a visitarle! ¡Asesina! ¡Bruja!-, e instintivamente, todo el grupo se puso en camino hacia la casa de Émily. De una patada abrieron la puerta y mientras seguían gritando: –¡Matadla! ¡Bruja! ¡Maldita!-, destrozaron todos sus utensilios y rompieron sus frascos esparciendo por el suelo sus brebajes y ungüentos; finalmente quemaron sus escasos muebles y la casa terminó ardiendo por completo. Pero Émily no se encontraba allí. Cada vez que oía el más mínimo alboroto en la villa, se estremecía y salía huyendo hacia el cercano pinar; no deseaba acabar como su madre hacía tan solo unos años, condenada a la hoguera injustamente.

Corrió y corrió, sin mirar atrás, entre la oscuridad del frondoso bosque hasta llegar al Castellar, su escondite preferido. Aquellos muros semiderruidos serenaban su ánimo; hablaba con ellos y les agradecía su compañía, rogándoles que permanecieran allí otro año más. Al frente, un pie derecho central coronado con dos escuetos jabalcones asemejaba a un mozo fortachón sujetando con sus brazos la viga maestra del único vano que aún se mantenía firme; era todo lo que quedaba de la estructura interior de madera del antiguo castillo.

Se acurrucó bajo aquel resto de techumbre presto a derrumbarse. El sol, queriendo protegerla, tenía prisa por esconderse, y se ocultó tras el inmenso ciprés que presidía el antiguo cementerio, dejando en su lugar un lúgubre paisaje de nubarrones grises oscuros. Varias tumbas inclinadas permanecían arrimadas a los cuarteados lienzos que cerraban el camposanto; sobre ellas, varios pedruscos de gran tamaño intentaban abandonar los que fueron en otro tiempo majestuosos muros de mampostería. El arco de su entrada estaba rasgado, ya sin motivo pues no soportaba peso alguno, con sus dovelas apenas unidas por agrietadas costuras confirmando los achaques de la edad, pero resistiendo a desaparecer. En una de las tumbas, alguien había dejado sobre su cruz unas ropas negras que el viento ondeaba, confiriendo al lugar un halo fantasmal. Todo estaba en absoluta decadencia; era el lugar idóneo para pasar desapercibida.

Asustada, se cobijó al otro lado de aquellos muros, en un disimulado hoyo que formaba el terreno o que alguien excavó buscando restos humanos. Allí dormiría, al menos por aquella noche. Desde ese lugar podía ver si alguien se acercaba sin ser vista. Apenas intentó cerrar los ojos cuando el sonido desacompasado de un carruaje alteró su paz. A su paso, dos grajos y un cuervo levantaron el vuelo aleteando tétricamente sus alas en círculo para volver a caer sobre su presa, que se asemejaba a una oveja sin vísceras ni ojos, con apenas esqueleto y piel.

La sombra del carruaje se dibujó escuetamente en el muro, omitiendo la escasa luz del anochecer y escondiendo aún más el bello rostro de Émily, que permanecía inmutable, con los ojos muy abiertos. El relincho de uno de los caballos precedió a su parada. Dos espectros se apearon de la calesa; de una de sus portezuelas bajaron un pesado baúl y dos sacas de esparto. Con la luna llena presidiendo la escena, la joven contempló cómo los dos hombres dividieron su reluciente contenido: custodias, cálices, candelabros, patenas y monedas, sin molestarse en tener cuidado al depositarlos en las sacas. Ella pensó que, sin duda, la acusarían de aquellos robos.

–“El viejo no se enterará; y ahora que su hijo no va a poder heredar su fortuna no lo va a necesitar”-, afirmó uno de ellos mientras el otro asentía riendo a carcajadas, lo que produjo un nuevo aleteo de los grajos que sobresaltó a los caballos. Bruscamente, el más joven desenganchó uno de los caballos, cargó una de las sacas, y se alejó a galope mientras el otro volvió a colocar el baúl vacío y su saca dentro del carruaje, partiendo en dirección contraria. Casi en la madrugada, con la luna llena oculta tras sus negras nubes, logró olvidar los rostros de aquellos hombres y quedarse dormida profundamente.

Dos días después, sintió un dolor intenso en la cabeza mientras una mano acariciaba su pelo y gritó sobresaltada. –No temas, estás en mi casa. Ya nadie te hará daño. Una piedra del muro te cayó encima y quedaste agonizante hasta que mi granjero te rescató de entre los cuervos y te trajo hasta aquí; el hilo de vida que te quedaba parece que ha rebrotado, gracias a Dios. ¿Me conoces?- Sus ojos entreabiertos lograron distinguir al viejo Deán, el único del tribunal que se opuso a la condena a la hoguera de su madre sin lograrlo. Ella asintió mientras le oyó decir: -“Vivirás conmigo, si quieres. Me agradaría mucho tenerte como hija, ahora que he perdido a mi hijo. ¡Me lo han asesinado! No existe consuelo para mí.- Se secó pausadamente sus lágrimas y luego continuó: -Han quemado tu casa; quieren culparte… Somos dos víctimas inocentes, Émily… como lo fue tu madre, a la que tanto amé…”. Y su voz se quebró en un continuo sollozo.

