Ahora te vas

Con un “te quiero” te vas.

Al despertar la mañana

me complaces, a desgana,

me sonríes… y te vas.

¡Qué forma de despedirte!

¡Qué manera de escaparte!

¡Qué desatino! ¡Qué triste!

¡Qué absurdo! ¡Qué gran dislate!

¿No me tendrás que explicar

tus razones para irte?

¿Qué misterios me escondiste?

¿A dónde quieres llegar?

En estos años pasados…

¡qué promesas nos hicimos!

¿En qué pozo nos metimos

para dejarnos de lado?

¡Frena un poco! ¡Reflexiona!

¿Qué sueños no me contaste,

o qué puertas me cerraste?

¡Explícate, aquí y ahora!

———         ———

Me miras y no te asombras;

no te quieres ni enterar.

Recoges tus cuatro cosas,

cierras la puerta… y te vas.

 

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Y llegó la Navidad

Logroño, diciembre de 1.988

La noche se envolvió en su nuboso velo y una tromba de agua se precipitó sobre mí. El viento, para no ser menos, entró en competición con la lluvia, arreciando fuerte, para ver cuál de ambos era más molesto. Me fui a casa, dando por finalizado otro día más de mis vacaciones navideñas, aburrido de todo. En la cena, mi madre, preocupada al ver mi tristeza, intentó sin éxito hacerme hablar. Cerré los postigos de mi ventana y me tumbé sobre la cama.

Al día siguiente, dudé si acudir o no a ayudar a montar el Belén de la Iglesia. No me apetecía nada aguantar al gruñón del párroco, pero la posibilidad de que acudiese Sofía me animó finalmente. Ella, como yo, era huérfana de padre y también cumplía diez años ese mismo mes. Me lo dijo el día anterior mientras buscábamos musgo por el monte con el grupo de la parroquia. No sé si por esa razón o por otra, pero sentía que entre ella y yo había como una conexión que nos hacía ser cómplices y amigos casi sin quererlo, algo que denominé “mi lazo invisible”. Como podréis imaginar, no falté a la Iglesia, y hasta hice de monaguillo en la misa de tarde. Así fue como nació mi amistad inquebrantable con Sofía.

Universidad de La Rioja, septiembre de 2000

Un coro de voces mixtas, bien educadas, puso el mejor colofón a la organizada e interminable ceremonia de graduación, que concluyó con las últimas palabras del Rector agradeciendo la presencia al acto. Estaba feliz y radiante con su vestido nuevo de corte asimétrico, en azul Klein, a juego con sus ojos y con el título entre sus manos. Había conseguido uno de sus sueños, el Grado en Educación Primaria. Al bajar la pequeña escalera del escenario miró hacia el palco de la izquierda y sonrió. Su madre, sin duda, se sentía orgullosa de ella. Por fin logré encontrarla entre el bullicio de los familiares de tantos graduados.

-¡Irás a la cena! –afirmé, más que pregunté, posando mi mano sobre el hombro descubierto de Sofía, con la confianza de sentirme su mejor amigo.

-Si tú me acompañas… -accedió complacida. Y aquel día inolvidable sellamos con un tierno beso lo que dimos en llamar “nuestro pacto eterno de amistad”.

 Barrio de Rosa Vila. Puerto del Rosario. Fuerteventura. Septiembre de 2002

-¿Vendrás conmigo? Quiero que conozcas el barrio del Colegio de mi destino y me ayudes a instalarme. Me sentiré mejor si me acompañas los primeros días. Tómatelo como una vacaciones…- me dijo, sonriente.

Sofía acababa de conseguir su segundo sueño, una plaza de Magisterio en Educación Primaria, por oposición, aunque bastante lejos de Logroño.

-Iba a proponértelo. Sabes que te ayudaré en todo lo que necesites –respondí.

Un taxi nos llevó al barrio de Rosa Vila, en Puerto del Rosario. Cargados con las maletas, íbamos observando todo aquello y se nos encogía el corazón. Innumerables edificios sin habitar, o a medio terminar, y una total ausencia de parques y zonas de ocio infantiles. Algún taller, una panadería aislada, y varios albañiles sentados almorzando junto a una tapa de alcantarilla levantada. Al fin dimos con el apartamento alquilado previamente por Sofía y respiró animada. Después contactó con una de las maestras, que amablemente nos acompañó hasta el Colegio, aún cerrado; un horrendo cubo de hormigón prefabricado gris con amplios ventanales en una de sus fachadas.

-Todo esto es tan diferente…Este lugar está aislado. Es como un destierro. ¿Te sentirás bien tan lejos de nuestra tierra?- casi afirmé, esperando la respuesta.

