Dos miradas, dos mundos

Buenas tardes, estimados visitantes. Les habla su guía preferida. Hoy tengo el gusto de comentarles la exposición “dos miradas, dos mundos”. Sí, se trata de dos autores diferentes en sus estilos, en el concepto del arte, los temas…, en fin, en todo. Solo podrían igualarse en la indudable calidad artística de ambos.

Comenzaremos, en el ala izquierda de nuestra exposición, por el conocido artista Pablo Mardones y sus famosos bodegones. Todas sus telas merecen el calificativo de sensacionales y las tres que nos presenta son espectaculares. Vean el primer “tableau”, traído directamente del Louvre, titulado “Melodramas”:

bodegon con melon brevas y manzanas

Un pedazo de melón, barrigón, que enseña sus entrañas sin rubor alguno, y su hija la rodaja, descansando felices sobre la tierra, de pronto, son insultados por unas maduras y desvergonzadas brevas que se ríen de ellos descaradamente.

Cerca de allí, una reineta pueblerina intenta zafarse de la compañía de otras agobiantes brevas que la empujan y unirse a su amiga, una pintiparada manzana golden, herida de amor por un presuntuoso plátano que ha huido dejándola plantada en mitad del cuadro. Para colmo, su peor enemigo, el cuchillo, se le ha acercado muy adulador, y se le ha puesto la cara colorada.

Una bota de vino comenta la escena con la hogaza, con cara de buenaza, su compañera de yantares, que se oculta tras el mantel avergonzada. Las nubes pasean por el cielo, ajenas a sus cuitas. Es domingo por la tarde y hace fresco. ¡Qué sinfonía de colores! ¡Qué claroscuros! ¡Luces y sombras en cruel pugna!

Bien. Acérquense conmigo y veamos el resto de los bodegones.

El siguiente lienzo es un “tableau abstrait, non figuratif”, titulado: “El comienzo del verano”.

imaginen

Imagínense el puntillismo de las puntillas de los trabajados y ajados manteles.      El realismo sucio de las migas esparcidas por la deteriorada mesa de encina que preside esa cocina. ¡Oh! Sufro y me enternezco viendo esas perdices y las cicatrices de esas peras limoneras, heridas de amor por unos simpáticos y jóvenes limones que alardean de su piel impoluta, los mamones.

¿Se han fijado en el imponente jarrón, situado en el centro de la mesa, que los observa muy serio? ¿En serio? Pareciera que la escena le molesta y que le han despertado de la siesta.

Y, por último, el más completo homenaje a nuestras abuelas. El mejor ejemplo del impresionismo de fogones. Vean este cuadro titulado: “Sanas y saludables”.

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Observen en este lienzo cómo unas viejas y arrugadas nueces giran sus caras apergaminadas hacia la derecha, asustando a una sangrante granada, que ha sido desgranada por el autor, sin culpa alguna. Y esas pobres uvas negras que quisieran desprenderse del racimo que las tiene atenazadas y que impide su huida, véanlas pidiendo ayuda y gritando libertad. En la esquina izquierda, unos tiernos ajos, desde ese lugar tan apartado, unidos, se van arrimando despacio a las cebollas, dispuestos a todo, con tal de acabar juntos. Varios albaricoques los miran extrañados y las malvadas ciruelas se ríen de ellos. ¡Desconcertante!

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Vamos con el segundo de los artistas, en este caso autora, la famosísima… María del Mar Dobarco Del Puerto. Nos trae tres impresionantes marinas como muestra de su maestría en este tipo de temas. Son dos diminutas acuarelas y un óleo gigantesco, en esta inigualable exposición que ha titulado “Marymar”.