-Siempre quise tener un padre- respondió la joven mirándole fijamente y pareciendo no sorprenderse demasiado con la noticia. Después, balbuceó casi inaudible: –“Yo les oí y les vi….. Puedo reconocerles. Sí…sé quién son esos asesinos”.

A los pocos días, los muros del Castellar se tiñeron de rojo y el hedor de la sangre y las vísceras volvió a espantar a los habitantes de Santiago. Los cuerpos mutilados de los dos criminales aparecieron esparcidos por aquel muladar, con gran alborozo para los grajos y cuervos que se disputaron sus despojos. Y la ciudad permaneció en silencio.castillo

Un barrio sospechoso

La noche de San Juan se vestía de luna llena y las hogueras apuraban sus ascuas cuando un grito desgarrador resonó por las calles de Cortes. Angélica, una adolescente muy conocida en el barrio por sus dotes como pintora y dibujante, apareció acuchillada en el zaguán de su casa. Uno de los vecinos, extrañado al ver la puerta del adosado abierta, se asomó a su portal y, aterrorizado, divulgó la terrible noticia.

El llanto continuo de su madre y de sus dos hermanos pequeños conmovieron y movilizaron a toda la vecindad a la búsqueda del asesino. Mientras tanto, los forenses y la policía científica hacían sus comprobaciones recopilando posibles huellas, pequeñas pistas, y comenzaron las duras interrogaciones. Nadie podía entender el motivo pues, al parecer, no hubo abuso sexual, ni robo, ni existía un móvil aparente. Cada vez que alguien del barrio era interrogado se cernía sobre él una profunda sospecha y todos intentaban alejarse de su presencia.

Aumentó la venta de supercerraduras, se reforzaron las verjas de las plantas bajas y disminuyeron sobre manera las salidas nocturnas. Una palabra, que nadie decía, estaba presente en el aire de las calles y en las conversaciones de todas las casas y se podía adivinar en los rostros de todos los vecinos: MIEDO.

El primer sospechoso fue un joven soldado que, al parecer, llevaba saliendo unas dos semanas con Angélica y que, aquella noche, se despidió de ella dos horas antes de su muerte. Por su condición de militar, algunos le imaginaban de carácter violento, pero lo cierto es que el chico se encontraba tan consternado como la familia de la joven y transmitía más pena que otra cosa. Como también vivía en el barrio, la gente dejó de hablar a sus padres y cruzaban a la otra acera, al pasar por su casa, murmurando durísimas frases condenatorias.

La semana siguiente, uno de los vecinos interrogados afirmó haber visto a un joven gitano, aquella noche, sentado cerca de la casa de la joven asesinada. La sombra de la acusación se extendió entonces a la familia gitana que vivía casi enfrente de la casa de Angélica. El joven sospechoso, junto a su hermano menor, su padre gitano, que sufría demencia, y su sufrida madre, todos ellos, se dedicaban al comercio de ropa en su pequeño puesto del mercadillo y a la venta ambulante. De inmediato fue condenado por todos los vecinos; nadie hablaba a la familia gitana y los niños evitaban pasar por su calle para llegar al Colegio. Las tiendas cerraban de repente cuando veían llegar a uno de sus miembros. El hecho de ser gitanos les convertía en indudables culpables y algunos malintencionados, que pedían que les echaran del barrio, se inventaron que le habían robado unas pulseras, o un collar, o un móvil, según las diferentes versiones, antes de matarla. Tuvieron que cerrar el mercadillo porque nadie se les acercaba ni de lejos.

Pero, de nuevo, a partir de otra confesión, la sospecha recayó sobre otro joven. Al parecer, el dueño de un bar vio a Angélica subir a casa de un chico la tarde de San Juan, en el mismo barrio de Cortes; le pareció extraño ya que aquel chico vivía solo y era tildado de huraño y hosco y nunca entró en el bar; el chico era raro, pues normalmente pasaba por la calle, en su mundo, sin saludar a nadie y todos pensaban que alguien así no debía ser buena persona. Se trataba de un joven profesor de música, croata, que no conocía bien el idioma español y que daba clases de violín en una academia y a algunos particulares. Inmediatamente, le tildaron de loco peligroso, se borraron todos sus alumnos de la academia, e igualmente tuvo que dejar de dar sus clases particulares.

La policía científica seguía con sus investigaciones y pronto se filtró algo de ellas: Comentaron a la familia de la joven que el asesino actuó con guantes y que no dejó huellas salvo una pequeña marca de playera que apreciaron en el exterior del portal de la casa, que pudiera ser del número 42. Ningún rastro más.