-Me pregunto cómo serán los niños de aquí, pues no hemos visto ninguno hasta ahora, y qué problemas tendré que abordar –dijo Sofía sin mirarme.

-Pronto tendrás ocasión de comprobarlo –le respondió la joven maestra. –Vas a conocerlos a fondo. Son niños de familias desestructuradas, con bajo nivel general, o extranjeros con problemas de integración. Ya sabes…, ausencias injustificadas, casos de acoso, falta de atención…, en fin, todos los problemas. Y algunos profesores, sobre todo los más antiguos, tampoco animan nada. Enseguida, dan a los niños por perdidos, sin más. Les trae sin cuidado su vida.

De vuelta al apartamento, preocupado, la tomé de la mano y le dije seriamente:

–¡No puedes cambiar todo esto, sin experiencia alguna! Puede ser muy duro. ¿Cuántos años tendrías que quedarte aquí para lograrlo? Además…, recuerda nuestro compromiso de vivir juntos en cuanto fuera posible…¡Y nuestro pacto!

-Me quedaré. Es un reto que, si lo consigo, podré decir que he acertado en elegir esta profesión. Entiéndeme. No puedo rendirme antes de intentarlo.

-¡Pero Sofía…! –exclamé, pensando en el tiempo que estaríamos alejados.

-Quizás haya que emplear nuevas técnicas de estudio, no sé…, pero ayudaré a esos niños hasta que les encante acudir al Colegio a estudiar y a jugar…Esa es mi ilusión. Lo siento Charli, cariño, pero, por ahora, lo nuestro tendrá que esperar. Debo realizarme profesionalmente y no sé el tiempo que eso podrá llevarme –me respondió, con una tierna caricia que sellaba su decisión.

En el avión de vuelta, con el corazón encogido, sentí ganas de llorar. Y lloré.

Fábrica de automóviles Škoda Auto. Praga. República Checa. Marzo de 2004.

Mi madre murió y yo llevaba ya dos años instalado en Praga trabajando como ingeniero en una de las fábricas de automóviles más grandes de Europa, pero no era feliz. Cada mañana iniciaba el mismo ritual: antes de partir hacia la fábrica, en mi marco digital, veía pasar una tras otra todas las fotos de Sofía conmigo. Entonces, mi corazón latía muy fuerte y me tenía que volver a tumbar en la cama durante un rato hasta relajarme. Por la noche releía sus cartas, cada vez más espaciadas, hasta que caía dormido junto a ellas. Y todos mis sueños eran siempre con ella. Tal era el magnetismo que ejercía sobre mí.

El segundo verano pasó sin nuevas noticias de Sofía. En octubre recibí una carta. Abrí el sobre precipitadamente: había sido elegida directora de primaria, lo que me alegró mucho. También me decía que el barrio estaba cambiando y que, con su empeño, había conseguido que el Ayuntamiento instalase varias áreas infantiles. Que los niños la apreciaban y los demás profesores también. Se lo merece, se lo merece – repetía, al tiempo que me entristecí imaginando que se quedaría definitivamente a vivir en Fuerteventura.

Después, cada noche, se retorcía mi alma, al sentir que no volvería a verla.

Para siempre. La he perdido para siempre- repetía constantemente. No podía pensar en otra cosa y sabía que eso no podría soportarlo.

Una tarde de diciembre, al llegar a mi triste habitación, me asomé al balcón del patio interior, y grité desesperado:

-¡Quiero irme de aquí! ¡Contigo! ¡Sofía! ¡A cualquier lugar del mundo! ¡Sofía!…

Miré hacia abajo y sentí el vértigo de los siete pisos. Asustado, me eché hacia atrás. Volví. No quería seguir viviendo, no merecía la pena hacerlo sin ella.

En ese instante, sonó el timbre de mi apartamento. Alguien llamaba. Otra vez…  Dudé por un segundo, pero mi decisión era firme. Tomé impulso de nuevo dispuesto a acabar con mi vida. Mi cuerpo sobresalía de la barandilla de forja a la que me sujetaba una sola mano. Recé algo, no sé qué y dije adiós. Era el fin.

El timbre de nuevo. Insistía. Vi el suelo del patio y me imaginé estampado sobre él con la cabeza reventada. De pronto, sentí que algo extraño tiraba de mí hacia adentro. Otra vez ese timbre. Tuve un presentimiento: sí, era mi lazo invisible. Obnubilado y casi desmayado, retrocedí y me arrastré hasta la puerta. A duras penas logré agarrar el pomo. Me sujeté a él con fuerza. Pálido y con la boca abierta, logré incorporarme. Un sudor frío empapaba todo mi cuerpo.