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Vean este bravío oleaje y díganme, por favor. ¿Desearían estar en la posición del observador, o mejor veinte metros más atrás? He ahí el mérito de esta pintora. Su mirada se desplaza hasta las últimas piedras y aún más allá para describirnos minuiciosamente su impresión, su vivencia de ese momento: a la derecha, el cangrejo que huye del oleaje y, a la izquierda, la cruz tallada en una roca. ¿Y qué me dicen de esa variedad de azules desde el añil del piélago al blanco de la espuma, de la calidez de los tostados terrestres, del contraste entre los sombríos y los soleados, o del avance de las olas hacia nosotros compitiendo en veloz carrera? Oímos el ruido del mar y paladeamos su salitre.

Unos simples trazos de paleta, y ya ven el resultado: su belleza nos emociona. Examinemos la perspectiva que nos ofrece este óleo… En primer plano, esas moles rocosas que arrojan impertérritas su sombra queriendo ocultar el paisaje, condenadas a escuchar eternamente la cadenciosa melodía de su propio desgaste, sufriendo el castigo de su proceloso acompañamiento. ¿No la oyen?

En segundo plano, rocas más pequeñas que van siendo engullidas por el agua. Al fondo, el contraste del sol y la gran marejada; fíjense en la neblina del cielo y la montaña confundida con el reflejo solar de la superficie marina.

¿No les hace soñar con el paraíso? Es la belleza: un “touché” en el corazón.

Espero que les haya gustado nuestra exposición.
Muchas gracias por su visita a la Galería Harte.
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La espada de Damocles

damocles foto

Sentado frente a él, la mirada tensa clavada en sus ojos y sin pestañeo alguno le reveló la actitud desafiante de su paciente, como dispuesto a jugar una gran partida de ajedrez. El médico, serio, tomó pausadamente los análisis midiendo los tiempos y, en un tono sereno y conciliador, comenzó su aserto:

-Todos los parámetros serían perfectos si no fuera porque… -tomó un sorbo de agua y continuó- inequívocamente…, tienes el síndrome de Brugada.

El paciente enarcó los ojos y abrió su mano derecha, por lo que el médico comprendió su ignorancia al respecto y, tras una breve pausa, añadió:

-Se trata de una enfermedad incurable, congénita, que conlleva una altísima probabilidad de muerte súbita. Lo siento. El diagnóstico es certero e inapelable.

-¡No puede ser! Tiene que haber un error. Yo me encuentro perfectamente – reaccionó Raúl, con la vitalidad de sus treinta años recién cumplidos.

-Sí, lo es. Te ha tocado y no podemos hacer nada; solo esperar.

-¿Esperar a qué? ¿A la muerte? ¿A mi muerte? No me jodas –replicó el joven a su médico de confianza.

-Es el destino.

-¿El destino? ¡Y una mierda! –le gritó, levantándose bruscamente.

-¿Qué vas a hacer?

-¡Vivir!- acabó por decir Raúl, muy nervioso, y se fue dando un portazo.

Estaba en lo mejor de la vida y lo sabía. No estaba dispuesto a hundirse por lo que dijeran unos simples análisis. Su futuro era prometedor: deportista, ligón impenitente, buen estudiante y, desde hacía dos semanas, seleccionado entre cientos de aspirantes al puesto de “management quality surveyor” en una importante multinacional, con un gran sueldo. Le habían exigido un completo chequeo antes de incorporarse a ese puesto de trabajo en Londres y así lo hizo. Pero ahora, de repente,…toda su vida iba a dar un vuelco.

-¿El destino? ¡Y una mierda! –repetía- Si me quedan cuatro días, como dice, no me va a importar nada, ni nadie. Si he de morir, “fiat voluntas tua”, pero mis días en la tierra los dirijo yo.

Fue al banco, sacó sus 25.000 euros ahorrados en años de trabajo en la pequeña empresa familiar y se dispuso a utilizarlos cuanto antes.

Las dos y viernes. Era la hora apropiada para degustar las mejores tapas de la ciudad, y las probó todas, acompañadas del vino más caro del establecimiento. Se sintió un hombre rico y afortunado. No se iba a privar de nada. ¡A vivir!