Entonces comenzaron a sospechar de los amigos y amigas de la cuadrilla de Angélica, pues todos usaban deportivas. Sobre todo de dos chicos, algo pendencieros, que habían bebido bastante aquella noche de San Juan y que, curiosamente, ambos calzaban el número 42. Todo casaba. Uno de los dos, o los dos, era o eran los asesinos. El motivo parecía claro, habían bebido mucho, se pelearon entre ellos y lo pagaron con ella, con una de las navajas habituales.

Los vecinos dejaron de pasar frente a las casas de las familias de aquellos dos chicos, además de por la casa del joven militar, por la casa de los gitanos y por la del joven huraño profesor de música, dando grandes rodeos en el barrio.

Hasta que, otro vecino del barrio, advirtió que una vieja furgoneta llevaba allí, junto a la casa de la infortunada joven, más de una semana aparcada sin moverla nadie. Eso era demasiado sospechoso. Llamaron a la policía y resultó que la extraña furgoneta pertenecía a unos rumanos sin papeles. Ahora sí que parecían haber dado con la clave. Rumanos y sin papeles no podían ser buena gente. ¡Asesinos!- Les pintaron en la furgoneta. Pero resultó que estaba allí parada porque no tenían dinero para arreglarla y se habían ido de jornaleros a las huertas de Lleida. Al menos, eso comentó el propietario de un adosado que les tenía alquilada una de sus habitaciones.

Con tanta pista falsa, el miedo iba “in crescendo” por todo el barrio de Cortes. Había un asesino suelto y podía volver a actuar. A partir de la puesta de sol, las calles ofrecían su aspecto más tétrico. Solamente se veía algún perro aullando, y todas sus ventanas y puertas cerradas. Ningún niño ni joven por la calle.

Pedro, el alcalde del barrio, convocó a los vecinos a una reunión extraordinaria. Sólo acudieron cuatro personas mayores y dos madres preocupadas por sus hijas adolescentes. -¡Esto no puede quedar así!- le gritaban al bueno de Pedro. Se decidió contratar a un vigilante armado durante tres meses para que se pasease por todas las calles, armado, como medida de protección y en búsqueda de alguna nueva pista.

Diez años después, cuando una aparente normalidad había vuelto al barrio, la foto de la chica asesinada se encontró en el ordenador de un traficante colombiano,  detenido por una nueva agresión a otra joven. Entonces, se retomó el sumario, y se dio a conocer que en la autopsia de Angélica se habían detallado muestras de droga. En el barrio, hacía años que ya no vivía la familia gitana; se fueron al morir su padre demenciado; ni los trabajadores rumanos, que nunca volvieron a por la furgoneta; ni las familias de los amigos de Angélica, que cambiaron de domicilio hartos de las miradas de odio; ni la familia del militar que comenzaba a salir con ella; ni aquel joven croata huraño, que apenas hablaba castellano y que quería labrarse un futuro dedicándose a dar clases de violín.

 

Mujer

Naciste sin avisar, una mañana de invierno

          Una más entre millones ¿a quién le puede importar?

No te dejaron llorar a tu madre y, desde el cielo,

Cayó una cortina de agua; no lo pudo soportar  

A los trece, sin saberlo, despuntabas en belleza

De todas las de tu clase, te eligieron la mejor

En los concursos ganabas, sin oposición apenas

Jaztándose de su nieta, tu abuela se aprovechó

Aquellos hombres vinieron y muy lejos te llevaron

Recorriste cien países de distintos continentes

En España, finalmente, con tus quince, te dejaron

De esos tiempos espantosos, mejor que nada recuerdes

En tu vida, ya imborrable, quedó grabada su huella

Al verte tan masacrada y perdida, en tu juventud

Mayor te hiciste, de pronto y, si cabe, aún más bella

Altiva, te prometiste venganza, con acritud

Rompiendo con todo aquello, no dudaste ni un momento

Tras matar a varios hombres, para poder escapar

En mi casa te escondiste, y luego en mi pensamiento.

rostro

 

Amaneceres

cropped-playa-rd-2.jpgAmaneceres

Brilla el astro, en plenitud dorada, tostando las arenas

en Adunia.

Y, al tiempo, amaneciendo, el mismo sol asoma tras las lomas

de Lipidia.

Bellos cuerpos, que sienten ese abrazo, agradecen dichosos

al destino,

mientras otros tapados, y tan bellos, del calor se protegen

en trincheras.

Las tranquilas mañanas en Adunia se nutren de refrescos

y de tapas,

a la vez que el fragor de los obuses siega vidas vacías

en Lipidia.

Barrunta una tormenta por la tarde y se guardan las toallas

y las ropas mojadas, a la espera de la cena.

Los truenos no se oyen en la guerra, se lo impide el sonar de la batalla.

No se escuchan los gritos de esos niños que lloran,

con heridas desgarradas.

Pasó el tiempo y los hijos de sus hijos volvieron a gozar

de aquellas playas.

Y los nietos de aquellos que murieron, dan su vida entre arenas

y sus aguas.

Piel blanca que desea ser morena. Es Adunia.

Piel morena que quisiera ser blanca. Es Lipidia.

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