Abrí, por fin, y Sofía apareció ante mí. Sí, era ella. Sentada sobre su maleta, con su bolso en una mano y una flor en la otra. Mirándome, con una sonrisa radiante, exclamó: -¡Charli! ¡Feliz Navidad! – Entonces, me desplomé.

Así te amaré

Si tu quieres,

cada día visitaremos un país lejano;

seré una hormiga que alcanzará la cima de la pirámide de Keops;

trenzaré una pasarela de cuerda más resistente que el acero y más larga que el puente de Hong Kong a Macao;

me acompañarán las mejores orquestas cuando te susurre al oído tus canciones preferidas;

reiré, o mejor, me descompondré en carcajadas, hasta que aparezca la sonrisa en la comisura de tus labios;

construiré, con mis toscos adobes, un palacio mayor que el de Versailles;

mis palabras fluirán, cual Cicerón ante Catilina, para defenderte;

mi torpe baile asombrará al primer bailarín del Bolshói;

mi falsa comparsa escenificará mi gran obra teatral en la Scala de tu habitación;

mis dedos se inventarán nuevos acordes para que la guitarra de tu cuerpo emita la mejor melodía.

Y entonces,

descubriremos “la nuit de Paris” y se sonrojarán “les putains de Pigall”.

Y mi mala copla será La Traviata,

y mi humilde choza, la catedral de Burgos;

y la niebla desaparecerá dando paso a un sol brillante que entrará por las rendijas de tu persiana;

y mi escaso arroyo de montaña fluirá más que las torrenteras del Amazonas;

y mi suspenso cotidiano merecerá un sobresaliente “cum laude”;

y, de entre tus espinas, brotará una rosa;

y verás dos estrellas que se fundirán en una gran supernova que se abrirá paso entre tu carne;

Así. Así te amaré.

Intimidad compartida

"What I did not say about my father"padre e hija

Abro el álbum verde, mi preferido, repleto de fotos, y veo pasar toda mi infancia junto a ti, durmiendo en la cuna, riendo en la bañera, disfrutando en mi triciclo, jugando con mi balón, mis muñecos y mi gato, explotando globos y soportando a los familiares, siempre a tu lado. Nunca te lo dije, ni conté a nadie cuánto agradecía en esos momentos sentir tu mirada y tu media sonrisa cómplice.

Vuelvo la hoja y percibo los reflejos del agua del río junto a las migas de los patos, oyendo los sonidos alegres de los niños en los parques en la ciudad. Me veo disfrutando de las primeras excursiones del colegio, tirando de la soga, corriendo con los sacos, manchada de chocolate en los primeros cumpleaños con mis compañeras de cole, uniformes, bicicletas, viseras, patines y juegos. Nunca te dije lo feliz que me hacía que estuvieras allí, protector y vigilante.

Al pasar las páginas, siento de nuevo el despertar a la vida con las amigas del pueblo; vienen a mi mente las largas noches de verano, brotando presurosa mi juventud junto a ti, los sabios consejos de mi abuela, las tardes compartiendo el sudor de las tareas, los exámenes y mis enfados con ese profesor que no me entendía. Nunca te lo dije, ni he comentado con nadie, lo agradecida que estaba por tu comprensión y tu paciencia.

En las últimas hojas de este álbum veo como llegaba a mi madurez y cada vez eran menos las fotos contigo, sólo coches, chicos, bares. Por primera vez deseo contar a alguien que tú me hiciste sentir la responsabilidad en el trabajo, en la vida, con tu ejemplo siempre presente.

Y mi secreto. Nunca te dije ni le conté a nadie que descubrí aquellas cartas. Estaban bien escondidas, pero el azar quiso que llegasen a mis manos. Cartas de amor a aquella chica. Estabas casado. ¿Por qué mantenías aquella relación oculta? Nunca te lo pregunté, ni lo sabrá nadie. No sé si te he perdonado por ello. Supongo que sí. Ahora que soy mayor quizás pueda llegar a entenderlo.

 

 

Lo que no dije a mi padre

Mi padre me tomó de la mano y accedimos a la pequeña Iglesia abarrotada de gente, mientras su vieja campana sonaba pausadamente, monótona y fúnebre. Avanzamos despacio por el pasillo central, notando las miradas de la gente clavarse en nosotros.

Estaba en casa de mi abuela, subiendo la escalera del desván para recuperar mi viejo álbum de cromos de animales. Cómo disfrutaba cada verano en aquel viejo caserón semiabandonado, donde guardaba todos mis pequeños secretos y tesoros.