Después de una siesta perfecta junto a su amiga más dispuesta, disfrutó de un completo masaje balinés en su SPA favorito y de una sauna sueca. Se compró unos zapatos muy caros y muy cómodos, un vaquero ajustado y un suéter moderno, malgastó su colonia y se fue a conocer a fondo la noche madrileña.

En la Joy Eslava bebió y bailó como si no hubiera un mañana. Para él no lo había. Cerró la Velvet y, ya en la madrugada, obnubilado por la marihuana, acabó por contarle su pesadilla a una rubia que insistía en llevarle a su casa.

-Pero, entonces, ¿cuándo te vas a morir? –preguntaba la chiquilla incrédula.

-Quién sabe. Cualquier día, en cualquier momento, quizás esta mañana.

-No se cómo vas a poder vivir con esa espada de Damocles –dijo la estudiante.

-No conozco a ese tal Damocles. ¿Qué quieres decir? –rezongó Raúl.

-¡Quién no conoce esa leyenda! Un griego afortunado que fue invitado a un gran banquete por el rey, el cual lo sentó a su lado y mandó que le colocaran una espada colgada por un único pelo de crin de caballo directamente sobre su cabeza. Damocles, pensando todo el tiempo en la dichosa espada, no pudo disfrutar ni un momento de los ricos manjares y de los fastuosos festejos.

-No va a ser mi caso. No quiero acordarme ni de cómo se llama mi terrible enfermedad. “Carpe diem”. He dicho. Y vamos a tu apartamento.

En dos semanas, viviendo cada día como si fuera el último de su vida, había gastado todos sus ahorros, pensando en la tiesa espada de Damocles.

En ese momento, se autoconvenció de que, siendo un mal genético, la familia debía compensarle por ello pagando todos sus gastos en el poco tiempo que le quedaba. Y decidió actuar: fácilmente se hizo con las claves de las cuentas del céntrico comercio familiar de zapatos, calcetines, bolsos y accesorios y, sin remordimiento alguno, se transfirió todo el efectivo, medio millón de euros, a la cuenta propia que, previamente, había abierto en Las Seychelles. Y allí se fue.

Nuevo aspecto, nueva identidad, visas oro, todo se podía conseguir con dinero.

Alojado en un hotel cinco estrellas gran lujo, en aquel paraíso natural, era el hombre más feliz del mundo…mientras la señora guadaña se lo permitiese.

Desde una doselada cama king size, protegida completamente de los insectos por sedas transparentes que la rodeaban, disfrutaba de los amaneceres afrodisíacos saboreando toda clase de jugos tropicales y de los anaranjados ocasos en los que una suave música anunciaba el comienzo de los cócteles.

-Mi destino lo elijo yo, el golfo de Raúl, ja, ja. –se decía, moviendo el agua de la piscina privada de agua salada que circundaba su suite formando un pequeño río que, entre palmeras altísimas, desembocaba en el transparente y verde mar. Todo estaba a su servicio, personas, cosas, no tenía más que abrir la boca y sus deseos eran satisfechos.

Así pasaba los días y su anunciada muerte no llegaba. ¿Podía ser más feliz? Invitaba a las más bellas modelos que le proporcionaban, animándolas a que gozaran de él, que iba a morir pronto. A todas les hacía gracia, pensando que era un loco con dinero y le complacían en todo lo que pidiera, por su cartera.

-¡Hasta mañana, muerte! –se repetía cada noche.

En tres meses había dilapidado todo el dinero robado y tuvo que escapar del lujoso hotel para no pagar su deuda. Tomó un avión y se dirigió a Kenia.

Al día siguiente, en el telediario de la Primera Cadena, una locutora leía:

-Accidente en el océano Índico. Un avión de pasajeros que se dirigía desde las islas Seychelles hasta Nairobi ha desaparecido en sus aguas. Entre sus ocupantes se encontraba un español con el nombre de Juan Pérez García, sin domicilio conocido. Les seguiremos informando.

Se rompió la crin de caballo y la espada de Damocles cayó sobre su cabeza. Solo era cuestión de tiempo. El destino, al fin, había ganado su partida.

 

¿Recuerdas?

 

Entre tantos avatares y trabajos, la vida transcurre veloz, sin darnos cuenta, y se escapa como el agua en un frasco agujereado.

Ahora, jubilado, reflexionando, intento tapar esas fugas mediante los recuerdos. Tumbado sobre la hierba, en un día soleado, me pregunto:

¿Quién plantó margaritas bajo mi cama?

¿Quién posó la luna sobre mi tejado?

Apenas vislumbro algunos rostros, distingo siluetas difusas, sensaciones… de aquellos que pasaron por mi vida dejándome su huella, algo de ellos que, a buen seguro, se mezcló con mis propios sentimientos modificando, aunque fuera en un mínimo porcentaje, mi carácter o mis ideas.

Somos… Soy una mezcla de vivencias. De los momentos fugaces de alegría o de tristeza, o de las sensaciones compartidas con aquellos a los que amé, chicos, chicas, con quienes me enfadé o divertí, amigos con los que conversé, o discutí, hombres, mujeres, cuyos nombres olvidé, ráfagas instantáneas de felicidad, esa suma de porcentajes mínimos que forman un todo. Eso soy yo.

Tic, tac, tic, tac

Detente reloj! ¡Para! ¡Para, por favor!
¿Por qué eres tan cruel conmigo?
No malgastes mi tiempo en estas horas bajas.
Guárdamelo muy bien para cuando esté dormido.
Entonces podré cumplir todos mis sueños imposibles.
¿Por qué sigues avanzando? ¡No sigas, te digo!
Al menos, ralentiza un poco mis minutos.
No quemes mi escaso tiempo sin motivo.

Introversiones

Introversiones

Sé que fuera son felices. Veo sus caras sonrientes hablando de asuntos sin interés.
Los veo a través de mi muro transparente que me impide cualquier contacto con ellos.
Les oigo y me oigo pero todas las conversaciones, incluso lo que yo hablo, me son ajenas.
¿Cómo abriré un hueco en este frío muro sin que el vidrio se rompa en mil pedazos?
Necesito salir de esta caja de cristal. Salir, simplemente, para ser uno más de su mundo.
Podré acariciar el cielo, aspirar mis sonidos, sentir mis silencios, saborear mis sudores.
Estando fuera, todo será diferente. Gozaré del frío en el rostro, tocaré mi piel de gallina.
Seré tan feliz que se me erizará el vello de mis brazos. Mi corazón latirá fuera del cuerpo.
¿Cómo? ¿Cómo podré hacerlo? ¿Cómo romperé este vidrio templado siendo tan débil?
Esta caja no es mía. Alguien debe ayudarme a salir. No importa quién me metió en ella.
Aquí dentro, cada día queda menos oxígeno. Cada día soy más pequeño, más indefenso.
En este frío claustro, el tiempo se hace más largo a la vez que disminuye el que me queda.

Desentrañas

He oído algo. Un pequeño ruido. ¡Alguien está intentando agujerear mi muro de duro cristal!
Él no sabe que yo estoy aquí. Difusamente, lo veo trabajar. Puede que sea ella, una mujer.
Grito mas no me escucha. Pero sí, por fin está consiguiendo hacer un pequeño agujero.
Entra un poco de aire que aspiro profundamente. Les veo. Son varios que se van turnando.
Cada día, el agujero es un poco más grande. Yo les animo desde dentro con mi escasa voz.
¡Se han ido! Pero lo importante es que el cristal está rajado y hay un hueco por donde respirar.
Con todas mis fuerzas hurgaré en el hueco y empujaré sobre la pared rajada hasta romperla.
Hoy he sacado el brazo por el hueco. He abierto mi mano y alguien me la ha estrechado.
Mi piel sangra. Mis dedos han apretado fuertemente esa mano. Son varios y tiran de mí.
¡Por fin he salido! He abandonado mi cárcel de cristal. ¡Es un imán que intenta atraparme!
Mis zapatos se quedan pegados al suelo. Me descalzo y camino, dejándola lejos, al fin.
Era verdad. Aquí afuera, siento que el aire entra y sale desde lo más profundo de mis pulmones.
Entiendo las conversaciones. Grito y me oigo. Y me oyen. Río y alguien sonríe. Lloro y alguien se entristece. Soy uno de ellos y, por fin, a veces, soy feliz.