Nos arrodillamos en el primer banco. Puse los codos sobre el reclinatorio tapándome la cara con mis manos. Un murmullo de voces me hizo girar la cabeza. Impresionada, vi avanzar hacia nosotros un ataúd llevado por cuatro señores encorbatados, seguido de otros tantos con coronas de flores. Con dificultad, lo bajaron de sus hombros y lo depositaron ante mí junto a una hilera de velas y cirios. Me aparté y cerré los ojos.

Busqué entre los baúles llenos de juguetes, revistas y peluches. Era difícil encontrar nada entre tanto trasto. Oí un ruido extraño. ¿Había entrado alguien? Me sobresalté. Quizás fuera un ratón, o algún gato callejero. Respiré hondo e intenté tranquilizarme.

Et introibo ad altare Dei… -Mea culpa, mea culpa, … Me horrorizaba la casulla negra con ribetes dorados del cura. No me gustaba su cara, ni su tono de voz. Me daban miedo los lutos. Detestaba estar allí. –Era un buen hombre, un trabajador incansable, lo mantendremos en nuestra memoria. No quería escuchar nada más. Fijé la mirada en los zapatos negros de mi padre y me tapé los oídos con las manos.

Repitió mi nombre varias veces, cada vez más fuerte. Entonces comencé a temblar. -¿Estás ahí? Ven con tu tío, pequeña. Intenté esconderme al fondo del desván detrás de unas leñas apiladas. Vi su sombra atravesar el reflejo de la claraboya y oí crujir la tarima tras sus pasos. Reía y tropezaba con todo –Ven, niña, no temas, ven con tu tío.

-Agnus Dei qui tollis peccata mundi… Agnus Dei qui tollis peccata mundi… Agnus Dei qui tollis peccata mundi…¿Por qué lo repetían? No podía más. ¡Tenía que acabar ese sufrimiento! De nuevo los hombres encorbatados cargaron el féretro al hombro. Mi padre me agarró la mano y los seguimos junto al cura. Detrás de nosotros se iba acumulando gente en una hilera de ropas negras de camino al cercano cementerio.

–¿Conque estás aquí, eh? –¿Qué quieres? –Que vengas conmigo. –Vete. –Quieta. –¡Suéltame! Me haces daño. –Pues no te muevas –No me muerdas, hija de… -¡Socorr…

Otros hombres con cuerdas deslizaron el ataúd hasta el fondo del hueco excavado en la tierra. Interminables oraciones. -Requiescat in pace. Amén. Un estruendo de piedras y tierras empujadas por las palas presurosas de dos operarios rompió el silencio, haciéndose menos ruidosas hasta llenar el hueco. Mi padre me protegió con su brazo.

Dos vigas podridas se partieron a un tiempo. El suelo cedió y con él cayó mi tío gritando y la leña acumulada. Después, el silencio. Bajé la escalera y llegué a casa.

Aquellos hombres colocaron las coronas y una hilera de manos se dirigieron hacia mi padre repitiendo las mismas frases: -¡Cuánto lo siento! ¡Ánimo! ¡Era tan bueno!

Obsesión

Exhausto, terminé apoyado en la basamenta de la estatua de Álvar Fáñez, sobrino del Cid. Inquieto por la larga espera, por fin escuché, aliviado, las seis campanadas del reloj del edificio de Correos. Era la hora. Me dirigí al hotel Silken. Crucé el lobby sin contestar al saludo de la recepcionista y accioné el pulsador del moderno ascensor. Al cerrarse su puerta automática pensé que no volvería a abrirse. Llevado por un instinto, sin apoyarme en sus paredes por temor a un desprendimiento, subí hasta la sexta planta.

Mientras ascendía, mi mente, veloz, calculaba: Si me quedo cerrado tendré 2 m3 de aire en cabina, a 5 litros de aire por minuto que iba a consumir, sumaban 400 minutos, es decir, 6,666666666 horas de vida. ¡Otra vez el 6, el número maldito!

Transcurrieron seis segundos y se abrió la puerta automática. Salí y me dirigí a la terraza que circunda la cubierta plana del hotel. Apoyado en el peto, contemplé la hermosa vista del río Arlanzón y los chapiteles de la famosa Catedral burgalesa. Miré hacia el suelo y, de nuevo apoyándome en las fórmulas de la física, calculé el tiempo que tardaría en caer: 1,666666 sg. ¡En menos de 2 sg. estaría muerto!