¿Por qué eres así?

                                         Hoy te has levantado muy temprano. No es la hora.                                      Aún veo la luna y alguna estrella que se resiste a marchar.

                                  Te acompaño mientras caminas de un lado a otro,                                          rozando las paredes del pasillo. Das pena.

                                                         Es muy extraño.                                                                                            Te has olvidado de mi agua y tengo demasiada comida.

                                                      Me siento a tu lado, en la mesa.                                                                                        No has puesto la radio y miras tu taza de café, embobado,                                       como si en el fondo hubiera un misterio que no logras entender.                                            Lo miro, lo huelo. Siento que está frío. No lo tomas.

                                Cierras las persianas para que ningún vecino te vea así.                                     No temas. Estoy contigo. Nadie puede hacerte daño.

                                                                 Brota agua de tus ojos.                                                                   La he probado y está salada.

                         Te dejo que te acuestes conmigo, de nuevo. Estás helado.                                     Me acurruco junto a ti, muy pegado, para darte mi calor.

                                Veo tristeza en tu rostro. Te beso y lo agradeces.                                                                    No se qué enfermedad  padeces pero te curaré. Lo prometo.

                            No puedes dormir. Te señalo tu libro favorito y lo cierras.                                                      Pulsas teclas en tu tablet, una y otra vez, sin sentido.                                     Muerdo tu mano y una voz melodiosa nos envuelve.

Nos miramos. Nos acariciamos. Sientes algo de felicidad.

                 De pronto, me doy cuenta que es domingo. Tienes que salir a correr.                            Te pongo un calcetín blanco sobre tu cara. Luego el otro.

                                                          Te levantas al fin.                                                                                                           Me siento junto a tus llaves para que no las olvides.                                                       Eres capaz, según te veo. A mí no me pasaría.

                                                            Regresas.                                                                                                                  Vas a ver qué sorpresa te tengo preparada. Es para que te animes.

                          ¡Mira ahí detrás! He encontrado la foto que buscabas.                                                        La tenía yo porque ella me la regaló a mí.                                                                                        Estaba entre mis juguetes.                                                                                                              Es guapa. Detrás de su cara está su teléfono.

                Llámala. Lo pasamos muy bien cuando estuvo con nosotros.                                                                   Su voz es tan dulce…que parece que canta.                                                                          Y sus manos nos acarician de un modo tan suave…                                                                                               Y huele tan bien…                                                                                                    Y nos dice unas cosas tan bonitas…

                               Tú debieras decirle esas cosas a ella…¿no te parece?                                                                         Yo se las digo pero a mí no me entiende.

                              Prometo portarme bien y no entrometerme entre vosotros,                                 pero llámala, por favor, que no puedo verte así.

¿Por qué eres así?

Mi mentira más bella

Ha triunfado el amor.

Al despuntar la mañana, por las verdosas colinas, se pasean muy ufanos los cuadrúpedos, regalando mugidos de alegría.

Los ángeles intercambian sus trinos sobre las acacias sin esperar un estruendo que los espante. Se oxidan los metales de las escopetas bajo las alacenas.

Es la hora del almuerzo y los manteles floridos esconden las mesas. Los guisos sosegados de las abuelas se unen a las fuentes de vivos colores de los nietos, en tanto que las sutiles arañas, sonriendo, extienden sus hilos de plata sobre las barbacoas.

Son las cinco de la tarde. Descansan en paz los toreros. Ya no habrá más nerones girando hacia abajo sus dedos de muerte. Alrededor de los círculos se reparten geranios, se extienden los tulipanes y se podan las rosas mientras en su interior, sobre la arena, cintas rodantes recogen el sudor de unas modelos.

Al atardecer, los restos del bosque encienden las chimeneas. Las paredes de los merenderos enseñan alegres sus vistosos cuadros y sus forjas, festejando la vida, al librarse por fin de sus horrendas cabezas.

Por la noche, algunos potros tienen pesadillas imaginando la impuesta ceguera de sus progenitores en el coso. Los astados, tranquilos y felices, adormecen sus recuerdos junto a los alcornocales. Ya no jalearán las masas su lenta tortura ni correrán regueros rojos por el albero.

Entre las espigas, las perdices acunan a sus crías. Celeste asoma su medio rostro y pugna contra la negrura que esconde el regazo de las bestias que se apiñan presurosas para darse calor. Los animales resoplan de paz y felicidad.

Ha triunfado el amor.

 

Una hora con Miguel

Eran las siete de la tarde. El mejor momento para visitarle. Tras dos meses en el hospital, mi amigo Miguel había regresado, por fin, a su casa. Mientras aparcaba, iba repasando algunas frases de protocolo para estos casos de enfermedad. Uno nunca sabe qué decir en momentos así. Recogí mi regalo de la guantera, perfectamente envuelto, y llamé al timbre de su adosado:

-¿Está…?

Adela, su mujer me hizo pasar y, tras un suspiro, me dijo señalando la puerta de su dormitorio:

-Pasa Alberto. Ahí le tienes, en la cama. Acaba de despertar.

-Hola Miguel. ¿Cómo estás hoy? –le dije posando mi mano sobre su hombro.

-Ya me ves. Hecho una piltrafa –me respondió intentando incorporarse un poco sobre la almohada.

-Tranquilo. ¿Te ayudo?

-Sí, por favor. Estos medicamentos me dejan sin fuerza.

-Toma. Te he traído este libraco. Espero que te guste. Es una novela que está de moda. El protagonista es un cantero como tú. Te la he dedicado.

Le sujeté el libro mientras observaba la portada. Muy despacio, lo abrió por la dedicatoria. Tras unos instantes, lo cerró y me dijo:

-No veo bien. ¿Me la puedes leer?

-“Para mi buen amigo Miguel, con cariño. Que nuestros recuerdos y obras en común permanezcan para siempre ¡Y que vuelvas pronto al tajo. Te espero!

-¡Qué jodido Alberto! O sea, que quieres verme trabajando…. (Hizo una pausa y siguió) Ya me gustaría, ya…

-Y también de juerga, hombre. ¡Qué buenos ratos hemos pasado juntos!

Entonces, muy serio, mirándome a los ojos, me dijo:

-Siéntate, que quiero comentarte algunas cosas; pero cierra la puerta primero.

Tomo aliento, se recolocó la almohada, y prosiguió:

-Te imaginarás por qué estoy en casa y no en el hospital. No tienes más que ver estos brazos escuálidos y mi cara demacrada. Esto es el final. Yo lo se.

Me quedé perplejo, sin saber qué responderle. Tosió varias veces y prosiguió:

-A lo que iba. Como bien sabes, tengo una grúa, diversa maquinaria, puntales, chapas de encofrar, tablones…, en fin, una nave llena de trastos del trabajo. Con sus dificultades, mi pequeña empresa, ha logrado vivir treinta años de la construcción. Casi a la par, formé mi familia, mi mujer y los dos hijos. Pero ha llegado la hora del relevo…

(Hizo una pausa, inhaló varias veces y continuó). Mi hija mayor, casada, no tiene mayor problema. Vive y pelea su vida, como todos. El que me preocupa es el pequeño. Tiene ya 24 años y no sabe a qué dedicarse. No tiene iniciativa. Quisiera dejarle la empresa, pero necesita ayuda.