Sentí que un blanco mareo iba obnubilando mi mente; volví a mirar hacia abajo y, entonces, mi cerebro, de forma inexplicable, me transportó a una playa con palmeras de Punta Cana y comenzó a elucubrar frases que luego almacenaba: “Cuando el mar y el cielo se unan en una lejana e imprecisa línea, sentiré el dolor. Me arderá el corazón, mis dedos se abrirán, mis piernas cederán y mi cuerpo levitará. Entonces, cerraré los ojos y veré el cielo caer y fundirse con el mar. Mi alma perderá su fuerza, desgarrada en mil surcos, mil ríos, que se diluirán en su vientre materno, como el agua dulce flota desparramada sobre la superficie del mar. Bajaré hasta el abismo y la oscuridad me invadirá. Querré abrir los ojos y no podré. Querré llorar y mis lágrimas no brotarán. Y llegará el silencio. Nadie me hablará. Mi casa permanecerá vacía. Mis flores se marchitarán. Mis cuadros se taparán. Mi cama estará fría. Nadie llorará. Nadie reirá. Yo no seré y nadie será para mí.”

Noté que un fuerte brazo me agarraba por la axila y me desplazaba de un empujón hacia el interior, mientras oía como alguien gritaba:

-¿Está usted loco? Un segundo más y se hubiera aplastado la cabeza allí abajo sobre la acera.

Supongo que me desvanecí puesto que desperté en una cama del Hospital Universitario de Burgos, habitación 426. De nuevo, el 66, otro número maldito.

Allí no podía seguir. Intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondían y otra vez me desmayé. Sentí que estaba muriendo puesto que veía cómo me adentraba en un túnel oscuro, cada vez más y más oscuro, interminable, que me iba absorbiendo la vida. Cuando ya me daba por muerto, vi una pequeña luz, al final del túnel, y mi cerebro, nuevamente, me transportó a la misma playa de Punta Cana, repitiendo machaconamente unas frases que luego almacenaba:

“De pronto, vendrá una luz, me reclamará y volveré a ver, pero las imágenes se negarán a ser miradas. Un ascensor panorámico me mostrará sus dominios y nada percibiré. Querré amar, pero no habrá nada ni nadie a quien hacerlo. Mis flores no tendrán color. Buscaré mis escritos y sólo encontraré hojas en blanco. En el espejo no me reflejaré. Abriré mis brazos, pero nada ni nadie habrá a quien estrechar en ellos. Gritaré fuerte y nadie me oirá. Reiré y nadie se alegrará. Seré en mi nueva vida pero nadie será conmigo. Entonces, viviendo, moriré”.

Sin poder moverme, paralizado, noté cómo me desvestían y me vestían. Luego me limpiaban y me afeitaban, desinfectaban y maquillaban.

-¡Listo!- oí, y a continuación, percibí un intenso olor a madera de pino que invadió todo mi entorno.

Poco después el murmullo de gente que no paraba de hablar se hizo patente y cada vez más molesto. Oí llantos y comentarios que no entendía. Hasta hubo alguien que me fotografió con flash. Morí y resucité al mismo tiempo.

(Afortunadamente todo fue un sueño)

Tina, la mosca saltarina

Cerré la puerta y la vi. Estaba allí, tan pancha, recorriendo en cortos y veloces tramos el perímetro circular de la mesita de entrada.

-¡Vaya! Acabas de entrar y ya me estás recordando que debo guardar las llaves en su cajón para que no pierda el tiempo buscándolas como me ocurre tan a menudo. Gracias guapa.

La mosquita levantó el vuelo y se posó en mi mano.

Te llamaré Tina, la mosca saltarina ¿Te parece bien?

Me miró y voló alrededor de mi cabeza.

¡Ah!, ¿es que quieres saludarme? Bueno, pues encantada.

De pronto, Tina se posó en el espejo del recibidor, viéndose duplicada, y se dispuso a acicalarse con sus patitas.

¡Mira que eres presumida! Nunca hubiera imaginado que una cosa tan diminuta como tú quisiera ponerse guapa. Claro, con esos ojazos y esa cinturita…así cualquiera.

Cogí una lupa y la observé detenidamente. Realmente era bella. Sus dos alitas, que se movían en perfecta simetría y que apenas tapaban su escueto cuerpecito, me recordaban a las aladas top models de las pasarelas. La dejé repasando una y otra vez su cabeza y su cuello con sus patas más delanteras y me dirigí por el pasillo hacia la cocina. Nada más entrar, cuál fue mi sorpresa, me encontré a Tina esperándome posada tranquilamente sobre el tirador del frigorífico.

Sí, ya sé que tengo que preparar la comida, pero déjame, al menos, que escuche las noticias de la una.

Elegí mi emisora favorita: Una veintena de muertos y más de cien heridos en un nuevo atentado… Apagué la radio.