Le volvieron otra vez las toses roncas. Luego, me tomó de la mano diciéndome:

-Aquí entras tu. Por nuestra amistad, quiero pedirte que le eches una mano. Al menos en un par de años. Ayúdale con los presupuestos, tu sabes de precios. Asesórale en las cuestiones técnicas, tu conoces bien las obras. Revísale los contratos antes de firmarlos. Hazle las certificaciones. En fin, lo que necesite… Ese es el gran favor que te pido. Yo ya…

Miguel emitió un gemido seguido de unas toses roncas cada vez más fuertes. Le sujeté un poco y le di a beber un poco de agua, diciéndole:

-No digas eso. Te vas a poner bien. Ya verás.

-¡No quiero que me compadezcas! Estoy harto de que todos me mientan. Sé lo poco que me queda. Solo dime que sí, que ayudarás a mi hijo a mantener esta empresa.

-Por supuesto. Cuenta con ello –le dije, sujetando el pesado libro a punto de caer por un lado de la cama.

-Gracias, Alberto. Sé que cumplirás tu palabra. Siempre has sido de fiar.

-Le ayudaré en todo lo que necesite.

De pronto, pareció recuperar fuerzas y logró sentarse en la cama, sonriente. Entonces, cambié de conversación para animarle, diciendo:

-¿Recuerdas qué buenos días pasamos en las fiestas de San Sebastián, de solteros, hace mil años? ¡Cómo nos divertimos con aquellas chicas de Madrid en la playa!

-Y luego en la discoteca Bataplán con otras de Logroño.

-Sí, sobre todo tu, que lograste subir con una de ellas al hotel. Menudo ligón estabas hecho.

-Bueno, se hizo lo que se pudo…

Entonces comenzó a respirar con dificultad, entre intensos suspiros. Muy preocupado, ya que parecía que iba a ahogarse, llamé a su mujer:

-¡Adela! ¡El respirador!

Le aplicó rápidamente un inhalador y, poco a poco, se fue calmando.

-No le canses mucho –dijo ella.

-No, tranquila, que ya hemos hablado un buen rato. Enseguida me voy.

Miguel, entonces, le hizo una seña y Adela abrió uno de los cajones de la mesilla, sacó un sobre alargado y me lo entregó.

-Son para ti. Dos entradas para la final de la Champion entre el Real Madrid y el Atlético. Era mi ilusión poder verla, pero no va a poder ser. Me gustaría que tu fueras. Sé que también eres atlético y disfrutarás.

Agradecido, tomé las entradas, y entre nosotros se prolongó una mirada profunda y enternecedora. Los dos sabíamos que era la última vez que nos veríamos.

 

Acudí a la capilla ardiente. Frente al cristal, lo contemplé en el féretro y le dije:

-¿Ya está? ¿Esto ha sido todo? ¿Tan pronto nos abandonas, Miguel?

Y lloré.

 

Hoy, con pena, recuerdo el rechazo de su hijo a todo lo relacionado con la construcción. Cerró la empresa, malvendió las máquinas y todos los enseres y puso un bar que traspasó a los dos años. Y no he sabido más de él. Es la vida.

Mi gran mentira

Me resulta difícil encontrar una mentira que destacar en mi vida. Y es que a mí me ha ocurrido de todo. Truqué mi niñez sosegada por una turbulenta vocación religiosa y ésta por la aventura de vivir. De un plumazo pasé de las delicadas interpretaciones al piano a la ruda batería del rock. De Chopin a Led Zeppelin. De actor de comedia, a vivir la tragedia real de la noche madrileña. Mis amigos fueron el alcohol, los cabarets, el juego, las peleas… hasta que me echaron de la universidad. Para tranquilizar mi conciencia organicé una cooperativa de trabajo con la gente que conocía, borrachos, drogadictos, prostitutas…, y nos fue bien. Cosíamos para el Corte Inglés rematando pantalones y otras prendas. Eso me redimió un poco; pero, como la cabra tira al monte, busqué trabajo en los hoteles de invierno de los Pirineos donde había gente rica a quien timar y que daban buenas propinas. Recuperé mi físico y mi autoestima, y hasta me enamoré de una incauta francesa que pagaba el alquiler de mi apartamento. Era preciosa pero, cuando me habló de casamiento…, huí sin pensármelo dos veces.

Recalé en la bonita serranía malagueña; es que, en el fondo, soy un romántico. Me dediqué a ir de feria en feria vendiendo toda clase de artilugios: los típicos cuadros de pueblos blancos con encanto, las originales piezas de cerámica que vende todo el mundo, auténticos collares de perlas de plástico, los intrigantes trisqueles celtas, leyendas, perfumes afrodisíacos, etc., en fin, todo aquello que mi nueva amiga, socia y, a veces, amante, sabia confeccionar. Gran artista ella.

Todo mi iba bien pero mi espíritu inquieto me pedía cambios. Paseando por aquellos montes, me senté a reflexionar bajo un alcornoque sobre qué hacer con mi vida y, entonces, sucedió algo imprevisto: a lo lejos, entre dos lomas de pinares, vi acercarse a gran velocidad dos extraños artefactos con unas luces excesivamente brillantes. En unos segundos se posaron ante mí en un claro del bosque. Me quedé cegado y paralizado hasta que se apagaron. De sus ventanas ovaladas salieron unos bichos enormes; eran como pulpos gigantescos con sus cabezas rodeadas por una hilera de ojos y varias bocas horribles. Sin darme tiempo a reaccionar, me sujetaron con sus patas y me abdujeron, o eso creo, porque de esos momentos mis recuerdos son muy vagos e imprecisos…

Después, volé y volé. La tierra se hizo una insignificante bolita azul y el sol una pequeña bola brillante. Todo un mundo de colores me rodeó, luces que volaban a mi alrededor, sonidos extraños que se agravaban, más, más y más….y un estruendo ensordecedor…; silencio…; y todo se hizo gris.

Al despertar, sentí algo dentro de mí…, me cubría un manto azul que después se volvió rojo; y luego verde; quedé envuelto por círculos que se concentraban en un cilindro profundo que cambiaba con rapidez de color. Era algo que me quemaba por dentro, me impulsaba a gran velocidad dentro de un túnel….  y que me transmitió una gran fuerza por todo mi cuerpo e hizo que me sintiera extremadamente bien. Alguien, sin yo quererlo, analizó mis pensamientos, pensó por mí, y me arrastró como un imán hacia sí….

Entonces la vi. Estaba allí, ante mí. Alguien bello, que me observaba…, como una gran diosa. De improviso, sentí una inmensa alegría cuando ella comenzó a reír…, y una gran tristeza cuando desapareció. Luego reapareció luminosa y volvió a mí la vida. Y después me amó como nunca había sentido ser amado.

No sabría deciros cuánto tiempo estuve en su planeta o lo que fuera, pero lo cierto es que me transmitieron esta inmensa paz interior que ahora siento.

¡Nothing else matters! ………………………….                   Y, desde entonces, soy escritor.

ufo

 

Ahora te vas

Con un “te quiero” te vas.

Al despertar la mañana

me complaces, a desgana,

me sonríes… y te vas.

¡Qué forma de despedirte!

¡Qué manera de escaparte!

¡Qué desatino! ¡Qué triste!

¡Qué absurdo! ¡Qué gran dislate!

¿No me tendrás que explicar

tus razones para irte?

¿Qué misterios me escondiste?

¿A dónde quieres llegar?

En estos años pasados…

¡qué promesas nos hicimos!

¿En qué pozo nos metimos

para dejarnos de lado?

¡Frena un poco! ¡Reflexiona!

¿Qué sueños no me contaste,

o qué puertas me cerraste?

¡Explícate, aquí y ahora!

———         ———

Me miras y no te asombras;

no te quieres ni enterar.

Recoges tus cuatro cosas,

cierras la puerta… y te vas.