Tenías razón. Ya no existen noticias buenas. Te pondré música. ¿Te gusta la música clásica?

Le vi acercarse a mis antiguos long-play y se posó sobre un clásico de Vivaldi.

Allegro y vivace, como tú, jovencita.

Noté un cosquilleo en mi brazo, como una suave caricia.

-¿Sabes Tina? A veces me gustaría ser una mosquita como tú, disfrutando cada momento de las pequeñas cosas, y sin darle tantas vueltas a la cabeza como hacemos los humanos.

Le vi posarse sobre la tapa de una cacerola.

Como veo que tienes hambre y sé que las moscas sois muy golosas, te dejaré un poquito de azúcar en un platito para que me dejes preparar la comida tranquila ¿Te parece?

Estuvo un buen rato de su plato a la mesa y de la mesa a su plato.

-¿Es que quieres ayudarme a preparar la mesa? No sé qué poner. Ayer le invité a Toño a comer y se disculpó torpemente. No tengo apenas hambre y para mí con estas alcachofas y jamón me vale.

Mientras comía se quedó quietecita sobre el armario. Preparé el café y se puso contenta revoloteando de nuevo alrededor del azúcar.

-Te agradezco tu compañía Tina. No sabes lo triste que es tomar café en soledad. En estos días de fiesta, todos se van. Yo no tengo donde ir. Nadie me espera en ningún sitio y viajar sola entre tanta gente…

Se posó en el cristal de la ventana de la cocina en el que el sol de tarde había comenzado a trazar su recorrido, barriéndole con su luz cálida.

-Sí, ya sé que hace bueno y que debiera dar un paseo. Quizás lo haga. Cuatro días. Qué largo se hace este puente. Cuatro días sin ver a mis amigas, sin cotillear, sin agobiarme en el trabajo….¿Tú tienes amigas?

Tina se dirigió a la estantería del salón recorriendo una a una sus baldas.

-Leer; claro; eso es; tienes razón. Por fin podré acabar esos tres libros empezados con los que tanto disfruto. Vamos, ven a la galería de atrás.

  No tardó en acercarse. Uno a uno, recorrió los innumerables cristales de la ajada galería de madera mientras las páginas de mi libro favorito pasaban veloces entre mis dedos, ávidos de destripar su contenido. El sol rasante daba de plano en mi cara y me hacía dificultosa la lectura.

-¿Qué prefieres, que volvamos a la cocina o quedarte aquí al calorcito? Veo que prefieres quedarte. En ese caso, voy a abrir un poco una de las ventanas, que hace demasiado calor.

Se subió a mi cabeza; una y otra vez, haciendo burla de mi mano, intentó jugar conmigo posándose donde no me esperaba. Realmente, era una buena amiga. Se dirigió hacia la ventana abierta recorriendo su borde. Dio el último vuelo sobre mi cabeza y, sin más despedida, emprendió su vuelo hacia el exterior, hacia el cielo infinito.

-¿Quieres salir, eh? Siento mucho no poder acompañarte, no se volar. Adiós, Tina, ha sido un placer.

 

Al salir del ascensor

 

Al salir del ascensor, giré hacia atrás la cabeza y, de pronto, me invadió una profunda tristeza. En un momento, pasaron por mi mente mil recuerdos, imágenes de tantos años compartidos, sin quererlo.

En esa casa estuvieron buenos amigos y amigas y, más tarde, esos amores por los que damos la vida. Después llegó la pasión, la ilusión del primer hijo, junto con la convivencia, sin tener nada aprendido.

Pronto nos cambió la vida, el trabajo, los problemas…y comenzaron las riñas y el silencio tras las cenas. Intentamos arreglarlo, hasta nos dimos un tiempo. Lo mejor era dejarlo, nos dijeron “los expertos”.

Tembló mi mano, dudando si darle a la botonera y subir ese ascensor e intentar, a mi manera, pedir perdón, compungido, sintiendo arrepentimiento y repitiendo mil veces el consabido “lo siento”.

El orgullo me obligó a reaccionar y mis piernas dejaron el edificio que fue mi casa hogareña. Ya nunca más volví a verlo; lo borré de mi memoria. Lo que hiciera con mi vida, eso ya… es otra historia.

al salir del ascensor

Cuando salí del ascensor

       

 -¡Javier!

-¡Al fin soy yo! De verdad, sin falsas creencias.

-¿Qué te ocurre? Te veo muy extraño. ¿Te ha sucedido algo? Cuéntame.

-Amigo Luis…., he conocido el origen de mi espiral profunda, la causa de mis desvelos. He visto el rayo de luna sobre el río. He puesto sobre mi lienzo la última pincelada que ha completado la obra. Ahora lo comprendo todo. Todo.

-No entiendo nada. ¿Qué es lo que has comprendido?

-Sé de qué están hechas todas mis células, mi materia, mi alma. Sé lo que se oculta tras ese sol rojo, el misterio del número de Dios, de dónde provienen las lágrimas y los suspiros. He bajado hasta el profundo pozo donde se albergan los sentimientos, donde reposan las armoniosas melodías escuchadas, los bellos textos leídos, la hermosura de los paisajes contemplados, la belleza. Ahora que conozco el origen de la vida, del amor, al fin, viviré.

¡Todo estaba en el ultramar de sus ojos!

-¿Y cuándo te has dado cuenta de todo eso?

-Cuando salí del ascensor.

 

ojos

El futuro que no seremos

El futuro que no seremos.

Mr. Effort apagó su dispositivo de realidad virtual, cansado de desarrollar su programa de generación de avatares para su microempresa “Underground sky” dedicada a la exportación de nuevas sensaciones. Observó durante unos momentos el tráfico espacial a través del vidrio curvo de su penthouse, hizo un gesto de disgusto pensando en la vuelta a casa y, como cada día, se dispuso a desnudarse para introducirse inmediatamente en su cámara ultrasensorial que lo dejaría completamente descansado, relajado y en perfecto estado de salud.

En ese momento, una imagen espacial le saludó desde el centro del despacho. Era Lady Intelligence que le sugería una cena romántica en la zona de restaurantes de moda, dentro de la burbuja-7 situada bajo las nubes rojas de la puesta de sol que ese día ofrecían una tonalidad especialmente anaranjada.

-No puedo negarme a tan gentil invitación, pero me temo que la visión de la puesta de sol se retrasará un poquito. Necesito media hora en la cámara.

-No tienes que disculparte. Sé que eres un adicto al trabajo. Así disfrutaremos un rato más viendo las estrellas y charlaremos más animadamente. ¿A las 9?

-De acuerdo. Tengo muchas cosas que contarte desde nuestra última visión.

La imagen desapareció y Mr. Effort pudo disfrutar al fin, durante veinte minutos, de la ansiada ingravidez de su cámara “U.S.” último modelo y resetear su mente de cualquier idea o pensamiento que no fuera banal o gratificante.

El transporte público espacial lo dejó en la entrada del moderno restaurante esférico “Vegan love” donde, a los dos segundos, apareció Lady Intelligence con una sonrisa radiante, trasluciendo todo su contorno superior bajo las transparencias selectivas de su vestido que únicamente verían quienes ella deseara, pues así lo había diseñado ella misma en su pequeño “Apple 2050”.

-Espectacular- admitió Mr. Effort, viéndose sorprendido una vez más por la joven que, sabiéndose triunfadora, exageraba el movimiento de sus caderas.

Una robot sonriente de ojos azules les explicó la oferta gastronómica del día y la cata de sus mejores vinos en su pantalla corporal y tomó nota de sus preferencias. En pocos minutos, una bandeja humeante partió desde una abertura en la cocina, se desplazó por el techo y descendió suavemente sobre la mesa, invadiendo con su aroma a los comensales y aumentando su grelina.

Pero la casualidad hizo que, en otra mesa no lejos de la pareja, se sentara Lady Beauty, un antiguo amor del joven Mr. Effort, acompañada por un chico y dos avatares que no paraban de reír y de emitir imágenes divertidas. Desde ese momento, su pensamiento se fue evadiendo a otros lugares y situaciones.

Las franjas de nubes anaranjadas que pasaban frente a ellos le parecían ya demasiado vistas y las transparencias de su acompañante no le sugerían deseo alguno. Toda su mente giraba alrededor de los recuerdos de los desenfrenados momentos vividos con su antiguo amor y su posterior ruptura. Lady Intelligence se dio cuenta pronto de lo que ocurría y tramó una venganza.

-Voy un momento al lavabo, disculpa- le señaló levantándose de la silla.

Se acercó al mostrador y pidió que invitaran a una copa de cava a la mesa de Mrs. Beauty. Le mostraron varias marcas, eligió una de ellas e, inmediatamente y sin que el camarero se diera cuenta, inyectó algo a través del vidrio mediante su aguja lásertrans. Lo pagó mediante su dispositivo unipersonal y volvió a la mesa con una sonrisa cautivadora, como si nada hubiera sucedido.

-Cuéntame tus últimos avances. ¿Qué nuevas sensaciones has conseguido?

-¡Ah, estoy muy contento con mi trabajo! –respondió el joven Mr. Effort –He conseguido capsular un sentimiento de victoria especial, algo así como el que notarían los bárbaros cuando conquistaron Roma o el que sentiría el primer hombre que pisó la luna. Creo que ayudará a mucha gente a sentirse bien. Y no es nada caro. Se podrá vender en torno a mil bitcoins solamente, espero.

-¡Qué me dices! Quiero ser la primera en experimentar esa sensación.

-Es todavía un secreto. ¿Puedo confiar en que no lo divulgarás?

-Por favor, Effi. ¿Cómo puedes dudar de mí? Hemos colaborado en otros proyectos… Además, tú me gustas y lo sabes. Debes compartir todo conmigo.

-Te he traído una de mis cápsulas, aunque recomiendo que se utilice en momentos especiales pues se realzan sus efectos –dijo el chico abriendo una cajita dorada que le servía de pastillero y dejando una cápsula sobre la mesa.

-Gracias, no tardaré en probarlo –dijo ella mirando a la mesa de Lady Beauty. Al ver que salían precipitadamente del comedor, sonrió triunfadora, mientras el chico, sorprendido, pensó que se habían ausentado por su culpa.

-Tengo otra propuesta para ti, chica guapa –le dijo, ya más relajado.

-¿Ah sí? Estoy impaciente por conocerla –respondió Lady Intelligence.

-He avanzado mucho en un invento que servirá para paliar el hambre en el Inframundo. Espero poder transformar los desiertos en inmensas plantaciones.

-Sabes que tenemos prohibido interactuar con el Inframundo. Nuestro líder lo prohibió taxativamente bajo pena de muerte. No podemos arriesgarnos.

-Son seres como nosotros aunque su mente no haya podido evolucionar. No merecen morir. Tengo contactos que podrán realizarlo sin tener que viajar allí.

-Lo siento. No puedo arriesgarme. Tienes que abandonar la idea –le dijo ella.

-No lo haré. ¿No te das cuenta? ¡Somos como ellos! –afirmó él rotundamente.

-¡Hazlo si quieres! No te delataré, pero no cuentes conmigo. Soy joven y no quiero morir tan pronto- respondió Lady Intelligence, muy seria.

-Eres la única que puede ayudarme. Tu coeficiente intelectual es insuperable.

-Puedes preguntarme lo que quieras, Effy, pero negaré que te he ayudado.

-Deberemos extraer el agua pura de los mares y el nitrógeno del aire y formar unas nuevas moléculas que evaporaremos formando nubes inmensas que transportaremos desde el mar hacia los desiertos. Al mismo tiempo, habremos desarrollado otras nubes con gran cantidad de fósforo y potasio extraídos de los cementerios de basura de las grandes ciudades, mezclados con genes de una gran cantidad de plantas y vegetales seleccionados, y las enviaremos sobre ellas. Su unión producirá unas nubes químicas nuevas de diferente potencial eléctrico que, finalmente, haremos precipitar sobre los desiertos  creándose una capa de abono líquido orgánico que se fijará en las arenas. Y así, en poco tiempo, brotarán miles de especies vegetales que las darán vida.

-¿Y cuál es mi misión en este asunto? –inquirió la bella acompañante.

-Controlar las posibles reacciones químicas en las distintas fases del proceso.

-Pásame tus investigaciones y pondré a trabajar a mis ordenadores-robots. Pero antes quiero pasar la noche contigo en mi cámara antigravitatoria cálida.

-Eso está hecho. Sabía que podía contar contigo. Gracias Intelly.

Después de dar cuenta de unos apetitosos postres elegidos mezclando varios frutos secos en los cremosos helados que los robots les iban ofreciendo, se dispusieron a abandonar la burbuja espacial, cogidos de la mano.

A diez mil kilómetros de allí, en el Inframundo, unos seres humanos como ellos se mataban unos a otros para imponer sus ideas o sus religiones, asesinando seres indefensos del bando contrario, haciendo morir de hambre a los no sometidos, exterminando los animales y las plantas, contaminando el planeta con plásticos, creyendo que su poder residía en la fuerza de sus armas.

En el Supramundo, una fuerza omnímoda controlaba los movimientos de todos sus habitantes. Nadie se atrevía a llevar la contraria al poder establecido o moriría instantáneamente. Sin rebeliones, todos vivían muy felices, contentos de desarrollar lo mejor posible la misión que tenían programada desde su nacimiento. Así, no carecían de nada y nada podrían echar en falta, salvo su pensamiento libre. Pero eso, al fin, ¿para qué puede valer?

Mr. Effort y Mrs. Intelligence murieron a los dos días sin desarrollar su idea.

el futuro que no seremos